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Relatos Ardientes

Esa mañana le confesé mi fetiche más sucio

Lo más arriesgado que habíamos hecho Tomás y yo en la cama fue una paja a oscuras en la última fila de un cine. Y ni siquiera fue tan arriesgado, porque ni terminó. La sala estaba casi vacía y, cuando una pareja se sentó dos filas más adelante, los dos nos quedamos quietos como dos adolescentes asustados.

Pero algo de esa noche se me quedó pegado. La idea de que alguien pudiera vernos, de que estábamos haciendo algo que no debíamos, me había encendido más que cualquier cosa en meses.

Sentía que a nuestra vida sexual le faltaba algo. Lo había hablado con mis amigas, con él, con mi psicóloga y hasta con el gato, mirándolo fijo como si fuera a contestarme. No encontraba la solución por ningún lado.

La verdad es que los dos teníamos una vida muy ocupada. El sexo siempre estaba ahí, puntual, cómodo, pero ya no lo vivía como una emoción. Era una rutina más, como lavar los platos o pagar el alquiler.

Mi psicóloga decía que era porque buscaba cosas más arriesgadas. Que esa noche en el cine me había calentado tanto por el simple miedo a que nos atraparan, por la certeza de que en cualquier momento alguien iba a girar la cabeza y vernos.

La adrenalina, el morbo, lo prohibido. Eso era lo que a mí me prendía fuego por dentro.

Tomás, en cambio, no es aburrido, pero sí mucho más tradicional. Un mañanero, el misionero, en cuatro, alguna vez anal, en la ducha cuando estoy indispuesta y, como mucho, una vez en la cocina contra la mesada. Eso era lo más atrevido de nuestro repertorio.

Ni siquiera lo habíamos hecho en la camioneta nueva que nos compramos hacía dos meses.

Necesito más. Necesitamos más.

Algo prohibido, algo tabú. Algo que nos diera emoción a los dos. El problema era que ni yo misma sabía exactamente qué.

***

Ese domingo estábamos haciendo fiaca en la cama a las diez de la mañana. La persiana entornada dejaba entrar una franja de luz que cortaba las sábanas por la mitad. Entre besos, manoseos perezosos y susurros, nos fuimos calentando sin prisa.

Tomás es hermoso. Lo primero que me gustó de él la primera vez que lo vi fue ese aire a galán de película antigua, el pelo revuelto y la sonrisa torcida. Me vuelve loca. Y tiene una verga preciosa. Me encanta chupársela, podría pasarme horas. A él le encanta acabarme en la boca y que me la trague entera.

Se acostó en nuestra cama grande con los brazos detrás de la cabeza mientras yo me ponía en cuatro entre sus piernas. Sabía que desde ahí me veía el culo con la tanga blanca pequeña, y eso me gustaba tanto como a él.

—Uf, mi amor, qué culo hermoso que tenés —dijo, con la voz ronca todavía de dormido.

Se la hice como le gusta. Que la mamada sea babosa, ruidosa, que me la mande hasta la garganta hasta que me dan arcadas. Cuando me escucha al borde de la náusea, me la empuja un poco más profundo. Y a mí me encanta.

Me lloran los ojos, pero me río. Subo a besarlo y él me devuelve el beso con las manos en mi cara. Me saca la tanguita despacio y me sienta encima para que lo cabalgue.

Lo hago. Cogemos en esa posición un buen rato. A él le gusta que esté arriba porque ve cómo me rebotan las tetas con cada movimiento. A mí me gusta arriba porque su verga me llena profundo, hasta el fondo.

—Ponete en cuatro, amor —me pidió.

Lo hice. Le encanta jugar con mi ano mientras me la mete por la concha. Maldije por dentro no haber dejado el plug a mano en la mesa de luz.

Tomás me escupió en el ano y empezó a pasar el dedo por ahí, en círculos, mientras entraba y salía de mí con un ritmo lento que me desesperaba.

—Ay, amor, qué rico. Me llenás toda.

—¿Te gusta? —preguntó contra mi nuca.

—Sí. Más rápido. Cogeme más rápido.

Y lo hizo. Me agarró de la cadera con una mano y con la otra me metió dos dedos en el culo, sincronizados con cada embestida. Le acabé la verga, lo sentí cuando me apreté entera alrededor de él. Él tampoco tardó demasiado.

Siempre me llena, y le gusta que me quede con el culo hacia arriba un rato largo mientras me sigue penetrando despacio. Dice que le gusta saber que me deja todo adentro. Y a mí me encanta dárselo.

Por lo general, cuando terminamos, nos quedamos un rato así, él todavía dentro de mí, hasta que se le ablanda solo.

***

—Amor, tengo ganas de hacer pis —dijo, con la cara hundida en mi hombro.

—Nooo. No me la saques. Todavía la siento calentita.

—Sí, amor, pero me estoy meando. Posta.

—Amoooor…

—Dale, gorda. En serio te lo digo.

