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Relatos Ardientes

Mis botas me obligaron a correrme otra vez

Siempre he sabido que lo mío con las botas de agua no era una simple manía. Era un fetiche en toda regla, una necesidad física que me apretaba por dentro apenas veía el brillo mate del caucho alto, la boca rígida del tubo esperando mis piernas, el peso exacto de las suelas contra el suelo. No me pasaba con cualquier zapato. Ni con tacones, ni con sandalias, ni con esas medias que tantas mujeres usan para sentirse sexys. A mí me encendían las botas de lluvia.

Me encendían de una forma sucia, específica y difícil de explicar sin sonar completamente depravada. Necesitaba sentirlas pegadas a mis pantorrillas, cerradas sobre mis piernas como si me sujetaran. Necesitaba notar el calor acumulándose dentro, la humedad atrapada, el pie deslizándose en ese espacio íntimo y casi prohibido. Y, cuando estaba sola, a veces no me bastaba con llevarlas puestas. Necesitaba correrme con ellas.

No era solo un juego visual. Era la sensación de someterme a mi propio capricho, de ponerme algo sabiendo muy bien lo que me iba a provocar y aun así no detenerme. Mis botas mandaban más que mi sentido común. Bastaba con que me rozaran la piel para que el coño se me hinchara, para empezar a mojarme, para imaginar mis piernas desnudas por dentro, resbaladizas, atrapadas en ese tubo oscuro. En mi cabeza era una forma de dominación privada: nadie me daba órdenes, pero yo obedecía igual.

Tenía dos pares favoritos. Unas negras, altas, gastadas en los costados, y otras azul oscuro, con arrugas en el tobillo de tanto uso. Nadie sospechaba lo que habían visto esas botas. Para cualquiera eran un calzado práctico para el invierno. Para mí eran un juguete. Un objeto de masturbación. Un castigo dulce que usaba cuando quería forzarme al borde hasta quedar temblando.

Más de una vez me las había puesto solo para bajar a comprar cualquier tontería, con la humedad todavía dentro, apretando los dientes mientras caminaba entre pasillos y carritos, sintiendo cada paso como un recordatorio húmedo de lo que había hecho antes de salir. Ese riesgo de ir por la calle aparentando normalidad mientras por dentro seguía excitada me volvía loca. Era como llevar un secreto caliente encerrado entre mis piernas.

La mañana que no pude olvidarlas empezó con una nevada absurda. Me desperté y vi el exterior completamente blanco, los coches enterrados y el patio convertido en una masa helada. Mi pareja, Darío, llamó al trabajo y le dijeron que ni se molestara en salir. Él se volvió a meter en la cama medio dormido, me dejó las llaves de su camioneta y me dijo que, si yo me atrevía, condujera con cuidado. Sabía que me gustaba manejar ese vehículo grande, pesado, con calefacción potente y asiento alto.

Yo tendría que ir a la oficina unas horas, porque en esos días siempre acababa apareciendo alguien para revisar correos, mover papeles o fingir que aún existía el mundo normal. Apenas me desperté del todo, miré por la ventana y pensé en el frío, en la nieve, en las botas. No fue una asociación inocente. Fue instantánea. Tan instantánea que noté un pequeño latido entre las piernas antes incluso de levantarme de la cama.

Hoy vas a llevarlas todo el día, pensé.

Solo esa idea me puso caliente. Ir a la oficina con las botas puestas, sin cambiármelas al llegar, sintiendo durante horas el interior cerrado alrededor de mis piernas. Tener reuniones absurdas mientras el coño me palpitaba dentro de los vaqueros. Caminar por los pasillos con la fantasía apretándome desde abajo. No era una simple elección de ropa. Era preparar una escena para mí sola.

