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Relatos Ardientes

Me encerré sola para cumplir mi fantasía más sucia

No sé si voy a contar otra cosa después de esto. Pero hay un deseo que llevo tanto tiempo cargando que necesito sacarlo de adentro, escribirlo, dejarlo en algún lado que no sea mi propia cabeza. Aviso desde ya que lo que sigue es sucio de verdad, de lo que a mucha gente le da asco. Si eso te molesta, mejor cerrá acá.

Tengo veintitrés años y siempre me consideré una chica de mente abierta. Demasiado, quizás. Hay una parte de mí, tranquila y educada de día, que cuando se enciende no reconoce ningún límite. Y esa parte tiene una fantasía concreta, oscura, que solo aparece cuando estoy tan excitada que dejo de pensar con claridad. En esos momentos, y solo en esos, muero por hacerla real.

Todo empezó hace años, leyendo un relato en una de estas páginas. Una mujer contaba, con un detalle que me dejó la boca seca, cómo le comían el culo estando sucio por dentro. Cómo se entregaba a eso sin un gramo de vergüenza. Tendría que haberme parecido repugnante. Y me lo pareció. Pero algo debajo del asco se removió y se quedó ahí, latiendo. Lo guardé. Lo archivé en el rincón al que solo iba cuando estaba sola y caliente, y durante mucho tiempo viví con esa fantasía como quien convive con un secreto que ni siquiera se anima a mirar de frente.

Con el tiempo descubrí algo de mí que me costó aceptar: que cuanto más prohibido es algo, más me prende. No me pasa con la ternura ni con lo romántico. Me pasa con lo que la gente esconde, con lo que da pudor nombrar, con eso que solo se susurra. Y no hay nada que dé más pudor que esto. Quizás por eso se me clavó tan hondo, y por eso cada vez que volvía a ese rincón de mi cabeza salía de ahí con el cuerpo más mojado que con cualquier otra cosa.

Lo intenté reemplazar mil veces por fantasías más presentables. Hombres guapos, escenas de película, las cosas que se supone que una debería desear. Funcionaban un rato. Pero cuando de verdad necesitaba acabar, cuando el cuerpo pedía el empujón final, mi mente siempre, siempre, volvía al mismo lugar sucio. Aprendí a no pelear con eso. Aprendí a usarlo en silencio y a fingir, frente al espejo de cada mañana, que esa parte de mí no existía.

Algún día lo voy a hacer, me decía. Y después me daba vergüenza de mí misma y lo enterraba otra vez.

Hasta hace un par de días.

***

Esa tarde la casa estaba vacía. Mis compañeras de piso se habían ido el fin de semana entero y yo tenía todo el departamento para mí, un silencio raro, casi pesado, y demasiado tiempo. Llevaba un par de horas dando vueltas sin hacer nada cuando empecé a tocarme sobre la ropa, sin intención de llegar a ningún lado, solo por aburrimiento y por ese cosquilleo que a veces sube sin pedir permiso.

Y entonces el recuerdo volvió. El relato de aquella mujer. El detalle de la suciedad, de la entrega, de lo prohibido. Me mojé tan rápido que me sorprendió a mí misma. Una cosa es fantasear de pasada y otra muy distinta es sentir que el cuerpo entero te empuja hacia ahí.

Metí la mano dentro de la ropa interior y me encontré empapada. Junté un poco de mi propia humedad con los dedos y, casi sin decidirlo, los llevé hacia atrás. Empecé a frotar suave, solo por fuera, solo el borde de ese agujero al que nunca le había prestado tanta atención. Pensar que estaba sucio, que ahí dentro no había nada limpio, que era exactamente lo que en teoría no debería tocar, me prendió de una manera que no esperaba. Me corrí así, sin penetración, sin nada, solo acariciando el lugar más sucio de mi cuerpo y dejando que la cabeza hiciera el resto.

Tendría que haber parado ahí. Pero el primer orgasmo no me apagó: me abrió. Seguía tan excitada que pensar con claridad ya no era una opción. Y supe, con esa certeza absurda que solo aparece cuando una está al rojo vivo, que ese era el momento. Que si no lo hacía ahora, no lo iba a hacer nunca.

Aprovechando lo húmedo del dedo, empecé a meterlo de a poco. Despacio, sintiendo cómo cedía, hasta que entró del todo. Y ahí lo confirmé: no estaba limpia por dentro, para nada. La idea, en vez de frenarme, me hundió más en el calor. Me temblaban las piernas. Tenía la respiración entrecortada, como si hubiera corrido.

Me levanté y caminé hasta el baño con las rodillas flojas. Me desnudé del todo frente al espejo, me miré un segundo —las mejillas rojas, los ojos brillantes, el cuerpo entero pidiendo— y me metí en la ducha sin abrir el agua. No quería limpiarme todavía. Quería justamente lo contrario.

Me senté en el piso frío de la bañera y dejé que ese calor que me invadía hiciera lo que quisiera conmigo. No tenía juguetes, nunca me había comprado ninguno por una vergüenza tonta, así que agarré lo primero que vi al alcance de la mano: el cepillo del pelo, uno de mango largo y redondeado.

