El ultimátum de mi yerno en la cocina
A la mañana siguiente, Andrés ya estaba en la cocina. Sentado a la mesa, sostenía una taza de café que hacía rato se le había enfriado entre las manos, y tenía la mandíbula tensa, la mirada fija en la puerta. Esperaba.
Beatriz bajó despacio, con el pelo revuelto y las ojeras de una noche en la que apenas había dormido. Se había pasado horas dando vueltas en la cama, escuchando los ruidos que venían de la habitación de al lado, odiándose por lo que su cuerpo le pedía a gritos.
Llevaba ocho meses viviendo bajo aquel techo, desde que la enfermedad se llevó a su hija y la dejó sin nada. Al principio Andrés había sido correcto, distante incluso. Pero algo había cambiado entre ellos en las últimas semanas, una tensión que se espesaba en cada cruce de miradas, en cada silencio demasiado largo a la hora de cenar.
Nada más verla entrar, él dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Así que con una caricia rápida te crees que me vas a tener contento? —dijo, y la voz le salió dura, sin matices—. ¿Eso es todo? ¿Crees que con eso me basta y me quedo callado?
Ella se detuvo junto a la encimera, el corazón golpeándole el pecho. Se acercó a la cafetera intentando aparentar una calma que no sentía.
—Andrés… te lo he dicho mil veces —murmuró sin mirarlo—. Somos familia. Tú eres mi yerno, yo soy tu suegra. No puede haber nada más. Lo de anoche fue un error.
Él se levantó de golpe. La silla chirrió contra las baldosas. En dos zancadas se plantó delante de ella y le sujetó los brazos, obligándola a levantar la cara.
—¿Familia? ¿Eso es lo que te repites para poder dormir? —gruñó, acercando su rostro al de ella—. Te oí toda la noche a través de la pared. Te oí gemir mi nombre. Y ahora me vienes con que no puede haber nada.
Beatriz intentó soltarse, pero él apretó más.
—Por favor… esto está mal…
Andrés soltó una risa fría y la liberó de golpe, dando un paso atrás.
—Entonces atente a las consecuencias —dijo, y su tono ya no admitía discusión—. Si no vas a darme lo que los dos queremos, recoges tus cosas hoy mismo y te largas. Esta casa es mía.
Ella se quedó pálida. Sabía que hablaba en serio. Todo estaba a su nombre desde que su hija había muerto. No tenía adónde ir, no tenía ahorros, y aquel calor traicionero que la quemaba por dentro cada vez que lo miraba no la dejaba pensar con claridad.
Lo peor no era la amenaza. Lo peor era que una parte de ella, la que llevaba meses ahogando, casi agradecía que él la empujara a ceder. Si la decisión no era suya, no tendría que cargar con la culpa de haberla tomado.
Se mordió el labio y no dijo nada. Andrés volvió a sentarse, cruzado de brazos, esperando una respuesta con esa mirada que ya la había doblegado otras veces.
***
Las manos de Beatriz temblaban alrededor de la taza que ni siquiera había tocado. Las palabras de él le daban vueltas en la cabeza como una sentencia: o se iba, o aceptaba. Y no tenía adónde ir.
Bajó la mirada, derrotada.
—Está bien… —susurró, casi inaudible—. Una sola vez. Nada más.
Andrés sonrió con esa mueca de triunfo que ella conocía demasiado bien. Se acercó despacio, sin descruzar los brazos.
—Una está bien… para empezar —dijo, grave—. Luego serán más. Muchas más.
Ella levantó la vista, asustada.
—Al menos sé considerado. No me hagas daño.
Él soltó una risa corta, despectiva, mirándola como a una niña ingenua.
—Claro que voy a serlo —respondió con burla—. Acércate. Despacio.
No le dio tiempo a reaccionar. Le subió la bata de un tirón, metió las manos por debajo y le abarcó los pechos, sacándolos del sujetador y amasándolos sin delicadeza. Los pezones se le endurecieron al instante, y él los pellizcó hasta arrancarle un jadeo que ella no supo si era de protesta o de otra cosa.
Después bajó la boca. Se los chupó con avidez, mordisqueándolos, lamiéndolos mientras con la otra mano le sujetaba la espalda. Beatriz intentó apartarse, pero la tenía bien agarrada por la cintura.
—Andrés… ya es demasiado… —murmuró.
Las manos de él bajaron hasta las nalgas. Se las apretó con fuerza, clavándole los dedos, empujándola contra su cuerpo para que sintiera lo duro que estaba a través del pantalón. La levantó casi en volandas y la llevó así hasta el salón, ella protestando débilmente con la bata subida hasta la cintura.
—Te estás pasando… esto no era lo que dijimos… —jadeó al llegar al sofá.
Él la soltó solo para darle una palmada seca en la nalga, lo justo para que le ardiera la piel y se callara de golpe.
—Una vez significa una vez como yo quiera —gruñó.
Se sentó, abrió las piernas y se bajó la cremallera. Luego, sin prisa, se quitó toda la ropa: la camiseta por la cabeza, el pantalón de una patada. Quedó desnudo, el pecho ancho, el cuerpo curtido, mirándola desde el sofá con los ojos oscuros.
—Desnúdate delante de mí —ordenó—. Despacio. Quiero verte bien.
Ella seguía de rodillas, con la mejilla todavía ardiéndole por la palmada.
—No. El trato era una sola cosa. No voy a desnudarme delante de ti.
