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Relatos Ardientes

Diez días para domar a mi suegra altiva

Mirta llegó esa misma tarde, arrastrando una valija enorme como si fuera un trofeo de guerra. Su hija, mi esposa, había entrado al sanatorio por la mañana para una operación de vesícula que los médicos calculaban en una semana, diez días de internación y recuperación. Alguien tenía que dar una mano en casa, y ella se ofreció antes de que nadie se lo pidiera.

—No te preocupes, yerno, vengo a colaborar en todo —me soltó al cruzar la puerta. Pero la voz le salía fría, cortante, como si me estuviera perdonando la vida.

Tengo cuarenta años, espalda ancha y manos endurecidas por años en la obra. Me limité a asentir y le mostré la pieza de huéspedes. Sabía perfectamente cómo era ella. Mirta, cincuenta y cinco años bien llevados, tenía un cuerpo que todavía hacía girar cabezas: pechos grandes y pesados, cintura marcada, caderas anchas y un culo redondo que se movía con cada paso. Pelo negro ondulado hasta los hombros, ojos oscuros llenos del desprecio que siempre me había guardado, el yerno «del montón».

Desde el primer minuto, su altivez fue como un cuchillo. Tiró la valija en medio de la sala, se sacó los zapatos con un suspiro teatral y se sirvió un café sin pedir permiso. Mientras yo intentaba armar una cena rápida, se sentó en el sillón cruzando las piernas y largó el primer veneno.

—Mirá cómo tenés la cocina. ¿Todavía cocinás vos? Mi hija siempre me cuenta que sos un desastre, que quemás todo, que la casa parece un chiquero. No sé cómo te aguanta. Sos un inútil. Un completo inútil que no sirve ni para calentar la comida.

Apreté los dientes y seguí cortando verduras en silencio. Ella no paró ahí.

—Mi hija se mata trabajando y vos llegás cansado de la obra y ni siquiera sabés ordenar un cajón. Patético. Si no fuera por ella, esta casa ya se habría venido abajo. Pero claro, vos sos el machito que paga las cuentas, ¿no? Ja.

Respiré hondo. Solo una semana, me repetí. Podía bancármela.

***

Al día siguiente las cosas empeoraron. Mirta se levantó a las seis y decidió «colaborar» reorganizando toda la cocina a su gusto. Cuando bajé a desayunar, me encontré con los cajones revueltos y a ella con las manos en la cintura.

—¿No te da vergüenza? Las ollas sucias, la heladera con olor a viejo. Mi hija se mata para que esto funcione y vos ni sabés poner las cosas en su lugar. Sos un vago, un mantenido. Si yo fuera ella, hace rato te habría mandado a la mierda.

Me tomé el café sin contestar y me fui a trabajar. Cuando volví a la tarde, cansado y con la ropa llena de polvo, la encontré en la mesa del comedor revisando las facturas y los papeles del banco.

—Estas cuentas son un desastre. ¿Cómo pensás mantener a mi hija con este despelote? Gastás en pavadas, no ahorrás nada. Sos un irresponsable. Un nene grande que juega a ser hombre.

La sangre me empezó a hervir, pero todavía me callé.

***

El tercer día decidió limpiar el baño «porque vos ni sabés usar la escobilla». Lo hizo con tanto escándalo que tuve que entrar a ver. La encontré agachada, el culo en pompa bajo una pollera corta que se le había subido hasta la cintura, los muslos gruesos y firmes a la vista.

—Mirá esto, lleno de pelos tuyos. Asqueroso. Pobre mi hija, con lo fina que es, teniendo que aguantar a un cerdo como vos.

Me quedé clavado en la puerta. La imagen me golpeó fuerte, pero las palabras me enfurecieron más.

—Mirta, basta —dije bajo y firme.

—¿Basta qué? ¿Te molesta la verdad? Mi hija se merece mucho más que un obrero bruto. Capaz que ni siquiera la cogés como se debe. Porque si la cogieras bien, no estaría siempre tan cansada.

Esa noche, durante la cena, siguió. Criticó la comida, cómo masticaba, hasta cómo respiraba.

—Comés como un animal. Con la boca abierta. Mi hija se casó con un cavernícola.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí. Pero todavía aguanté.

***

El cuarto día rompió todo. Había salido temprano a comprar provisiones y, al volver cargado de bolsas, la encontré en mi propio dormitorio, revolviendo el cajón de mi ropa interior como si fuera dueña de la casa.

—Mirá vos, calzoncillos rotos. ¿Cómo vas a satisfacer a una mujer si sos tan flojo hasta para esto? Sos un perdedor, Damián. Un perdedor de mierda.

Dejé las bolsas en el piso. El corazón me latía con fuerza.

—Salí de mi pieza ahora mismo.

—¿O si no qué, eh? —se rió, altiva, parándose con las manos en la cintura—. Esta es la casa de mi hija. ¿Qué vas a hacer, machito? ¿Pegarme? Sos un cobarde. Siempre lo fuiste.

