El castigo que mi sumisa me suplicó esa noche
Mariela llevaba tres días desafiándome. Pequeñas insolencias: una mirada que se demoraba demasiado, una respuesta con un tono que no le correspondía, una orden cumplida medio segundo más tarde de lo debido. Cada una de esas grietas era una invitación, y yo las había ido guardando como quien junta leña para una hoguera. Esa noche encendí el fuego.
—Quítate la ropa y ve a la sala —le dije, sin levantar la voz.
No hubo discusión. La insolencia de los días previos se evaporó en cuanto entendió que el momento había llegado. La obediencia de Mariela siempre era así: tibia y caprichosa hasta que yo decidía que se acababa el juego, y entonces absoluta.
La encontré de pie junto a la mesa baja que usábamos para estas sesiones, una plancha de madera que yo mismo había acolchado y forrado. Tenía la piel erizada por el frío, los pezones duros, las manos cruzadas sobre el vientre en un gesto de pudor que ya no tenía sentido entre nosotros.
—La máscara —ordené.
Tomó el antifaz de cuero de la repisa y se lo ajustó sobre los ojos. Era una de nuestras reglas más antiguas: cuando no podía verme, dependía por completo de mi voz y de mis manos, y esa dependencia la quebraba más rápido que cualquier cuerda. Se tendió boca arriba sobre la mesa, las piernas todavía juntas, esperando.
—Antes de empezar —dije—, dime la palabra.
—Naranja, mi Amo —respondió, con la voz un poco temblorosa.
—Bien. Si la dices, todo se detiene. Si no la dices, todo lo demás es mío. ¿Entendido?
—Entendido, mi Amo.
Me lavé las manos con calma, dejando que el silencio se estirara. El miedo, descubrí hace años, crece mejor en los silencios. La oí respirar más rápido cada segundo que pasaba sin que la tocara.
***
Empecé con suavidad, casi con dulzura, lo que siempre la confundía. Puse un poco de crema en la palma y la acerqué a su pecho izquierdo, deslizando los dedos en círculos lentos hasta que su respiración se aflojó y la tensión de sus hombros cedió un poco. La dejé creer que esta vez sería distinto.
Entonces le apreté el seno con fuerza, sin aviso, hasta que se le escapó un quejido.
—Aaay, mi Amo, por favor —jadeó, arqueando la espalda.
—¿Por favor qué? —pregunté, repitiendo lo mismo en el otro pecho con idéntica frialdad.
—Aaau… nada, mi Amo. Nada.
—Exacto. Nada. —Me incliné sobre ella para que sintiera mi aliento en la oreja—. No esperes ternura esta noche, Mariela. Durante meses intenté tratarte con cuidado, y tú lo confundiste con debilidad. Te creíste con derecho a desafiarme. Así que esta noche no hay caricias. Hay dolor, hay humillación, hay obediencia. Y hay sexo, pero del que yo decida, cuando yo decida.
La sentí tragar saliva. No dijo la palabra. Eso era todo lo que yo necesitaba saber.
***
Tomé el rodillo de la repisa, el de cinco hileras de púas finas. Lo había comprado años atrás, cuando todavía usaba uno solo de una rueda, y esta versión multiplicaba la sensación sin romper la piel: una constelación de pinchazos que recorría el cuerpo como una corriente. Lo apoyé justo bajo sus pechos, sin moverlo todavía, dejando que anticipara.
—No te muevas —dije—. Ni un músculo. Quiero que seas una estatua. Cualquier movimiento lo paga la siguiente parte de tu cuerpo.
Hice rodar el metal hacia abajo, lento, en línea recta hacia el ombligo. Las púas dejaron un rastro rosado en su vientre, y ella contuvo el aire, los puños apretados a los costados, luchando por quedarse quieta. Me detuve un instante sobre el ombligo, presioné apenas, y la vi morderse el labio para no gemir.
—Muy bien —concedí—. Estás aprendiendo.
Bajé hacia su pubis con una lentitud premeditada, calculando cada centímetro para que su mente fuera por delante de mis manos. Cuando el roce con su sexo parecía inminente, lo esquivé y desvié el rodillo hacia el interior de los muslos. Presioné con firmeza, sintiendo cómo le temblaban las piernas por las ganas de cerrarlas y la disciplina que la obligaba a mantenerlas quietas.
—Por dentro siempre es lo más difícil de aguantar, ¿verdad? —murmuré—. Tan cerca de donde quieres que te toque, y tan lejos.
—Sí, mi Amo —susurró, con la voz rota.
***
—Ahora viene lo bueno —anuncié—. Te voy a trabajar el coño a conciencia. Los labios por fuera, por dentro, y el clítoris. Vas a aguantarlo todo. Y solo voy a parar cuando me supliques, con todas las letras y de la forma más humillante que se te ocurra, que muerda fuerte tu clítoris. Hasta entonces, no paro.
Separé uno de sus labios tirando hacia afuera y apliqué el rodillo sobre la piel expuesta, los pinchos rozando esa carne tan sensible que ella nunca había aprendido a defender. Se tensó de pies a cabeza, todo su cuerpo convertido en un solo nervio, pero mantuvo la posición. Repetí la operación del otro lado, igual de despacio, igual de minucioso.
