Mi jefa me castigó en el tren camino a la reunión
Viajaba con Solange en tren. Era muy propio de ella elegir esa forma lenta de dejar pasar el tiempo, como si viviera dentro de una película en blanco y negro de los años cuarenta, interpretando a una espía elegante que cruzaba media Europa con un secreto cosido al forro del abrigo.
Solange era una mujer imponente. Manicura impecable, un rubio ceniza peinado en un corte recto a la altura de la mandíbula, ojos grandes bajo cejas dibujadas con lápiz, uñas y labios de un rojo oscuro que delineaba apenas por fuera del borde natural para que parecieran más llenos. Vestía siempre trajes ajustados, faldas que le marcaban las caderas, chaquetas entalladas que acentuaban su figura. Bajo la gasa de las blusas se adivinaba más de lo que mostraba: unas tetas altas y firmes, apretadas en sujetadores de encaje que se transparentaban cuando la luz le pegaba de costado.
La mayoría la consideraba altiva. A mí me parecía deslumbrante, tanto que vivía atrapada en su órbita, sometida a su presencia sin haber decidido del todo estarlo. Me bastaba mirarle la boca roja para sentir que el coño se me humedecía en las bragas.
Yo era su secretaria, aunque hacía tiempo que era algo más. Compañeras, sí, pero cada una en su lugar exacto. Cuando la decepcionaba, me corregía con una regla de madera larga y pesada que guardaba en el fondo de su bolso de cuero negro, como otras mujeres guardan un pañuelo. Y cuando terminaba de castigarme, muchas veces me metía dos dedos en el coño y me follaba con la misma precisión con la que blandía esa regla.
—Este trabajo es una chapuza —dijo en voz baja, devolviéndome el fajo de papeles que le había preparado antes de salir.
Estábamos sentadas una al lado de la otra en el vagón panorámico, viendo cómo el paisaje se apagaba antes de pasar al coche restaurante.
—No tuve mucho tiempo —expliqué, sabiendo de antemano que ninguna explicación le movería un milímetro la opinión.
—Me temo, querida, que habrá que rehacerlo esta noche. Pero antes te has ganado unos azotes. Nos ocuparemos de eso ahora mismo.
—Sí, señora —respondí.
—Llévame el bolso al compartimento y espérame.
Me sostuvo la mirada con esa arrogancia suya y me acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Todavía no te has curado del último castigo, ¿verdad? —insinuó, fingiendo lástima.
—No, señora.
—Quizás te conviene seguir con moretones. Ve y prepárate.
Era tierna y despiadada a la vez, y esa mezcla me resultaba hipnótica. Prefería castigarme en ropa interior, con prendas que ella misma me compraba: medias con costura iguales a las suyas, sujetas a las ligas de un corsé antiguo de varillas firmes que me ceñía la cintura hasta dejarme sin aire. El que llevaba aquel día me apretaba el torso terminando justo bajo los pechos, dejando la carne al descubierto, y abajo las ligas enmarcaban el resto de mí, dejando el coño y el culo desnudos, ofrecidos a lo que ella quisiera hacerles.
***
Me quité el vestido y lo colgué con cuidado en el armario diminuto del compartimento. Después me quité la ropa interior. Me quedé con los tacones y la gargantilla. A Solange le gustaba cómo me quedaba esa gargantilla; había decidido que me recordaría mi sitio, igual que los corsés. Yo estuve de acuerdo, porque todo lo que me obligaba a hacer me resultaba gratificante de un modo que no sabía explicar.
Me miré en el espejo y me sonrojé. Al girarme vi dos pequeños moretones de la semana anterior, apenas empezando a amarillear. Habría más antes de que terminara la tarde. Me estremecí. Me pasé la mano entre los muslos casi sin querer y comprobé que ya estaba mojada, que el coño me chorreaba solo de pensar en lo que se venía. ¿Después se tomará un rato para nosotras?, pensé, y supe que lo agradecería. Cerré el armario y seguí con los preparativos. No me atrevía a presentarme sin estar lista; nada la enfurecía tanto.