Me duché despacio, dejando que el agua muy caliente me relajara las piernas. Luego me sequé sin prisa y me unté aceite corporal desde los tobillos hasta la mitad de los muslos. Ese paso siempre me excitaba porque sabía que después la piel quedaría suave, resbaladiza, más sensible al roce del tejido y del caucho. Me incliné frente al espejo del dormitorio y me vi entera, alta, todavía con la piel enrojecida por el vapor, el pelo húmedo en la espalda y ese gesto en la cara que ya me conocía: el de cuando empezaba a perder el control.

Elegí un jersey amplio, unos leggings oscuros y unos vaqueros ceñidos. La lógica decía que era por el frío. La verdad era otra. Quería capas. Quería compresión. Quería sentirme envuelta, sujeta, casi inmovilizada de cintura para abajo. A veces la dominación no necesita esposas ni manos ajenas; basta con vestirse para el deseo y aceptar que ya no mandas sobre tu propio cuerpo.

Fui hasta la entrada y cogí las botas negras. El cuero de otros zapatos puede ser elegante, pero el caucho de esas botas tenía para mí algo más brutal, más directo. Las sostuve un momento y me mordí el labio. Sabía perfectamente que iba tarde y que no debía empezar. También sabía que no me iba a detener.

Volví al dormitorio con las botas en la mano y me senté al borde de la cama. Primero me puse una. El pie se deslizó dentro con esa resistencia húmeda y sorda que me vuelve loca. Luego la otra. Me levanté despacio y caminé hasta el espejo de cuerpo entero. Al verme, con el jersey cayéndome sobre las caderas y las botas oscuras subiendo firmes por mis pantorrillas, sentí una punzada eléctrica en el clítoris.

—Joder... —murmuré para mí misma.

Me di la vuelta, me observé de perfil, junté las piernas y apreté los muslos. Ya estaba mojada. No un poco: lo suficiente para sentir la humedad pegándose a la tela de la ropa interior. El caucho me abrazaba las piernas y yo podía pensar en una sola cosa. Imaginé que las botas me obligaban a obedecer, que no me dejarían salir de casa sin antes usarlas como querían ser usadas. Era absurdo, pero la excitación no entiende de lógica.

Metí una mano por dentro de los vaqueros y, al tocarme sobre la braguita, comprobé que estaba empapada. La tela estaba tibia y húmeda. Solté aire por la boca, cerré los ojos y froté en círculos lentos, solo para empeorar todo. Mis pezones se endurecieron bajo el jersey. Volví a abrir los ojos y vi mi reflejo masturbándose con las botas puestas como una pervertida incapaz de esperar ni diez minutos.

No quise seguir así vestida. Me quité los vaqueros, la ropa interior y el legging con torpeza, dejándolos caer a mis pies, y me quedé solo con el jersey y las botas. La imagen me hizo jadear. Mis muslos brillaban todavía por el aceite, y entre ellos tenía el coño abierto, húmedo, hinchado, esperando atención. Me senté en la alfombra y me separé los labios con dos dedos. Un hilo espeso se tensó entre ellos. Estaba chorreando.

Saqué la bota izquierda y la sostuve acostada contra la alfombra. La abrí con una mano por la parte superior y acerqué el borde a mi entrepierna. Con la otra empecé a tocarme el clítoris, primero lento, luego con más presión, respirando cada vez peor. El simple hecho de poner la boca de la bota debajo de mi coño me hizo gemir. Era obsceno. Precisamente por eso me encantaba.

Me puse en cuclillas sobre ella, abriendo bien las piernas. El borde frío rozó la cara interna de mi muslo. Seguí masturbándome con dos dedos en el clítoris mientras veía cómo mi flujo iba cayendo dentro de la bota. La visión me encendió todavía más. Me sentía usada por mi propia fantasía, reducida a esa postura ridícula y excitante: medio desnuda, jadeando sobre una bota como si fuera un altar privado para mis vicios.

