Mi novia me puso de rodillas por sus pies
Siempre he tenido una obsesión muy concreta: los pies de una mujer. No me interesaba disimularlo conmigo mismo, aunque sí con casi todo el mundo. Podía fijarme en una cara, en unas piernas o en una sonrisa, claro, pero lo que de verdad me atrapaba eran unos dedos cuidados, unas plantas suaves, el arco bien marcado, unos tobillos limpios y ese gesto de quitarse un zapato como si no significara nada.
Durante años salí con mujeres muy distintas y aprendí a callarme la mitad de lo que me excitaba. Les masajeaba los pies, se los besaba durante el sexo, a veces los lamía mientras ellas gemían arriba de mí, pero casi nunca confesaba que aquello no era un detalle más: era el centro. Mi verdadero vicio. Mi debilidad más fuerte y más vergonzosa.
Con Mara fue diferente desde el principio. La reencontré una noche en un bar, después de mucho tiempo sin verla, y bastó mirarla cruzar la sala para que todo lo demás me pareciera secundario. Llevaba un vestido negro sencillo, el pelo recogido y unas sandalias de tacón fino que dejaban sus pies completamente a la vista. Yo apenas pude sostenerle la mirada; me quedé clavado en el brillo oscuro de sus uñas y en la seguridad con la que caminaba, como si supiera exactamente el efecto que causaba.
Nos pusimos al día, nos reímos de recuerdos viejos y, al día siguiente, le escribí. Luego vinieron más citas, más noches y una relación que avanzó con una facilidad que casi daba miedo. Mara era guapa, sí, pero sobre todo tenía una forma de mandar sin levantar la voz que me desarmaba. Le gustaba decidir dónde íbamos, qué pedíamos, cómo me callaba con una sola mirada. Y a mí eso me calentaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cuando empezó a quedarse en mi apartamento varios días seguidos, el sexo se volvió constante. Follábamos en la cocina, en el sofá, contra la pared del pasillo, en la ducha empañada antes de ir a trabajar. Casi siempre llevaba tacones puestos al menos una parte del tiempo, y eso me volvía loco. Yo me agachaba a desabrocharle las tiras, a besarle los tobillos, a pasar la lengua por la planta del pie mientras ella me sujetaba del pelo y soltaba una risa corta, satisfecha, como si ya hubiera adivinado algo que yo seguía ocultando.
Al poco tiempo decidimos vivir juntos. Ella llegó un lunes con maletas, cajas y una colección de zapatos tan grande que parecía una declaración de principios. Los fue colocando con calma junto a la pared del dormitorio, ordenándolos por altura y color. Tacones negros, sandalias nude, stilettos rojos, botines finos, zapatos de salón. Yo la observaba en silencio, tragando saliva.
—Mis tesoros van aquí por ahora —dijo, dejando un par de sandalias de tiras al lado de la cama—. El fin de semana me traes el mueble zapatero que dejé en casa de mis padres.
Le dije que el sábado había quedado para salir con unos amigos y montar en bicicleta. Mara se giró despacio, me sostuvo la mirada y sonrió con una mezcla de dulzura y superioridad que me puso la piel de gallina.
—Escúchame bien —dijo—. Primero voy yo. Después mis zapatos. Luego todo lo demás. Si te acostumbras pronto, nos ahorraremos discusiones.
Lo dijo medio en broma, pero no sonó a broma. Sonó a aviso. Y la verdad es que una parte de mí, la más enterrada y más caliente, quiso obedecerla en ese mismo instante.
***
Al día siguiente llegué antes que ella. La casa estaba en silencio, todavía oliendo a su perfume y a crema corporal. Entré en el dormitorio y vi las sandalias sobre el suelo, casi esperándome. No pensé demasiado. Cerré la puerta, me senté en la cama y cogí el par negro de tiras finas.
Las acerqué a la cara y respiré hondo. Cuero, perfume, el rastro tibio y salado de sus pies después de todo el día. Me puso duro al instante. Pasé los dedos por la plantilla, imaginando el contorno exacto de su planta, y luego saqué la lengua para lamer donde sabía que habían apoyado sus dedos. Lo hice despacio al principio, avergonzado incluso estando solo, y después con más hambre, besando el tacón, chupando la tira delantera, frotándome la polla por encima del pantalón mientras pensaba en Mara mandándome callar con el pie en la boca.