Encontré la regla en su lugar de siempre, en el fondo del bolso. Me senté con ella sobre el regazo, sabiendo que podían pasar minutos u horas. Todo en Solange era premeditado, incluso hacerme esperar. Por suerte aquella vez no tardó, y cuando se abrió la puerta me puse de pie para recibirla, como siempre.
—Nadia —dijo con sequedad—, quédate en el rincón. Me cambio para la cena.
—Sí, señora —respondí, girándome hasta dejar la nariz pegada al ángulo de la pared, como una niña en penitencia.
La oí rebuscar en el armario, reconocí cada sonido del proceso de cambiarse de ropa: la cremallera del vestido, el roce de la seda al bajar por sus caderas, el chasquido de las ligas nuevas contra la parte alta de los muslos. Se me erizó la piel al imaginarla en bragas y sujetador a mis espaldas, sabiendo que yo no podía girarme a mirarla.
—Mírame —ordenó cuando terminó.
Obedecí. Sus ojos altivos estaban clavados en mí.
—Espero perfección en tu trabajo, Nadia. Si tengo que reprenderte a diario por tus malos hábitos, lo haré.
—Lo siento mucho, señora.
—Me lo imagino. —Se sentó—. Ahora ven.
El compartimento era estrecho, pero aun así había unos pasos entre las dos. Los crucé deprisa para no enfadarla más. Me acarició un muslo despacio sin dejar de mirarme, y con los dedos rozó apenas el borde de mi coño, comprobando lo empapada que ya estaba.
—Mira nada más cómo estás, guarra —murmuró, mostrándome los dedos brillantes—. Ni te he tocado y ya te chorrea el coño. Chúpalos.
Abrí la boca y ella me metió los dos dedos hasta la garganta. Me hizo lamerlos limpios, saborear mi propio flujo, mientras me clavaba esa mirada de dueña.
—Qué pena tener que marcar esto —comentó, retirando los dedos y volviendo a acariciarme la piel del muslo.
Sonreía, pero su sonrisa era tan falsa como su pena. Sabía que estaba deseando que la regla volara, y yo también la deseaba, no por el dolor sino por la forma tan peculiar en que su atención se posaba entonces sobre mí.
Me dobló sobre su regazo de un tirón. Los brazos y la cabeza me colgaban hacia el suelo, porque le gustaba tener mis nalgas y la parte alta de los muslos justo delante de los ojos. En esa postura el coño se me abría solo, expuesto entre las ligas, y sabía que ella lo estaba viendo. Nunca le había visto levantar el brazo antes de un golpe, pero podía imaginar la fuerza con que lo hacía.
La regla cayó y me estremecí al instante.
—¡Ah, no! —murmuré entre dientes.
—¡Silencio! —ordenó—. Si prefieres que esto sea en el pasillo, donde todos puedan verte y oírte, puedo arreglarlo.
El tren rugía en su avance, y aun así me esforcé por tragarme los gritos, consciente de que cualquier ruido podía elevarse por encima del traqueteo.
La regla descendió sobre mí media docena de veces, golpes punzantes que me hacían gritar por dentro. El canto era lo bastante afilado como para dejar líneas que durarían días. Cuando terminó con la parte más carnosa, fue bajando poco a poco hasta empezar a castigarme la parte alta de los muslos.
—¡Por Dios! —gemí de nuevo.
Mi cuerpo se retorcía en su regazo como si el movimiento pudiera aliviarme, pero el efecto era el contrario: la regla caía en ángulos extraños que me hacían arder más la piel. Para rematar, Solange concentró media docena de golpes en el punto donde el dolor era más intenso, y se me escapó un grito que se habría oído desde el pasillo.
—Ya está —dijo de pronto.
Supe que había soltado la regla porque su mano me amasaba las nalgas doloridas. Esas caricias me trajeron al instante otros recuerdos, las veces en que un castigo se convertía en algo más. Me tocó entre las piernas, donde estaba húmeda y caliente. Deslizó dos dedos por los labios de mi coño y los hundió sin previo aviso hasta los nudillos, arrancándome un jadeo largo.
—Mírate —susurró—. Toda castigada y aun así el coño se te abre como una flor. Te encanta, ¿verdad, puta?
