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Relatos Ardientes

La sesión bdsm que terminó en humillación

La idea fue de Esteban, no mía. Él conocía a la dueña de un sexshop discreto en una calle poco transitada del centro y llevaba semanas insistiendo con que pagáramos una sesión privada con una dominatriz famosa por sus videos. Yo me reía cada vez que lo mencionaba, pero la verdad era otra: me calentaba solo imaginarlo. No era por romanticismo ni por curiosidad. Era por morbo puro.

Los dos pasábamos de los treinta, los dos habíamos fantaseado con que una mujer nos humillara, nos usara y nos hiciera sentir pequeños. Él tenía más experiencia hablando del tema; yo apenas me atrevía a admitirlo en voz alta. Aun así, aquella tarde acabamos subiendo una escalera angosta hacia el salón privado del local, con la verga ya dura antes de cruzar la puerta.

La dueña, que se presentó como Nora, nos recibió con una sonrisa cansada y profesional. Nos explicó las reglas con tono seco: todo entre adultos, todo consensuado, una palabra de seguridad que debíamos respetar, nada de tocar a la señora si ella no lo permitía. Asentimos como idiotas obedientes, deseando aparentar calma cuando por dentro estábamos acelerados.

—Si dicen que quieren sumisión, compórtense como hombres que saben obedecer —advirtió Nora antes de dejarnos solos.

Nos mandaron desnudarnos por completo. La habitación era amplia, con una cama baja, un banco acolchado, anillas en la pared, una cómoda llena de juguetes y un espejo de cuerpo entero que hacía imposible escapar de la propia vergüenza. Esteban se quitó la ropa primero; yo lo imité sin decir nada. Cuando quedamos desnudos bajo aquella luz amarilla, los dos miramos de reojo las erecciones del otro y fue imposible no sentirme más expuesto todavía.

—Joder —murmuró Esteban, soltando una risa nerviosa—. Ya estamos metidos hasta el cuello.

No, pensé. Ojalá solo fuera hasta el cuello.

La oímos antes de verla. Tacones firmes. Un paso lento, seguro, sin prisa. La puerta se abrió y entró la mujer por la que habíamos pagado aquella locura. Se hacía llamar Vera. Alta, rubia, de hombros rectos, tetas grandes y pesadas, la mirada fría de quien está acostumbrada a que todos se callen apenas aparece. Llevaba unas botas negras hasta la rodilla, un arnés sobre el torso desnudo y una falda corta de cuero que dejó caer al suelo apenas cerró la puerta.

No llevaba ropa interior. Su coño afeitado, sus muslos fuertes y la naturalidad con la que se mostró nos dejaron mudos. Mi polla dio un tirón tan fuerte que me dolió. Esteban tragó saliva como si hubiera olvidado cómo respirar.

Vera nos recorrió con los ojos, primero a él, luego a mí, y después soltó una carcajada abierta y cruel.

—¿Esto es lo que me consiguieron hoy? —dijo—. Entre los dos no juntan una verga que me impresione.

Nos arrodillamos casi al mismo tiempo. Nadie lo ordenó. Salió solo. La humillación tenía algo hipnótico, algo que me encendió más de lo que quería admitir. Ella se acercó lo suficiente como para que viéramos la textura de sus pezones endurecidos y el leve brillo de su piel. Se tomó un pecho con una mano y lo hizo rebotar frente a nuestras caras, burlándose del modo en que lo seguíamos con la mirada.

—Mírenme bien. Pueden mirar, pueden babear y pueden obedecer. Tocar, no. Para tocarme tienen que merecerlo.

Yo ya tenía la boca seca. Esteban respiraba por la nariz, agitado. Vera abrió un cajón, sacó un arnés con una verga de silicona gruesa y pesada, y se lo colocó con movimientos tranquilos, como si se preparara para trabajar. Cuando levantó la vista y nos vio pendientes de esa polla artificial, sonrió de medio lado.

—Ahora sí van a servir para algo.

Me señaló a mí primero.

—Tú, a cuatro patas junto a la cama.

No dudé. Fui hasta allí con la cara ardiéndome, la polla dura y el culo apretado por una mezcla de miedo y expectativa. Sentí la mirada de Esteban clavada en mis nalgas mientras me acomodaba. Vera lo llamó con un gesto para que se pusiera detrás de mí.

—No… yo no sé si quiero… —balbuceó él.

Vera se volvió despacio, le agarró los huevos con la mano y apretó lo justo para hacerlo jadear.

—Sí quieres. Lo que pasa es que te asusta reconocerlo —dijo, acercándole una teta a la boca sin dejar de retorcerle el saco—. Vas a meter esa pollita donde yo te diga, o te vas sin probar nada. ¿Entendiste?

—Sí, ama —respondió, con la voz rota.

