Las reglas de Damián para salvar a mi familia
Vengo de una estirpe de mujeres que aprendieron a usar la belleza como herramienta. Mi abuela sedujo a un fabricante de telas en los años sesenta y sacó a la familia del barro para instalarla en una casa con jardín y servicio. Mi madre repitió la jugada con un corredor de bolsa, y durante veinte años hubo autos, viajes y joyas que ahora se vendían una a una para tapar agujeros. Cuando el negocio de importaciones de mi padre se hundió, todos giraron la cabeza hacia mí. Era mi turno, decían sin decirlo.
A los veintiséis años yo encarnaba esa herencia con una precisión que me incomodaba: piel tostada, ojos claros, un cuerpo trabajado a fuerza de gimnasio y disciplina. Pero, a diferencia de las que vinieron antes, yo tenía un plan distinto. No quería un anillo a cambio de obediencia. Quería un trabajo, una vida construida con mis propias manos.
El problema era la deuda. Crecía cada mes, y las cenas familiares se habían convertido en campañas de presión disfrazadas de consejos cariñosos.
—Renata, mi amor —decía mi tía, sirviéndome más vino del que quería—, Damián Solís es un hombre con un poder enorme. Un poco de encanto tuyo y nos salva a todos.
Damián era el dueño del Grupo Solís: minas, terrenos, edificios a medio construir en cada esquina de la ciudad. Viudo, rondando los cuarenta y cinco, con una fortuna capaz de comprar el barrio entero. Me había visto en una subasta benéfica y, desde entonces, mi familia lo cortejaba a él con la misma desesperación con la que querían que yo lo cortejara.
Pero Damián se equivocaba si creía que bastaba con aparecer para que yo cayera rendida.
***
Lo vi entrar a la casa una noche de mayo: traje oscuro que no disimulaba un cuerpo cuidado, mandíbula recta, ojos negros que se quedaban demasiado tiempo en cada cosa que miraban. Olía a un perfume caro y a algo más difícil de nombrar, una seguridad que llenaba la habitación. Durante la cena, mis padres reían sus chistes flojos. Yo contestaba con monosílabos y sostenía la mirada cada vez que la suya bajaba hacia mi escote.
Cuando los demás se retiraron con excusas torpes, me arrinconó en el estudio.
—Eres la mujer más interesante que he conocido en años —dijo, cerrando la puerta sin prisa—. Tu familia me ha hablado mucho de ti.
—No soy mercadería, señor Solís. Si quiere ayudar a mi familia, hágalo por decencia. No a cambio de mí.
Él se rio, bajo y ronco, y acortó la distancia.
—No te hagas la inocente. Todas terminan entendiendo cómo funciona el juego. Yo puedo darte todo. Solo necesito que dejes de fingir que no lo quieres.
Me apartó un mechón del cuello con dos dedos. Fue un roce mínimo y, sin embargo, sentí el calor subirme desde el estómago, una traición de mi propio cuerpo que me dio rabia.
No le des el gusto.
—Estás temblando —murmuró él, satisfecho.
Negué con la cabeza, pero no me moví cuando me besó. Su boca era exigente, sin disculpas, y cuando me agarró de la cadera para apretarme contra él lo mordí en el labio, un último gesto de resistencia que solo lo encendió más.
—Rebelde —dijo contra mi boca—. Mejor.
Esa noche no me entregué. Lo empujé, subí a mi cuarto y cerré con llave. Pero en la oscuridad, sola, mi mano terminó entre mis piernas, y me odié por imaginarlo encima de mí mientras me corría mordiendo la almohada.
***
Llegaron las flores, las invitaciones, una caja de terciopelo con aretes que devolví sin abrir. La familia apretaba con cada gesto suyo.
—No seas tonta, Renata. Es solo cuestión de ser amable.
Terminé aceptando una cena en su penthouse. «Solo hablar», me repetí en el ascensor, sabiendo que mentía. Llevaba debajo del vestido la lencería roja que él me había mandado esa tarde, y el hecho de habérmela puesto ya era una respuesta.
Me esperaba con la camisa abierta y dos copas servidas. Hablamos de números, de su propuesta de inyectar capital en la empresa de mi padre a cambio de mi «compañía». Cuando me cansé de los rodeos, fui yo la que dejé la copa sobre la mesa.
—Diga lo que quiere, sin adornos.
—Quiero verte —contestó—. Empieza por bajarte ese cierre.
Lo hice despacio, mirándolo, decidida a que entendiera que era yo quien lo permitía. El vestido cayó. Él recorrió la lencería roja con los ojos antes de tocarme, y cuando por fin lo hizo, lo hizo como quien comprueba que algo es suyo.
—Acuéstate —dijo, y la orden no admitía discusión.
