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Relatos Ardientes

La farmacéutica que me puso de rodillas esa tarde

Adrián volvía de casa de Lorena con el cuerpo todavía temblando. Lo que había pasado allí no se parecía a nada que hubiera vivido antes: sexo duro, sí, pero también algo más oscuro, algo que él no sabía nombrar y que lo había dejado a la vez saciado y dolorido. Caminaba despacio desde la parada del autobús, consciente de cada paso.

La gente que se cruzaba con él lo miraba apenas un segundo, indiferente. Nadie podía adivinar lo que llevaba escrito en la forma de andar, en esa rigidez extraña de quien intenta que cada movimiento duela lo menos posible. Y sin embargo, él sentía que todos lo sabían.

Al doblar la esquina vio la luz verde de la farmacia, la más cercana a su edificio. Se detuvo un instante. Le ardía por dentro, una molestia constante que no se iba, y pensó que tal vez allí pudieran darle algo. Lorena se había empleado a fondo con un consolador enorme, y él aún notaba las consecuencias a cada respiración.

Esperó a que saliera la única clienta antes de empujar la puerta. Dentro, el local estaba vacío y olía a desinfectante y a papel. Tras el mostrador estaba Carmen, la farmacéutica que lo atendía desde hacía un mes, cuando se mudó al barrio.

Ella levantó la vista y lo reconoció enseguida. Lo había visto un par de veces: un chico educado, tímido pero franco, de esos que dan las gracias dos veces. Pero verlo entrar de aquella manera, encogido, con el gesto tenso, la hizo fruncir el ceño.

—Hola, Carmen —dijo él, casi sin voz.

—Hola, Adrián. —Lo observó un momento más—. ¿Estás bien?

—Bueno… no del todo.

—¿Qué te ha pasado? —Apoyó las manos en el mostrador y esperó.

—Me da bastante vergüenza contarlo —murmuró él—. Pero me duele mucho.

—Si no me lo cuentas, no voy a saber si puedo ayudarte o no —respondió ella con calma profesional.

Adrián tragó saliva. Tenía las mejillas encendidas.

—Hace unas horas estuve con una chica. Quiso hacerlo… de una forma intensa. Y a mí me gustó, pero…

—¿Pero qué? —Carmen ladeó la cabeza.

—Sacó un arnés. Con un consolador. Y bueno… —La frase se le quedó a medias, ardiendo de bochorno.

—Entiendo. Te penetró y te ha dejado el ano resentido. —Lo dijo sin un gramo de morbo, como quien describe una contractura—. ¿Has ido a urgencias?

—Me daba vergüenza.

—Ya. Menudo papelón, y a saber qué cara habría puesto el de guardia. —Esbozó media sonrisa—. Pasa atrás. Te echo un vistazo.

—¿Aquí?

—Estoy sola en el turno y no entra nadie sin que suene la campanilla. Pasa.

Adrián la siguió hasta la trastienda. Había un cuartito estrecho con una camilla plegable y, más allá, el almacén con sus estanterías de cajas. Ella se lavó las manos y se enfundó unos guantes de látex con un chasquido seco.

—Bájate los pantalones —dijo.

Él obedeció, torpe, y se quedó allí de pie, expuesto, sin saber dónde poner las manos.

—Ponte a cuatro patas, apoya los codos y la frente en la camilla, y abre las piernas. —El tono había cambiado. Ya no era una sugerencia—. Relaja el ano. Y los muslos. No me sirves tenso.

Adrián notó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Se colocó como ella le indicaba, con la cara hundida en la tela de la camilla. Oyó cómo destapaba un bote, sintió un gel frío y resbaladizo, y luego el roce de un dedo enguantado tanteando con cuidado.

—Tienes una fisura —dijo Carmen, inclinada sobre él—. Pequeña, pero la tienes. Voy a comprobar que no haya nada peor.

—Vale —musitó él.

—¿Cómo era? —preguntó ella mientras presionaba con suavidad—. El consolador, digo.

—Grande. Muy grande. —La voz le salió entrecortada, mitad dolor, mitad otra cosa.