Aquello me sacudió entero. El tono, la obediencia, el dolor mezclado con excitación. Vera me separó las nalgas con dos dedos y me escupió entre ellas. Luego embadurnó con lubricante la punta de la polla de Esteban y la empujó hasta mi entrada.

—Relájate —me ordenó—. Si te tensas, duele más. Y a mí me gusta, pero a ti te conviene hacer caso.

Sentí a Esteban frotándose contra mi culo, inseguro al principio, buscando el punto. Mi respiración se cortó cuando la punta me abrió paso. Era más pequeño de lo que yo había temido, pero aun así el ardor me hizo soltar un gemido vergonzoso. Vera sonrió al oírme.

—Eso. Que se note que te están usando.

Empujó mi cadera hacia atrás y la polla de Esteban entró un poco más. Me agarró de las nalgas con ambas manos, ya menos dudoso, y empezó a meterla y sacarla en recorridos cortos, torpes, excitados. Cada embestida me apretaba la boca del culo con una quemazón deliciosa, y yo, para mi propia humillación, empecé a moverme hacia él para recibirla mejor.

—Mira cómo lo disfruta —se burló Vera—. No había que convencerte mucho, ¿verdad?

Negué con la cabeza, demasiado avergonzado para hablar. Ella me agarró del mentón, me hizo alzar la cara y me metió la punta del arnés en los labios.

—Abre la boca.

Obedecí. La silicona me llenó de inmediato. Succioné por puro reflejo mientras Esteban me follaba desde atrás, cada vez con más ritmo. El cuarto se llenó de gemidos húmedos, del golpeteo de pelvis contra culo y de la voz de Vera dirigiéndonos como si fuéramos animales en adiestramiento.

—Más adentro. No lo acaricies, fóllalo. Y tú, traga. Quiero ver babear a este perro.

Me llevé la verga de goma hasta la garganta mientras notaba a Esteban entrar y salir de mí. El doble estímulo me puso a temblar. La humillación me subía como fiebre, y mi polla, colgando bajo mi vientre, se sacudía sola contra las sábanas. Vera me tomó del pelo y empezó a marcar el ritmo con la cadera, metiéndome el arnés hasta el fondo de la boca, sacándolo apenas para volver a hundirlo.

Esteban soltó un quejido ronco.

—Me corro… joder, me corro…

—Ni se te ocurra parar —dijo ella.

Yo sentí el orgasmo venir casi al mismo tiempo, sin que nadie me tocara la polla. El culo apretándose en torno a la suya, la garganta llena, el dolor leve mezclado con vergüenza. Me corrí manchando la colcha y gimiendo contra la verga de goma mientras detrás de mí Esteban se vaciaba con espasmos cortos y desordenados.

Hubo un segundo de silencio. Vera retiró el arnés de mi boca y nos miró como si no pudiera creer lo patéticos que éramos.

—¿Ya? —preguntó, incrédula—. ¿Eso era todo? Qué par de inútiles.

Su enfado fue real, o al menos lo parecía. Se apartó de golpe, fue a la cómoda y volvió con dos juguetes más. A Esteban le colocó un prensador de madera para testículos, dejándole los huevos atrapados con la polla asomando por delante. El chasquido seco del cierre lo hizo palidecer.

—A ver si así aprendes a correrte cuando yo te lo permita.

Después me puso boca arriba, me abrió las piernas y empezó a trabajar con unas cuerdas finas alrededor del escroto. No era improvisado; sabía exactamente cómo separar, tensar y sujetar hasta dejar los huevos tirantes, expuestos, sensibles al mínimo roce. Cada nudo me arrancaba un jadeo.

—No te muevas —dijo—. Quiero ver hasta dónde aguantas.

Cuando terminó, mis huevos latían rojos e hinchados. Ella pasó los dedos por debajo con una lentitud insoportable y luego me dio la vuelta otra vez, dejándome a cuatro patas. Esteban seguía de pie detrás de mí, atrapado en el prensador, con la respiración agitada y los ojos fijos en Vera.

—Ahora empieza el castigo de verdad.

Lo jaló por la nuca hasta poner su entrepierna a la altura de mi cara. Sus huevos prensados quedaron justo frente a mi boca. Yo entendí de inmediato.

—Chúpalos.

No era una sugerencia. Abrí la boca y empecé a lamer el saco atrapado entre la madera, pasando la lengua por la piel tensa, por la base dolorida, por debajo de la polla flácida que volvía a despertar. Esteban gimió como si lo estuvieran partiendo en dos.

En el mismo momento, Vera alineó el arnés con mi culo y empujó. El tamaño no tenía nada que ver con la polla que acababa de recibir. La punta gruesa abrió despacio, forzando cada centímetro, y yo lancé un grito ahogado contra los huevos de mi amigo.

—Eso quería oír —dijo ella.

