La vecina que me enseñó modales a la fuerza
Voy a empezar por el final, porque el final es lo único que se repite. Cada noche me incorporo de golpe en la cama, con la almohada húmeda y el corazón golpeándome las costillas. Siempre el mismo sueño. Siempre ella. Y siempre esa sensación de no haber escapado del todo, como si una parte de mí se hubiera quedado encerrada en aquella casa para siempre.
Para que entiendan la pesadilla tengo que hablarles primero de la señora que la habita. Se llama Vilma y vive en la casa contigua a la nuestra.
Mi madre y yo vivíamos tranquilos en un barrio de calles anchas y jardines delanteros. Me gustaba la calma del lugar, el silencio de las tardes, todo menos tenerla a ella pegada a nuestra pared. Había cientos de casas en aquel vecindario y la suerte había querido que doña Vilma respirara justo del otro lado de mi ventana.
Era una mujer mayor, entrada en años y en carnes. Nunca supe su edad exacta; podía rondar los sesenta, quizá más, pero tenía el porte de quien se siente dueña de cada metro que pisa. Voluminosa, de brazos gruesos y andar pesado, con unas tetas enormes que le colgaban debajo del delantal y un culo ancho y pesado que le rebotaba a cada paso. Comía con una devoción que rozaba el vicio. Su mayor talento, sin embargo, no era la mesa sino el carácter: discutía con todo el vecindario por la hoja que caía sobre su acera, por la radio demasiado alta, por la basura sacada un minuto antes de tiempo. Nadie la soportaba.
Nadie, salvo mi madre. Con ella, doña Vilma se transformaba. Pasaban tardes enteras en nuestro salón, tomando café y un licor dulce que guardaban como un secreto, riéndose de cosas que yo no alcanzaba a oír. Verla instalada en mi casa, dueña del sofá, me revolvía por dentro.
Yo tampoco era la excepción a sus broncas. Habíamos chocado decenas de veces. Ella corregía mis modales, mi forma de hablar, mi manera de mirarla, y yo le respondía con la misma moneda, porque no pensaba dejarme amedrentar como el resto del barrio. Con el tiempo, entre nosotros creció un odio espeso y mudo. Tenía una frase preferida que me lanzaba después de cada pelea.
—Tienes suerte de que yo no sea tu madre —me decía, clavándome los ojos—. Te aseguro que te enseñaría modales en una semana. Me obedecerías sin rechistar.
Yo siempre le contestaba mal. Era mi pequeña forma de ganar.
Qué poco sabía entonces de lo que esa mujer era capaz.
***
Todo empezó una tarde cualquiera. Yo veía un partido con una cerveza fresca en la mano cuando mi madre me llamó desde el otro cuarto.
—Llévale esto a Vilma —me dijo, tendiéndome una bolsa—. Le prometí que se lo prestaría.
Hice una mueca de fastidio que ella notó enseguida.
—No entiendo por qué la detestas tanto. Es una mujer encantadora.
—Es ella la que me detesta a mí, madre —respondí, irritado, mientras agarraba la bolsa y salía dando un portazo suave.
Crucé el jardín y golpeé la puerta principal. Llamé una vez, dos veces, y nadie respondió. La hoja estaba entreabierta, así que la empujé y entré. Recorrí un pasillo largo, repitiendo su nombre, hasta que una puerta abierta me detuvo en seco.
Doña Vilma estaba en el baño. No me había oído porque estaba sentada en el inodoro, con las medias y las bragas caídas sobre los muslos gordos, la cara apretada en un esfuerzo concentrado, completamente ajena a mí. Le vi el coño peludo entre los pliegues de la carne, las tetas descolgadas bajo la blusa abierta, y todo el aparato de una mujer vieja al que nadie debería asomarse sin permiso. La escena era tan absurda, tan distinta a la mujer altiva que yo conocía, que me eché a reír sin poder evitarlo.
Tardó un instante en descubrirme. Cuando lo hizo, se levantó de golpe, furiosa, y se abalanzó hacia la puerta con la ropa enredada en las rodillas, dando pasitos cortos y torpes como un pato apurado. Cerró de un portazo brutal.
—¡Eres un maldito cerdo! —gritó desde el otro lado, mientras yo salía de su casa muerto de risa.
Debí dejarlo ahí. No lo dejé.
