La hija de mi vieja ama llegó para someterme
Helena Vidal levantó la vista cuando la chica entró en su despacho sin llamar. Era la dueña del único banco que importaba en la ciudad, y a aquella muchacha la había contratado apenas una semana atrás. Esa misma mañana la había reprendido por un error tonto, y al darse la vuelta la había sorprendido haciéndole un gesto obsceno con la mano. Una pena. Habría que buscarle otro sitio donde trabajar. Allí, desde luego, no.
La chica se sentó frente al escritorio sin esperar permiso y cruzó las piernas. La falda ajustada se le subió hasta dejar a la vista el borde de la ropa interior. Helena apretó los labios. Aquella conducta era inaceptable, y lo más limpio era cortarla de raíz.
—Señorita, le voy a firmar un cheque por el trabajo de esta semana y se marchará de aquí —dijo con la frialdad que reservaba para los morosos—. Estoy cansada de su actitud. Búsquese otro empleo en la ciudad. Aquí no la quiero.
—Pues yo prefiero quedarme, nena —respondió la chica, y le sonrió despacio.
Helena se quedó muy quieta. Nadie la llamaba así desde la universidad, más de veinte años atrás. Allí había conocido a una mujer llamada Diana, dominante y paciente, que descubrió en ella una sumisión que Helena ni siquiera sabía que cargaba. Diana la usó de todas las formas en que un cuerpo puede ser usado, hasta que terminó la carrera, se casó y desapareció, dejándola sola con su vergüenza y con la certeza de que jamás volvería a sentir algo tan intenso.
—¿Cómo me ha llamado? —preguntó, aunque la voz le salió más débil de lo que pretendía.
—Mi madre guardaba un diario de sus años de facultad. Y fotografías, muchas. —La chica se inclinó hacia adelante—. Apuesto a que a tu ex le encantaría hojearlas, justo ahora que peleáis por la custodia. ¿No te parece, pequeña?
Helena sintió que el suelo se movía. Andrés no podía quedarse con Lucía. El banco no podía aparecer en un escándalo. Giró el bolígrafo entre los dedos sin darse cuenta, marcando el papel con rayas nerviosas.
—¿Qué quieres? —cedió—. Puedo pagarte lo que pidas, pero quiero el diario y las fotos.
—No necesito tu dinero. Mi madre me dejó de sobra. —La chica entornó los ojos—. Lo que quiero es jugar con tu culo, igual que jugaba ella con el suyo. Crecí mirando esas fotos, imaginando el día en que tendría mi propia mascota. Y aquí estás.
—Eso fue hace años —murmuró Helena—. Ya no soy aquella. Soy mayor. No creo que puedas excitarte con una mujer de mi edad.
Mentía, y lo notó en el mismo instante en que un cosquilleo tibio se le instaló entre las piernas. Se odió por ello. Había pasado tanto tiempo, y sin embargo el cuerpo recordaba antes que la cabeza.
—Levántate y cierra con llave —ordenó la chica, ya sin sonrisa—. A menos que prefieras que alguien entre y te vea. He llamado a tu ex y le he pedido que recoja a la niña este fin de semana: tienes trabajo. Vas a ser mía, Helena.
***
Helena la miró un largo segundo. No tenía salida y lo sabía. Los empleados ya se habían ido, pero no podía arriesgarse a una sola mirada indiscreta. Se levantó, caminó hasta la puerta y echó el pestillo. Cuando se giró, la chica se había acomodado en su sillón, detrás de su escritorio, con los pies sobre la madera.
—Me llamo Marina, por cierto —dijo—. Ahora desnúdate. Déjame ver con qué voy a entretenerme.
Helena se subió el vestido por encima de la cabeza y lo dejó caer. Se quitó los zapatos, el sujetador. Se detuvo, con las manos cruzadas sobre el vientre, hasta que Marina chasqueó los dedos y le exigió también la ropa interior.
—Parece que mi juguete ha ganado algo de peso —comentó Marina, recorriéndola de arriba abajo con una calma cruel—. Date la vuelta. Quiero ver lo que escondes detrás.
Helena obedeció. El rubor le subía por el cuello mientras se giraba, y al mismo tiempo el calor entre las piernas crecía, vergonzoso, exactamente como en los viejos tiempos.
—Sepárate las nalgas. Quiero verlo todo.
Helena llevó las manos atrás y se abrió, expuesta por completo a aquella mujer que podía ser su hija. Cerró los ojos. La humillación le quemaba la cara, y sin embargo su cuerpo respondía con una sinceridad que la traicionaba.
—Mucho mejor. Hacía tiempo que nadie te tocaba, ¿verdad? —Marina cogió el bolígrafo del escritorio y se lo lanzó. Le golpeó la espalda y cayó al suelo, entre sus pies—. Recógelo. Y métetelo donde yo te diga.
