Mi sumisa me esperaba con tacones y nada más
Carla vivía en un pueblo pegado al mar, justo bajo la ruta de aterrizaje de un aeropuerto pequeño. Cada pocos minutos un avión rasgaba el cielo con un rugido que hacía vibrar los cristales, y supongo que por eso los turistas nunca se quedaban. Su playa, escondida entre dunas y matorrales secos, casi siempre estaba desierta. A ella le gustaba así. A mí también.
Nos habíamos conocido en una aplicación de citas, y desde el primer día las conversaciones se calentaron sin pedir permiso. Nos contábamos con todo lujo de detalles lo que íbamos a hacernos cuando por fin estuviéramos cara a cara. «Quiero correrme sobre tus labios todas las veces que me dejes», me escribió una noche, poco antes de vernos. Esa frase terminó de engancharme.
Tenía treinta y un años, siete menos que yo. Era más bien alta, de ojos oscuros y rasgados, con una melena negra cortada a la altura de los hombros que se balanceaba cuando giraba la cabeza. Tenía un pecho que no era grande pero sí firme, de pezones redondos y siempre erguidos, y un trasero generoso, de esos que suenan bien cuando los castigas con la palma abierta. La espalda bronceada se curvaba hacia dos hoyuelos justo encima del culo. La boca, pequeña y de labios carnosos, le quedaba casi siempre entreabierta, como si esperara algo.
En uno de aquellos primeros mensajes me confesó que se afeitaba el sexo, aunque no del todo. Yo le pedí que lo dejara completamente liso, sin un solo vello, para poder recorrerla entera con la lengua sin nada que me estorbara. Obedeció. Fue lo primero que obedeció de muchas cosas.
Carla sabía perfectamente lo guapa que era. Y sabía lo que yo quería de ella.
***
Follamos por primera vez en esa misma playa, la noche en que nos conocimos. Era junio, una de esas noches calurosas y quietas en las que no corre el aire. El mar estaba tan tranquilo que las olas apenas rompían, y la espuma blanca resaltaba contra la oscuridad. Me tumbé justo donde el agua lamía la arena y, a la luz de la luna, ella se arrodilló entre mis piernas y me la chupó con una lentitud que me volvió loco.
Fue un verano que no se me va a olvidar.
Lo que hacía con la boca era distinto porque se notaba que disfrutaba haciéndolo. Algunos días pasaba por su casa solo para eso, solo para que me dedicara una de aquellas mamadas sin prisa, como quien saborea un caramelo sin querer terminarlo nunca. Me encantaba mirarla desde arriba, afanada en lamerme mientras yo le acariciaba el pelo y, por la ventana abierta, se oía pasar un avión rumbo a las nubes.
Solía ir a verla al caer la tarde, un poco antes de que oscureciera. Nos besábamos un buen rato de pie, en el recibidor, y mientras lo hacía deslizaba la mano por su espalda hasta el culo. Los dedos siempre terminaban entre sus muslos, y siempre la encontraba húmeda.
—Estás mojada, preciosa —le decía contra la boca.
—Es saber que vienes. Me pongo así —susurraba ella entre besos.
La desnudaba allí mismo, le bajaba la ropa interior y me agachaba para verla de cerca, abierta y depilada. Le separaba los muslos con las manos, recorría su clítoris con la yema de los dedos y luego con la punta de la lengua. Gemía cuando movía los dedos adentro y afuera, despacio. Después se los daba a chupar, todavía brillantes de ella, mientras le mordía los pezones y tiraba de su cuerpo hacia mí.
Luego me sentaba en el sofá y ella se arrodillaba entre mis piernas. Ese era mi momento favorito. Cuando llevaba un rato largo con la boca ocupada, le decía «súbete», y ella se incorporaba y se empalaba ella misma, dándome la espalda. Yo la sujetaba por las caderas mientras subía y bajaba apoyada en mis rodillas. Estaba tan dura y ella tan empapada que entraba y salía sin esfuerzo. Desde ahí veía su culo entero, blanco donde el sol no lo había tocado, y no podía evitar castigarlo con la mano cada vez que descendía.