—Te ha dejado abierto. —Hizo una pausa—. La que te lo hizo o es una salvaje o sabe muy bien lo que hace.

Fue añadiendo dedos, despacio, atenta a sus reacciones. Y entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba: Adrián gimió. No de dolor. Un sonido bajo, ahogado contra la camilla, que se le escapó antes de poder contenerlo.

—Vaya —dijo Carmen, y su voz tenía ahora un filo distinto—. Parece que esto te gusta más de lo que admites. Estás empalmado.

Él no contestó. No podía. Cada movimiento de aquella mano le recorría la espalda como una corriente. Ella lo notó, claro que lo notó, y algo se encendió también dentro de ella, una excitación inesperada, prohibida, que le subió por el vientre y le secó la garganta.

—No pares —jadeó Adrián—. Por favor, no pares.

—¿Y qué gano yo? —preguntó Carmen, y sonaba sinceramente curiosa.

—Lo que quieras. Haré lo que me pidas.

—¿Lo que sea?

—Sí… Ama. —La palabra se le escapó sola, y en cuanto la dijo supo que ya no había vuelta atrás.

Carmen se quedó muy quieta un segundo. Después aceleró, segura ahora de lo que tenía entre las manos, y Adrián empezó a temblar de arriba abajo hasta que se corrió, con un gemido largo, derramándose sin que ella le hubiera tocado el sexo una sola vez.

***

El silencio que siguió fue espeso. Carmen se quitó los guantes, los tiró a la papelera y se quedó mirándolo, todavía a cuatro patas, jadeando.

—Así que era eso —dijo al fin, y se cruzó de brazos—. Levántate.

Adrián se incorporó despacio, rojo hasta las orejas, intentando taparse. Ella negó con la cabeza.

—No te molestes. Ya te he visto entero. —Lo recorrió de arriba abajo con una mirada que lo hizo encogerse—. Me has puesto a tono, ¿sabes? Y ahora resulta que tengo ganas, y delante solo tengo a un sumiso al que se le cae la baba con que le metan la mano.

—Yo no…

—Calla. —La orden lo cortó en seco—. No me lo niegues. Me has llamado Ama sin que nadie te lo enseñara. Eso no se improvisa. Lo llevas dentro hace tiempo, ¿verdad? Qué calladito te lo tenías.

Adrián bajó la mirada. Era cierto. Lo había escondido durante años, incluso de sí mismo, y aquella mujer lo había desnudado en cinco minutos.

—Dime qué te gusta —exigió ella, dando un paso adelante—. Y no me mientas.

—Servir —respondió él en voz baja—. Lamer pies. Obedecer. La humillación… que me hablen como me estás hablando tú.

Carmen lo miró largamente. Después se sentó en el taburete y, sin apartar los ojos de él, se quitó los zapatos y luego las medias, despacio, dejando los pies desnudos sobre el suelo frío. El gesto fue una prueba, y Adrián la superó al instante: se le endureció el sexo solo con verlos.

—Increíble —murmuró ella—. Te pones así solo con esto. —Estiró un pie y lo apoyó sobre el pecho de él—. Túmbate. En el suelo. Boca arriba.

—Sí, Ama. —Se tendió sobre las baldosas sin dudar.

Carmen se desnudó sin prisa, doblando la bata sobre el taburete, y se subió encima de él. Lo cabalgó con una determinación que la sorprendió a ella misma, marcando el ritmo, hundiéndose y levantándose a una velocidad constante mientras él permanecía quieto, obediente, ofrecido.

—Como te corras antes que yo —le advirtió, sin dejar de moverse—, te quedas sin volver a tocarme en tu vida. ¿Entendido?

—Entendido —jadeó Adrián, clavando las uñas en sus propias palmas para aguantar.

Ella echó la cabeza atrás y se dejó ir, una y otra vez, montándolo con una libertad que hacía años que no se permitía. No era solo el placer físico; era el poder, la sensación de que aquel hombre haría literalmente cualquier cosa que ella decidiera. Eso la enloquecía más que nada.