Metió más. Más. Hasta dejarme lleno de una presión brutal que me hizo temblar de brazos y piernas. Luego empezó a embestir. No rápido al principio, sino hondo, firme, castigando. Y con cada golpe una de sus manos bajaba a mis huevos amarrados para apretarlos. No era una caricia. Era presión seca, calculada, justo por debajo del límite.

—Si dejas de chupar, te los reviento a los dos —soltó.

No dejé de chupar. Lamía, succionaba, jadeaba, babeaba sobre los testículos atrapados de Esteban mientras Vera me destrozaba el culo con aquella verga enorme. El dolor era real, pero debajo había placer, un placer espeso y sucio que me hacía empinar más el trasero en lugar de apartarme. Esteban comenzó a mover las caderas hacia mi cara, buscando más fricción, más lengua, más todo.

—Joder… sí… así… así… —repetía, medio loco.

Vera aceleró. Las embestidas pasaron de firmes a violentas. Me agarró de la cintura y me clavó el arnés una y otra vez hasta hacerme perder el ritmo de la respiración. Cada choque me hacía oscilar hacia delante, golpeando con la frente el muslo de Esteban, sin dejar de chuparle los huevos porque no me atrevía a desobedecer. Cuando bajaba la mano y me apretaba el escroto al mismo tiempo, veía chispas detrás de los ojos.

—Aguanta, perro. Aguanta y traga saliva. Quiero sentirte sufrir.

Yo gemía sin forma. Tenía la polla otra vez dura, babeando sola, y el abdomen contraído por la cercanía del orgasmo. Esteban, con el castigo en los huevos y mi lengua en ellos, empezó a correrse de nuevo entre espasmos secos, casi dolorosos, echando chorros cortos sobre mi mejilla y mi boca. Vera lo vio y en lugar de detenerse, me apretó más fuerte los huevos y clavó tres embestidas brutales seguidas que me vaciaron a mí también.

Me corrí sin tocarme, con un grito ronco y las piernas fallándome. El orgasmo me dejó tan sensible y tan sobrepasado que, cuando ella siguió metiéndomela unos segundos más, todo se convirtió en una mezcla borrosa de placer y dolor. Terminé derrumbado sobre los antebrazos, jadeando, sudado, temblando por completo.

Vera soltó el arnés y liberó a Esteban del prensador. Él apenas podía sostenerse, pero le sonreía como un devoto. Ella le dio un par de palmadas en la cara, casi cariñosas, y le indicó la puerta.

—Vete a limpiarte. Tu tiempo terminó.

—Gracias, ama —dijo él, todavía aturdido.

Se vistió a medias y salió como pudo, con una felicidad idiota dibujada en la cara. Yo me quedé en el suelo, agotado, con el culo latiendo y los huevos atrapados todavía por las cuerdas. Vera se tomó su tiempo. Bebió agua, revisó el móvil y me dejó así, desnudo y vencido, hasta que recuperé algo de aliento.

Cuando al fin me incorporé un poco, ella se agachó delante de mí. Ya no tenía la expresión cruel de antes; ahora parecía más divertida que furiosa. Sacó una pequeña tijera del cajón y cortó despacio las cuerdas de mi escroto. La liberación me hizo gemir de puro alivio.

—Mírate —dijo, pasando los dedos por mis huevos enrojecidos—. Tan hecho mierda y todavía con la verga dura.

Era verdad. Mi polla seguía tiesa, más por obsesión que por resistencia física. Vera se sentó en el suelo, abrió las piernas y me atrajo por el pelo hasta hundirme entre sus pechos. La calidez me envolvió la cara. Tenía las tetas pesadas, blandas, olor limpio mezclado con sudor y cuero. Me puse a besarlas, a chuparle los pezones, desesperado, como si al fin me estuvieran permitiendo tocar un altar.

Ella se rió por lo bajo.

—Pobrecito. Tan humillado y tan enamorado.

Le lamí un pezón con ganas, luego el otro, mientras su mano me acariciaba la nuca y bajaba a palparme los huevos adoloridos. El contraste entre la ternura de la caricia y el recuerdo del castigo me tenía fuera de mí. Mi verga se rozaba sola contra su vientre y ella fue abriendo los muslos hasta dejar mi punta húmeda contra su coño.

—¿Quieres meterla? —preguntó con una burla suave.

—Sí… sí, ama… por favor.

—No te emociones. A ver si la siento.

Se dejó caer boca arriba y me arrastró encima de ella. Yo me coloqué entre sus piernas con las manos temblando. La punta de mi polla resbaló por sus labios mojados. Ella estaba caliente, abierta, resbalosa. Empujé con cuidado y entré de una vez, tragado por un calor apretado que me hizo jadear como un idiota.

—Joder… —se me escapó—. Joder, qué rico…

—No hagas tanto escándalo —se burló—. Apenas te noto.