—Sí, señora —gemí, y las palabras se me atragantaron cuando empezó a follarme con los dedos, entrando y saliendo despacio, muy despacio, para que sintiera cada centímetro.
Con el pulgar me tanteó el clítoris hinchado y me lo apretó, dibujando círculos precisos que me hicieron sacudir todo el cuerpo sobre su regazo. Yo abría más las piernas, buscando más de sus dedos, mendigando con la cadera.
—Quieta —ordenó, y me dio un cachete seco en la nalga ardida que me hizo aullar—. Te corres cuando yo diga.
Siguió trabajándome despacio, sacando los dedos brillantes de mi flujo para restregármelos por el culo, dibujando círculos alrededor de ese agujero apretado, amenazando con meterlos allí también. Después volvía al coño, más adentro, curvando los dedos hasta encontrar el punto exacto que me hacía apretar los muslos y sollozar.
Sentí el orgasmo subiendo como una ola, la piel del culo ardiendo, el clítoris palpitando bajo su pulgar, y justo cuando estaba a punto de estallar retiró la mano de golpe.
—Quizás esta noche disfrutemos un poco más de nuestra compañía —sugirió, chupándose los dedos empapados delante de mí—. Ahora te quedas así, con las ganas puestas. Te lo has ganado.
Luego me ayudó a levantarme. Yo temblaba, con el coño palpitando de necesidad, sintiendo cómo la humedad me resbalaba por la cara interna del muslo.
—Ahora vístete, el jersey verde, y acompáñame a cenar.
Mientras salía, lo único en lo que yo podía pensar era en terminar lo que su mano había empezado. Aunque sabía que también eso estaba bajo su control.
***
Me vestí rápido, aunque me esmeré en peinarme el pelo castaño, retocarme el maquillaje y comprobar que ningún rastro de la última media hora asomara bajo la falda. El enrojecimiento se desvanecía, pero quedaban varias marcas para rato. Me apliqué una crema fría y bajé al vagón restaurante, sonrojada por esa satisfacción extraña que siempre seguía a un castigo, y con el coño todavía latiéndome entre las piernas, empapando las bragas nuevas que me había puesto.
Solange estaba sentada frente a otra mujer, tan elegante y serena como ella. Nos presentó.
—Renata viaja a nuestro mismo destino —dijo.
—Ya veo —respondí, ocupando mi sitio junto a Solange.
Estoy segura de que hice una mueca al sentarme. Renata la notó.
—Nadia acaba de ser castigada por un trabajo mal hecho, y ahora paga las consecuencias, ¿verdad, querida? —explicó Solange.
Sonreí, sintiendo el rubor subirme hasta las orejas.
—Me gustaría probar ese método con algunas de mis chicas —comentó Renata, sin sorprenderse lo más mínimo.
Era muy de Solange alardear de mi situación con ciertas personas; quería que supieran de nuestra relación, al menos de esa parte. Supongo que le daba una sensación de poder. A mí me hacía sentir aún más sumisa, aunque a su lado no me importaba demasiado lo que dijera.
—Algunas necesitan más disciplina que otras —siguió Solange—. ¿Nunca has probado este método?
—Lamentablemente, no —admitió Renata.
—Es una pena que no hayas podido ver a Nadia sobre mi regazo hace un rato. Con las bragas abajo, el coño chorreando, corriéndose casi solo del roce de la regla. Seguro que sacarías buenas ideas. ¿No te parece, cariño?
—Sí, señora —respondí, con las mejillas ardiendo.
Renata sonrió, como si de verdad lamentara haberse perdido el espectáculo. Bajo el mantel, sentí de golpe la mano de Solange trepando por mi muslo hasta meterse entre mis piernas. Con dos dedos apartó la tela de la braga y me tocó el coño directamente, comprobando lo empapada que seguía. Me mordí el labio para no gemir.
—Por cierto, esa gargantilla es preciosa —observó Renata.
—¿A que sí? —contestó Solange, sin dejar de acariciarme por debajo—. Es un buen recordatorio.