Me masturbé en la cama con sus sandalias pegadas a la cara, jadeando como un animal. Estaba a punto de correrme cuando escuché un ruido en la cocina. El susto me atravesó entero. Dejé las sandalias donde pude, me subí el pantalón y salí intentando parecer normal.
Mara estaba apoyada en la encimera con una cerveza en la mano. Me miró solo un segundo. Tenía una expresión tranquila, demasiado tranquila.
—Llegaste temprano —dijo.
Fui a besarla y me devolvió el beso sin ganas, fría, casi distraída. Durante la cena estuvo correcta, pero distante. Yo sabía que algo pasaba. No tardó en confirmarlo.
—¿Por qué estaban mis tacones encima de la cama? —preguntó sin levantar la voz.
Sentí un golpe seco en el estómago. Quise improvisar una excusa, pero se me quedó pegada a la garganta. Ella dejó el tenedor, me miró fijo y añadió:
—Piénsalo bien antes de mentirme. Si vamos a vivir juntos, prefiero saber con quién estoy.
No respondí. No tuve el valor. Esa noche dormimos tensos, dándonos la espalda, y yo pensé que la había cagado de verdad.
El viernes, sin embargo, volvió sonriendo. Me abrazó al entrar, me besó el cuello, me acarició la nuca como si nada hubiera ocurrido. La calma regresó tan de golpe que me desconcertó. Cenamos, recogimos la mesa, y me fui a duchar con la sensación rara de estar esperando algo.
Cuando salí del baño y entré al salón, la vi tumbada en el sofá de una manera que nunca había adoptado delante de mí. Estaba recostada de lado, con un brazo apoyado en el respaldo, las piernas extendidas y los pies descalzos sobre un cojín. Tenía al lado un frasco de crema, una Coca-Cola vacía y esa mirada suya de quien ya ha tomado una decisión.
—Tráeme otra Coca-Cola con hielo —ordenó—. Y siéntate a mis pies. Vas a ponerme crema y a darme un masaje hasta que yo te diga que pares. Presta atención, porque no voy a repetirlo dos veces.
Se me secó la boca. Sentí una descarga directa en la polla. Fui a la cocina casi temblando, preparé el vaso y regresé. Me senté en la alfombra, frente a sus pies, y por primera vez tuve la sensación de estar exactamente donde una parte de mí había querido estar siempre.
Le puse crema en el empeine, la extendí con las palmas y empecé a masajearle despacio. Sus pies eran firmes, suaves, cálidos. Le rodeé el tobillo, subí por el talón, hundí los pulgares en la planta y ella soltó un suspiro corto, complacido. Yo estaba tan excitado que apenas podía respirar con normalidad.
—Más fuerte —dijo, sin mirarme—. No seas tímido.
Obedecí. Le trabajé el arco del pie con ambos pulgares, separé sus dedos uno por uno, acaricié la piel fina que había entre ellos. Mara bebió un sorbo de refresco mientras veía una serie como si aquello fuera lo más normal del mundo. De vez en cuando movía el pie y me lo dejaba contra el pecho, reclamando atención sin palabras.
Pasó casi una hora. Mis piernas se entumecían en el suelo, pero la polla seguía dura, marcándose bajo el pantalón. Mara lo notó. Claro que lo notó. Desvió apenas la vista hacia mi entrepierna y sonrió.
—Así que esto te pone así de mal —murmuró—. Ya me lo imaginaba.
No supe qué decir. Ella me tocó la mejilla con la punta del pie, casi con ternura, y luego me dio una pequeña patada.
—Ve a traerme algo de comer. Y vuelve rápido.
Traje una bolsa de patatas y me senté otra vez a sus pies. La abrió, comió un par sin usar las manos y después acercó los dedos del pie a una patata, la sujetó con destreza absurda y me la ofreció. Me quedé inmóvil un segundo, mirándola.
—Cógela con la boca —ordenó.
