El regalo anal para el amigo de mi esposo
Siempre he tenido con Bruno, mi esposo, una vida sexual intensa y poco discreta. No éramos de contarle todo a cualquiera, pero tampoco nos comportábamos como una pareja tímida. Entre nosotros había juegos, juguetes, retos y una confianza muy nuestra para llevar el deseo hasta donde el cuerpo aguantara.
El problema empezó, si se le puede llamar problema, cuando Darío apareció más seguido en nuestras conversaciones. Era amigo de Bruno desde hacía años, un hombre alto, divorciado, de espalda ancha y manos grandes, con esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente el efecto que causa. Una noche Bruno me mostró un video que Darío le había enviado después de enterarse de algunas de nuestras aventuras. No hacía falta explicar mucho: se estaba masturbando y decía que quería verme abierta, especialmente por atrás.
—Quiere darte duro —me dijo Bruno, mirándome para medir mi reacción.
No contesté de inmediato. Me quedé viendo la pantalla, el tamaño de Darío, la forma en que hablaba, y sentí una mezcla de nervios y calor en el estómago. Bruno me conocía demasiado bien. Sabía que, si algo me asustaba un poco y me excitaba mucho, tarde o temprano iba a terminar queriendo probarlo.
La primera cita fue una noche entre semana. Bruno me recogió en el estacionamiento de mi oficina y me pidió que subiera al asiento trasero. Yo llevaba un vestido suelto y debajo casi nada. Apenas cerré la puerta, me puso un collar con candado, me acomodó un plug grande y encendió un vibrador que llevaba dentro. Luego me ató las muñecas a la espalda con unas muñequeras de cuero y me colocó una bola en la boca, bien ajustada, dejando claro que esa noche yo no iba a dirigir nada.
Cuando Darío subió al auto, el ambiente cambió de golpe. Se sentó a mi lado, me tomó la barbilla y me obligó a mirarlo. Tenía los ojos oscuros y una sonrisa lenta, casi cruel, pero lo que más me estremeció fue cómo me tocó el muslo, sin prisa, como si ya le perteneciera.
—Hoy voy a partirte en dos —dijo.
Bruno le entregó el control de los vibradores y se rió al escuchar mi gemido ahogado. Darío subió la intensidad hasta que tuve que apoyar la frente contra el asiento delantero. El plug vibraba adentro de mi culo y el otro juguete me presionaba la vagina de una forma desesperante. Yo no podía hablar, pero tampoco necesitaba hacerlo: mis piernas abiertas y mi respiración cortada decían demasiado.
Fuimos a un motel discreto, de esos con entrada privada y luces rojas en el pasillo. Antes de entrar, Darío me puso contra el auto, me levantó el vestido y sacó el plug despacio. El aire frío me hizo temblar. Cuando intentó empujar su verga contra mi ano sin preparación, me tensé y busqué a Bruno con la mirada. Él entendió enseguida y le pasó el lubricante.
—Recuerda eso —le dije a Darío cuando Bruno me quitó la bola por un momento—. Mucho lubricante.
Darío no discutió. Se untó la mano, me abrió con los dedos y luego apoyó la punta de su verga otra vez. Esta vez entró despacio, gruesa, pesada, haciéndome respirar por la nariz mientras yo apretaba los dientes. Cuando llegó hasta el fondo, me sostuvo de la cintura y se quedó quieto, enterrado en mi culo, dejándome sentir cada centímetro.
Bruno se puso frente a mí y me besó con hambre. Tenía su pene duro contra mi vientre. Me desató las manos solo para poder acomodarme mejor, me levantó una pierna y me penetró por la vagina mientras Darío seguía dentro de mí por atrás. Sentí los dos cuerpos empujándome en direcciones distintas, llenándome por completo, y el gemido que solté fue tan fuerte que Bruno tuvo que taparme la boca con la suya.
—¿Te gusta así, bien llena? —preguntó Darío, moviéndose apenas.