Eso, en lugar de apagarme, me puso peor. Empecé a embestir con todo lo que me quedaba. Corto, rápido, torpe. Ella abría más las piernas y me dejaba hacer, mirándome con esa mezcla de compasión y desprecio que me volvía loco. Le agarré las tetas con ambas manos, por fin, y casi me corrí solo de sentir cómo se aplastaban y rebotaban bajo mis dedos.

—Así querías tocarme, ¿no? —dijo—. Venga, aprieta. Son lo único grande que vas a tener hoy entre las manos.

La penetraba con golpes cada vez más desordenados. Mi pelvis chocaba contra la suya, húmeda y ruidosa, mientras yo lamía su cuello, le chupaba un pezón, volvía a agarrarle los pechos y la miraba abajo, viendo cómo mi polla entraba y salía de su coño brillante. Ella no fingía. A ratos cerraba los ojos, a ratos me guiaba la cadera para acomodarme mejor, pero seguía tratándome como a un juguete entretenido.

—Eso, perrito. Fóllame con esa desesperación de cliente enamorado.

No aguanté mucho. Después de la paliza de antes, tenerla abierta debajo de mí y poder tocarle el cuerpo era demasiado. Mis huevos se tensaron, el culo todavía me latía por dentro y la corrida me subió de golpe.

—Me corro… ama, me corro…

—Claro que sí. No sirves para otra cosa.

Me vacié dentro de ella con espasmos intensos, hundido hasta el fondo, gimiendo contra su clavícula. Ella me dejó quedarme unos segundos encima, respirando como un animal exhausto. Luego me dio una palmada en la nalga.

—Ya está. Fuera.

Me aparté despacio, todavía atontado. Me tumbé a su lado y la miré como si me hubiera concedido algo sagrado. Ella se incorporó, fue al baño, volvió con una toalla y empezó a limpiarse con total naturalidad. Yo seguía rendido, con la mente flotando entre el dolor, el placer y una devoción vergonzosa que me apretaba el pecho.

—Quiero servirte —le dije al fin—. No solo venir a sesiones. Quiero ser tuyo. Tu sirviente. Lo que quieras.

Vera ni siquiera me miró al principio. Guardó el arnés, cerró el cajón y empezó a vestirse con la misma calma con la que se había desnudado.

—Todos dicen eso cuando terminan —respondió—. Se les pasa al día siguiente.

—A mí no se me va a pasar.

Ella soltó un suspiro corto, cansado, y al fin clavó los ojos en mí. Luego bajó la mano hasta mis huevos aún sensibles, los sostuvo apenas entre los dedos y sonrió de una forma que me heló y me excitó al mismo tiempo.

—Si quisieras servirme de verdad, tendrías que renunciar a más de lo que imaginas —dijo—. Hay hombres que fantasean con quedarse solo para obedecer. Sin orgullo, sin elección… incluso sin huevos. ¿Seguirías diciendo que sí?

Se me borró la sonrisa. Sentí un escalofrío desde la nuca hasta el culo. Durante un segundo pensé que retrocedería, que me reiría, que admitiría que todo era un juego. Pero no pude. La miré de rodillas desde el suelo, desnudo, derrotado, todavía con su olor en la piel.

—Sí —dije, y mi propia voz me sorprendió—. Si fuera para servirte, sí.

Vera arqueó una ceja, como si hubiera oído una locura que no esperaba. Se quedó callada unos segundos, midiéndome. Después se inclinó, me besó apenas en la frente y abrió la puerta.

—Vístete y vete a casa. Si mañana sigues pensando lo mismo, entonces tal vez estás más jodido de la cabeza de lo que pareces.

No me dio promesas. No me dio ternura. No me dio nada salvo aquella frase y una última mirada de diversión incrédula. Aun así, mientras recogía mi ropa con las piernas temblando y la verga medio muerta después de tantas corridas y tanta humillación, yo ya sabía que el problema no era la sesión.

El problema era que no quería olvidarla.

Quería repetirla.

Y, por primera vez en mi vida, también quería obedecer de verdad.

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Comentarios(7)

FernandoCba88

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

Lety_MX

Nunca habia leido algo asi de intenso. Quede pegada a la pantalla hasta el final, de verdad muy bueno

Guille_BA

jaja la forma que lo narraste te hace sentir que sos parte de la historia. Por favor que haya segunda parte!!!

Coqueta_77

Me recordó a una experiencia que tuve hace tiempo... aunque mucho menos extrema jajaja. Muy bueno el relato

SantiagoLeV

excelente!!!

PabloBSAS

Esa mujer del cuarto privado es un personaje tremendo. Ojala cuentes mas de ella

Meli_rosario

Tenia mis dudas con la categoria pero lo contaste de un modo que no se siente burdo para nada. Me encanto, sigue escribiendo!

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