Andrés soltó una risa baja, sin dejar de mirarla.
—Es para que acabe antes, Beatriz. Si me excito viéndote, terminamos más rápido. Es por las dos. No seas tonta.
Ella dudó, mordiéndose el labio. Sabía que era mentira, lo veía en su cara. Pero el miedo a quedarse en la calle y el fuego que ya le quemaba entre las piernas la hicieron ceder. Con las manos temblando, se incorporó y empezó a quitarse la ropa.
Primero la bata, que dejó caer al suelo. Luego el sujetador, y los pechos pesados quedaron libres. Por último la ropa interior, bajándola despacio, dejándose expuesta por completo ante él.
Andrés gruñó con aprobación.
—Ahora siéntate en esa silla. Abre las piernas. Tócate.
Beatriz se sentó en el borde, abrió los muslos con vergüenza y se llevó una mano entre las piernas. Empezó a frotarse despacio, en círculos, mientras con la otra se sostenía un pecho. Lo hacía en silencio, la cabeza gacha, pero él no se lo permitió.
El salón estaba en penumbra, con la persiana a medio bajar dejando entrar solo una franja de luz gris de la mañana. En aquel silencio, cada sonido se volvía enorme: la respiración entrecortada de ella, el roce de sus dedos, el crujido del cuero del sofá cada vez que él se movía. Beatriz sentía la mirada de Andrés como un peso físico sobre la piel.
—Mírame mientras lo haces. Y di mi nombre.
Ella levantó la vista, las mejillas encendidas.
—Andrés… —susurró entre jadeos—. Me estoy tocando… pensando en ti…
—Más alto.
Beatriz aceleró los dedos. El cuerpo empezó a moverse solo, las caderas buscando su propia mano, los pechos temblando con cada movimiento.
—Andrés… me tienes loca… —gimió, ya sin poder contenerse.
—Así. Dime que te gusta hacerlo para mí.
—Sí… me gusta… Andrés, me estoy corriendo… ¡Andrés!
El orgasmo la sacudió entera. Gimió largo y profundo, el cuerpo estremeciéndose en la silla mientras él la observaba fijamente, disfrutando del espectáculo que acababa de arrancarle.
***
Cuando recuperó el aliento, Beatriz seguía temblando, con las piernas abiertas y la respiración entrecortada. Una parte de ella se odiaba; la otra pedía más, a pesar de todo.
Andrés se levantó y se tumbó a lo largo del sofá, la cabeza apoyada en el reposabrazos, las piernas estiradas.
—Ven aquí —ordenó con voz ronca, palmeándose el pecho—. Súbete encima. Quiero probarte.
Ella lo miró, todavía jadeando, cruzando los brazos sobre los pechos.
—No, Andrés… eso tampoco era el trato. Solo iba a ser una cosa…
Él soltó otra risa baja.
—Es para que acabe antes, Beatriz. Si te doy gusto, me excito y terminamos. Tú ya te has corrido delante de mí. Ahora me toca a mí.
Beatriz dudó, mordiéndose el labio hasta casi hacerse daño. El deseo le ganaba la batalla a la cabeza. A regañadientes se levantó y se acercó. Él la guió con las manos en las caderas, colocándola a horcajadas, primero sobre su pecho, después más arriba, hasta que las rodillas de ella quedaron a ambos lados de su cabeza.
—Bájate despacio.
Ella se dejó caer poco a poco, sintiendo el aliento caliente de él. Cuando por fin lo rozó, ambos soltaron un gemido a la vez. Andrés no esperó más: la lamió de abajo arriba en un trazo largo y lento, y Beatriz se aferró al respaldo del sofá, arqueando la espalda.
—Ay, Dios… Andrés… no…
Pero él ya estaba perdido. Le sujetó las nalgas con las dos manos, separándolas, y hundió la cara entre sus piernas. La lengua entraba y salía con movimientos rápidos y profundos, y los sonidos húmedos llenaban el salón.
—Qué rica eres… —gruñó él, la voz amortiguada contra su piel.
Subió hasta el punto más sensible y lo succionó con la boca mientras la lengua lo azotaba de lado a lado. Beatriz empezó a mover las caderas sin poder evitarlo, restregándose contra su rostro.
—Ah… Andrés… para… no puedo… —gemía, pero sus manos bajaron al pelo de él y lo apretaron más fuerte contra ella.
Él no se detuvo. Sumó dos dedos, curvándolos hacia arriba, mientras la lengua seguía su trabajo sin tregua. El ruido se mezclaba con los gemidos de ella, cada vez más altos, cada vez más incontrolables.
Beatriz ya no fingía resistencia. Las caderas le botaban solas, cabalgando sobre la cara de él, los pechos temblando salvajes.
—Andrés… me voy a correr… ¡Andrés!
El orgasmo la golpeó como una ola. El cuerpo se le convulsionó, las piernas temblándole a ambos lados de su cabeza. Él no dejó de lamer ni un segundo, prolongándolo hasta que ella, agotada, se desplomó a su lado en el sofá.
Andrés se limpió la cara con el dorso de la mano y sonrió, satisfecho.
—Ahora sí, Beatriz —dijo despacio—. Ahora me toca a mí. Pero tranquila… que todavía nos queda mucho día por delante.
Ella cerró los ojos, el pecho subiendo y bajando agitado. Sabía que aquello no había sido el final de nada. Era apenas el principio.