No lo pensé. Avancé, la agarré del brazo y la tiré boca abajo sobre la cama matrimonial. Soltó un grito agudo.

—¡Soltame, animal! ¿Qué te pasa?

No contesté. Le subí la pollera de un tirón, dejando al descubierto ese culo grande y redondo que tanto había evitado mirar, y le bajé la bombacha de un solo movimiento. La primera nalgada cayó con toda la palma abierta.

El golpe retumbó en la habitación. La nalga se puso roja al instante.

—¡Hijo de puta! ¡Soltame ya!

Otra nalgada, más fuerte. Y otra. Le sujetaba la nuca con una mano mientras con la otra le zurraba el culo sin pausa, las nalgas cada vez más rojas, más calientes.

—Te callás de una vez. Estoy harto de tus humillaciones, de tu altivez. Ahora vas a aprender quién manda acá.

Pataleaba, intentaba zafarse, pero yo era mucho más fuerte. Después de una decena de cachetadas secas, su respiración empezó a cambiar. Los gritos se mezclaron con algo más grave, más hondo.

—Damián… basta… por favor…

Le separé las piernas con la rodilla y bajé la mano. Estaba empapada.

—Mirá vos. La suegra altiva con la concha hecha un río. ¿Te gusta que te traten así, Mirta? Decí la verdad.

Soltó un gemido largo, lleno de vergüenza.

—No… yo no… ay, Dios…

Me bajé el pantalón y se la apoyé entre las nalgas calientes.

—Ahora te voy a coger como se merece una boca tan sucia como la tuya.

Se la metí de un solo empujón hasta el fondo. El grito se transformó en un gemido profundo, placer mezclado con dolor. La tenía agarrada de las caderas, tirándole el culo hacia atrás con cada embestida.

—Esto es lo que necesitabas hace años, ¿no? Decime que te encanta.

—Yo… ay, mierda… sí… me gusta… no pares…

La di vuelta sobre la espalda, le abrí las piernas y se la volví a meter mirándola a los ojos. Le mordí un pezón mientras la embestía.

—Decime que sos mía ahora.

—Soy tuya… Damián… más fuerte… por favor…

Se corrió dos veces, temblando entera. Cuando sentí que llegaba, la saqué y terminé sobre su cara y sus pechos. Quedó jadeando, humillada y excitada al mismo tiempo.

—Esto recién empieza —le dije, dándole una última palmada suave en la nalga roja—. Tenés diez días acá. Cada vez que me faltes el respeto, aunque sea una palabra, te va a ir peor. ¿Entendiste?

Asintió, la voz baja y sumisa por primera vez.

—Sí… entendí.

***

Esa misma noche, después de una cena en silencio, se me acercó en el living. Ya no había desprecio en su mirada. Solo deseo crudo.

—Damián… —murmuró, bajando los ojos—. Quiero que me domes otra vez. Por favor. Hacé lo que quieras.

La levanté en brazos como si no pesara nada y la llevé al dormitorio. Esta vez empecé más lento, pero igual de brutal. Le comí la concha hasta que se corrió gritando y mojó las sábanas. Después la puse de rodillas.

—Chupala bien. Hasta el fondo.

La mamó con ganas, babeando, mientras yo le sostenía la cabeza. Después la cogí de nuevo contra la mesada de la cocina, levantándole una pierna, hasta llenarla otra vez.

Los días siguientes fueron una escalada. Mirta ya no criticaba nada. Me preparaba el desayuno con una sonrisa sumisa y, cada vez que yo llegaba del trabajo, me esperaba en la pieza con la pollera levantada y sin bombacha.

—Estoy lista para lo que quieras —decía bajito.

***

El quinto día todo cambió de forma definitiva. Llegué más temprano que de costumbre, sudado, con la remera pegada al cuerpo. Abrí la puerta del dormitorio para cambiarme y me quedé congelado en el umbral.

Ahí estaba Mirta, de rodillas frente a mi notebook, mirando un video privado mío: yo, mi esposa y un amigo de los tres, una noche que ella había disfrutado tanto como nosotros. Mirta miraba incrédula, desencajada. La pollera se le había subido hasta la cintura.

—¿Qué carajo estás haciendo, fisgona? —rugí.

Pegó un salto del susto. Se paró rápido, la cara roja, pero todavía con un resto de esa altivez que no terminaba de morirse.

—Yo… solo… —balbuceó.

—¿Solo qué? ¿Revisás mi notebook como una ladrona? Decime la verdad ahora mismo.

Bajó la mirada, las manos temblando. Por primera vez parecía realmente asustada.

—Perdón… Damián… Es que desde que me zurraste y me cogiste el otro día… no puedo dejar de pensar en vos. Me volvés loca. Soy una fisgona, tenés razón… pero no pude evitarlo.