Metí un dedo en mi coño y estaba apretada, caliente, ansiosa. Lo saqué y entré de nuevo, más hondo. Después un segundo dedo. Empecé a follarme la mano con movimientos cortos de cadera, mientras el pulgar buscaba el clítoris. El sonido húmedo llenó el dormitorio. Cada vez que mis dedos entraban y salían, mi corrida resbalaba por el borde de la bota y caía dentro. Yo miraba fascinada, cada vez más cerca.

—Así... joder, así... —me dije con la voz rota.

El orgasmo llegó rápido, pero no fue suave. Me atravesó como una descarga y me obligó a apoyar la otra mano en la pared para no caerme. Me corrí temblando, con las piernas abiertas, soltando gemidos cortos y sucios mientras seguía frotándome. Mi coño latía y expulsaba más humedad en pequeñas sacudidas. Parte cayó dentro de la bota, parte me resbaló por el muslo. Bajé la mirada y vi el brillo corriendo hacia la otra, la que seguía puesta en mi pie derecho.

Eso no me calmó. Al contrario. Cuando me incorporé, noté que todavía me temblaban las rodillas y, al mismo tiempo, empezó a subirme la presión en la vejiga. No era una urgencia desesperada, pero sí ese impulso caliente que conocía bien y que, mezclado con la excitación, me volvía todavía más vulnerable. Me volví a poner la bota izquierda y hundí el pie en el interior ya húmedo. Sentir la planta rozando ese calor resbaladizo me arrancó otro gemido.

Me quedé quieta unos segundos, respirando fuerte. El interior de ambas botas estaba ahora manchado, tibio, vivo. Pude haber parado ahí, limpiarme, vestirme y salir. Pero esa mañana no quería ser razonable. Quería entregarme al fetiche hasta el fondo.

Me acerqué otra vez al espejo y me acaricié el vientre por debajo del jersey. Mis piernas temblaban dentro de las botas. El coño seguía sensible, casi dolorido, latiendo después del orgasmo. Metí una mano entre mis muslos y apenas rocé el clítoris di un respingo. Estaba demasiado sensible, y por eso mismo quise más. Me di la vuelta, apoyé las palmas en la cómoda y arqueé la espalda, viéndome de perfil en el reflejo.

Saqué del cajón un vibrador pequeño, discreto, de esos que guardan una potencia indecente en un cuerpo compacto. Lo encendí y el zumbido me recorrió la piel como una amenaza. Me separé de nuevo los labios y lo apoyé primero apenas por encima del clítoris. Casi grité. Mis caderas reaccionaron solas, buscando más contacto. Mantuve una mano en la cómoda y con la otra dirigí el juguete con movimientos cortos, brutales, sin darme tiempo a recuperarme del todo.

La postura con las botas puestas me hacía sentir rígida y ofrecida. Limitada. Sometida. Esa era la palabra exacta. No había nadie mirándome, nadie dándome órdenes, pero yo me sentía sometida a la escena, al zumbido constante, al caucho apretando mis pantorrillas, al reflejo de mi propio cuerpo usándose sin piedad. Me estaba tratando como si fuera una zorra demasiado caliente para dejarla tranquila.

Deslicé el vibrador directamente sobre el clítoris y casi se me doblaron las piernas. El orgasmo anterior lo había dejado hinchado y rabioso, y el contacto me hizo maldecir en voz alta. Mis muslos se cerraron por reflejo, atrapando mi mano. Tuve que obligarme a abrirlos otra vez. Quería sufrirlo un poco. Quería ese castigo delicioso de insistir justo donde más sensible estaba.

Empecé a follarme con dos dedos de la otra mano mientras el vibrador seguía machacándome el clítoris. El cuarto se llenó de respiraciones cortadas, del zumbido constante y del chapoteo obsceno de mis dedos entrando y saliendo. Estaba tan mojada que la mano me resbalaba. Cada embestida de mis dedos contra la pared interna de mi coño me hacía apretar el abdomen. Mantuve el ritmo hasta que empecé a perder del todo el control.