Asentí, sudando. Me dolía un poco, pero era un dolor caliente, mezclado con placer, con la sensación brutal de estar exactamente donde quería estar. Cuando ambos empezaron a moverse, perdí la noción del tiempo. Darío me daba embestidas profundas por el culo y Bruno me follaba por delante, chocando contra mí con un ritmo que me dejaba sin aire.
Me sostuvieron entre los dos hasta que las piernas me fallaron. Luego Bruno me llevó contra la pared, me puso las manos arriba y me penetró por atrás mientras Darío me miraba desde la cama, masturbándose. Mi esposo me conocía el cuerpo; sabía cuándo acelerar, cuándo hundirse hasta el fondo y cuándo quedarse quieto para hacerme suplicar. Terminó dentro de mí con un gruñido bajo, apretándome contra los azulejos fríos.
Después entramos al cuarto principal. Era un motel temático, lleno de argollas, banco de cuero, correas y un columpio colgado del techo. Darío se encargó de mí como si llevara meses imaginándolo. Me ató de muñecas y tobillos, me abrió las piernas y me lamió hasta que empecé a mover la cadera sin poder evitarlo. Luego me hizo chuparle la verga, empujándola contra mi boca con una mano en mi nuca, mientras Bruno me acariciaba el culo y jugaba con mi ano todavía sensible.
Esa noche me follaron en todas las posiciones que les dio la imaginación. En el banco, Darío me penetró por atrás con golpes largos y pesados, y Bruno se arrodilló delante para meterme el pene en la boca. En el columpio, me dejaron suspendida, abierta, vulnerable, mientras se turnaban para hundirse en mí. Cuando uno salía, el otro entraba; cuando yo pensaba que no podía más, alguno subía el vibrador y mi cuerpo volvía a tensarse.
Darío se corrió sobre mi vientre la primera vez, espeso y caliente, mirándome como si por fin hubiera cobrado una deuda. Bruno lo hizo después en mi boca, y yo tragué con la garganta todavía irritada de tanto gemir. Salimos cerca de la medianoche, cansados, sudados, con el vestido pegado a mi piel y el culo tan sensible que cada paso me recordaba lo que había pasado.
—Te encantó —me dijo Bruno en el auto.
—Sí —respondí, apoyando la cabeza en la ventana—. Y eso es lo peor.
***
Una semana después, Bruno me avisó que el cumpleaños de Darío sería el sábado y que él quería que yo fuera el regalo. No lo dijo como una pregunta, pero tampoco hacía falta. Para entonces yo ya había visto varias veces el video de Darío, y cada vez que recordaba su verga abriéndome por atrás, terminaba mojada y con ganas de más.
El viernes recibí un paquete en la oficina. Adentro había una prenda de látex con tiras finas, bolitas internas y una nota de Bruno: «Cámbiate cuando todos se vayan. Sal solo con el abrigo». Esperé hasta que el último compañero apagó su computadora. En el baño me quité la ropa, me puse la prenda, ajusté las tiras sobre mi cuerpo adulto y me cubrí con un abrigo largo. El roce de las bolitas al caminar me hizo cerrar los ojos antes de llegar al ascensor.
En el auto estaban Bruno y Darío. Apenas entré, Darío me abrió el abrigo y me observó en silencio, con una sonrisa que me hizo sentir desnuda aunque no lo estaba. Me tocó los pechos, el vientre, la entrepierna, y después me acomodó otro plug, más grande que el anterior. Yo respiré hondo.
—Mi única condición ya la sabes —le dije—. Siempre con lubricante.
—Lo sé —respondió él—. Y aun así vas a quedar bien abierta.
Me incliné entre los asientos y le chupé el pene antes de salir de la ciudad. Era grueso, pesado en la lengua, y me costaba llevarlo hasta el fondo sin que se me llenaran los ojos de lágrimas. Darío me sujetó el cabello y me hizo seguir hasta que se corrió en mi boca. Tragué, lo besé y murmuré contra sus labios:
—Feliz cumpleaños.