—Recuérdame —dije, deteniéndome—. ¿Dónde voy a pasar los pinchos ahora?
—Por el clítoris de su perra, mi Amo —respondió, con la voz cargada de algo entre el terror y el deseo.
—Buena memoria.
Con una mano descubrí el capuchón, dejando su botón expuesto, y con la otra deslicé el rodillo sobre él. Arriba y abajo, una pasada tras otra. A veces lo levantaba del todo y volvía a bajarlo de golpe, un pinchazo seco y directo. Mariela sudaba, le brillaba la piel del pecho y del cuello, y se estremecía en un silencio que le costaba toda su voluntad sostener. La torturé así durante lo que para ella debieron ser horas y para mí fueron apenas un par de minutos.
Aumenté la presión. Pasaron varios minutos más. La oí tragar, jadear, retorcer los dedos. Y al fin se rindió.
—Por favor, mi Amo —gimió—. Muerda fuerte el clítoris de su furcia. Se lo ruego. No merezco otra cosa.
—Eso ya me gusta más.
***
Dejé el rodillo a un lado.
—No quiero que grites ni que cierres las piernas —advertí—. Si lo haces, será mucho peor y empezamos de nuevo.
Me arrodillé entre sus muslos abiertos. Después de tanto metal, mi boca debió sentirse como un milagro: lamí su centro con la lengua plana, lento, recogiendo todo lo que el castigo había despertado, hasta que su clítoris se hinchó bajo mi lengua y ella empezó a temblar de un modo distinto, ya no de dolor. La llevé hasta el borde a propósito, sintiendo cómo se le escapaba el control.
Y entonces lo atrapé entre los dientes y apreté.
Fue un instante. Para ella, estoy seguro, esos segundos duraron una eternidad. Todo su cuerpo se arqueó, las caderas se levantaron de la mesa, los nudillos blancos contra la madera. Pero no gritó. Y no cerró las piernas. Cumplió, hasta el final, exactamente lo que le había ordenado.
La solté y me incorporé, observando el temblor que la recorría de arriba abajo, el pecho subiendo y bajando, la boca entreabierta bajo la máscara.
—Muy bien, Mariela —dije, y por primera vez en la noche dejé que un poco de calor se filtrara en mi voz—. Muy obediente.
—Gracias, mi Amo —murmuró, y por debajo del agotamiento había algo parecido al orgullo. Esa era la trampa de todo esto: ella necesitaba quebrarse para sentirse entera, y yo era el único que sabía sostenerla mientras lo hacía.
***
—Ya calentamos —continué, recuperando el tono firme—. Ahora vamos a azotarte. Piernas tan abiertas como puedas. Vas a contar cada azote, y después de cada número vas a decir: «Gracias, mi Amo, me lo merezco». Si pierdes la cuenta, volvemos al uno.
—Entendido, mi Amo —dijo, y separó las piernas sin que tuviera que repetirlo.
Tomé la pala de cuero, la más liviana de las tres, porque la noche todavía era larga y yo sabía dosificar. El primer golpe cayó sobre la cara interna del muslo, lo bastante fuerte para arrancarle un respingo, lo bastante medido para no marcarla de más.
—Uno —contó, con la voz entrecortada—. Gracias, mi Amo, me lo merezco.
El segundo cayó en el otro muslo. El tercero, más arriba. Fui dibujando un mapa de calor sobre su piel, alternando los lados, variando el ritmo para que nunca supiera dónde ni cuándo llegaría el siguiente. Ella contaba cada uno, repetía la fórmula, y con cada repetición la voz se le iba volviendo más densa, más rendida, hasta que las palabras dejaron de sonar a obligación y empezaron a sonar a verdad.
—Cuatro. Gracias, mi Amo, me lo merezco.
—Cinco. Gracias, mi Amo, me lo merezco.
En el octavo me detuve. No porque ella flaqueara, sino porque había llegado adonde yo quería: ese punto en que la rebeldía de los últimos días se había disuelto del todo y ya no quedaba nada salvo la entrega. Lo veía en cómo se abandonaba sobre la mesa, en cómo había dejado de tensar el cuerpo para empezar a recibir.
Le quité la máscara despacio. Parpadeó contra la luz, los ojos húmedos, buscando los míos. La ayudé a incorporarse, le pasé el brazo por la espalda y la sostuve mientras volvía en sí.
—¿Sigues aquí conmigo? —pregunté en voz baja.
—Sí, mi Amo —respondió, apoyando la frente en mi hombro—. Aquí estoy.
La envolví en la manta que tenía preparada y la dejé apoyarse contra mi pecho, sintiendo cómo su respiración se acompasaba a la mía. El castigo había terminado, pero la parte que de verdad importaba empezaba ahora: recordarle, con la misma certeza con que la había llevado al límite, que ese límite siempre lo cuidaba yo. Mariela cerró los ojos, y por fin, después de tres días, dejó de desafiar nada.