Entonces cedí a la otra parte del fetiche. Relajé el cuerpo y dejé salir un poco de orina, apenas un hilo caliente, lo justo para sentir cómo descendía por mi entrepierna y se mezclaba con mi corrida. Bajó por la cara interna del muslo y se coló dentro de la bota derecha. El calor atrapado ahí dentro fue insoportablemente excitante. Me tembló la espalda entera. Gemí tan fuerte que por un instante temí que Darío pudiera oírme desde la habitación.

No paré. Ni un segundo.

El vibrador seguía clavado contra mi clítoris y mis dedos entraban con más violencia. El flujo y el pis me dejaban las piernas brillantes. Podía sentir cómo el interior de las botas se volvía más húmedo, cómo mis pies se acomodaban en ese calor pegajoso. Era asqueroso y perfecto. Precisamente esa mezcla de suciedad, secreto y placer me disparó hasta un segundo orgasmo mucho más brutal que el primero.

Me corrí con un espasmo largo, las caderas sacudiéndose contra mi propia mano. Grité ahogado, mordiendo el borde del jersey para no hacer más ruido. El clítoris me martilleaba como un corazón aparte. Mi coño se contrajo varias veces alrededor de mis dedos, exprimiéndolos. Seguí frotando durante esas contracciones, prolongándolo hasta que me vi obligada a detenerme porque ya no podía soportarlo. Cuando apagué el vibrador, me quedé jadeando, con la frente casi apoyada en la cómoda y las piernas abiertas dentro de las botas empapadas.

***

Tardé unos minutos en recomponerme. Me limpié solo lo imprescindible. No quería borrar del todo lo que había hecho. Me puse otra vez el legging, luego los vaqueros ajustados, y el roce de la tela sobre el coño hinchado me sacó un gemido bajo. Cada prenda parecía sellar el desastre ahí dentro, encerrarlo conmigo. Las botas quedaron puestas, por supuesto. Ya no eran solo parte del atuendo: eran la prueba de mi mañana y el motivo de que siguiera caliente.

Cuando bajé a la cocina, Darío estaba medio dormido con una taza de café en la mano. Me miró de arriba abajo, reparó en las botas y sonrió sin sospechar nada.

—Vas preparada para la guerra.

—Para la nieve, más bien —respondí, intentando sonar normal.

Tuve que concentrarme para no delatarme. Entre las piernas llevaba el clítoris todavía latiendo y el recuerdo húmedo metido dentro de las botas. Cada paso hacia la puerta me hacía sentir el interior tibio rozándome los tobillos. Salí al aire helado y el contraste con el calor que yo llevaba dentro fue tan fuerte que se me erizó toda la piel.

Conducir la camioneta fue otra tortura deliciosa. El asiento alto, la vibración suave del motor, el pie presionando los pedales dentro de las botas húmedas... todo conspiraba para mantenerme excitada. En cada semáforo juntaba un poco más las piernas. En cada giro notaba cómo la tela del vaquero rozaba el clítoris sensible y tenía que aflojar la mandíbula para no gemir. Si alguien me hubiera visto, habría pensado que solo era una mujer camino al trabajo en una mañana de nieve. Nadie habría imaginado el estado de mis botas ni el desastre caliente entre mis muslos.

La oficina estaba casi vacía, congelada y silenciosa. Eso jugó a mi favor. Colgué el abrigo, me senté en mi mesa y ni siquiera consideré cambiarme de calzado. Quería las botas puestas. Quería sentirlas durante toda la jornada. Crucé una pierna sobre la otra bajo el escritorio y el simple roce me arrancó un escalofrío. Encendí el ordenador intentando parecer una adulta funcional, aunque por dentro seguía siendo la misma pervertida de hacía una hora.

Había solo un par de compañeras en sus despachos y un hombre del área contable caminando de un lado a otro con cara de resignación. El ambiente era tan muerto que cada pequeño sonido se oía demasiado. Yo escribía correos y al mismo tiempo notaba cómo el calor atrapado en las botas no terminaba de disiparse. A ratos movía los dedos de los pies solo para sentir el interior húmedo. Era un recordatorio obsceno, constante, íntimo.

