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Relatos Ardientes

Mi mujer me pidió que le trajera la vara para castigarme

Casilda siempre fue celosa, y no de un modo corriente. Era algo casi enfermizo, una llama que llevaba dentro desde mucho antes de que nos casáramos. Cuando éramos novios ya me celaba de cualquier mujer que se me acercara, pero con el matrimonio la cosa fue a peor. Como ejemplo basta lo que ocurrió cuando apenas llevábamos dos semanas de casados.

Yo había empezado a trabajar como encargado en el olivar de un amigo, y era plena temporada de aceituna. Desde la finca al pueblo había un buen trecho, así que la mayoría de los jornaleros íbamos y veníamos en bicicleta. Un mediodía, cuando volvíamos a comer, una de las muchachas de la cuadrilla me pidió que la llevara atrás, en el portaequipajes.

Eran tres hermanas. Dos compartían una bicicleta no muy grande, pero la menor venía a pie y no daba abasto con el paso de las demás. Me pidió que la acercara, aunque fuera hasta la altura de mi casa, y desde allí ella seguiría caminando hasta la suya. No supe negarme, aunque algo me decía que si Casilda llegaba a verlo, no iba a gustarle nada.

Por suerte nosotros vivíamos a las afueras, en un camino por el que casi nadie pasaba, de modo que la chica se bajó bastante antes de llegar. Quizá no nos haya visto, pensé. Pero nada más doblar la última curva, allí estaba mi mujer, plantada en la puerta con los brazos en jarras y la cara encendida. En cuanto crucé su mirada supe que lo había visto todo.

—Hola, cariño. Muy buenas —dije, intentando sonar tranquilo.

—¿Se puede saber quién era esa?

—¿Quién era quién?

El primer bofetón me llegó antes de terminar la frase. Y después otro, y otro más, media docena en menos de medio minuto, hasta dejarme la cara hirviendo.

—¿Tú te crees que soy tonta? ¿Tú te crees que me chupo el dedo? —repetía a cada golpe—. ¿Quién era esa, Mateo?

—Casilda, era una de la cuadrilla. Iba con sus hermanas y me pidieron que la acercara, nada más…

—Claro, y el señor hace lo que le mandan. Si tiene que subir a la primera fresca que pase a la bicicleta, pues la sube.

—Oye, perdona. Ni soy ningún pelele ni la muchacha es ninguna fresca.

—¡A mí no me hables en ese tono! Y no me defiendas a esa, que si yo digo que se monta en la primera bicicleta que ve, es que se monta. Pasa para dentro.

—Casilda, te lo pido por favor…

—Pasa para dentro, que te voy a dar una que vas a temblar el resto de la mañana.

***

Nada más entrar, cerró la puerta tras de sí. Cuando me disponía a explicarle de nuevo que aquello no tenía la menor importancia, noté que apoyaba la mano izquierda en mi hombro y levantaba la pierna derecha hacia atrás para descalzarse. Era su gesto de siempre, el modo en que se quitaba la zapatilla cuando iba en serio: el pie un poco al costado, la mano que la atrapaba en el aire.

Aquel mediodía llevaba unas zapatillas de cuadros rojos y negros, de las planas con suela de goma amarilla, esas que se pegaban a la piel y dejaban la marca ardiendo. Las llevaba cerradas porque hacía frío, pero eso no le supuso ninguna dificultad. Se la quitó a la velocidad del rayo.

La agarró bien por la punta, se mordió el labio inferior y empezó a darme zapatillazos sin mirar siquiera dónde caían. Me dio en la espalda, en el hombro, en la nuca, en el brazo con que intentaba frenarla. Cuando se desfogó un poco, bajó la puntería al trasero, y allí golpeó con una rabia que no le conocía. Aun por encima del pantalón, el escozor era tremendo, pero ella sabía bien que un buen castigo no se daba sobre la ropa.

—Los pantalones. Abajo —ordenó tras una buena tanda.

—Casilda, por Dios santo, ¿quieres tranquilizarte?

—He dicho abajo. ¿Te los bajo yo?

Yo conocía su carácter, sabía de lo que era capaz, pero no podía dejar que me tratara como a un crío. Era la primera vez que me pegaba estando casados, y algo me decía que si cedía aquella tarde, ya no habría vuelta atrás: sería así para siempre, o peor. Y aunque, para mi vergüenza, los zapatillazos me estaban poniendo cachondo, intenté imponer un poco de cordura. Le sujeté la muñeca de la mano que empuñaba la zapatilla.

—Casilda, ya está bien. Ya me has dado bastante. Ahora vamos a hablar.

Pero a las yeguas bravas no se las domina sujetándolas. Se zafó de un tirón y se puso como un basilisco.