Empecé por delante. Pasé el mango por mi sexo, que estaba tan mojado que se deslizaba solo, y me arranqué un gemido que rebotó contra los azulejos. Lo froté contra el clítoris, lo hundí apenas, jugué un rato así hasta que ya no me alcanzaba. Quería otra cosa. Quería lo que me había prometido.

Me quedé un momento así, con el mango apoyado contra mi entrada trasera, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en las costillas. Era el punto de no retorno. Una voz pequeña, la de la chica correcta, me decía que parara, que esto era demasiado, que mañana me iba a arrepentir. La otra voz, la que mandaba en ese momento, ni siquiera contestó. Solo empujó.

Me puse en cuatro sobre el piso de la ducha, con la mejilla casi pegada a la loza y el culo en alto. Llevé el mango hacia atrás y empecé a empujar. Al principio se sentía raro, mucho más que las pocas veces que había jugado tímidamente con un dedo. Y sabiendo lo que sabía —que estaba sucia, que no había nada limpio ahí dentro—, la sensación se volvía espesa, cargada, casi insoportable de lo intensa.

Lo metí más adentro. El movimiento se sentía pesado, distinto, y entendí lo que estaba pasando: estaba removiendo todo lo que había dentro de mí. Era asqueroso. Era exactamente lo prohibido que llevaba años imaginando. Y fue justo esa idea, la de estar haciendo algo tan sucio y tan mío al mismo tiempo, la que me llevó por encima del borde.

Me corrí con un squirt que me sorprendió, el cepillo lo más adentro que aguantaba, el cuerpo sacudiéndose entero contra el piso. Dios, qué animal soy, alcancé a pensar. Y la idea, lejos de avergonzarme, me encendió todavía más.

No paré. Empecé a moverlo de verdad, a meterlo y sacarlo como si en ese vaivén se me fuera la vida. Lo sentía húmedo, denso, sucio en el sentido más literal de la palabra. Cada estocada arrastraba algo, removía algo, y yo solo me sentía más plena, más entregada, más lejos de cualquier idea de lo que está bien o está mal. Era pura animalidad. Era yo en mi versión más cruda, esa que escondo todo el día detrás de la sonrisa educada.

El tercer orgasmo me partió en dos. Me dejó la cara contra la loza, jadeando, con la piel erizada y un temblor que tardó en irse. Saqué el cepillo despacio y lo miré: estaba sucio, marcado por todo lo que había movido adentro mío. Tendría que haberme dado asco. En lugar de eso, me dieron unas ganas brutales de seguir, de cagar ahí mismo, de no limpiarme nunca. Me sentí como un animal en celo. Y me fascinó hasta lo más profundo.

***

Después vino el agua. La abrí caliente y me quedé un rato largo bajo el chorro, dejando que se llevara todo, viendo cómo el suelo de la ducha volvía a quedar limpio como si nada hubiera pasado. Pero algo sí había pasado. Algo se había abierto en mí y no pensaba volver a cerrarlo.

Salí, me sequé y me tiré desnuda en la cama, todavía con el cuerpo zumbando. Esperaba sentir culpa, asco de mí misma, el bajón de siempre después de hacer algo que la cabeza racional desaprueba. No llegó nada de eso. Solo una calma rara, una satisfacción honda, y una certeza nueva: que esto era apenas el principio.

Porque ahora sé lo que quiero. Quiero volver a jugar con mi culo así, sucio, sin pudor. Quiero que alguien me lo coma estando así, como en aquel relato que me marcó. Quiero que me follen sin importarles nada, que me usen entera, que me lleven a ese lugar donde dejo de ser la chica correcta y me convierto en pura entrega. Lo probé sola y fue de lo más placentero que sentí en mi vida.

Lo único que le faltaba a esa tarde, lo único que necesitaba para terminar de disfrutarlo del todo, era esto: contarlo. Sacarlo de mi cabeza y dejarlo escrito en algún lado, para que exista fuera de mí. Para que alguien más lo lea y, quizás, reconozca en estas líneas su propia fantasía sucia, esa que también guarda y no se anima a mirar de frente.

Así que acá está. Mi secreto más oscuro, dicho en voz alta por fin. Y si te puso tan caliente leerlo como a mí escribirlo, entonces no soy la única. Y eso, no sé por qué, me tranquiliza más de lo que debería.

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Comentarios (6)

NandoBA

Increible... uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Muy bien escrito y caliente de principio a fin.

DiegoQuilmes

por favor que haya mas relatos asi!! quede con ganas de que siguiera

Vero_1983

Me identifiqué mucho con el arranque, eso de guardar un deseo tanto tiempo hasta que ya no podés más. Lo narrás muy bien, gracias por compartirlo.

LuchoRiver

¿Escribis seguido? porque quiero leer todo lo que tengas publicado. Que bueno.

Gastón_86

brutal!!!!!

Inesita_cba

Jaja empecé a leer en el trabajo y casi me muero del calor que me dio. Muy bueno en serio, tuve que parar dos veces jajaja

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