La profesora me rompió el orgullo con su castigo
Aquella tarde el campus estaba medio vacío por el calor, y la última clase se me hizo eterna. La profesora Inés seguía resolviendo ejercicios en la pizarra con esa calma que a mí me sacaba de quicio, mientras yo bostezaba a propósito en la última fila y jugaba con el teléfono debajo de la mesa. No era la primera vez que la provocaba. Me gustaba verla apretar la mandíbula, como si tuviera que tragarse las ganas de ponerme en mi sitio.
Yo ya no era ningún crío. Era un adulto hecho y derecho, matriculado tarde en la universidad después de haber dejado los estudios unos años. Ella también era claramente mayor que yo, una mujer de más de treinta, con ese aire impecable de profesora seria que escondía un cuerpo imposible de ignorar. Camisa ajustada, falda recta, tacones sobrios. Y unas tetas que se marcaban incluso cuando intentaba aparentar frialdad.
—Nicolás, al terminar te quedas un momento —dijo sin levantar la voz.
Algunos compañeros me miraron con esa sonrisa de quien ya sabe que el idiota del grupo va a llevarse la charla de siempre. Yo me recosté en la silla y respondí con una media risa.
—Claro, profe. La bronca de costumbre.
Ella no contestó. Solo siguió escribiendo. Ese silencio me picó más que un regaño.
Cuando por fin sonó el timbre, el aula se vació en pocos minutos. El edificio entero parecía derretirse bajo el sol de media tarde. Escuché las voces alejándose por el pasillo, una puerta cerrándose al fondo, luego casi nada. Inés esperó a que saliera la última alumna, caminó hasta la puerta y la cerró con suavidad. No le echó llave, pero el clic sonó igual que una trampa.
Yo seguía sentado, balanceando una pierna.
—¿Y bien? —dije—. ¿Qué hice ahora?
Ella se apoyó en la mesa, cruzó los brazos y me sostuvo la mirada. De cerca estaba todavía mejor. El calor le había pegado la camisa a la piel y el borde del sujetador se adivinaba debajo de la tela. Noté cómo se me endurecía la polla, lenta pero firme, y tuve que acomodarme en la silla para disimularlo.
—Llevas semanas buscando un límite —dijo—. Interrumpes, provocas, miras donde no debes y te crees muy listo.
Sonreí con descaro.
—Si miro, será porque hay algo que ver.
Ni se inmutó. Bajó la vista un segundo hacia mi entrepierna, donde la erección empezaba a marcarse bajo el pantalón, y volvió a mirarme a los ojos.
—Gracias por confirmármelo —murmuró.
Se dio la vuelta para recoger unos papeles de la mesa. Lo hizo despacio, inclinándose lo justo para que la falda se tensara sobre el culo. Yo ya estaba caliente y estúpido. Me levanté sin pensar demasiado, impulsado por esa mezcla de arrogancia y morbo que tantas veces me había metido en problemas. Me acerqué por detrás y le apreté una nalga con toda la mano.
Ella soltó un jadeo corto, se irguió al instante y giró la cabeza apenas lo justo.
—Ya veo —dijo con una calma que me desconcertó—. Has decidido ponerte a prueba.
Le agarré la cintura y la giré hacia mí. Quería verla perder el control, quería arrancarle una reacción. Le desabroché dos botones de la camisa de un tirón y asomó el encaje negro del sujetador. Su respiración cambió, pero no dio un paso atrás.
—No te hagas la ofendida —le dije, ya con la polla dura como piedra—. Sé que te gusta cómo te miro.
Le acerqué la boca al cuello. Olía a perfume limpio y a sudor fino de final de jornada. Ella apoyó una mano en mi pecho. Durante un segundo pensé que iba a empujarme. En lugar de eso, me dejó besarle la piel. Esa mínima cesión me envalentonó más.
Le abrí la camisa del todo. Las tetas saltaron medio presas en el sostén, abundantes, pesadas, con el encaje conteniéndolas apenas. Bajé la boca y mordí uno de los pezones a través de la tela. Inés gimió muy bajo. O eso creí. Porque al segundo siguiente sentí un pinchazo seco en el costado y una descarga brutal me atravesó el cuerpo.
Se me cerró la mandíbula, las piernas dejaron de sostenerme y caí de rodillas, viendo destellos blancos.
Lo último que vi antes de irme fue a ella sosteniendo una pequeña pistola eléctrica junto al muslo, con la camisa abierta y una expresión casi aburrida.
***
Volví en mí con la lengua pastosa y el cuello tenso. Tardé unos segundos en entender por qué no podía mover los brazos. Estaban atados detrás del respaldo de una silla con bridas gruesas. Los tobillos también. Estaba completamente desnudo. Y ella, frente a mí, seguía en tacones y falda, pero con la camisa abierta y el sujetador fuera. Sus tetas estaban al aire, plenas, con los pezones duros y oscuros por el calor.
—Bienvenido de vuelta —dijo.
Intenté incorporarme, pero el cuerpo todavía me temblaba por la descarga. Ella se acercó, me acarició el pelo con una ternura burlona y luego me dio dos palmadas suaves en la mejilla.
—Te creías depredador —murmuró—. Y mírate ahora.
Mi polla, que al despertar había estado encogida, empezó a reaccionar solo por verla así. Ella lo notó enseguida. Sonrió con crueldad tranquila.