—¡Si yo digo los pantalones abajo, son los pantalones abajo! —y cada palabra venía acompañada de un golpe—. Bájatelos, Mateo, que me estás buscando la ruina.

La vi tan fuera de sí que decidí bajarme los pantalones antes de que le diera un soponcio. No desaprovechó el regalo. De un solo tirón me bajó también el calzoncillo, me agarró del brazo y empezó a azotarme el culo desnudo como si no hubiera mañana.

—¡Saca ese culo! Hoy te enteras tú de quién soy yo —decía sin aliento, golpe tras golpe.

No sé cómo aguanté semejante tunda. La soporté hasta que ella misma se quedó sin fuerzas. Entonces tiró la zapatilla, la recogió con el pie y se la calzó a medias, en chancla, con esa gracia tan suya. Y como si no hubiera pasado nada, me dijo:

—Lávate las manos, anda, que vamos a comer.

***

Me quedé sin palabras. Como no sabía ni qué hacer ni qué decir, me lavé las manos y me senté a la mesa. Los primeros minutos comimos en silencio. Yo la miraba de frente; ella, de reojo. Llevábamos pocas semanas casados, y a esa edad la sangre hervía: follábamos por la noche y al mediodía, antes o después de comer, sin perdonar uno solo. Aquella tarde la tensión se podía cortar con un cuchillo, pero por debajo de la rabia, en los dos latía otra cosa muy parecida al deseo. Fue ella quien rompió el hielo.

—¿Te parece bonito que haya tenido que pegarte semejante paliza?

—¿Encima, Casilda? ¿Encima de la tunda que me has dado, todavía me echas la culpa a mí?

—Ya sabes cómo soy. Los celos me comen por dentro. Y ahora ya sabes cómo las gasto, así que tú verás lo que haces.

—Sabía cómo eras, pero lo de hoy no tiene justificación. Azotarme como a un chiquillo, y encima por nada.

—No me digas que por nada, eh, eso no me lo digas. Demasiado bien sabes por qué te he pegado. Y si te comportas como un crío, te trato como a un crío.

—Soy tu marido, Casilda. ¿Qué pensaría la gente si viera lo que me has hecho?

Yo creía que ya estaba más calmada, que tras la comida quizá habría tregua, y hasta otra cosa. Pero todavía no la conocía. De repente volvió a encenderse.

—Me importa un comino la gente. A mí quien me importa eres tú, y te quiero para mí, entero. Como te vuelva a ver con alguna de esas, te pongo el culo como un pimiento morrón. ¿Me oyes o no me oyes?

—Mujer, no hace falta que te pongas así.

—Me pongo como me da la gana. Y todavía no he terminado contigo. Esta tarde quiero que me traigas una vara.

—¿Cómo?

—Ya me has oído. Una buena vara de olivo. No creo que tenga que explicarte para qué la quiero.

—¿Pero tú estás loca? ¿Te crees que voy a ir esta tarde a cortar una vara para traértela a casa y que me pegues con ella?

—Por la cuenta que te trae.

—¿Y se lo cuento a todo el mundo de paso? «Echadme una mano a buscar una buena vara, que mi mujer quiere azotarme cuando llegue a casa, que con la zapatilla no le basta.» ¿Eso le digo a la gente, Casilda?

Se levantó retirando los platos y, sin mirarme, sentenció:

—Diles lo que te dé la gana. Pero la vara la quiero esta tarde aquí. Si no viene la vara, no vengas tú tampoco. Y olvídate de lo demás: hasta que no termine el castigo, no hay nada de nada.

Di un palmetazo en la mesa de pura rabia. Primero por lo de la vara; después, porque encima me castigaba sin sexo, justo cuando ya me imaginaba retozando un rato antes de volver al tajo. Ella dejó los platos en el fregadero, se volvió hacia mí y, con las manos en la cintura, me advirtió:

—Déjate de golpes en la mesa, que me quito otra vez la zapatilla y te dejo el culo hirviendo. Esta mañana estoy flamenca, por si no te has dado cuenta.

El cruce de miradas echaba chispas por las dos partes, pero la cosa no pasó de ahí. Terminamos de comer, tomamos café, y al despedirme le di un beso húmedo. Como vi que no me rehuía, le metí un poco de lengua y le acaricié un pecho. Ella se zafó con suavidad.

—Te quiero mucho, cariño mío, pero vete, que se te hace tarde.

—Yo también te quiero, amor. Ya me voy.

—Que no se te olvide lo que te he dicho. Ah, y que esté verde, que se doble bien.

Menuda pieza estás hecha, pensé mientras salía.

***

Pasé toda la tarde rumiando dos cosas: cómo conseguir la vara y cómo llevarla a casa sin que nadie me viera. Lo de avisar a la muchacha de que no podría acercarla más era lo de menos.

