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Relatos Ardientes

Mi padrastro andaba en ropa interior por casa

Este es el relato de cómo confirmé, entre la vergüenza y el morbo, que me gustaban los hombres. Empezó torcido y terminó volviéndose la fantasía más intensa de mi vida. Lo cuento tal como lo viví, sin adornar nada.

De chico siempre fui el blanco de las burlas: flaquito, bajito, con lentes, sin ninguna gana de jugar al fútbol. Mis padres me cambiaron de escuela pensando que así pararían las cosas, pero no sirvió de mucho. Para cuando terminé el colegio ya cargaba el rumor de que era gay, aunque hasta entonces ningún chico me había atraído de verdad. Lo negué durante años, incluso a mí mismo. Tenía diecinueve y estaba esperando para entrar a la universidad cuando apareció el hombre que lo cambió todo.

Mis padres eran profesionales: él notario, ella enfermera. Se conocieron jóvenes y todo parecía estable hasta que mi madre descubrió que él la engañaba con una empleada del estudio. Se separaron, volvieron, y él hasta le pagó un par de cirugías estéticas. Ella nunca había sido fea, pero rondaba los cuarenta y ocho y quiso retoques: un levantamiento, lipo con relleno, algo en la cara. Salió de todo eso más segura y radiante.

Al principio salían seguido, pero a los dos meses ella empezó a salir más con sus amigas. Eso despertó los celos de mi padre, hasta que un día llegué a casa y él ya se había ido con sus cosas. Nunca me explicó por qué. El motivo lo entendí meses después.

***

Mi madre no paraba de salir. Una tarde llegó y me presentó a un «amigo», Damián, el nuevo fisioterapeuta del hospital donde trabajaba. Era quien la traía a casa. Me dio rabia que tan pronto ya estuviera con otro, pero esa rabia se me fue en cuanto lo vi.

Me pareció guapísimo. Medía como un metro ochenta, barbón, blanco y muy musculoso. Me saludó, entró un rato y se fue. Con los días se volvió visita fija. Como era él quien la dejaba, solían quedarse conversando afuera, y cuando mi madre subía yo notaba cómo Damián no le despegaba los ojos del trasero.

Para cuando se hicieron novios yo ya sabía bastante de él: tenía treinta y tres años, había entrado a trabajar el mismo mes que mi madre se operó, el auto era suyo pero compartía departamento, y pisaba el gimnasio cuatro veces por semana. Eso último lo sabía porque animó a mi madre a entrenar. Pasaba a buscarla con ropa deportiva que no ocultaba nada; al contrario, le marcaba cada músculo. Mi fijación se iba siempre a sus brazos y a su pecho, enormes, que sobresalían cuando aparecía en camiseta sin mangas.

Verlo en casa se me hizo normal, aunque nunca se quedaba a dormir. Hasta que un choque y un despido lo dejaron endeudado. Mi madre le prestó dinero, él no conseguía otro trabajo, y al final ella me preguntó si podía vivir con nosotros hasta recuperarse. La casa no era solo mía, pero ella siempre me consultaba todo. Viéndola tan feliz a su lado, acepté.

***

Damián se mudó dos días después. Llegó con una mochila y varias maletas. Lo ayudé a entrarlas y, mientras separaba ropa para vender, vi en una de ellas unos condones sueltos y cajas todavía cerradas. Hice como que no había visto nada. Él solito se dio cuenta y los escondió.

La primera mañana ya lo encontré sentado a la mesa con una camiseta de compresión sin mangas, mientras mi madre cocinaba. Tenía unos brazos y un pecho descomunales. Me asombró tanto verlo así de temprano que se me fueron los ojos sin querer. El resto del desayuno me costó horrores no mirarlo.

Los días se acomodaron en una rutina. Él salía con ropa deportiva o con suéter según el plan, y poco a poco se fue soltando a andar sin camiseta por la casa. A veces llegaba sudado del gimnasio y se quedaba con el torso desnudo frente al televisor. Yo tenía las hormonas alborotadas; imagínense convivir con semejante hombre paseándose medio desnudo, justo el protagonista de las fantasías que me armaba de noche.

Me pasaba encerrado en mi cuarto viendo porno, buscando actores con un cuerpo parecido al suyo para imaginar cómo la tendría, cómo se cogería a mi madre. Salía después y me lo topaba con el abdomen al aire, y volvía a empezar.

***

El primer fin de semana salieron a un cumpleaños y volvieron tarde, con olor a alcohol. Se encerraron diciendo que se cambiaban para dormir. En la madrugada escuché unos ligeros plop, plop, plop. Me senté en la cama, seguro de que estaban cogiendo, pero no oí nada más y me volví a dormir.