Helena se agachó, recuperó el bolígrafo y, con una mano abriéndose la nalga izquierda, lo guió despacio. Lo trabajó hacia adentro hasta que desapareció entero, y para entonces ya estaba mojada de pura humillación, de sentirse tan baja y tan deseada a la vez.
—Te he dicho que te folles el culo con él —exigió Marina.
Helena comenzó a moverlo, entrando y saliendo, abriéndose para que la otra pudiera mirar. Por encima del hombro vio a Marina reclinada en el sillón, una mano perdida bajo la falda, los dedos moviéndose con descaro mientras disfrutaba del espectáculo.
El ritmo se le aceleró solo. Estaba cada vez más cerca, la respiración entrecortada, las rodillas temblando.
—Para —cortó Marina—. De rodillas. Gatea hasta aquí y haz que me corra.
Helena se detuvo en seco, a un suspiro del orgasmo, frustrada. Se dejó caer a cuatro patas y avanzó alrededor del escritorio. Al doblar la esquina encontró a Marina con las piernas abiertas, el sexo expuesto y brillante.
—Métete debajo y úsame la lengua.
Helena se arrastró bajo el escritorio. Sacó la lengua y la pasó de abajo arriba, lenta, redescubriendo un sabor que llevaba dos décadas sin probar. Se concentró en el clítoris, lo rodeó, lo presionó con la punta, y los gemidos de Marina le confirmaron que aún recordaba cómo hacerlo. Cuando la sintió temblar y derramarse, Helena no se apartó. Siguió lamiendo hasta que unas manos le sujetaron la cara por ambos lados.
—Frunce los labios y bésame ahí, despacio. Me gusta verte así de obediente. —Marina suspiró—. Ya me estás poniendo otra vez. ¿Tú no?
—Sí, señora —intentó decir Helena, con la boca aún apretada entre los dedos de la otra.
—Luego seguimos. Tengo hambre, y tú vas a invitarme a una buena cena antes de lo de esta noche. ¿Verdad, querida?
—Sí, señora.
—Vístete. Sin sujetador y sin bragas. Mis perras tienen que estar disponibles a cualquier orden. Y no te levantes hasta que yo lo diga.
***
Helena empezó a salir arrastrándose, más excitada de lo que recordaba haber estado nunca, con el muslo húmedo y resbaladizo. Mientras rodeaba el escritorio recibió una patada firme en una nalga. Recogió el vestido y los zapatos del suelo justo cuando Marina apareció a su lado.
—No, nena. Hasta el coche vas a gatas. Si te das prisa, nadie te verá: ya ha oscurecido.
Le dio otra palmada con el pie y se rió de su propia ocurrencia. En la puerta del banco, por fin, le permitió levantarse para cerrar y caminar como una persona hasta el aparcamiento. Le ordenó conducir hasta un restaurante cercano.
Helena se sentó en el coche apretando las piernas, intentando que la humedad no marcara la tela. Dentro del local, Marina eligió una mesa al fondo, apartada, y eso fue casi un alivio. Apenas se habían acomodado cuando llegó la camarera.
—Señora Vidal, qué alegría verla. —La mujer bajó la voz—. De verdad que necesito ese préstamo. ¿Podríamos hablarlo esta noche, después de la cena?
Helena alzó la vista y reconoció a Carla, la mujer a la que días atrás le había negado un crédito por falta de garantías. Tenía que quitársela de encima cuanto antes, en el estado en que se encontraba.
—Carla, sabes que no pude aprobarlo por tu historial —respondió rápido—. Pásate la semana que viene y veré qué se puede hacer.
—Qué lástima —intervino Marina desde el otro lado de la mesa, recostándose con una sonrisa—. La pillaste en mal momento. Deberías pillarla cuando es una esclava obediente, como esta noche. Si dejas que te lama bien, te firma lo que le pidas.
Helena habría querido que la tierra se la tragara. Carla la miraba, atónita.
—Nunca te contó que es una sumisa que disfruta siendo usada, ¿verdad? —siguió Marina—. La mejor con la lengua que he visto.
—¿Lo dices en serio? —Carla la observaba ahora con otros ojos, la cara encendida.
—Llévatela al baño y siéntate sobre su cara. Verás cómo te promete el préstamo. ¿A que sí, querida?
Helena bajó la mirada al mantel. Su suerte estaba sellada en manos de aquella chica.
—Sí, señora —susurró.
Carla sonreía ya de oreja a oreja.
—Vamos —dijo, dándose la vuelta y meneando las caderas camino del pasillo.
