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Relatos Ardientes

Mi ama volvió el domingo a reclamar lo que era suyo

Ilustración del relato erótico: Mi ama volvió el domingo a reclamar lo que era suyo

El domingo entró por la ventana como una promesa cumplida, con una luz tibia que se filtraba entre las cortinas viejas de la casa de campo. Yo seguía donde ella me había dejado la noche anterior: tendido sobre el colchón, las muñecas sujetas con las correas acolchadas que habíamos elegido juntos semanas atrás. A mis sesenta y dos años nunca imaginé que terminaría así, contando las horas hasta que volviera, con el cuerpo todavía caliente por todo lo que me había hecho y la cabeza llena de una sola cosa: ella.

Habíamos negociado cada detalle. La palabra de seguridad, los límites, lo que estaba sobre la mesa y lo que jamás cruzaríamos. Era esa estructura, esa confianza absoluta, lo que me permitía soltarme por completo. Sin ella, nada de aquello tendría sentido. Con ella, yo podía ser exactamente lo que siempre había callado.

La puerta se abrió y escuché sus pasos antes de verla. Vera entró sola, alta, con los hombros anchos y esa manera de moverse que ocupaba toda la habitación sin esfuerzo. Llevaba una camiseta gris ajustada y el pelo negro recogido a medias, mechones sueltos cayéndole sobre la cara. Se detuvo a los pies de la cama y me miró largamente, como quien revisa algo que le pertenece.

—Mírate —dijo, con esa voz grave que me recorría entero—. Pasaste toda la noche pensando en mí, ¿verdad?

—Sí, señora —respondí, y la palabra salió ronca, gastada.

No había pensado en nada más.

Se acercó despacio y me pasó el dorso de la mano por la mejilla, casi con ternura, antes de cerrarla en mi mandíbula y obligarme a sostenerle la mirada. Sus ojos eran oscuros y tenían ese brillo que yo había aprendido a temer y a desear al mismo tiempo. Comprobó las correas, deslizó dos dedos bajo cada una para asegurarse de que no me cortaban la circulación. Siempre lo hacía. Esa atención, ese cuidado escondido detrás de la dureza, era lo que me ataba a ella más que cualquier cuerda.

—Te voy a soltar las piernas —anunció—. Si necesitas parar, ya sabes qué decir. Dilo y todo se acaba. ¿Entendido?

—Entendido.

Aflojó las correas de los tobillos con movimientos firmes y me dejó las muñecas sujetas. Luego se irguió y se quitó la camiseta sin prisa, revelando el pecho fuerte, la piel morena brillante por el calor de la mañana. Me gustaba mirarla. Me gustaba la manera en que se sabía deseada y lo usaba como un arma.

***

—La semana que viene voy a estar fuera —dijo mientras se sentaba en el borde del colchón, una pierna cruzada sobre la otra—. Y quiero dejarte algo en lo que pensar. Algo que te dure.

Tragué saliva. Sabía adónde iba esto. Lo habíamos rozado en nuestras conversaciones, esas charlas largas de después, cuando ya no había juego y solo quedábamos los dos hablando de hasta dónde queríamos llegar.

—Lo que tú quieras —murmuré.

—No —me cortó, apoyándome un dedo en los labios—. No me digas «lo que quieras». Dime que lo quieres tú. Si no lo quieres, no hay sesión. Lo sabes.

Cerré los ojos un segundo. Era verdad. Todo aquello existía porque yo lo había pedido, porque una parte de mí que llevaba décadas guardada por fin había encontrado a alguien capaz de manejarla sin romperla.

—Lo quiero —dije—. Quiero ser tuyo.

La sonrisa que me devolvió valió cada noche de espera. Se inclinó sobre mí y me besó con una intensidad que no esperaba, mordiéndome el labio inferior hasta arrancarme un gemido. Sus manos recorrieron mi pecho, marcando con las uñas líneas que ardían sin lastimar, bajando por el vientre, deteniéndose justo donde yo más la quería.

—Ya estás duro —se rio—. Y todavía no hice nada.

—Solo con verte —admití.