Recogimos a Esteban en una esquina tranquila. Ya había estado alguna vez con nosotros, así que no necesitó demasiadas explicaciones. Bruno me puso el collar, las esposas de manos y tobillos, y dejó las llaves en su bolsillo. Durante el camino a la finca, Darío y Esteban me tocaron como si el auto fuera una antesala. Uno manejaba los vibradores; el otro me metía los dedos bajo las tiras de látex y me apretaba los pezones hasta hacerme gemir contra la bola que Bruno volvió a ponerme en la boca.
La finca quedaba lejos de las casas vecinas, rodeada de árboles y con una piscina iluminada en el patio. Apenas bajé, Darío me empujó contra una mesa de madera, me levantó el abrigo y sacó el plug. El lubricante estaba frío cuando me lo puso con los dedos; su verga, en cambio, entró caliente y dura, abriéndome con una presión que me hizo doblar las rodillas.
Me folló allí mismo, antes de cruzar la puerta. Sus manos me sujetaban las caderas y cada embestida me empujaba contra la mesa. La bola amortiguaba mis gritos. Esteban se puso delante y me acarició la cara con el pene hasta que Bruno me soltó la boca para que pudiera chuparlo. Me llené de saliva, de sudor y de esa sensación de ser usada exactamente como había aceptado ser usada.
Cuando Darío terminó, Esteban ocupó su lugar. No era tan grande, pero tenía un ritmo más rápido, más insistente, y me hizo temblar con golpes cortos mientras Darío me besaba y me decía al oído que ese fin de semana apenas empezaba. Bruno nos miró un rato, satisfecho, y luego me acarició el pelo.
—Nos vemos el lunes en la tarde —dijo—. Disfruta el regalo.
Verlo irse me provocó un estremecimiento extraño. No era abandono; era parte del juego. La puerta del auto se cerró, las luces se alejaron por el camino de tierra y yo quedé en la finca con dos hombres que tenían instrucciones claras, juguetes suficientes y todo el fin de semana por delante.
Entramos. Me quitaron la bola y me desataron solo las manos. Darío se sentó en un sillón y me indicó que me arrodillara. Obedecí. Le chupé la verga mientras Esteban se colocaba detrás de mí, me abría el culo con los dedos lubricados y jugaba con el plug, sacándolo y metiéndolo despacio. Cuando Darío volvió a ponerse duro, me levantaron entre los dos y me llevaron al cuarto.
Allí empezó la parte más larga de la noche. Me pusieron en cuatro sobre la cama y se turnaron para cogerme por atrás. Darío era profundo, pesado, de esos hombres que no necesitan moverse rápido para hacerte sentir partida. Esteban era más sucio con la boca: me decía que me veía perfecta así, con el culo abierto, pidiendo más aunque apenas pudiera hablar. Yo gemía contra las sábanas, empapada, con la vagina palpitando aunque esa noche todos parecían obsesionados con mi ano.
Después me hicieron dar vuelta. Darío se acostó debajo y me sentó sobre su verga, guiándome hasta que la tuve entera dentro del culo. Esteban se arrodilló frente a mí y me metió el pene en la boca. Me moví sobre Darío con las piernas temblando, bajando y subiendo despacio al principio, luego más rápido, hasta que el placer me empezó a subir por la espalda. Me corrí con un gemido ahogado alrededor del pene de Esteban, apretando a Darío por dentro mientras él me sujetaba la cintura.
Dormimos poco. A la madrugada, el vibrador del plug me despertó. Darío estaba sentado al borde de la cama con una caja abierta llena de plugs de distintos tamaños. Me sonrió sin decir nada, me besó el hombro y empezó a jugar conmigo. Lubricante, dedos, un plug pequeño, luego otro más grande. Me hizo respirar, me hizo esperar, me hizo pedirlo. Cuando por fin me penetró otra vez, mi cuerpo ya lo aceptaba con una facilidad obscena.