No hizo falta que dijera más; sus ojos lo decían todo. Me sonrojé todavía más, apretando los muslos alrededor de su mano, tratando de mantener la cara serena mientras ella me metía y sacaba un dedo dentro del coño, muy despacio, escondida por el mantel blanco. Cuando terminé de cenar, sacó la mano, se la limpió con la servilleta como si nada, y me mandó de vuelta al compartimento a rehacer el trabajo. Tardé varias horas y me dormí defraudada por no volver a verla esa noche, con la mano metida entre las piernas, tocándome yo misma sin permiso, dormida antes de conseguir correrme.
***
A la mañana siguiente, al llegar a la ciudad, nos registramos en un hotel antiguo y precioso, uno de los favoritos de Solange. Tenía asuntos pendientes con una empresa del centro, y después de refrescarnos tomamos un taxi hasta allí.
—¿Cómo llevas el trasero? —susurró ella en mi oído mientras avanzábamos.
—Me duele, señora, y tenías razón: hay varias marcas visibles.
—Bien —replicó—. Y puede que haya más si tu trabajo no es satisfactorio. Esta reunión es importante y no admito errores.
Rara vez la veía nerviosa, pero aquella mañana percibí su tensión. Crucé los dedos por haber corregido cada fallo, por que nada me delatara delante de extraños.
Al llegar nos recibió Renata, para mi sorpresa.
—¿No es agradable saber que tenemos una aliada aquí dentro? —dijo Solange, acariciándome la espalda.
—Sí, señora —respondí, aunque ella ya estaba concentrada en la sala de juntas donde iba a celebrarse la reunión.
La cosa marchó bien durante unas horas. Pero después del almuerzo, cuando me pidieron que aclarara unas cifras dudosas, comprendí con horror que volvía a estar en problemas.
—Nadia —dijo Solange con severidad—, creía que te habías ocupado de esto.
Lo dijo delante de todos los asistentes, seis rostros imponentes vueltos hacia mí, y me ardió la cara al instante.
—Lo siento, señora, no sé qué ha pasado. Si me permite un momento…
Antes de que pudiera seguir, Renata salió en mi defensa.
—Creo que podemos resolverlo, Solange. No es tan grave como parece. Vamos a mi despacho y veamos cómo arreglarlo.
Solange pareció aliviada, pero yo sabía que, a pesar de las palabras amables, seguía en apuros. Las dos se retiraron y, mientras los demás abandonaban la sala, me quedé sola, rumiando mi destino. No tenía ninguna duda: la regla volvería a volar, y solo había pasado un día. Sabía que otro castigo encima del anterior sería terrible. Aun así, me intrigaba la coincidencia de que Renata hubiera viajado en el mismo tren la noche anterior. Me preguntaba si era casualidad o si había algo más detrás de un azar tan perfecto.
Dos horas después, cuando las dos mujeres salieron del despacho, sonreían radiantes.
—Parece que todo ha salido muy bien —me dijo Solange, satisfecha.
No había rastro de enfado, y eso me tranquilizó. El alivio duró poco.
—¿Y el otro asunto? —preguntó Renata.
—Ah, sí, el otro asunto —recordó Solange—. Podemos ocuparnos ahora o esperar a después de cenar.
—Estoy un poco ansiosa, mejor que no esperemos —dijo Renata, arqueando las cejas con complicidad.
No podía creer cuánto se parecía a Solange, la misma arrogancia, el mismo dominio de sí, la misma belleza fría. Sin una palabra más, Solange se volvió hacia mí.
—Nadia.
Me levanté y las seguí al despacho de Renata.
—Querida, supongo que entiendes que tus errores no pueden quedar impunes —dijo Solange—. Renata y yo lo hemos hablado, y creemos que lo justo es que recibas el castigo delante de ella. No solo será una corrección razonable, sino que además podrá presenciar uno completo.
Me costó responder. Lo que para Solange era un golpe de suerte, a mí me horrorizaba. No me importaba que comentara mis castigos con otras personas, pero nunca me había castigado delante de nadie. Siempre lo había sentido como algo privado entre las dos, y no sabía cómo encajar el compartirlo con una casi desconocida.
