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Relatos Ardientes

El juguete que me llevé puesto todo el día

Hay una parte de mí que no le enseño a nadie. Una que vive en la oscuridad de mi cuarto de baño, detrás de la puerta cerrada, donde nadie me juzga y donde puedo ser exactamente la cerda que soy cuando no hay nadie mirando. Vengo a contarlo porque hace poco di un paso que llevaba meses imaginando, y todavía me arde la piel cuando lo recuerdo.

Antes de seguir, una advertencia: lo que viene es escatológico. Si lo sucio te incomoda, mejor cierra aquí. A mí, en cambio, es justo eso lo que me enciende.

Todo empezó con una idea que no me dejaba dormir. Pensé en lo mucho que me gustaría que alguien me viera. No me bastaba con hacer mis porquerías a solas; quería una mirada, un testigo, alguien que supiera lo lejos que soy capaz de llegar y que me lo confirmara. Después de darle vueltas durante semanas, empecé a escribir con un desconocido por internet. Lo llamaré Marco, aunque ese no es su nombre.

Marco no se asustó. Al contrario. Cuando le conté qué clase de cosas me gustaban, me pidió pruebas. No quería palabras bonitas ni promesas; quería ver con sus propios ojos hasta dónde era capaz de hundirme. Y yo, que llevaba tanto tiempo guardándome este lado tan oscuro, sentí un vértigo delicioso al imaginar que iba a grabarme y a entregarle el video como quien entrega una confesión. Durante días no pensé en otra cosa. En el trabajo, en la cama, en el espejo: la idea me seguía a todas partes y me humedecía sin avisar.

Voy a hacerlo. De verdad voy a hacerlo.

***

La mañana en que me decidí, me metí en la ducha más temprano de lo normal. Tenía que ir a la oficina, pero antes me iba a tomar mi tiempo. Abrí el agua caliente y dejé que me cayera por la espalda hasta que el vapor empañó el espejo y el mundo de afuera dejó de existir.

Me toqué los pechos despacio. Me pellizqué los pezones, primero suave y después con fuerza, hasta dejarlos tan duros que dolían un poco. Ese dolor pequeño me gusta. Es un aviso de que estoy entrando en ese estado en el que ya nada me importa salvo el placer.

Me froté el cuerpo entero con las manos enjabonadas, pero no eran mis manos las que imaginaba. Eran las de Marco. Lo imaginaba recorriéndome cada centímetro, sin pedir permiso, apretando donde le diera la gana. Pensar que un desconocido iba a ver todo lo que yo hiciera me puso húmeda de una manera que el agua no podía disimular.

Entonces me dejé ir y oriné ahí mismo, de pie en medio de la ducha. Sentí el calor de mi propia orina bajándome por los muslos, por las rodillas, hasta llegar a los pies. Bajé una mano y recogí un poco. Me la pasé por el vientre, por los pechos, marcándome con mi propio olor mientras el agua intentaba llevárselo. Cuanto más sucia me sentía, más me gustaba.

Después llevé los dedos hacia atrás y empecé a jugar con mi culo. Me metí un dedo despacio. Había ido al baño antes de entrar a la ducha, así que estaba sucio pero no lleno, y eso me dio justo lo que buscaba: la mezcla de placer y suciedad sin nada que me frenara. Lo metí lo más hondo que pude, girándolo, abriéndome, escuchando mi propia respiración entrecortada rebotar contra los azulejos.

Y ahí me acordé de las bolas. Tenía guardadas unas bolas chinas que casi nunca usaba, esperando en un cajón. La idea me llegó como un latigazo.

***

Salí del baño chorreando, completamente perdida en mi propia calentura, sin molestarme en secarme. Dejé un rastro de agua por el pasillo hasta el dormitorio y revolví el cajón hasta encontrarlas. Volví corriendo, cerré la puerta otra vez y me senté en el borde de la bañera con las piernas abiertas.

Me las fui metiendo una por una. Despacio, muy despacio, sintiendo cómo cada bola me abría y luego me cerraba al pasar, hasta que la siguiente esperaba su turno. Una. Dos. Tres. Cada una me costaba un poco más, y ese esfuerzo me hacía morderme el labio para no gemir demasiado fuerte. Cuando la última entró del todo y noté que ya estaban bien adentro, me quedé quieta un momento, asimilando el peso que ahora cargaba dentro de mí.

Las voy a llevar puestas todo el día.

Esa fue la idea que terminó de enloquecerme. Imaginé las bolas ahí dentro, hora tras hora, mientras yo fingía ser una mujer normal. Imaginé mis tripas trabajando alrededor de ellas, ensuciándolas poco a poco, mientras yo sonreía en una reunión, mientras contestaba correos, mientras hacía cola para el café. Nadie a mi alrededor sabría que llevaba un secreto tan obsceno escondido entre las nalgas.

Me terminé de duchar como pude, temblando, y me vestí para ir a trabajar.

***

El día fue una tortura exquisita. Cada vez que me movía en la silla, las sentía. Cada vez que me agachaba a recoger algo, contenía la respiración. A media mañana ya tenía las bragas empapadas y tuve que cruzar las piernas con fuerza bajo el escritorio para no hacer una locura ahí mismo, delante de todos.