***
Helena suplicó a Marina con la mirada, sin resultado. Se levantó, las piernas flojas, y siguió a la camarera. En el baño, Carla no perdió el tiempo: se desabrochó los vaqueros, se los bajó hasta las rodillas y se inclinó hacia adelante, apoyándose en la pared de azulejos.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, zorra. Pon esa cara fina tuya a trabajar.
Helena se arrodilló. El cuerpo se le rebelaba contra la voluntad: el corazón le latía de pánico y, al mismo tiempo, una corriente caliente la atravesaba. Empujó la cara hacia adelante y empezó a usar la lengua, despacio al principio, después con un descaro que la avergonzaba aún más.
Carla gemía y echaba las caderas hacia atrás, buscando más. Le agarró el pelo con una mano y le marcó el ritmo, llamándola con palabras que Helena no escuchaba desde la universidad: sumisa, juguete, perra obediente. Cada insulto le encendía algo viejo y enterrado.
Debió de pasar veinte minutos así, hasta que Carla tembló entera y se apartó de golpe, casi tirándola de bruces.
—Más te vale que ese préstamo salga el lunes —jadeó, subiéndose los pantalones—. Ahora vuelve con tu ama.
Helena se levantó frotándose la boca, mareada. La humedad le corría por dentro de los muslos, le manchaba el vestido. Casi corrió de vuelta a la mesa, donde Marina la esperaba sonriendo sobre su copa.
***
A los pocos minutos, Carla reapareció con una bebida y la dejó junto a Helena.
—Le he puesto un toque especial mientras estaba en la barra —dijo, casi sin aliento—. No le importa, ¿verdad?
—Por supuesto que no —respondió Marina—. Le encantan las bebidas con sorpresa. ¿A que sí, querida?
—Sí, señora.
Helena sabía perfectamente lo que aquello significaba, pero no había nada que pudiera hacer salvo beber cuando Marina se lo ordenara.
—Yo tomaré un buen entrecot —decidió Marina—. Y para la zorra, algo blando que tenga que trabajarse con la boca. Le viene bien practicar para esta noche.
Carla soltó una risita.
—Los tipos de la entrada le han visto la mancha en el vestido al salir. Si quiere, la siento en un reservado del baño y le doy de comer en privado. Así usted cena tranquila, sin que nadie se quede mirando.
—Me parece perfecto. Ya ves que es una golfa. —Marina la despidió con un gesto—. Helena, ve al baño, espera sentada a la señorita Carla y llévate tu copa. No quiero desperdiciar nada: me ha salido cara.
Helena se asombró del trato, y sin embargo su cuerpo seguía al borde, vibrando con cada humillación nueva. En silencio cogió la bebida y caminó hacia el fondo, mientras Carla le daba una palmada en el trasero al pasar.
—Quítate todo antes de sentarte —le susurró al oído—. Sería una pena ensuciarte ese vestido tan elegante.
***
De los tres reservados, solo el del fondo estaba libre. Helena se desnudó deprisa, bajó la tapa del inodoro y se sentó a esperar. El sexo le ardía de tal forma que se llevó una mano allí sin pensarlo. Sabía que no debía, pero no aguantaba más. Se corrió casi al instante, mordiéndose el labio, y empezaba a buscar el segundo cuando la puerta del reservado se abrió.
—Te estás tocando sin permiso —la riñó Carla, con una bolsa en la mano—. Después de comer tendré que contárselo a tu ama.
Helena le rogó que no lo hiciera. Carla la ignoró. Sacó la comida, fue dándosela trozo a trozo, obligándola a intercalar sorbos de aquella copa adulterada, y entre bocado y bocado le recordaba lo que era y para qué servía. Fue largo, humillante, y Helena lo soportó todo con el coño goteándole sobre el suelo de baldosas, encendida por la propia degradación.
—Tu ama dice que te espera en el coche. Tú pagas la cuenta. —Carla le deslizó un dedo entre las nalgas, un empujón rápido y burlón, y la cabeza de Helena chocó contra el azulejo—. Esto, por si esta noche tu señora no se ocupa de ti. Aunque seguro que sí: con un agujero tan dócil, va a disfrutar.
Retiró el dedo, lo limpió con un trozo de papel y lo dejó caer sobre su espalda desnuda.
—Date prisa. Ah, y la cena han sido cien dólares. Seguro que ha valido la pena.
Se marchó dejando la puerta entreabierta, a Helena todavía inclinada y expuesta. Cuando recuperó algo de compostura, empezó a vestirse con manos torpes. El deseo le corría por las piernas y se limpió como pudo antes de cubrirse.
Mientras se subía el vestido y guardaba el orgullo en el mismo cajón donde había dejado el cheque de despido, Helena se preguntó qué más le tendría reservado la noche. Y lo peor de todo era la respuesta de su cuerpo: ya lo estaba deseando.