Tuve suerte. Encontré una vara perfecta para lo que mi mujer pretendía: poco más gruesa que un dedo, lisa como un junco, levemente curvada, verde y flexible, tal como me la había pedido. La escondí entre la ropa y me las arreglé para salir el último del olivar, cuando ya no quedaba nadie que pudiera verme.

La primera parte del plan salió redonda. Al llegar, Casilda estaba recogiendo las gallinas en el corral, charlando con una vecina. Saludé desde lejos y me metí directo a la ducha. Cuando salí, la oí ya trajinando en la cocina, preparando la cena. Fui hacia ella, la abracé por detrás, le besé el cuello y aspiré ese aroma a lavanda que era solo suyo. Empecé a sobarla despacio.

—No sabes las ganas que tengo de ti, amor mío.

Y ella, sin inmutarse, al menos por fuera:

—¿Me has traído la vara?

Se me cayó el alma a los pies. Había albergado la esperanza de escabullirme del castigo, pero esta mujer era implacable. Tengo que intentarlo igual, me dije, y seguí con la adulación.

—Claro que te la he traído, cariño. Tus deseos son órdenes para mí, ya lo sabes.

—No me seas zalamero. Enséñamela.

Se la mostré. La cogió entre las manos, la miró y la remiró, la batió en el aire un par de veces hasta hacerla silbar.

—Me gusta. Voy a darle tocino.

—¿Cómo?

—Mi madre tenía una y, de cuando en cuando, la frotaba con una corteza de tocino para que se engrasara y no se quebrara.

—¿Y para qué la quería tu madre? ¿Te daba a ti?

—A mí nunca tuvo que tocarme. Pero mi hermano mayor y hasta mi padre la cataron más de una vez.

—¿Tu padre también?

—Sí, hijo, sí. Una noche llegó algo bebido, y mi madre lo sacó al patio, le echó agua con la manguera y le dio un buen unte de vara que lo dejó nuevo. Así que ve aplicándote el cuento.

—Tú a mí no vas a tener que pegarme nunca, porque te adoro. ¿Lo sabes, verdad?

Y sin darle tiempo a reaccionar, empecé a besarla, a hacerle mimos, a tocarla por todas partes como si tuviera ocho manos, hasta que la fui llevando, sin que ella se resistiera, hasta el sofá. Una vez encima, le desabroché la blusa y empecé por los pechos, lamiéndolos despacio, mordiéndole los pezones hasta que se le erizaron. Bajé luego con la lengua por el vientre, le aparté la falda y descendí más, hasta el sexo, que ya estaba caliente y húmedo de tanto pelear conmigo toda la tarde.

Me sorprendió lo receptiva que estaba. Tenía aún más ganas que yo. Le comí el coño con calma primero y con hambre después, hasta que se corrió arqueando la espalda y clavándome las uñas en los hombros. Mientras se recuperaba, volví a subir a sus pechos para no darle tregua.

Mi intención era follármela en caliente, sin dejarla pensar, y así fue. Antes de que terminara de recobrar el aliento, ya me había encaramado sobre ella, y se la metí de una sola embestida, sin esfuerzo, hundido del todo. Los envites salieron fuertes, duros, casi rabiosos, la empotré contra el brazo del sofá hasta que se corrió por segunda vez, esta vez arrastrándome con ella.

***

Media hora más tarde, mientras cenábamos, me lanzó una mirada por encima del plato.

—No creas que te vas a escapar de la vara.

—Yo creo que me lo he ganado.

—Eso es lo que tú te crees.

—Me da igual que me des con la vara. Con esa cara tan guapa que tienes, me puedes matar a palos, que te voy a querer lo mismo.

—Menudo golfo estás hecho —dijo, y por primera vez en todo el día se le escapó una sonrisa.

Y así fue como aquella tarde me libré de tan temible instrumento. Solo aquella tarde, porque más adelante lo probé, y no una vez. Pero esa, y algún secreto bastante sorprendente de Casilda, es ya otra historia.

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Comentarios (6)

TomasL_22

que relato mas intenso!! me dejo sin palabras

Curiosa22

Por favor tiene que haber una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo eso!!

NocheLectora

Me encanto la manera en que esta contado, se siente real sin pasarse de la raya. Ese comienzo engancha de inmediato.

El_imaginativo

Dos semanas casados y ya esa dinamica... increible jaja. Muy buen relato, no lo esperaba asi.

SebaBaires

tremendo, lo lei de un tirón

BettyRsas

Que bien descripto el juego de roles entre los dos. Se nota que el que escribe sabe de que habla, hay una tension que se mantiene de principio a fin y eso no es facil de lograr. Espero que haya mas relatos asi.

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