Al notar mi vacilación se acercó y me rodeó la cintura con un gesto cariñoso. Con la otra mano me apartó el flequillo de la frente.
—Puedes con esto, Nadia —susurró—. Piensa en lo bien que nos sentará a las dos, sobre todo después.
Tenía razón; había algo tentador en ello. Solíamos pensar igual sobre estas cosas, cada una a su manera.
—Además, ni siquiera notarás que está. Estarás demasiado absorta en tu propio dolor.
No necesitaba convencerme; me obligaban los acuerdos que habíamos sellado tiempo atrás. Haría lo que ella quisiera. Aun así agradecí el esfuerzo por tranquilizarme, que me recordó lo estrecha que se había vuelto nuestra relación en estos dos años.
Buscó una silla a su gusto, la colocó donde quería y me indicó que me pusiera frente a ella. Renata se quedó detrás de mí, observando.
—Quítate el vestido —ordenó.
Levanté el borde de la prenda y me la saqué por la cabeza, dejándola caer al suelo. Quedé solo con el corsé, las medias, los tacones y la gargantilla. Las bragas de encaje negro me marcaban el coño, ya oscurecidas por una mancha de humedad que no había manera de disimular. Agradecí no estar de cara a Renata.
—Deberías poder ver sus marcas —le informó Solange.
—Sí, las veo —respondió ella—. Me sorprende lo nítidas que son.
—Una buena sumisa las luce con orgullo. Nadia siempre ha aguantado muy bien sus castigos. Y mira —añadió, enganchando un dedo en el elástico de mis bragas y bajándolas de un tirón hasta las rodillas—, mira cómo se le nota que le gusta. Está empapada.
Sentí el aire fresco entre las piernas y las mejillas ardiéndome de vergüenza al saber que Renata veía todo, el coño mojado, los pelos mojados, los muslos brillantes.
—Precioso —murmuró Renata detrás de mí—. Qué coño tan bien depilado, y qué bien reluce.
Como no le veía la cara, no supe cómo reaccionó al resto, pero oí que se acercaba un paso. Sentí su mano rozándome apenas la cadera desnuda antes de retirarse.
—Sobre mis rodillas —ordenó Solange, cambiando de tono de golpe.
Obedecí de inmediato. Le eché una mirada rápida a Renata y aparté la vista, avergonzada de que alguien más presenciara algo tan íntimo. Solange paseó la regla con suavidad sobre mi trasero y todo mi cuerpo se tensó ante lo que venía. Lo deseaba y lo temía a partes iguales. Sabía que en esa postura, con las bragas por las rodillas y el culo en pompa, Renata me estaba viendo el coño abierto, los labios hinchados, el agujero brillante entre las nalgas.
Esta vez me azotó deprisa, un golpe tras otro, sin pausa para respirar. Aguanté en silencio, salvo unos gemidos lastimeros, pero a medida que el castigo crecía mi voz se fue elevando. Cuando por fin se detuvo, yo estaba bañada en lágrimas, sollozando sin ruido. Y a pesar del dolor, o quizás gracias a él, sentía el coño más caliente y más mojado que nunca, latiendo entre las piernas, buscando algo que lo llenara.
—Qué rojo más bonito —comentó Renata—. Y qué coño tan hambriento. Mira cómo se le contrae.
—¿Verdad que sí? —asintió Solange—. ¿Te gustaría probar?
—Por supuesto.
Y sin más, Solange me puso de pie de un empujón y le cedió el sitio. Apenas podía creer lo que pasaba. Quedé tendida sobre el regazo de Renata igual que tantas veces lo había estado sobre el de Solange. Esperaba notar alguna diferencia, pero lo sentí idéntico. Como Solange, se tomó su tiempo, alcanzó el mismo ritmo febril, blandió la regla con una fuerza considerable.
No llevaba más que un par de golpes y ya volvía a sollozar, retorciéndome en busca de un alivio que no existía. Pero ella, igual que Solange, sabía exactamente qué hacer: me sujetó firme por la cintura con el brazo libre y siguió. Cubrió cada centímetro de mi trasero, se aseguró de que la regla mordiera la parte alta de los muslos, donde más sensible estaba, y no tuvo piedad con los pequeños moretones que mi amante me había dejado el día anterior. Aquel doble castigo se estaba convirtiendo en uno de los peores de mi vida.