***
Al día siguiente, doña Vilma vino a tomar café como siempre. Aproveché que mi madre estaba en la cocina, de espaldas, para vengarme con la peor de las armas: la burla. Fingí sentarme en un retrete imaginario, puse cara de esfuerzo y luego me levanté corriendo a pasitos, imitando su huida torpe del día anterior. Me reía a carcajadas, sin medir nada, disfrutando de su humillación.
A ella no le hizo ninguna gracia. La vi hincharse de rabia, la cara encendida, los ojos echando chispas como una olla a punto de reventar.
—Vas a lamentar esta falta de respeto —dijo en voz baja, para que mi madre no la oyera—. Lo vas a pagar muy caro. Te lo prometo, tan cierto como que me llamo Vilma.
No le di importancia. Seguí riéndome hasta que mi madre volvió con las tazas, y entonces dejé el teatro y me marché del salón, convencido de que había ganado otra batalla.
Aquella noche soñé por primera vez. Y desde entonces no he dejado de soñar.
***
En el sueño todo arranca igual. Salgo de casa y ella me llama desde su jardín, con una sonrisa demasiado amable.
—Entra un momento. Tengo algo para que le lleves a tu madre.
Obedezco a regañadientes, deseando salir de allí cuanto antes. La sigo por el pasillo, contando los segundos, cuando siento un pinchazo seco en el cuello. Me giro y la veo retirando una jeringa de mi piel. No alcanzo a decir nada. Las piernas se me aflojan, la vista se nubla, y caigo al suelo como un muñeco.
No sé cuánto tiempo pasa. Cuando recobro el sentido, estoy tumbado boca arriba sobre un suelo frío, mirando un techo que no reconozco. Lo recuerdo todo de golpe. Intento levantarme y no puedo: estoy en pelotas, la ropa ha desaparecido y me han dejado el cuerpo entero al aire. Tengo las manos atadas a la espalda y los tobillos sujetos con fuerza. La polla me cuelga floja entre las piernas, expuesta, y siento el frío del suelo mordiéndome el culo desnudo. Algo me aprieta el cuello, un collar grueso de cuero ajustado a la garganta, y cuando trato de mover la cabeza descubro que la tengo encajada dentro de una caja de metal abierta solo por arriba. El collar me sujeta la cara contra el borde. No puedo sacar la cabeza. Quiero gritar, pero un trapo me llena la boca y una cinta gruesa me la sella. No sale ningún sonido.
La puerta se abre. Doña Vilma entra despacio, saboreando cada paso, y se inclina sobre mí con una sonrisa que nunca le había visto.
—Te prometí que lamentarías tu comportamiento —dice—. Te burlaste de mí. ¿Tanta gracia te hizo? A ver si ahora te sigue resultando divertido.
Saca del bolsillo de su delantal unos guantes de goma largos, de los de fregar, y empieza a calzárselos sobre sus brazos carnosos. La goma rechina al entrar, le queda tirante, embutida hasta el codo. El sonido me eriza la piel. Se acuclilla a mi lado y me agarra la polla con la mano enguantada, apretándomela sin ganas, como quien pesa una fruta en el mercado.
—Mira qué pichita más triste tiene el niño valentón —se ríe, moviéndomela de un lado a otro—. Ya te la voy a poner dura yo, no te preocupes. Aquí todo se usa.
Suelta la polla con un desprecio de asco, agarra un objeto de metal que no reconozco, me arranca la cinta y me saca el trapo empapado de la boca.
—¿Qué estás hacien...? —alcanzo a balbucear antes de que me encaje el aparato entre los dientes.
Es un abridor de boca. Acciona las palancas laterales y mi mandíbula queda abierta del todo, forzada, el metal tirando de mí sin tregua. La lengua me queda expuesta, la garganta abierta como un agujero al aire. No entiendo nada. Solo siento el frío del acero y el pánico subiéndome por la garganta.
—Ahora vas a aprender a respetarme —dice mientras se levanta el delantal y se baja las bragas hasta las rodillas—. Te aseguro que no vas a salir de esta habitación hasta que entiendas tu lugar.