Cuando terminó, jadeante y satisfecha, se levantó antes de que él pudiera correrse y se acercó a su cara.

—Ahora me lo limpias —ordenó, y se sentó sobre su boca.

Adrián obedeció con una entrega que la dejó sin aliento. La lamió despacio, atento a cada reacción, hasta que ella volvió a estremecerse y se separó, con las piernas temblando.

***

Pero Carmen no había terminado. Se incorporó, lo miró desde arriba y, con una sonrisa torcida, se puso en cuclillas sobre su rostro.

—Me dijiste que esto también te gustaba —dijo—. Vamos a comprobarlo.

Lo que siguió fue lo que él había confesado entre susurros: ella lo marcó como suyo, sin pudor, y Adrián lo recibió como un regalo, con los ojos cerrados y un gemido de alivio en la garganta. Cuando ella acabó, él, sin que se lo pidiera, se giró y le besó los pies, uno y otro, lamiéndolos con una devoción que la dejó muda.

—Para —dijo Carmen al fin, más conmovida de lo que quería admitir—. Levántate. Vístete.

Mientras él se vestía, ella se puso de nuevo las medias y los zapatos, recuperando la compostura. Buscó en un cajón una crema de fórmula magistral y le dio una muestra.

—¿Puedo lamerle los zapatos, Ama? —preguntó Adrián, todavía de rodillas.

Carmen se quedó parada, sorprendida por la pregunta y por lo mucho que la halagaba. Tras un instante, asintió y adelantó un pie. Él se inclinó y pasó la lengua por el cuero hasta la suela, lento, reverente, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

—Suficiente —dijo ella, y lo apartó con suavidad—. Escúchame bien. —Recuperó el tono profesional, aunque le costaba—. Lávate con agua tibia y jabón neutro después de ir al baño. Aplícate la crema, una cantidad pequeña, dos veces al día. Y nada de sexo anal hasta que se cierre del todo. Si empeora o sangra, te vas a urgencias aunque te dé vergüenza. ¿Queda claro?

—Clarísimo. Gracias. —Adrián guardó la crema, aún aturdido por todo.

Carmen dudó un segundo. Después arrancó un trozo de papel, anotó un número y se lo tendió.

—Toma. Por si algún día te apetece… repetir. —Lo miró a los ojos—. Me ha gustado. Las cosas guarras y todo lo demás.

Él tomó el papel y, atreviéndose por fin, anotó el suyo en otro trozo.

—A mí también, Ama. Sus pies. Todo.

—Ya veo. —Carmen sonrió y levantó un poco el pie, mostrándole el zapato—. Y, por lo visto, hasta has disfrutado limpiándome estos. Creo que ya sé quién va a encargarse de sacarles brillo a partir de ahora.

La campanilla de la puerta sonó: entraban clientes. Adrián se irguió, recompuesto, y salió a la calle con la receta en el bolsillo y un calor nuevo en el pecho.

Su casa estaba a apenas unos metros. Llegó, se metió en la ducha y, antes de abrir el grifo, se demoró un instante reconociendo el rastro de ella en su piel. No le daba asco. Al contrario: lo guardaba como una promesa.

Cenó cualquier cosa, sin demasiada hambre, y se acostó con el papel doblado sobre la mesilla. Cada vez que lo miraba, recordaba la voz de Carmen ordenándole, sus pies desnudos, el peso de su cuerpo. Y volvía a empalmarse, sabiendo que aquella tarde no había ido a la farmacia a curarse una herida, sino a descubrir, por fin, quién era de verdad.

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Comentarios (4)

RositaMdz

excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, sigan viniendo mas de estos

LucasBsAs94

No esperaba ese giro tan bueno, me dejo con ganas de mas. Segunda parte por favor!!

GuilleNocturno

Me recordo a una experiencia que tuve hace unos años... uno nunca sabe con quien se cruza en los lugares menos pensados jaja. Muy bueno el relato la verdad.

PatriRod_BA

La narracion en primera persona le da una intensidad increible. Se siente muy real, muy bien escrito.

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