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Relatos Ardientes

El nuevo entrenador me propuso un juego sin límites

Había vuelto a Mendoza después de seis años estudiando en el exterior. Con un título en letras y demasiadas expectativas sobre los hombros, conseguí un puesto como profesora de literatura en un colegio privado del centro. Tenía veintinueve años y una vida que parecía un mecanismo de relojería: un departamento ordenado, amigas que me abrazaban fuerte, una rutina que me daba la estabilidad que tanto cuidaba.

Me llamo Camila. Siempre fui la responsable, la que llegaba puntual, la que no levantaba la voz. Vestía con elegancia discreta, hablaba con cuidado y evitaba cualquier desvío que pudiera romper el equilibrio. Por dentro, sin embargo, cargaba con un montón de deseos que nunca me había permitido nombrar.

Todo cambió el día que llegó Tobías.

Era el nuevo profesor de educación física, un hombre de unos treinta y cinco años con una presencia que alteraba el aire del pasillo apenas aparecía. Alto, de espaldas anchas, con esa clase de músculo que no se exhibe sino que se intuye bajo la ropa. Tenía el pelo oscuro siempre revuelto y una sonrisa ladeada que prometía problemas. Había algo en su mirada que atraía y advertía al mismo tiempo.

La primera vez que hablamos fue en la sala de profesores. Yo corregía exámenes cuando entró con un bolso deportivo al hombro.

—Hola. Tobías —dijo, con una voz grave que sentí en el esternón.

Levanté la vista y un cosquilleo absurdo me trepó por el estómago.

—Camila —respondí, extendiendo la mano con toda la formalidad que pude reunir.

El roce de sus dedos duró un segundo de más. Desde entonces empezó a buscarme. Hablábamos de tonterías —el clima, los alumnos imposibles, el café malo de la máquina—, pero debajo de cada palabra había una corriente tensa que ninguno de los dos mencionaba.

***

Una tarde, cuando ya no quedaba casi nadie, me interceptó en el estacionamiento.

—¿Tenés un rato para un café? Quiero proponerte algo.

El tono era casual; los ojos, no. Acepté, intrigada. Nos sentamos en un bar cercano y, entre sorbos de espresso, Tobías mostró otra cara.

—No soy de andar con vueltas —dijo—. Me gustás, Camila. Pero no busco una relación de manual. Quiero proponerte un juego. Uno serio, sin límites pactados de antemano salvo los que vos pongas. Algo que te haga conocer partes tuyas que ni sabés que existen.

Me sonrojé hasta las orejas, pero no me aparté.

—¿Qué clase de juego? —pregunté, y la voz me tembló.

Se inclinó sobre la mesa, el aliento cálido cerca de mi oreja.

—Uno en el que yo mando y vos te entregás. Donde aprendés a rendirte. Placer mezclado con un poco de dolor, palabras sucias, control. Si en cualquier momento querés frenar, frenamos. Pero te aviso: engancha.

Sentí un calor traicionero entre las piernas, una humedad que me dio vergüenza. Siempre había sido la chica buena. ¿Por qué esa propuesta me ponía así?

Esa noche no dormí. Pensaba en él, en sus palabras. Me toqué imaginando sus manos. A la mañana le mandé un solo mensaje: «Acepto».

***

La primera cita fue en un hotel discreto a las afueras. Tobías me esperaba en la habitación, descalzo, solo con un pantalón deportivo.

—Desvestite —ordenó, sin saludo.

Obedecí con las manos temblando. Quedé en ropa interior, expuesta bajo su mirada.

—Mirate —dijo, acercándose despacio—. Tenés todo guardado bajo llave. Yo te voy a abrir.

Me empujó contra la pared y me besó con una violencia contenida que me dejó sin aire. Su mano bajó entre mis piernas, por encima del encaje húmedo.

—Estás empapada. ¿Tanto te calienta que te diga lo que tenés que hacer?

Gemí y asentí. Me levantó como si no pesara y me tiró sobre la cama. Se sacó el pantalón. Estaba duro, y verlo así me hizo apretar los muslos.

—Tocá —dijo, guiando mi mano—. Vas a sentir esto adentro toda la noche.

Me mordí el labio. Me hizo arrodillar frente a él.

—A ver qué sabés hacer.

Lo tomé en la boca y lo chupé con una avidez que no me conocía. Él movía las caderas, marcando el ritmo, una mano en mi nuca.

—Así. Despacio y profundo.

Después me dio vuelta boca abajo. Me sacó la bombacha de un tirón y me separó las nalgas.

—Qué culo —murmuró, y escupió para lubricarme antes de hundir un dedo en mi entrada trasera.

Jadeé.

—Relajate, o duele más.

Jugó conmigo alternando un agujero y otro hasta que no aguanté.

—Cogeme, por favor.

—Pedímelo bien.

—Cogeme fuerte, ahora —grité, perdiendo toda inhibición.

Entró de una embestida, hasta el fondo. Grité de placer y de un dolor que se volvía placer. Me cogía sin tregua, los dedos clavados en mis caderas.

—Esto es mío ahora —gruñó contra mi cuello, dejándome marcas.

Me arqueé, las uñas enterradas en las sábanas. El orgasmo me llegó en oleadas, y cuando él acabó dentro de mí, el calor me inundó entera. Colapsamos, agotados.

***

Aquello fue apenas el comienzo. Tobías me llevó a un terreno cada vez más oscuro. En la segunda cita me ató a la cama con cuerdas suaves pero firmes.

—Hoy aprendés a entregarte del todo —dijo.