Se sube la falda a la cintura y me deja ver todo lo que la mañana anterior alcancé a espiar de rebote: los muslos gordos surcados de venas, el vientre caído, la mata negra de pelos canosos alrededor de un coño enorme, de labios morados y colgantes, hinchado como una fruta pasada. Se lo abre con dos dedos enguantados y me lo enseña, la carne rosa por dentro brillando de humedad.
—Este es tu castigo, guarro. Vas a chuparme el coño hasta que me corra en tu boca las veces que a mí se me antoje.
***
Lo que sigue es la parte que más me cuesta contar, la que vuelve cada madrugada.
Se inclina sobre la caja y se sienta encima, tapando con su cuerpo la única abertura. El culo enorme cae de golpe sobre mi cara y me aplasta contra el suelo, los dos cachetes de carne caliente sellando el hueco. El coño peludo se me estampa en la boca abierta, los labios gordos y viejos metiéndoseme entre los dientes forzados. Todo queda a oscuras y todo huele a mujer sudada, a orina vieja y a sexo rancio. Intento suplicar, pedir clemencia, pero el abridor no me deja articular palabra y la lengua se me hunde sola en la carne mojada de su coño. La oigo reírse por encima de mí.
—Es inútil que pidas ayuda. Tu mamá no te va a oír. Esta vez no va a salvarte. Chupa, cerdo. Chupa como si te fuera la vida en ello.
Empieza a mecerse encima. Me frota el coño contra la boca abierta, adelante y atrás, restregándose el clítoris hinchado contra mis dientes de arriba, marcándose el ritmo con las caderas. Le siento el clítoris duro como un pezón pequeño, gordo, resbaladizo. La lengua me duele de estirarla, pero no tengo dónde ir: la mandíbula me la sostiene el aparato, el cráneo me lo aplasta el peso de su culo, y cada vez que respiro por la nariz me trago el olor concentrado de sus pliegues. El coño empieza a chorrear. Un flujo espeso, pegajoso, tibio, me baja por la garganta y me hace toser dentro de su carne. Ella se ríe más fuerte.
—Eso es, trágamelo todo. Todo lo que suelto es tuyo. Para eso te tengo.
Se apoya con las manos enguantadas sobre la caja y se me monta con más fuerza. Los muslos gordos me aprisionan las orejas, el peso muerto me hunde. Me clava el clítoris en la lengua y gime, ronca, sin ninguna vergüenza, un gemido de vieja cachonda que no tiene que rendir cuentas a nadie. Le siento el coño palpitando, apretándose contra mi boca, y de pronto se convulsiona entera. Un chorro caliente me llena la garganta. Se corre encima de mi cara, sujetándose el vientre con la mano libre, sacudiéndose como una yegua, y no me suelta hasta que el último temblor se le apaga. Cuando por fin se levanta, tengo la cara empapada, el pelo pegado a las sienes y la boca llena de la baba espesa de su corrida.
Vuelve a sellarme la boca con la cinta y se sienta en una silla, frente a mí, a contemplar su obra con las manos enguantadas apoyadas en las rodillas y las piernas cruzadas, tan tranquila como quien toma el sol.
—Vaya —se burla, chupándose un dedo enguantado y saboreándolo despacio—. Ahora no te ríes tanto. ¿Sabes lo que eres? Mi retrete. Nada más. Y todavía nos queda la mejor parte.
Los minutos se estiran como horas. La veo abrirse el delantal y sacarse las tetas por encima del sostén. Son enormes, blancas, con venas azules cruzándolas y los pezones oscuros y anchos como monedas. Se las manosea delante de mí, se las estruja, se las pellizca los pezones y se ríe al ver que la polla se me empieza a mover contra mi voluntad. La verga se me endurece a traición, se me levanta en el aire, delatándome. La cara me arde de vergüenza.
—Ahí está —canta, encantada—. Si el cuerpo no miente. Tu boca me insulta pero tu polla me suplica.
Se levanta, camina hasta mí y se me sienta a horcajadas sobre las caderas, aplastándome contra el suelo con todo su peso. Me agarra la polla dura con la mano enguantada, se escupe encima y se la mete de un tirón hasta el fondo. El coño gordo me traga entero. Está caliente, apretado por la carne, empapado por dentro, y me aprieta con una fuerza que no esperaba de una mujer de su edad. Empieza a cabalgarme sin prisa, subiendo y bajando el culo pesado sobre mis muslos, las tetas rebotándole en la cara delantera, el vientre bamboleándose a cada golpe.