Me trabajó despacio, con una mano firme, mirándome la cara todo el tiempo, leyendo cada reacción. Conocía mi cuerpo mejor que yo. Sabía cuándo empujar y cuándo detenerse, cuándo dejarme al borde y robarme el aire un instante antes del final. Era una tortura deliciosa, calculada, y yo me retorcía contra las correas pidiendo más sin palabras.

—¿Quién manda aquí? —preguntó, frenando justo cuando yo creía que no aguantaría.

—Tú —jadeé—. Tú mandas.

—Buen chico.

***

Se levantó y se deshizo del resto de la ropa. Yo la observé como se observa algo que no termina uno de creerse. Volvió a la cama y se acomodó sobre mí, dejándome sentir su peso, su calor, la fuerza contenida de su cuerpo encima del mío. Me sujetó las muñecas atadas con una mano, como un recordatorio de quién decidía, y empezó a moverse contra mí en un ritmo lento que me volvía loco.

—Esta semana, mientras yo no esté, vas a portarte —me dijo al oído, su aliento caliente en mi cuello—. Nada de tocarte sin permiso. Cada vez que lo pienses, me vas a escribir. Y yo decidiré.

—Sí, señora —gemí.

Aceleró el ritmo y yo sentí cómo el placer me trepaba por la columna, denso, imparable. Ella controlaba todo: la velocidad, la presión, el momento. Cuando notó que estaba demasiado cerca, se detuvo en seco y me apretó la base con dos dedos, negándome el final.

—Todavía no —murmuró—. Vas a acabar cuando yo te lo diga, no antes.

Lloré de pura frustración, un sonido patético que la hizo reír con satisfacción. Repitió el juego una vez, dos veces, llevándome hasta el filo y arrastrándome de vuelta, hasta que mi cuerpo entero temblaba y yo había perdido por completo la noción de dónde terminaba yo y empezaba ella. Esa entrega, ese soltar el control hasta el último rincón, era lo que yo buscaba. Ahí, atado y a su merced, era donde por fin descansaba.

—Por favor —rogué, sin vergüenza—. Por favor, déjame.

—Mírame —ordenó.

La miré. Y entonces, con la vista clavada en mis ojos, me dio permiso con una sola palabra, y yo me dejé ir con un grito que se me escapó del fondo del pecho, el cuerpo arqueándose contra las correas, el mundo entero reducido a ella y a ese instante. Vera siguió hasta que también se rindió a su propio placer, dejándose caer sobre mí con un gemido grave, su frente apoyada en mi hombro, ambos jadeando como si hubiéramos corrido kilómetros.

Durante un rato largo no dijimos nada. Solo su respiración y la mía, sincronizándose poco a poco, el sudor enfriándose entre los dos cuerpos.

***

—No te vayas todavía —murmuré, cuando sentí que se movía para levantarse.

Vera se rio bajito y volvió a recostarse a mi lado, soltándome por fin las muñecas. Me masajeó las marcas suaves que habían dejado las correas, devolviéndome la circulación con paciencia, sin prisa por romper la burbuja.

—No me voy —dijo—. Pero tengo que contarte una cosa, y quiero que estés despierto para decidirlo en frío.

Me incorporé sobre los codos. Cuando hablaba en ese tono, fuera del juego, era para tratar algo serio.

—Daniela e Inés llevan tiempo preguntándome por ti —dijo—. Y Lucía también. Saben lo nuestro. Saben lo que hacemos. Y les gustaría sumarse, si tú quieres. Una sesión de grupo, con reglas claras, todos sabiendo lo que firmamos. Pero solo si es algo que tú deseas. Si te incomoda, lo dejamos en una idea y ya.

Me quedé en silencio, sopesándolo. Las conocía a las tres de las cenas que Vera organizaba, mujeres seguras, descaradas, con la misma franqueza de ella para hablar de lo que querían. La idea me erizó la piel: estar a merced no de una, sino de cuatro, dentro de un marco en el que yo seguiría teniendo la última palabra siempre.

—¿Y los límites serían los mismos? —pregunté.

—Los mismos, y los que tú agregues —respondió ella, seria—. La palabra de seguridad la respetan todas. Lo hablamos entre las cuatro: cualquiera que la oiga, frena. Eso no se negocia.