Después de un rato volvía obediente a su sitio entre mis piernas, hasta que de nuevo le ordenaba subirse. En ese ir y venir de chupar y cabalgar se nos iba media tarde, hasta que la llevaba al dormitorio y la ponía a cuatro patas para contemplar ese culo magnífico. La subía a un diván que tenía junto a la cama, estrecho como un banco de pianista. Con la cabeza baja, todo quedaba a la vista. Otras veces le pedía que apoyara las rodillas en el brazo del sofá y dejara caer el cuerpo hacia los cojines; en esa postura se abría aún más, y yo me la comía despacio antes de penetrarla a mi gusto.
—¿Me sientes como yo te siento? —me preguntaba siempre, con la voz quebrada, cuando se la metía entera.
Gemía al notar mis testículos golpeándole el clítoris. En esa posición, después de tanta mamada, aguantaba poco. Cuando notaba que ya no podía más, ella misma se agachaba, se metía los huevos en la boca y me masturbaba hasta vaciarme sobre su cara, sobre sus labios entreabiertos. Me encantaba verla así, marcada. Luego recogía con los dedos lo que había caído y se lo llevaba a la boca, sin dejar nada.
—Es el mejor momento del día —decía lamiéndose las últimas gotas.
***
Una tarde, después de uno de esos polvos, bajamos a la playa. Ya era casi de noche y no quedaban bañistas. El agua estaba en calma y templada.
—¿Cuándo me vas a follar el culo? —le pregunté mientras nos metíamos en el mar.
—Sabía que ibas a pedírmelo. Hasta tardaste —respondió antes de zambullirse.
Me dio la impresión de que la idea no terminaba de convencerla. Más tarde, paseando por el pueblo, se lo recordé.
—Es que tienes un culo demasiado tentador —dije acariciándoselo por encima de la falda, notando que no llevaba nada debajo porque yo mismo se la había quitado en el coche—. Cuando te follo a cuatro patas lo veo y me imagino dentro de él. No puedo evitarlo.
Sonrió, como hacía siempre que le hablaba de lo mucho que la deseaba.
—Sé que te gusta mi culo. ¿Crees que me va a doler? La tienes enorme, y esa curva que tan bien me siento en el coño quizá ahí detrás me duela.
—Vamos a necesitar algo de ayuda.
—Hay un sex-shop en el pueblo de al lado —recordó—. Podemos pasarnos mañana a mirar, y de paso me invitas a cenar en un sitio que conozco.
Y eso hicimos. Compramos un consolador pequeño y un juego de plugs «ideales para principiantes», según nos dijo la dependienta con una sonrisa profesional.
—No tengas miedo. Vas a disfrutar —le dije al salir, convencido de que así sería.
***
Al día siguiente me recibió en bragas, subida a sus tacones más altos. Estaba para comérsela. Yo llegaba tenso desde mi apartamento, sabiendo lo que iba a pasar, así que después de besarla le ordené que se agachara ahí mismo y empezara a lamer, que aliviara con su saliva el calor que traía. Me bajó los pantalones y comenzó por los testículos, como le gustaba arrancar a ella, pero le metí la polla en la boca sin esperar.
—Dale gusto. Lo necesito.
Me miró desde abajo y empezó a hacer eso que tan bien se le daba.
—Necesitaba verte así, con ella entre los labios. No pares.
Mientras lo hacía, vi sobre la mesa el juego de plugs que habíamos comprado. Estaban todos menos uno: faltaba el más grande. Eso me puso aún más. Ella se dio cuenta, sacó la polla un instante y, con una sonrisa, lo confesó.
—Lo tengo puesto. He estado jugando con él esta tarde mientras me tocaba.
—Muy bien —dije volviendo a metérsela—. Pero no pares de chupar. Llénala de saliva, como tú sabes.