En un momento me levanté para ir a la impresora y, al caminar, noté un roce más intenso en el clítoris. Tuve que detenerme un segundo junto al archivador para tomar aire. Nadie me vio, o eso espero. Miré alrededor y seguí andando con la misma cara neutra de siempre, mientras por dentro se me revolvía otra vez el deseo. La humillación privada de estar empapada, escondida bajo ropa formal, me excitaba más de lo que me gustaba admitir.

Volví al escritorio y abrí discretamente las piernas bajo la mesa. Deslicé una mano por el muslo, por encima del vaquero, hasta encontrar el punto exacto donde la costura me apretaba. Presioné apenas. Suficiente para que una descarga me recorriera el vientre. Retiré la mano enseguida, alarmada por mi propia falta de autocontrol. La escena de la mañana me había dejado demasiado encendida. Las botas seguían teniendo poder sobre mí incluso a plena luz del día, rodeada de pantallas, carpetas y calefactores que no daban abasto.

Al mediodía, cuando fui al baño, comprobé el daño. Me encerré en un cubículo, bajé apenas el vaquero y vi la ropa interior completamente húmeda otra vez. No por lo de la mañana, sino por lo excitada que había seguido todo ese tiempo. Me toqué un segundo con dos dedos y tuve que contener un jadeo. El clítoris aún estaba sensible, pero el coño volvía a estar abierto y resbaladizo. Pensé en sacar el vibrador del bolso y terminar allí mismo, pero no me atreví. Ese día la verdadera tortura era otra: aguantar.

Me subí la ropa, me lavé las manos y regresé a la mesa con una sensación casi febril. Las botas pesaban un poco más por dentro y, cada vez que me sentaba, ese peso me recordaba lo que llevaban. Durante horas me tuvieron sometida, quieta, húmeda y caliente. No necesitaba nada más para entender que el fetiche ya no era un simple juego ocasional. Era una parte profunda de mi deseo. Tal vez la más vergonzosa. También la más eficaz.

Salí temprano, cuando ya no tenía sentido fingir productividad. Al volver a la camioneta y sentarme sola otra vez, apoyé la cabeza unos segundos en el respaldo y cerré los ojos. Sentía el coño hinchado, agotado y aún hambriento. Las botas habían ganado desde la mañana. Me habían hecho correrme antes de salir, me habían obligado a cargar con el recuerdo todo el día y todavía seguían ahí, sujetándome las piernas como si reclamaran más.

Esa noche, cuando llegué a casa y por fin me las quité, el aire frío en los tobillos casi me pareció una pérdida. Miré el interior oscuro y húmedo de las botas y sonreí con una mezcla de vergüenza y orgullo. Eran solo botas de agua para cualquiera. Para mí eran algo más sucio, más íntimo, más poderoso. Mi pequeño sistema de dominación privada. Mi forma favorita de obedecer un impulso del que ya no quería curarme.

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Comentarios(7)

RominaCba

Dios, que titulo!!! Me engancho desde la primera linea y ya no pude parar. Muy bueno.

PatoMorales

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. Este tipo de relatos se ven poco y bien escritos menos todavia.

MarcosR_Baires

Me recordo a algo que me paso a mi, demasiado similar jajaja. Bien narrado, se siente autentico.

SilviaLP

El nivel de detalle fisico que le das a la narracion es increible. Se vive desde adentro. Felicitaciones, muy buen trabajo.

TangoLoco99

Tenes mas relatos en esta categoria? Me gusto mucho el estilo, es distinto a lo que se suele ver por aca.

DaniB_99

jaja el titulo lo dice todo y aun asi sorprende. Tremendo

Lectora_ok

Excelente ritmo, no se hace largo en ningun momento. Sigue escribiendo!!

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