La confesión me descolocó un segundo. Después la furia volvió con más fuerza.

—Así que la suegra despreciativa en realidad es una degenerada que se calienta espiándome. Toda esa boca sucia que tenías para humillarme, y ahora resultás una voyeur.

Se mordió el labio, la cara ardiendo de vergüenza y de algo más.

—Sí… soy una degenerada… castigame si querés… pero no me odies.

Eso fue la gota. Me saqué el cinturón de cuero de un movimiento seco. El cuero deslizándose por las presillas sonó como un latigazo anticipado.

—Ahora vas a pagar por meter las narices donde no te llaman.

La agarré del brazo y la doblé sobre la cama. El primer cinturonazo cayó sobre la pollera con un golpe seco. Mirta gritó y se arqueó.

—¡Damián, por favor!

Le subí la pollera de un tirón y seguí, ahora sobre la carne desnuda. Las nalgas grandes se fueron llenando de líneas rojas e hinchadas. Entre grito y grito empezaron a escapársele gemidos más profundos.

—Esto es por revisar mis cosas. Y esto, por toda la mierda que me dijiste los primeros días.

Cuando solté el cinturón, ella ya no intentaba escapar. Estaba apoyada sobre la cama, el culo en pompa, temblando, y la concha le chorreaba por los muslos.

—¿Qué sos? —le pregunté.

—Soy una fisgona… soy tu puta… —jadeó.

Me bajé el pantalón y se la metí de un solo empujón hasta el fondo. Soltó un grito largo y gutural.

—¡Es muy grande! ¡Me partís!

—Tomá. Esto es lo que te merecés por degenerada.

La cogí contra la cama con furia, sacando casi toda la pija y volviéndola a clavar. Cada embestida hacía rebotar las nalgas marcadas por el cuero. La cambié de posición varias veces: a cuatro patas en el piso, de costado contra el sillón, contra la pared sosteniéndola de las caderas mientras le mordía el cuello.

—Decime que te encanta.

—Me encanta que me castigues… cogeme más fuerte…

Cuando sentí que estaba cerca, le bajé la mano al clítoris sin dejar de embestirla. Mirta explotó: el cuerpo se le tensó, la concha se contrajo y soltó un chorro caliente que mojó el piso. Gritaba sin control. La puse de rodillas, le llené la boca un momento, y terminé sobre su cara y sus pechos.

Quedamos los dos jadeando. El culo marcado, la concha hinchada, la cara cubierta. Le di una última palmada suave sobre las marcas.

—Que te sirva de lección. La próxima vez que te encuentre revisando mis cosas, te va a ir peor.

Levantó la mirada, la voz ronca y sumisa.

—Gracias por castigarme, Damián. Si querés, te preparo la cena… para que me perdones.

***

Los días siguientes la dominación entró en su fase más intensa. Le hice usar un plug todo un día, caminando por la casa, gimiendo con cada movimiento. Por la noche se lo saqué y la sodomicé despacio, centímetro a centímetro, mientras le frotaba el clítoris. Lloraba de placer y dolor.

—Duele… pero no pares… quiero sentirte ahí…

El sexto día la até de pie contra la pared del living, con los brazos arriba, y la trabajé con las manos y la boca hasta que rogaba sin vergüenza. El séptimo introduje juguetes más grandes y la hice cabalgar mientras le daba nalgadas. Cada día me esperaba con el culo todavía marcado del anterior, pidiéndome más.

—Cogeme la concha más fuerte… soy tu puta personal… haceme chorrear otra vez…

Los últimos días fueron de sumisión absoluta. Me pedía que la zurrara antes de cada comida, que la cogiera en la ducha, en el balcón, en el sillón. La mujer altiva que había llegado con la valija como un trofeo ya no existía.

***

Cuando por fin llegó el día en que mi esposa volvía del sanatorio, Mirta ya era otra. Antes de irse, en la puerta, me susurró al oído con la voz ronca de deseo.

—Cuando mi hija se duerma… llamame. Voy a volver. Y voy a dejar que me hagas lo que quieras. Todo.

Cerré la puerta y sonreí. Los diez días habían terminado, pero las nalgadas, el cinturón, las ataduras y todo lo demás no habían hecho más que empezar. Mirta ya no me miraba con desprecio. Me miraba con hambre, con adicción. Y yo sabía exactamente cómo mantenerla domada por mucho tiempo más.

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Comentarios (5)

DiegoRF

tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final

RosalinaMDQ

Que situacion, me puse en el lugar del protagonista y senti cada momento. Muy bien narrado.

Norberto45

jajaja el titulo ya me vendio el relato. No decepciona para nada

CarlosDelNorte

Me gusto mucho el ritmo que le diste, engancha desde el principio y no suelta hasta el final. Buen trabajo.

SergioMontoya

me recordo una situacion un poco parecida que tuve hace años, sin llegar a tanto claro esta jajaja. Gracias por compartirlo

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