Le escribí a Marco un par de veces desde el baño de la oficina. Me encerraba en el último cubículo, me bajaba las bragas hasta los tobillos y le describía con detalle lo que sentía, mientras una compañera se lavaba las manos al otro lado de la puerta sin sospechar nada. Le conté que las llevaba puestas, que las sentía moverse, que cada paso era un recordatorio de lo cerda que estaba siendo. Él me respondía cosas cortas, mandonas, que me dejaban con las rodillas flojas. Me llamaba sucia, me ordenaba aguantar, me prohibía tocarme hasta llegar a casa, y yo obedecía cada palabra como si su voz tuviera un poder que ni yo entendía. Saber que alguien al otro lado estaba al tanto de mi secreto lo hacía cien veces más intenso. No era solo mi placer; era un placer compartido, observado, aprobado, dirigido por una mano que no era la mía.

Conforme avanzaba la tarde empecé a notar otra cosa. Unas ganas crecientes de ir al baño. Ganas de verdad. No sabía si era mi cuerpo pidiendo expulsar las bolas o si era la mierda acumulándose detrás de ellas, empujando, buscando salida. Las dos posibilidades me ponían igual de caliente. Apreté los dientes y aguanté. Quería llegar a casa. Quería que el final fuera mío y de nadie más.

***

Cuando por fin entré por la puerta de mi casa esa noche, ya no podía más. Tiré el bolso al suelo, me arranqué la ropa por el pasillo y me metí en el baño con el corazón golpeándome el pecho.

Me puse en cuclillas sobre la bañera y empecé a sacar las bolas. Tiré del hilo muy despacio, y el placer de sentirlas salir una a una fue casi insoportable. Cada bola que abandonaba mi cuerpo me dejaba un instante de vacío y de alivio que me hacía gemir sin vergüenza, porque ahí ya no había nadie a quien fingirle nada.

Las dos primeras salieron casi limpias. El resto, no. El resto salió embarrado, manchado, con trozos de todo lo que mis tripas habían estado guardando durante el día entero. El olor me golpeó de lleno y, lejos de darme asco, me hundió todavía más en ese estado animal. Sin darme cuenta empecé a orinar otra vez de lo rico que se sentía, envuelta en el olor de mi propia porquería, sintiéndome la mujer más sucia del mundo.

Cuando saqué la última, las ganas de pujar eran enormes. Un impulso de animal, primitivo, que no quise frenar. Me dejé ir del todo y cagué ahí, vaciándome por completo, jadeando con cada espasmo. Salió todo de mí, y con cada centímetro que salía sentía que me liberaba de algo mucho más grande que la simple necesidad física.

Me quedé en cuatro patas, con el culo sucio, temblando, y entonces llevé la mano entre las piernas. Me masturbé así, en ese estado, rodeada de mi propio desastre, sin pensar en nada salvo en lo lejos que había llegado y en que Marco lo sabía. Pensé en su mirada imaginaria clavada en mí. Pensé en que era exactamente esto lo que él quería ver.

El orgasmo me partió en dos. Fue largo, profundo, de esos que te dejan vacía y satisfecha al mismo tiempo, y que consolidaron todo el placer que había estado acumulando desde la ducha de la mañana. Me quedé un buen rato así, derrumbada, escuchando mi propia respiración volver poco a poco a la normalidad.

***

Después vino lo de siempre. Esa mezcla rara de vergüenza y orgullo. Me sentí muy sucia, sí, pero también me sentí más yo que nunca. Un impulso animal me había hecho disfrutar como una bestia de un momento que cualquier otra persona habría llamado asqueroso, y no me arrepiento de ni un segundo.

Grabé lo que pude. Esa misma noche le mandé el video a Marco, con las manos todavía temblando al pulsar enviar. Su respuesta tardó apenas un minuto, y bastaron tres palabras suyas para que supiera que no me había equivocado al elegirlo como testigo.

Ya iré contando si sigo explorando este lado tan sucio que me invade. Porque algo me dice que esto apenas empieza, y que cada vez voy a querer llegar un poco más lejos.

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Comentarios (6)

Kum38

increible!!! me dejo sin palabras, de lo mejor que lei en mucho tiempo

Paloma_sf

Por favor que haya segunda parte!! me quede con muchisimas ganas de saber como continua todo

LectorBA_92

Lo que mas me gusto es esa mezcla de vulnerabilidad y morbo que transmite la narracion. Se lee de un tiron y se siente autentico. Muy bien logrado, felicitaciones.

Gonza_B

jajaja ese final no me lo esperaba para nada, tremendo

Miguelin77

Raramente comento pero este merecia. Hay una tension que te atrapa desde el principio y no te suelta. La prosa es fluida, nada resulta forzado. Ojala publiques mas seguido porque sin dudas lo voy a leer.

Carlitos_uy

Buenisimo, me recordo a algo que me paso hace años y que nunca le conte a nadie jajaja. Un abrazo desde Uruguay

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