—Vas a correrte dentro de mí, cerdito —jadea—. Y luego te vas a comer lo que yo te chorree encima. Esa es la lección de hoy.
Yo lloro con la boca abierta, incapaz de cerrarla, incapaz de hablar, incapaz de resistirme. El placer y el asco se me mezclan hasta perder los límites. Ella me monta cada vez más fuerte, se sujeta las tetas y me las restriega por la cara, me embadurna los labios de su sudor, me obliga a mirarla mientras ella pone los ojos en blanco y se corre otra vez encima de mi verga, apretándome el coño alrededor de la polla en espasmos calientes que me arrancan la corrida sin permiso. Le lleno el coño entero de semen. Siento cada latigazo saliéndome del cuerpo contra mi voluntad, vaciándome dentro de esa vieja odiada como si fuera lo único que supe hacer en la vida.
Ella se queda quieta encima, jadeando, disfrutando. Luego, muy despacio, se levanta. Se pone en cuclillas sobre mi cara, me arranca de nuevo la cinta y deja que el semen mezclado con su flujo me chorree del coño a la boca abierta. Cae espeso, tibio, pegajoso. Me llena la garganta y me obliga a tragar. Traga o te ahogas. Trago.
—Buen chico —ronronea, mientras el último hilo blanco cae sobre mi lengua—. Así me gusta. Limpito y educado.
Cuando cree que me resisto, apoya una sandalia sobre mis pelotas y aprieta hasta que el dolor me dobla por dentro. Los huevos se me aplastan bajo la suela, la polla vacía se retuerce sola, y el cuerpo entero se me convierte en una súplica sin voz. Repite el procedimiento una y otra vez, paciente, metódica. Se me sienta encima, me obliga a chuparle el coño hasta que se corre, me monta la polla hasta arrancármela otra vez, me embadurna la cara con la corrida mezclada. Hasta que no queda nada y yo no soy más que un guiñapo tembloroso encajado en su caja de metal, con el vientre lleno de sus jugos y la piel apestando a ella.
—A partir de hoy eres mío —dice, acariciándome la polla vencida con la goma fría del guante—. Vendrás cuando te llame. Suplicarás por volver, ya lo verás. Suplicarás por que te siente el culo en la cara y te dé de tragar. Te conozco mejor que tú mismo, cerdito.
Me vuelve a amordazar, se quita los guantes con un tirón seco y se inclina una última vez sobre mí.
—Esto no ha terminado. Apenas empieza.
***
Encerrado en su baño, oigo a mi madre llamarla desde el jardín.
—Vilma, ¿has visto a mi hijo?
—Sí —miente ella con una dulzura escalofriante—. Vino un amigo a buscarlo. Andaban con que iban a ver un partido.
Y así se asegura de que nadie me busque en horas. La puerta se entreabre y vuelve su voz, suave como un cuchillo:
—Tu mamá no va a venir. Me he ocupado de eso. Descansa, que aún nos queda tarde por delante. Y esta vez voy a estrenarte el culo.
En ese punto, siempre, despierto. Empapado en sudor, con la polla dura contra las sábanas y el sabor del miedo todavía en la boca, agradeciendo al cielo que solo haya sido un sueño. Me levanto, me lavo la cara y salgo al jardín a respirar aire frío para convencerme de que estoy a salvo.
Y entonces la veo.
Doña Vilma está apoyada en la valla que separa nuestras casas, calzándose despacio sus guantes de goma largos, mirándome fijo, como si conociera cada fotograma de mi pesadilla mejor que yo mismo.
—Necesito que entres un momento —dice con esa sonrisa que ya conozco—. Tengo algo para tu madre.
Es exactamente igual que en el sueño. Dudo. El corazón me grita que dé media vuelta y corra. Pero hay otra cosa debajo del miedo, una polla que se me hincha en el pantalón sin permiso, algo que llevo demasiado tiempo fingiendo no sentir, y que esta mañana, por fin, pesa más.
Empiezo a caminar hacia su puerta. Doña Vilma me espera con el delantal puesto y los guantes ajustados, y por primera vez en mucho tiempo no tengo ganas de reírme de ella.
Quizá, después de todo, siempre quise hacer realidad la pesadilla.