A la mañana siguiente mi madre se había ido al hospital a cubrir a una compañera. Damián la dejó y volvió en el auto. Yo, recordando los condones y el ruido de la noche, entré al cuarto de ella en cuanto me quedé solo.

En el baño encontré todo. Envoltorios rasgados en el piso, dos condones anudados en el cesto, los dos con rastros en la punta. Nunca había visto unos usados. Entre el asombro y un calor que me subía por todo el cuerpo, los sostuve, los acerqué a la nariz, y ese olor me puso durísimo. Bajo los papeles encontré más: estaban cogiendo como conejos desde que él se mudó, solo que en silencio. Terminé masturbándome con uno de sus bóxer sucios pegado a la cara, en una mezcla de sudor y algo más que me hizo acabar enseguida.

Me limpié y salí justo antes de que él volviera con la compra que mi madre le había encargado. Actué normal. Por dentro no pensaba en otra cosa que en cómo la tendría Damián.

***

La primera vez que lo vi en calzoncillos fue por un accidente. Llevaba más de dos meses en casa. Estábamos en la sala mientras mi madre cocinaba; él se metió a bañar y, de pronto, ella gritó que se había cortado. Corrimos los dos. Yo, nervioso por la sangre, igual no le quité el ojo a Damián en ropa interior.

Tenía un bóxer negro que no dejaba nada a la imaginación. Estaba tan cerca que vi con detalle el bulto, las piernas gruesas y peludas, las venas brotadas por los nervios. Mamá necesitaba puntos, así que él corrió a vestirse para llevarla, y mis ojos se fueron directo a su espalda enorme y a su trasero. Me quedé pensando en eso hasta que volvieron.

Después noté algo raro. Cada vez que los encontraba en la sala, hablaban bajito y mi madre soltaba cosas como «no, estás loco, no puedo decirle eso». Imaginé mil escenarios. Hasta que una noche, cenando los dos solos porque ella estaba de guardia, Damián me lo dijo.

—Oye, ¿tú nunca andas en bóxer por la casa? —preguntó.

—Sí, pero cuando estoy solo —contesté.

Se rió. Me contó que desde joven se acostumbró a andar así en su casa, que estar siempre vestido lo sofocaba, sobre todo al volver del gimnasio. Que le había pedido permiso a mi madre, pero ella decía que no porque yo tampoco lo hacía.

—Ahora que sé que sí, ¿qué opinas? ¿Puedo andar yo también?

Quería verlo, claro, pero sabía que si decía que sí mis fantasías se volverían densas. Lo toreé.

—Si ella dijo que no, mejor háganle caso. O anda así cuando no esté, para que no piense que la pasé por encima.

—Listo, así será —dijo con una sonrisa.

***

No pasaron tres días cuando lo encontré cruzando de la cocina a su cuarto en un bóxer gris, con un vaso de agua. Me saludó y yo quedé mudo. Solo le vi la espalda musculosa, las piernas gruesas y cómo se le movía el trasero. Me encerré a masturbarme y, aun así, seguí caliente toda la tarde.

Desde entonces su exhibicionismo fue en aumento. Como casi siempre estábamos solos, lo veía a diario. Un día entró a la cocina con un bóxer verde recogido en las piernas, que le marcaba un bulto enorme que se balanceaba con cada paso. Me tuvo hipnotizado.

Otra tarde llegó sudado y, al rato, salió de su cuarto envuelto solo en una toalla a revisar si se había acabado el gas. Venía bombeado del gimnasio, las venas marcadas, la piel brillosa. Me devoré su cuerpo con la mirada. Y cuando volvió a meterse, no aguanté: entré con cuidado tras él y lo espié por la rendija de la puerta del baño.

Tenía la música puesta y cantaba, así que no me escuchó. Me agaché para no hacer sombra. Le vi la espalda entera, el trasero redondo cubierto de vello, el agua bajándole por todo el cuerpo. Esperé que se girara para conocerle por fin la verga, pero no lo hizo. Al levantarme vi una caja de condones en el cesto. Ese fue mi siguiente objetivo, aunque cuando volví más tarde ya había sacado la basura.

***

Un fin de semana salieron y volvieron pasadísimos. Mi madre apenas caminaba; él la cargó hasta la cama. Cuando la acomodábamos, le noté a Damián el bulto marcado bajo el pantalón. Salí rápido. Esa noche, pegado a la pared, esperé los ruidos de siempre, pero en su lugar oí abrirse la puerta y algo romperse en la cocina. Salí pensando que mi madre quería agua, como cada borrachera.

Me lo topé completamente desnudo.