Lo hice. Mis labios rozaron sus dedos. Ella soltó una risa baja. Volvió a hacerlo y esta vez, después de morder la patata, aproveché para chuparle las yemas. Mara no retiró el pie. Al contrario: me lo apoyó mejor sobre la boca, dejando que mi lengua lamiera la sal de sus dedos.
—Eso quería ver —dijo—. Te vi con mis sandalias el otro día. Te vi chupándolas como un perro hambriento.
Sentí un calor de vergüenza subir desde el cuello hasta la cara, pero también un alivio sucio, liberador. Ya estaba dicho. Ya no había escondite.
—Perdón —murmuré.
—No te he pedido perdón —respondió—. Te he dicho que te vi. Y ahora entiendo por qué me mirabas los pies todo el tiempo.
Se incorporó un poco y dejó ambos pies sobre mis muslos. Los besé sin que me lo pidiera. Empecé por el empeine, seguí por los tobillos y luego bajé a las plantas, lamiéndolas con hambre, abriendo bien la lengua desde el talón hasta los dedos. Mara dejó escapar un gemido bajo, casi sorprendido de lo mucho que eso también le gustaba a ella.
—Chupa bien —dijo—. Quiero sentirlo.
Me agarró del pelo y me pegó la cara a su pie derecho. Yo lo obedecí de inmediato. Le lamí cada dedo, los metí uno por uno en la boca, succionándolos mientras mi mano libre me apretaba la polla por encima del pantalón. La piel de la planta tenía un gusto limpio, mezclado con crema y el resto mínimo del día. Era exactamente lo que más me excitaba del mundo.
—Mírame mientras lo haces —ordenó.
Alcé los ojos. Ella me estaba observando con una calma dominante, las mejillas algo más encendidas, la respiración apenas alterada. Saber que me veía así, de rodillas, lamiéndole los pies como un esclavo agradecido, me volvió todavía más loco. Gemí con la boca ocupada.
—Eso es —dijo—. Ya entendí lo que eres conmigo.
Quitó los pies de mi cara y cambió de postura. Se sentó al borde del sofá y estiró una pierna hacia mi entrepierna. La planta de su pie se apoyó justo sobre mi polla. Presionó una vez, tanteando, y yo solté el aire de golpe.
—No te muevas.
Empezó a frotarme con el pie por encima del pantalón. Primero despacio, marcando la forma, jugando con la presión en la punta y en el tronco. Después metió el otro pie, aprisionándome entre ambos. El roce era húmedo por la crema que aún le brillaba en la piel. Yo estaba al límite en segundos.
—Bájate el pantalón —dijo.
Lo hice torpemente, hasta las rodillas, y mi polla salió dura, brillante en la punta. Mara la miró sin pudor y se mordió el labio.
—Ahora sí. Quiero ver cómo te corres por mis pies si te trabajo bien.
Enganchó la base con sus plantas y empezó una paja con los pies lenta y cruel. Cerraba y abría la presión, deslizaba los dedos por el glande, me rozaba el frenillo con una precisión que me hacía temblar entero. Yo tenía las manos clavadas al suelo para no abalanzarme sobre ella. Ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—¿Te gusta, verdad? —preguntó.
—Sí.
—No te oigo.
—Sí, me encanta.
—¿Qué te encanta?
Tragué saliva. —Que me pajees con los pies.
Sonrió. —Mejor. Habla claro conmigo.
Siguió un rato más, aumentando el ritmo, dejándome al borde y frenando justo cuando yo iba a perder el control. Me estaba volviendo loco. Yo gemía, la miraba, le besaba los tobillos entre una caricia y otra. Al final apretó con más fuerza, subió y bajó varias veces seguidas y me corrí con un gemido ronco, echando toda la leche sobre sus plantas y sus dedos.
Ella no apartó los pies. Miró el semen caliente deslizándose por su piel y luego me lo restregó por la polla con una última pasada lenta.
—Ahora limpia —dijo.
Me incliné sin pensarlo y le lamí la corrida de los pies. Toda. La punta salada en sus dedos, el resto en la planta, en el talón, en el arco. Mara soltó un jadeo más sincero, más húmedo, y abrió un poco las piernas. Aquello ya no era solo mi fetiche; verla disfrutar del control la estaba poniendo igual o más caliente que a mí.