—Entonces sí —dije, y sentí el corazón acelerarse—. Quiero probarlo.

***

Las invitó a entrar esa misma tarde. Habían estado en el pueblo, esperando, y llegaron con una bolsa de cosas y una energía que llenó la casa de golpe. Daniela, morena y de risa fácil, se sentó a los pies de la cama y me miró de arriba abajo con una ceja levantada.

—Así que tú eres el famoso —dijo—. Vera no para de hablar de lo bien que te portas.

—Hago lo que puedo —respondí, y las cuatro se rieron.

Inés, rubia y de gestos lentos, se acuclilló junto a mí y me apartó un mechón de la frente con un cuidado que contradecía su sonrisa traviesa. Lucía, la más baja, abrió la bolsa y empezó a sacar las cosas que habíamos acordado de antemano, dejándolas a la vista para que yo supiera exactamente qué venía.

—Antes de nada —dijo Vera, poniéndose de pie, recuperando ese aire de mando que lo cambiaba todo—, ¿la palabra?

—La recuerdo —dije.

—Dila.

La dije en voz alta. Las cuatro asintieron, una por una, como un juramento. Solo entonces el juego empezó de verdad.

Lo que vino después lo recuerdo en fogonazos. Manos por todas partes, voces que se daban órdenes contradictorias solo para verme dudar, risas cuando me equivocaba, premios cuando acertaba. Daniela me hacía contar en voz alta; Inés me susurraba al oído cosas que me hacían enrojecer; Lucía marcaba el ritmo desde algún lugar que no alcanzaba a ver. Y Vera, siempre Vera, vigilándolo todo, leyéndome la cara, lista para frenar al primer signo de que algo iba demasiado lejos.

No fue solo placer, aunque hubo de sobra. Fue la sensación de estar completamente entregado y, paradójicamente, completamente a salvo. Cuatro mujeres que podían hacer conmigo lo que quisieran y que, precisamente por eso, cuidaban cada paso. En medio del caos, una de ellas me preguntó al oído si estaba bien, y yo asentí, y supe que detrás de las órdenes y las risas estaban pendientes de mí más de lo que nadie había estado nunca.

***

Cuando todo terminó, me dejaron en el centro de la cama, deshecho y sonriente, el cuerpo pesado de un cansancio bueno. Inés trajo agua y me hizo beber a sorbos. Daniela me cubrió con una manta. Lucía recogía las cosas sin dejar de comentar la sesión entre risas, como quien repasa un buen partido. Y Vera se sentó a mi lado, me tomó la cara entre las manos y me besó en la frente.

—¿Cómo estás? —preguntó, y esta vez no había juego en su voz, solo cuidado.

—Entero —dije—. Mejor que entero.

—Eso quería oír.

Me quedé mirando el techo viejo de la casa, rodeado de aquellas cuatro mujeres que charlaban y se reían como si fueran de toda la vida, y pensé que había tardado más de seis décadas en encontrar este lugar. No el sexo, que era extraordinario, sino esto: poder soltar el peso de mandar, de decidir, de sostener, y entregárselo a alguien en quien confiaba ciegamente. Saber que, pasara lo que pasara, había una palabra que lo detenía todo, y manos que la respetarían.

—La semana que viene vuelvo —dijo Vera, acariciándome el pelo—. Y ellas también, si te apetece.

—Me apetece —respondí sin dudar.

Ella sonrió, esa sonrisa lenta que yo coleccionaba como un tesoro, y se inclinó hasta que su aliento me rozó la oreja.

—Entonces eres mío, hasta que tú digas lo contrario —susurró.

Y por primera vez en mucho tiempo, tendido en aquella cama con el cuerpo agotado y el alma ligera, no quise decir lo contrario. No esa tarde. Quizá nunca.

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Comentarios (4)

NachoPaz

Brutal!! uno de los mejores que lei en esta categoría

MarcelaLectora

Quede con ganas de mas... tiene que haber una segunda parte sí o sí

DiegoPalermoR

Lo que mas me gustó es cómo manejás la anticipación. Esa espera se siente casi física. Muy logrado.

Caro_88

increible!!! me atrapó desde el titulo y no pude parar

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