Se corrió dentro de mí tres veces antes del mediodía, descansando apenas lo justo para volver a endurecerse. Esteban participaba cuando quería: a veces me lamía, a veces me follaba la boca, a veces se masturbaba mirando cómo Darío me daba por atrás junto a la piscina. Yo provocaba cada vez que podía. Pasaba a su lado con el plug puesto, les dejaba el control de la vibración y fingía indiferencia hasta que alguno subía la intensidad y me obligaba a apoyarme en la pared.
El domingo por la tarde, Darío tomó uno de esos retardantes que Bruno le había dejado y me llevó al baño. Me quitó el plug bajo el agua caliente y me penetró contra la pared mojada. Duró tanto que perdí la cuenta de las veces que me corrí. Me tenía con una mano en el cuello del collar y la otra en la cintura, entrando hasta el fondo, saliendo casi por completo y volviendo a hundirse con una fuerza que me dejaba las piernas inútiles.
—Dijiste que querías darme el mejor cumpleaños de mi vida —me recordó.
—Entonces no pares —contesté, con la voz rota—. Cógeme duro.
No paró. Me folló en la ducha, en la cama, sobre una mesa del comedor y en una reposera junto a la piscina. Me llenó de semen varias veces y aun así volvía a buscarme, como si el fin de semana tuviera que agotarse dentro de mi cuerpo. Yo terminé sensible, cansada, feliz de una manera indecente.
Bruno llegó el lunes en la tarde y nos encontró en la mesa, con Darío todavía dentro de mí por atrás. Mi esposo se quedó mirando, se bajó el cierre y se masturbó junto a nosotros. Cuando estuvo a punto de correrse, me tomó la cara y me llenó la boca. Yo tragué sin apartar los ojos de él, mientras Darío seguía empujando lento, disfrutando de la escena.
Esteban se despidió primero, con un beso húmedo y una promesa de volver cuando lo invitáramos. Después quedamos los tres. Bruno le dio a Darío las llaves de mis esposas para que me soltara. Me ayudaron a vestirme, aunque en el asiento trasero del auto volví a terminar encima de Darío, montándolo despacio durante casi todo el camino. Al llegar a su edificio, me arrodillé una última vez, lo hice correrse en mi boca y le di un beso largo.
—Feliz cumpleaños —le repetí.
—El mejor de mi vida —dijo él.
***
Pasé varios días sin querer sexo. No por arrepentimiento, sino porque mi cuerpo estaba cansado y sensible. Bruno no insistió. Solo me abrazaba en la cama con esa calma suya, como si supiera que tarde o temprano la memoria del fin de semana iba a calentarme otra vez.
El regalo llegó el jueves: un plug grande con una joya en la base y un collar con la misma piedra. La nota era de Darío. Decía que quería formar parte de nuestras aventuras y que, desde ahora, le gustaría saberme lista. Bruno leyó el mensaje conmigo y levantó una ceja.
—En dos semanas toca la semana anal —me recordó—. ¿Quieres incluirlo?
Miré el plug, el collar y el teléfono donde Darío acababa de escribirnos. Pensé en la finca, en la mesa, en su forma de sujetarme la cintura, en cómo me había abierto durante todo el fin de semana. Sentí un calor lento entre las piernas.
—Sí —dije—. Con esa verga, claro que sí.
Le mandamos las reglas esa misma noche. Una semana entera dedicada al sexo anal, con juguetes, plug, vibradores controlados a distancia y la obligación de usar mucho lubricante. Darío respondió rápido: nos esperaba en su finca, lejos de todos, donde podía hacerme gritar sin que nadie preguntara nada.
Ahora estoy en la oficina con un plug vibratorio puesto y un body ajustado bajo la ropa. Bruno y Darío tienen el control desde sus teléfonos. Hace unos minutos escribieron en el grupo: «¿Estás en reunión?». Les dije que no. La siguiente respuesta fue simple: «Ponte algo en la boca. Lo vas a necesitar».
El plug empezó a vibrar con más fuerza antes de que pudiera levantarme de la silla. Tuve que morderme la mano para no gemir. Y mientras camino hacia el baño, con las piernas temblando y la pantalla del celular encendida, sé que esta historia apenas está empezando.
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