Siguió agachada unos minutos más. Le sujetaba la cabeza marcándole el ritmo, hasta que la soltaba para que continuara sola. Luego la dejé chuparme también los huevos, porque sé que con eso disfruta.
Después me senté en el sofá, como tanto me gusta, a que siguiera dándome placer. Ella se puso un cojín bajo las rodillas porque sabía que íbamos para largo. A veces se sacaba la polla de la boca, toda brillante, y la meneaba rozándose la punta de la lengua mientras me sujetaba los testículos con la otra mano. Yo le tocaba el pecho y de vez en cuando le pedía que subiera a besarme, para mandarla de vuelta enseguida.
De pronto me entró sed.
—Tengo de esas cervezas belgas que nos gustan —dijo.
Fuimos a la cocina, la besé otra vez, el cuello, los pezones. Nos servimos, bebimos un poco, pero al verme de nuevo dura volvió a agacharse. Tenía los labios fríos de la cerveza, aunque enseguida se calentaron.
—Volvamos donde estábamos —dije, y cogí las dos copas.
Continuó con su tarea. De vez en cuando dábamos un trago y ella seguía.
—Quiero follarte el culo ya —dije tras un silencio—. Como sigas así, me corro.
Se incorporó y se quitó las bragas. Ahí estaba, el plug todavía metido. Lo saqué despacio y comprobé que su agujero se había puesto más rosado: había empezado a abrirse para mí.
***
La llevé al dormitorio y la puse a cuatro patas sobre el diván. Con el culo en pompa estaba espectacular, esa piel blanca que el sol nunca veía me ponía a cien. Eché lubricante en mis dedos y lo extendí por su agujero, poco a poco. Le metí uno, luego dos, mientras me agachaba a besarle el clítoris. Gemía sintiéndome en sus dos aperturas a la vez.
Después me coloqué delante.
—Sigue lamiendo, zorra.
Obedeció. En esa postura le di varios azotes con la palma abierta; ese culo se los merecía. Me puse de lado para que siguiera comiendo mientras la castigaba, y me encantaba escuchar el chasquido y el gemidito que soltaba después de cada golpe. Seguí hasta que la piel se le encendió y, en la blancura del trasero, podía verse la marca de mi mano. Pensándolo ahora, me gustaba mirarla tanto como lo que me hacía.
Carla, con los ojos entornados, metía y sacaba la polla deformando la boca una y otra vez. Mientras yo no dijera lo contrario, no pararía. Era un espectáculo.
—¿Cuándo me la vas a meter? La quiero dentro, por favor.
—Claro que sí, cariño —le susurré—. Pero ahora sigue. Me encanta cómo lo haces.
Unos minutos después volví detrás. Lubriqué de nuevo el plug y se lo metí otra vez en el culo, despacio; soltó un gemido y un escalofrío que contesté con un par de azotes sonoros. Luego la penetré por el coño, con embestidas fuertes que iban desplazando el diván poco a poco. Estaba tan húmeda que entraba sola. La saqué y le di a chupar sus propios fluidos, como tanto le gustaba.
—Me gusta tu polla en el coño —decía mirándome con ojos de súplica.
Se la metí de nuevo, solo para mojarla y volver a dársela a comer. Lo repetí varias veces, hasta que decidí que ya tocaba follarme ese culo de una vez.
—Venga, que te voy a dar por detrás como te mereces. Pero al salón, súbete al brazo del sofá, que ahí te abres más.
La vi caminar a contraluz por el pasillo, con los tacones y el plug puesto. Qué bonita estaba.
Se arrodilló sobre el brazo del sofá, esperando, pero le metí la polla en la boca otra vez mientras le daba más azotes, dando tiempo a que el plug le abriera del todo. Después se lo saqué y le tendí el bote de lubricante para que ella misma me embadurnara bien. Cuando terminó, me coloqué detrás y noté su culito más rosado y dilatado; no mucho, pero lo justo.
—Despacio —pidió.