—Ven aquí —ordenó de pronto.
Me levanté y fui hacia ella. Me cogió de la mandíbula y me besó. Sabía mi propia corrida en sus labios mezclada con el sabor de su crema y de su piel. El beso fue sucio, largo, dominante. Después me empujó de nuevo al suelo.
—Quiero otra cosa —dijo, desabrochándose la blusa sin apartar los ojos de mí—. Si te voy a tener a mis pies, vas a aprender a servirme de verdad.
Se quitó la blusa, luego el sujetador, y sus tetas quedaron libres, pesadas, hermosas. Me ardieron las manos por tocarlas, pero esperé. Ella bajó la falda y se quedó con una tanga negra ajustada entre los muslos.
—Ven de rodillas —dijo—. Y no subas más de donde yo te deje.
Fui hacia ella así, de rodillas, y Mara me abrió las piernas apenas lo justo para que quedara frente a su coño cubierto por la tela húmeda. Podía olerla desde ahí: excitación caliente, dulce, intensa. Me obligó a besar primero sus rodillas, luego sus muslos, pero cada vez que intentaba subir más, me frenaba con el pie en el pecho.
—Todavía no. Primero mis pies otra vez.
Se recostó y me ofreció una planta. La lamí con desesperación, ya sin vergüenza, alternando un pie y otro mientras ella se tocaba por encima de la tanga. Sus gemidos se fueron abriendo, menos contenidos, y entonces al fin me agarró del pelo y me llevó abajo.
—Ahora sí. Chúpame.
Aparté la tanga a un lado y vi su coño mojado, brillante, abierto para mí. Le di la primera lamida larga de abajo arriba y Mara arqueó la espalda. Repetí, hundiendo la lengua entre sus labios, saboreándola completa. Ella tenía un pie apoyado en mi hombro y con el otro me acariciaba la cara mientras me follaba la boca con órdenes cortas.
—Más. Ahí. No aflojes.
Le metí dos dedos mientras la lamía el clítoris con movimientos rápidos. Estaba empapada. Cada vez que curvaba los dedos dentro de ella, me apretaba la muñeca con los muslos. La escuché insultar en voz baja, excitada, y supe que estaba cerca. Pero justo entonces me apartó.
—Desnúdate entero.
Me quité el resto de la ropa de pie, torpe por las prisas. Ella se sacó la tanga despacio, sin dejar de mirarme, y luego se puso de nuevo aquellas sandalias negras de tiras que yo había lamido a escondidas. Verla desnuda salvo por los tacones me dio un golpe de deseo tan fuerte que casi dolía.
—A la cama —dijo—. Pero tú abajo.
La seguí al dormitorio. Se tumbó boca arriba, apoyó la espalda en las almohadas y señaló el espacio a los pies de la cama. Me acomodé allí, de lado, todavía sin entender del todo. Mara extendió una pierna y me acarició el labio con la punta del zapato.
—Desde esta noche quiero sentirte aquí cuando me dé la gana. Quiero tu cara en mis pies, tu respiración en mis plantas, tus labios pegados a mis suelas. ¿Lo entiendes?
—Sí.
—No. Dímelo bien.
—Sí, lo entiendo. Quiero estar a tus pies.
Su sonrisa fue lenta, satisfecha. —Eso quería oír.
Alargó la pierna. —Quítamelos.
Le solté la hebilla de un tacón y lo saqué despacio, besándole el empeine en cuanto quedó libre. Luego hice lo mismo con el otro. Dejé ambos zapatos al lado de la cama y me dediqué a sus pies desnudos como si fueran un altar: besos en los dedos, lengüetazos largos en la planta, succiones húmedas en el talón. Ella jadeaba cada vez más fuerte.
—Sube y fóllame —ordenó al fin.
Me incorporé sobre ella y le abrí las piernas. Mi polla estaba otra vez dura, sensible, todavía algo húmeda por lo de antes. La apoyé en su entrada y Mara me agarró de la nuca.
—De una vez.