Cuando por fin dejó caer la regla al suelo, no me soltó. En lugar de eso deslizó la mano entre mis piernas y me palpó el coño con descaro, hundiendo dos dedos hasta el fondo. Yo di un respingo y solté un gemido largo.
—Está chorreando, Solange —informó, sacando los dedos y mostrándoselos, brillantes y pegajosos—. Después de todo esto, la muy guarra tiene el coño hecho un charco.
—Ya te dije que le gustaba —contestó Solange, con orgullo.
—¿Puedo? —preguntó Renata, y aunque yo no vi el gesto, supe que Solange asentía porque los dedos volvieron a hundírseme dentro, esta vez tres, abriéndome, follándome sin miramientos sobre su regazo.
—Por favor —gemí, sin saber muy bien qué pedía.
—Cállate —ordenó Renata, y con la otra mano me dio un cachete en el culo escaldado que me hizo aullar. Después siguió metiéndome los dedos, cada vez más adentro, cada vez más rápido, el sonido húmedo de mi coño llenando el despacho.
Sentí la mano de Solange acariciarme el pelo, apartándomelo de la cara mojada de lágrimas.
—Ábrele el culo, Nadia —susurró—. Enséñale bien todo a Renata.
Con las manos temblorosas me llevé las dos a las nalgas ardiendo y me las separé, abriéndome del todo. Renata soltó un ronroneo bajo y sacó los dedos del coño para arrastrarlos, empapados en mi flujo, hasta el agujero apretado del culo. Los frotó allí despacio, resbaladizos, presionando la punta contra mí sin llegar a entrar.
—Otro día, quizás —murmuró—. Hoy solo miro.
Volvió al coño y metió los tres dedos hasta los nudillos, curvándolos, buscando ese punto que Solange conocía tan bien y que ella localizó a la primera. Me sacudí entera. Mientras tanto Solange se agachó a mi lado y me atrapó un pezón entre los dedos, retorciéndomelo por debajo del corsé hasta hacerme llorar de nuevo, esta vez de puro placer.
—Puedes correrte —dijo Solange en mi oído—. Córrete para nosotras, mi puta.
Bastó esa orden. El orgasmo me arrasó de golpe, salvaje, encima del regazo de una desconocida, con los dedos de esa mujer clavados dentro y los dedos de Solange martirizándome el pezón. Grité sin importarme quién pudiera oírme al otro lado de la puerta. El coño se me cerró en espasmos alrededor de la mano de Renata, chorreando sobre su falda cara, y las piernas me temblaron un buen rato después de que el placer se retirara.
Cuando por fin terminó, me quedé un rato tendida, hasta que las manos suaves de Solange me levantaron. Encontré consuelo en su ternura, como siempre. Renata se limpió los dedos con un pañuelo y sonrió, satisfecha, sin ninguna vergüenza.
—Espero que hayas aprendido la lección —afirmó Solange.
—Sí, señora —respondí, con la voz ronca.
—Yo también —dijo Renata, con un brillo en los ojos—. Las dos me habéis dado mucho en qué pensar. Y para la próxima, prometo traer mi propia regla.
Mientras salía del despacho, subiéndome las bragas con dedos torpes sobre el culo escaldado, no pude evitar pensar en la joven secretaria que esperaba en la antesala y en todo lo que le aguardaba.
—Vamos a cenar —dijo Solange—, y luego podré curarte esta quemazón y estas zonas en carne viva. Y algo más, si te portas bien.
Me acariciaba las nalgas doloridas y me estremecí. Tenía los labios muy cerca de los míos, y acepté su beso. Nuestras lenguas se rozaron apenas un instante, y en ese segundo podría haberme derretido entre sus brazos. Me consolé sabiendo que pasaríamos la noche entera juntas en la cama del hotel, y todo el día siguiente encerradas en el compartimento del tren, con la regla en el bolso y sus dedos entre mis piernas cada vez que ella quisiera.