Usó un vibrador en mí mientras me azotaba con una fusta. Cada golpe ardía un instante y después se transformaba en una corriente de gusto que me recorría la espalda.

—Admití cuánto te gusta.

—Sí, me gusta. Más fuerte.

Me penetró por el culo por primera vez, con saliva y aceite. El ardor inicial dio paso a un placer hondo y desconocido.

—Qué apretada. Me vas a hacer acabar enseguida.

Yo descubría facetas que ni sospechaba: el morbo de las palabras crudas, el alivio de soltar el control, el placer de obedecer. Hasta me animé a tomar la iniciativa, a pedir lo que quería sin filtro. A él lo sorprendía, y le gustaba.

Pero debajo de todo eso crecía otra cosa. En los minutos tibios del después, enredados, hablábamos. Le conté de mi infancia estricta, de cómo había reprimido siempre cada deseo. Él me devolvió fragmentos de su pasado: una relación que lo había dejado cínico, un miedo casi físico al compromiso.

***

Una noche, después de una sesión intensa, lo miré a los ojos.

—Esto ya no es solo un juego para mí, Tobías.

Frunció el ceño.

—No compliquemos las cosas.

Insistí.

—Te estoy mostrando que el deseo puede llevar a otra cosa. ¿No lo sentís?

Se levantó y se vistió a las apuradas.

—Esto es sexo. Nada más.

Salió dando un portazo y me dejó con el pecho hecho pedazos.

Pasaron días sin contacto. Yo corregía exámenes con la cabeza en otra parte; él evitaba la sala de profesores. Pero el deseo terminó por reunirnos. Me llamó una medianoche.

—Vení. Te necesito.

Fui sabiendo que era un error. Apenas abrió la puerta me besó con una desesperación distinta.

—Te extrañé.

Me llevó al dormitorio y me desvistió con una ternura que no le conocía.

—Hoy no hay juego —murmuró.

Lo hicimos despacio, explorándonos con caricias lentas. Entró en mí sin prisa, con un ritmo que hablaba de algo más profundo que la lujuria.

—Me asustás, Camila. Nunca sentí esto.

Lo abracé, mis caderas buscando las suyas.

—Yo también tengo miedo. Igual vale la pena.

Llegamos juntos, diciéndonos el nombre en vez de insultos. Después hablamos hasta el amanecer. Por primera vez se mostró frágil.

—Creí que el sexo duro me iba a proteger del amor. Con vos no funciona.

Sonreí.

—Yo aprendí a ser libre. Vos estás aprendiendo a dejar entrar a alguien.

***

Nuestra relación cambió de forma. Los juegos siguieron, pero con un matiz nuevo. En una escapada de fin de semana a la costa, Tobías me sorprendió con un collar; me lo puso entre besos, no entre órdenes.

—Sos mía. Pero yo también soy tuyo.

Esa noche, en la habitación con el rumor del mar entrando por la ventana, me ató otra vez. Usó un consolador mientras me lamía despacio, y cuando me penetró lo hizo mirándome a los ojos.

—Te amo —dijo, y la palabra pesó más que cualquier azote.

No todo fue fácil. El colegio empezó a murmurar. Un directivo conservador nos citó.

—Esto es inapropiado.

Tobías lo enfrentó con calma.

—Nuestra vida privada no afecta el trabajo.

Yo, con una seguridad que meses atrás no tenía, agregué:

—Somos adultos. Sabemos separar las cosas.

Aun así, la presión nos obligó a replantearnos todo.

—¿Vale la pena arriesgar los trabajos? —pregunté una noche, todavía con las marcas de las esposas en las muñecas.

Me miró sin dudar.

—Por vos, sí.

Decidimos enfrentarlo. En una reunión con la dirección expusimos la relación con honestidad. Para nuestra sorpresa, terminaron respaldándonos: valoraban cómo trabajábamos. Liberados de ese peso, lo nuestro se hizo más hondo.

***

Meses después, ya viviendo juntos, los juegos seguían siendo parte de nosotros, pero ahora tenían raíces. Una de esas noches me ató de nuevo, y esta vez había algo más en su mirada.

—Vamos a jugar. Pero acordate de que te amo.

Me trabajó despacio, alternando la lengua y los dedos hasta dejarme al borde, leyendo cada reacción de mi cuerpo como si lo hubiera estudiado durante años.

—Acabá cuando yo te diga.

Lo obedecí, y el orgasmo, retenido y después soltado, me sacudió entera. Después me abrazó largo rato, besando cada marca, cada moretón tibio.

—Te amo, Camila.

—Y yo a vos —respondí—. Mi maestro, mi cómplice.

Había descubierto un lado mío que llevaba años encerrado bajo llave, y de paso había encontrado algo que no buscaba: alguien que me sostenía cuando me soltaba del todo. Tobías, el hombre que creía que la pasión sin reservas lo blindaba contra el amor, terminó rendido en el mismo juego que había inventado. Y los dos entendimos, por fin, que entregarse no era perder el control. Era elegir a quién dárselo.

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Comentarios (5)

Nico_Cordoba

tremendo relato!!! sigue subiendo mas asi

MariaJoseBA

quede con ganas de mas, por favor una segunda parte! ese final me dejo con el corazon en la boca

SandroNights

eso de soltar el control que describis es algo muy dificil de capturar con palabras y lo lograste. felicitaciones

TatiRosa

lo lei dos veces jajaja, muy bueno

Ezequiel_gba

y despues de eso como siguio la relacion con el? o fue algo que quedo en ese momento nomas?

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