La penetré de una embestida y ambos gemimos. Estaba caliente, apretada y muy mojada. Empecé a follarla con fuerza, hundiéndome hasta el fondo, pero ella no dejó de usar los pies para mandarme: me apoyaba una planta en el pecho, luego me la subía al hombro, luego me empujaba la cara para obligarme a mirarla.
—Así —jadeó—. Fóllame así y no dejes de tocar mis pies.
Le agarré un tobillo con una mano mientras embestía con la otra apoyada junto a su cabeza. Cada vez que salía, le rozaba el clítoris con la base y volvía a entrar con un golpe seco. Mara empezó a gemir sin filtro, ronca, obscena. Me puso el pie en la boca y yo se lo chupé mientras seguía follándola, el sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo mezclado con sus jadeos y con el chasquido de mi saliva en sus dedos.
—No pares, joder… así… así…
Le metí la lengua entre los dedos del pie mientras la follaba más rápido. Ella se tocó el clítoris con dos dedos y se corrió con un espasmo fuerte, cerrándose alrededor de mi polla. Gritó mi nombre y me empujó la cara con la planta contra la mejilla, dominando incluso mientras temblaba por el orgasmo.
No aflojé. La seguí follando mientras ella bajaba del primero, y al cabo de unos segundos me ordenó darse la vuelta. La puse boca abajo, le separé las piernas y entré otra vez desde atrás. Mara echó el brazo hacia atrás y me agarró del pelo.
—Más duro —dijo—. Ya que vas a dormir a mis pies, gánatelo.
Le di exactamente eso. Embestidas cortas y fuertes al principio, luego más largas, haciéndola chocar contra el colchón. Ella mantenía una pierna doblada y el pie libre buscándome la cara cada vez que podía. Yo se lo besaba, se lo chupaba entre un empujón y otro, perdido por completo en la mezcla de sexo, humillación y placer.
Sentí el orgasmo subir otra vez rápido, demasiado rápido. Le avisé jadeando.
—No me llenes todavía —ordenó, y salió de debajo de mí para arrodillarse al borde de la cama—. Quiero verlo.
Se sentó, estiró ambas piernas y me atrapó la polla con los pies una vez más, todavía resbaladizos de sudor y saliva. Me masturbó mirándome de frente, los pechos subiendo y bajando con la respiración agitada, el coño abierto y brillando después de haberla follado.
—Córrete para mí —dijo—. Sobre mis pies otra vez.
No duré nada. Con tres pasadas más me corrí en chorros sobre sus plantas y sus tobillos. Mara contempló la escena con una expresión de puro control satisfecho. Luego me hizo acercarme y me dio un beso sucio, dominándome la boca con la lengua.
—Ahora sí —murmuró—. Acuéstate abajo.
Me acomodé a los pies de la cama. Ella se recostó, limpió apenas un resto de sudor del muslo y dejó caer un pie sobre mi pecho. Instintivamente lo besé. Mara cerró los ojos, tranquila, como si hubiera encontrado el lugar exacto donde quería tenerme.
—No sé cuánto dure esto —dijo en voz baja—. Quizá una noche, quizá mucho más. Pero si estás conmigo, no vuelvas a esconderme nada. Tu sitio conmigo está claro.
Le di otro beso a la planta, despacio. —Sí.
—Bien. Entonces duerme ahí.
Apoyé la mejilla en su tobillo y respiré su olor mezclado con crema, sexo y cuero de los tacones abandonados junto a la cama. Ella dejó los dedos de un pie rozándome la cara hasta quedarse dormida. Yo no dormí de inmediato. Me quedé excitado, rendido y extrañamente en paz, sabiendo que algo se había abierto entre nosotros y que ya no tenía vuelta atrás.
Había tardado años en admitir lo que me ponía de verdad. Mara no solo lo había descubierto: lo había convertido en una regla. Y mientras la escuchaba respirar, con sus pies encima de mí como una promesa y una orden, supe que no me había equivocado al sentir alivio aquella noche en el salón.
Yo llevaba mucho tiempo deseando vivir así. A sus pies. Y ella acababa de enseñarme cuánto podía disfrutar obedeciendo.
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