Le contesté con un beso en la espalda, cuando ya la tenía a punto de entrar. Tardé un buen rato en metérsela del todo, entrando y saliendo apenas unos milímetros hasta hundirla por completo. Ella se tocaba el coño con los dedos, gimiendo.
—La tienes toda dentro.
—¡Ahh…!
—Me gusta que te pongas tan perra.
—Tú me pones así —contestó entre jadeos—. Tú y esa polla.
Empecé a moverme, sacándola casi hasta el final y volviendo a entrar. Después de unos minutos su culo ya había tomado la forma de mi polla y se había acostumbrado a ella. Entonces la sacaba entera y la volvía a meter de golpe solo para escucharla gemir. Lo hice varias veces. Me encantaba.
La siguiente postura ya la conocía bien. Me senté en el sofá y, sin que dijera nada, ella misma se sentó encima, metiéndosela en el culo de espaldas a mí.
—Muévete. Quiero verla entrar y salir.
Obedeció al instante.
—¿Te vas a correr dentro? —preguntó.
Por respuesta le di un par de azotes.
—Muévete. Quiero verte tan perra como antes. No pares, coge el ritmo.
Y siguió, subiendo y bajando, sacándome y metiéndome en su culito. Yo la ayudaba en el balanceo porque notaba que se cansaba.
—Estás sudando.
—Sí… ah… es que me quiero correr.
—Aguanta. No seas zorra y sigue dándome gusto.
Paramos un momento porque no quería que se corriera todavía. La puse de pie y le hice aplicar más lubricante mientras le mordía los pezones. Cuando iba a montarse otra vez de espaldas, le dije que se diera la vuelta, que se sentara a horcajadas mirándome a la cara. La nueva postura le arrancó un pequeño quejido al penetrarla.
—¡Ahhh! Así la siento más… ummm…
—Despacio, pero métela entera, cariño.
Con las manos en mis hombros, fue bajando poco a poco. La notaba entrar como si en esa posición su culo se hubiera vuelto más estrecho. Además, así podía comerle el pecho, y ella lo agradecía.
—¿Te vas a correr en mi culo? —preguntó cuando ya teníamos ritmo.
—Todavía no. Te estoy disfrutando. Muévete y no preguntes.
—Me encanta verte gozar mientras me follas el culo como querías… ah… me está encantando.
Le besaba los labios y los pezones, hasta que de repente, con un grito ahogado, dijo:
—¡Ah! Me voy a correr. ¿Puedo? Por favor…
—Hazlo. Pero no pares de moverte.
—Sí, ah, ah, aaah… me corro, me corro…
Le daba azotes para que no perdiera el ritmo.
—Sigue cabalgando, Carla. ¡Sigue aunque te estés corriendo!
—Me he corrido con tu polla en el culo… ufff.
Cuando noté que sus músculos se relajaban tras el orgasmo, la abracé y me puse de pie con ella encima. Nos besamos otra vez.
—Quiero correrme dentro de tu culo —le dije—. Súbete al brazo del sofá, que te abres más.
Tenía el agujero rosado, hundido, dilatado por el ir y venir. Volví a entrar y salir un par de veces para oírla gemir y por fin la hundí hasta el fondo, decidido a vaciarme dentro. La cogí por la cintura para moverla a mi ritmo y le di más azotes.
—¡Me corro, Carla! Me voy a correr en tu culo… ah, ahhh.
Descargué muy adentro y la escuché gemir otra vez.
—Yo también, ¡otra vez! —dijo ella—. Ah… ah.
Seguí vaciándome con la polla hundida en su culo, en un orgasmo largo y demoledor. En ese momento, un avión pasó rugiendo justo por encima del tejado.
—Nos hemos corrido juntos, como la primera vez —dijo cuando el ruido del reactor se apagó.
Al sacársela todavía chorreaba. Se dio la vuelta, abrió la boca bajo mi polla y la meneó con sus manos para recoger las últimas gotas. Ahí mismo, en el sofá, con la piel pegada por el sudor, nos quedamos dormidos hasta que otro avión nos despertó.