—No.

—Carla…

Y entonces lo dije. No lo pensé. Las palabras salieron solas de mi boca, como si llevaran años esperando el momento.

—Amor… ¿y si me meás la concha?

Hubo un silencio que duró siglos.

Siempre tuve curiosidad por la lluvia dorada. Solo mi mejor amiga lo sabía. Ni siquiera entiendo por qué nunca se lo conté a Tomás, si él sabe todo de mí, hasta las cosas que me dan vergüenza. Supongo que justamente por eso: porque me parecía algo sucio, asqueroso. Aunque a mí, en el fondo, nunca me lo pareció.

Al decirlo en voz alta se me puso la piel de gallina y volví a calentarme de golpe. Tomás debió notarlo, porque dentro de mí empezó a endurecerse otra vez.

—¿Qué decís, Carla? —preguntó, separándose apenas para mirarme.

—Eso. Si tenés ganas de hacer pis… meámela. Adentro.

—Boluda… —se rió, nervioso—. ¿Qué te pasa, amor? Es un asco eso.

Intentó salir de mí, pero apreté las piernas y lo retuve.

—¿Por qué? Ay, Tomás, después nos bañamos, literal. No entiendo qué tiene.

—¿Por qué me estás pidiendo eso? —su voz había cambiado. Ya no se reía.

—Qué sé yo, amor. Se me ocurrió… No sé. Mirá, la verdad es que siempre me llamó la atención la lluvia dorada, eso, y yo… no sé por qué nunca te lo dije.

Sentí cómo se le ponía completamente dura adentro mío. Nos quedamos mirándonos fijo, sin movernos, respirando fuerte.

—¿En serio me lo estás pidiendo, Carla? —asentí, con el corazón en la garganta—. Decime por qué querés que te mee la concha por dentro.

—Yo… no sé.

—Yo sí sé —dijo, y algo en su tono me hizo temblar—. Ponete en cuatro.

Me vibró todo el cuerpo. La manera en la que me hablaba, en la que me miraba, era un Tomás que no conocía. Esto. Esto era lo que estaba buscando.

Me puse en cuatro y giré la cabeza para buscar sus ojos. Me metió la verga en la concha sin ningún cuidado, de una sola vez. La tenía tan dura que dolía un poco, y verle los huevos pesados, tensos, me dejó la boca seca.

—¿Querés que te mee la conchita, Carla?

—Sí, amor. Sí.

—Decime por qué.

—Yo…

—Decilo. O no lo hago.

No sabía qué quería que dijera, pero dije lo primero que se me cruzó por la cabeza, lo que llevaba meses guardado bajo llave.

—Porque soy una puta. Soy tu puta y quiero sentir cómo me meás adentro. Me encanta que me llenes de leche, pero ahora quiero sentir tu pis caliente dentro mío. Dame eso, dale.

—Enferma de mierda —gruñó, y le tembló la voz de pura excitación—. Te voy a dar lo que querés.

Tardó unos segundos. Lo sentí respirar hondo, concentrarse. Y entonces un líquido caliente, mucho más caliente que su leche, empezó a llenarme por dentro. Una presión nueva, distinta, como si me inundaran lento desde el centro del cuerpo.

Saber que estábamos haciendo algo tan prohibido, algo que el resto del mundo encontraría repulsivo, me empujó al borde. Me vine con una fuerza que me dejó sin aire, temblando, agarrada a las sábanas con las dos manos.

Los chorros se mezclaron con mi orgasmo y empezaron a caer por mis muslos, formando un charco tibio en toda la cama. Nos empapó a los dos, pero Tomás siguió cogiéndome igual, sin frenar, mientras todo se desbordaba entre nosotros.

Cuando por fin acabó, su leche se sumó al desastre que ya éramos.

***

El olor empezó a sentirse fuerte en el cuarto, pero a ninguno de los dos le importó. Nos acostamos ahí, abrazados sobre las sábanas arruinadas, satisfechos y muertos de risa, felices como dos chicos que acababan de romper una regla por primera vez.

Habíamos descubierto algo nuestro, un secreto que íbamos a repetir muchas veces de ahí en más. Lo supe sin que hiciera falta decirlo.

—Espero que no me pidas nada con caca, Carla —murmuró, todavía con los ojos cerrados.

—Mmm… justo lo estaba pensando como próximo fetiche a descubrir —contesté, mordiéndome el labio.

Me miró con cara de asco fingido, pero terminó sonriendo y me apretó contra su pecho.

—Enferma. Te amo.

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Comentarios (5)

CuriosaK

ese momento de no retorno lo describiste perfecto!!! tremendo

MarinoS_lec

Por favor que haya segunda parte, quede completamente enganchado con como termino

NikoNocturno

Me encanto la tension que se siente, muy bien llevado el relato

Rosario_G

me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace un tiempo... esas confesiones cambian todo, hay un antes y un despues. Muy real

Pablio_88

buenisimo!!!

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