Mi marido quiso compartirme con desconocidos
Fingí escandalizarme, pero llevaba años mojándome con la idea de abrir las piernas delante de mi marido y un desconocido.
Fingí escandalizarme, pero llevaba años mojándome con la idea de abrir las piernas delante de mi marido y un desconocido.
Cuando llamó a nuestra puerta para cenar, mi mujer ya sabía lo que quería: verla abierta de piernas en nuestro sofá antes de medianoche.
Arrodillada frente al sofá, con el móvil apuntándome, dejé de sentir vergüenza cuando entendí para qué quería recordar mi boca.
Desde mi ventana vi cómo la cena entre vecinos se convertía en un juego sucio de cuatro cuerpos, celos, bocas hambrientas y una sorpresa final.
Primero fueron sus ojos desde el edificio de enfrente; después, su bulto rozándome mientras bailábamos en mi sala.
Cuando me abrió la puerta y me hizo pasar, supe que aquella fantasía vieja seguía viva y que esta vez no pensaba salir corriendo.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Primero lo buscaron por morbo; después, por vicio. En ese barrio, cada pedido podía terminar con la puerta cerrada y las piernas abiertas.
Cuando le bajamos los pantalones delante de todos, J aún no sabía que esa visita iba a ponerlo de rodillas entre gemidos, culos y una sorpresa inolvidable.
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
Pensé que la noche había terminado, hasta que su mano volvió a mi polla y me ordenó subir desnudo a su cuarto.
Pensé que solo dormiríamos en el sofá, pero su mano encontró la mía en la oscuridad y ya ninguno quiso fingir que no pasaba nada.
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Cuando el marcador se volvió imposible, entendí que ya no era una invitada: era el premio, y todos me estaban mirando como si ya me hubieran desnudado.
Cuando mi esposa vio la polla de aquel hombre, su cara cambió; en ese instante supe que nuestra fantasía ya no tenía vuelta atrás.
Fingimos dormir en silencio, pero su erección contra mi culo y mi mano dentro de su bóxer hicieron imposible seguir quietos.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.
Abrí la puerta medio desnuda, con dos juguetes aún tibios en el salón, y tres desconocidos entraron oliendo mi calentura antes de que yo dijera una palabra.
Se dejó caer en el sofá con esa calma tramposa, y cuando mis manos bajaron por su espalda supe que no iba a detenerme.
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.