Me ató las muñecas a la cabecera con dos corbatas de seda, probando los nudos con cuidado, preguntándome con la mirada si estaba bien. Asentí. Esa pregunta silenciosa fue lo que me desarmó: la dureza tenía un fondo de atención que no esperaba.
Bajó besando, sin saltarse nada, hasta que su boca se detuvo entre mis piernas. No tuvo prisa. Trabajó con la lengua y con los dedos hasta que arqueé la espalda contra las ataduras y le supliqué que no parara, y entonces, claro, paró.
—Pídelo bien —dijo, levantando la cara.
—Por favor —solté, con una voz que no reconocí.
Me hizo terminar dos veces antes de soltarme una mano.
—Ahora muéstrame cómo lo haces tú sola.
Me toqué frente a él, humillada y encendida a partes iguales, mientras me miraba como se mira un espectáculo pagado. Cuando entró en mí lo hizo lento, centímetro a centímetro, observando mi cara para no perderse nada.
—Esto es mío ahora —dijo, y odié cuánto me gustó escucharlo.
Esa madrugada también fue la primera vez por detrás. Lo preparó todo con paciencia, un dedo, después dos, gel frío y su voz baja ordenándome que me relajara. Dolió al principio, un ardor que poco a poco se volvió otra cosa, una intensidad que me dejó temblando y vacía cuando terminó.
***
Damián cumplió su parte. El dinero entró en la empresa de mi padre, las cartas de los bancos dejaron de llegar, y en las cenas familiares volvieron a brindar. Nadie preguntó el precio. Todos sabían que la cuenta la pagaba yo, en silencio, en su penthouse y en cualquier otro lugar donde se le antojara.
En su oficina me sentó sobre el escritorio una tarde, con la ciudad entera detrás del ventanal y los papeles de un contrato regados por el piso.
—Eres mi secretaria favorita —dijo, mientras me sostenía las muñecas a la espalda—. Cada trato que firmo lo celebramos así.
Me convertí en su secreto. Mensajes a medianoche, encuentros con una palabra de seguridad que él respetaba al pie de la letra y reglas que yo fingía detestar. Lo curioso era que, dentro de esas reglas, me sentía extrañamente libre: por una vez no tenía que calcular, ni seducir, ni administrar la belleza como un capital. Solo obedecer, o no, y vivir las consecuencias.
Pero el resentimiento crecía debajo del placer. Una noche, con él atado a su propia cama y yo encima marcando el ritmo, me incliné hasta su oído.
—Ahora el que está a mi merced eres tú —le dije, apretándolo con todo el cuerpo hasta sentirlo perder el control.
Me corrí así, sobre él, y después me levanté y empecé a vestirme.
—Se terminó. Mi familia está a salvo. Yo no soy un juguete.
Damián, sudado y todavía atado, sonrió con una calma que me dio frío.
—Vas a volver, Renata. No por mí. Por esto.
***
Aguanté dos semanas. Las noches eran lo peor: el cuerpo recordaba por su cuenta, y mi mano nunca lograba terminar lo que él había empezado. Cuando llamó para invitarme a su casa de la playa «solo a cerrar el trato», ya sabía que era una trampa, y aun así puse el bolso en el auto.
Allá el juego fue distinto, más lento y más cruel. Me ató a una silla en la terraza, de cara al mar, y me dejó al borde durante lo que pareció una hora, susurrándome al oído todo lo que pensaba hacerme mientras yo le rogaba que lo hiciera de una vez. En la piscina, con el agua hasta el pecho, me sostuvo contra el borde y me hizo prometer que diría su nombre cuando terminara. Lo dije. Lo grité, en realidad, sin nadie a kilómetros que pudiera oírnos.
El domingo improvisamos: él, un jefe insoportable; yo, la empleada que necesitaba conservar el puesto. Me arrodillé bajo su escritorio improvisado y, cuando todo terminó, me sentí ridícula y poderosa al mismo tiempo, porque sabía que en ese teatro la que mandaba era yo, que podía bajar el telón con una sola palabra.
Esa palabra la dije el lunes, antes de irme.
—Esto me está deshaciendo por dentro. Necesito parar de verdad.
Damián, recostado contra el respaldo, asintió sin discutir.
—Como quieras —dijo—. Pero ya sabes dónde encontrarme.
***
No volví.
Conseguí el trabajo que tanto había querido, un escritorio modesto y un sueldo que era todo mío. Reconstruí una rutina con horarios y compañeros que no sabían nada de mí. Mi familia prosperó, ajena al detalle de cómo. Pasaron los meses y aprendí a vivir sin contar a nadie el precio que había pagado.
Pero hay noches en que el recuerdo vuelve entero: las corbatas de seda, su voz baja dándome instrucciones, esa mezcla insoportable de mando y cuidado que nunca encontré en otro. El deseo no se fue del todo. Solo se quedó dormido, esperando, como un animal manso que sé que un día volverá a despertar.
Y entonces sabré, otra vez, qué tan fuerte soy.