Quedé como una estatua en la entrada. Él se asustó, se tapó la verga con las manos, rojo, y me preguntó qué hacía despierto. Le dije que un ruido me había levantado. Mientras hablábamos no paré de recorrerle el cuerpo brilloso de sudor. «Se me cayó el vaso, anda a dormir», me dijo sin soltarse. Me giré y él también; alcancé a verle la espalda mojada, el trasero, y unos arañazos en una nalga, como si se la hubieran apretado fuerte.

Volví a mi cuarto y no pegué ojo. Esa madrugada los oí coger varias veces, y yo seguía el ritmo de los plop, plop, plop imaginando cómo se la metía, cómo aguantaba ella semejante hombre. Haberlo visto desnudo antes lo hacía mil veces más intenso.

***

A la mañana, en cuanto se fueron, entré a su baño. En el cesto, encima de todo, un condón sin anudar dejaba los papeles húmedos. Lo aparté y busqué más; encontré otros, alguno todavía con rastros dentro. Vertí un poco en mi mano, me lo llevé a la nariz y me masturbé con eso. Ese olor me embriagaba. Cuando me disponía a acabar vi que en la bañera también había condones, uno usado a un lado. Me corrí tan fuerte que los chorros llegaron al piso. Dejé todo como estaba.

Días después lo volví a espiar en la ducha, y esta vez vi más. Se giró de lado y, segundos después, por fin le vi la cabeza de la verga, cubierta de piel, más grande de lo que el bóxer dejaba intuir. Y entonces ocurrió lo mejor: al moverse, la luz proyectó en la pared la sombra de su verga completamente erecta, desde los testículos hasta el glande. Aceleré mirando esa silueta gruesa e imponente hasta acabar. Nunca la olvidé.

***

Con el tiempo dejó de buscar trabajo en serio y pasaba casi todo el día en casa. Empezamos a remodelar: espejos, puertas, muebles nuevos. El día que cambiaron las puertas, la del cuarto de mi madre quedó sin colocar hasta la tarde. Damián llegó, dijo que dormiría un rato. Más tarde, al salir por agua, lo vi boca abajo, completamente desnudo, roncando.

No me lo podía creer. Desde el pasillo me saqué la verga y me masturbé mirándole el trasero peludo, redondo y firme, la espalda ancha, las axilas. Me moría por agarrarlo. Solo me corrí y volví a mi cuarto.

Otra tarde lo espié una última vez en la ducha y por fin lo vi entero de frente. Se lavaba las nalgas, inclinado, mostrándome todo, y al girarse apareció su verga, más oscura que el resto del cuerpo, gruesa, con el glande morado y las venas marcadas desde la base. Por fin se me cumplía conocérsela, y no me defraudó. Me corrí con tanta fuerza que un chorro llegó a salpicar la puerta. Limpié a las apuradas y salí corriendo.

***

A partir de ahí mi obsesión ya no era solo verlo en bóxer, sino esa verga. Le dediqué cada paja, de la mañana y de la noche. Una de esas veces me metí un dedo por primera vez, imaginando que era él, y terminé exhausto y todavía duro. Cuando salía de noche con mi madre, yo entraba a su cuarto a buscar los condones usados que dejaba a los lados de la cama.

Llegué a un punto en que masturbarme no me bastaba. Quería sentir una verga de verdad. Abrí una app de citas y, a los pocos días, tuve sexo por primera vez con un hombre musculoso, blanco y mayor. Mientras me cogía cerraba los ojos y era Damián. Acabé rapidísimo.

Seguí viéndolo unos meses, hasta que me mudé con mi padre a otra ciudad para entrar a la universidad. Coincidió con que mi madre descubrió que Damián la engañaba con alguien más joven, y la casa se llenó de peleas. Años después se separaron del todo, cuando él embarazó a otra.

Damián dejó de ser parte de mi familia hace mucho. Pero durante muchísimo tiempo siguió siendo mi fantasía y, lo admito, el estándar imposible con el que medí a cada hombre que vino después.

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Comentarios (7)

SantiRiv

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Valeria_mdq

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas!!

NicoBSAS

Como lo narraste fue genial, se siente muy real y natural. La tension va creciendo de a poco y eso es lo que mas me gusto. Segui subiendo

Carmencita78

me recorde de una situacion similar, esa sensacion de saber que el otro sabe y fingir que no... demasiado real jajaja

ElPacho_82

La tension que armaste antes de que pase algo es lo mejor del relato. Eso es buen relato, no hay que apurarse

toni

excelente!!! segui asi

MirandaRosario

Y despues que paso? Tenes pensado continuar la historia? Me dejo con demasiada intriga

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