—Eso pensaba.
Tomó una regla de plástico transparente de la mesa y la pasó despacio por mi pecho, bajando por el abdomen hasta tocar la base del sexo. El contacto frío me hizo jadear. Luego golpeó apenas la punta de la polla con la regla. No fuerte, solo lo suficiente para recordarme quién mandaba.
—Has sido un alumno de mierda —dijo, inclinándose a mi oído—. Maleducado, soberbio, y bastante confiado para alguien que se pone duro estando atado.
—Suéltame —alcancé a decir.
—No.
Me agarró la polla con la mano y empezó a masturbarme sin prisa. Sus dedos se cerraron firmes alrededor del tronco, subiendo y bajando con una cadencia exacta, como si conociera perfectamente el punto entre el placer y la desesperación. Yo apreté los dientes. A pesar del miedo, a pesar de la humillación, me puse tieso del todo en su mano.
—Eso sí funciona —dijo—. Qué básico eres.
Retrajo el prepucio con el pulgar y dejó el glande totalmente expuesto. Luego escupió sobre la punta. La saliva resbaló caliente y empezó otra vez, esta vez más rápido, con el puño húmedo deslizándose de la base al glande mientras yo soltaba gemidos que me avergonzaban a mí mismo.
—Mírame cuando te la pajeo —ordenó.
Levanté la vista. Ella estaba excitada. Lo vi en la respiración corta, en el rubor de las mejillas, en la forma en que se apretaba los muslos uno contra otro. No era una actuación. Estaba mojándose mientras me dominaba, y eso me volvió aún más loco.
—Así —susurró—. Quiero que entiendas que no me estoy defendiendo. Te estoy usando.
Se arrodilló delante de mí. Sus tetas quedaron justo a la altura de mi polla y la deslizó entre ellas, cerrándolas con ambas manos. La sensación fue brutal. Carne caliente, apretada, suave y firme a la vez, tragándome el tronco mientras ella lo hacía subir y bajar entre sus pechos. Dejaba escapar saliva sobre la punta cada pocas pasadas, y el glande resbalaba brillante entre su escote abierto.
Mi cuerpo se tensó de golpe.
—Me voy a correr —dije con la voz rota.
Ella aceleró durante dos segundos, solo para llevarme al borde, y entonces se apartó. El orgasmo quedó suspendido dentro de mí como una cuchillada. Me doblé hacia delante cuanto me permitieron las ataduras y solté un gruñido de frustración.
Inés me abofeteó suave con la polla contra la mejilla.
—Yo no he dicho que puedas correrte.
La escuché abrir un cajón. Sacó una cuerda fina, se agachó entre mis piernas y me levantó el escroto con una mano. Sus dedos eran expertos, seguros. Pasó la cuerda por debajo de mis huevos, ajustó un nudo y tiró hasta que la presión me arrancó un gemido de dolor seco.
—Ahora sí vamos a educarte.
Volvió a masturbarme, pero cada vez que la erección se hacía demasiado intensa, tiraba de la cuerda anudada al escroto. El dolor me cortaba la respiración y al mismo tiempo me mantenía erecto, atrapado en una mezcla sucia de placer y castigo. No había escapatoria. Si me endurecía, ella sonreía. Si me quejaba, tiraba más.
—Diga la verdad, Nicolás —susurró mientras me apretaba los huevos—. ¿Te pone que te mande?
No respondí.
Apretó más.
—¿Te pone?
—Sí —escupí al fin.
—No te oí bien.
—Sí, joder. Sí.
Ella me besó la punta de la polla, apenas un roce de labios, y después me la metió en la boca de golpe. Solo la cabeza al principio, chupando con una lentitud obscena, la lengua rodeando el glande, succionando hasta que sentí las piernas temblarme otra vez. Luego tomó más. La mitad. Casi toda. Y subió y bajó sin perder el ritmo, mirándome desde abajo con los ojos clavados en los míos mientras me tragaba la polla como si la decisión siempre hubiera sido suya.
Yo gemía ya sin dignidad. Ella sacó la boca, me escupió el glande y volvió a hundirse. Cada vez que la base le golpeaba los labios yo daba un tirón inútil contra las bridas. Noté la presión subir de nuevo en la ingle, esa señal inequívoca de que estaba a punto.
Inés me soltó otra vez justo antes.
—No.
—Por favor —dije sin pensar.
Se quedó quieta un segundo. Sonrió de lado.
—Eso está mejor.
Se incorporó, se subió la falda hasta la cintura y apartó a un lado la tela de las bragas. El coño estaba completamente mojado. Brillante. Hinchado. No tenía ninguna duda de lo excitada que estaba. Me agarró la mandíbula con fuerza.
—Saca la lengua.
Obedecí. Ella acercó su sexo a mi boca y me montó la cara despacio, restregando el clítoris húmedo sobre mi lengua. Su sabor me llenó la boca, espeso y salado. Empezó a moverse con pequeños vaivenes de cadera, controlando la presión, obligándome a lamerla exactamente como ella quería.
—Más firme —ordenó—. Y no pares.
La chupé como pude con los brazos inmóviles, lamiendo de abajo arriba, metiendo la lengua en su coño y volviendo al clítoris. Ella jadeó, se sujetó al respaldo de la silla y siguió follándome la boca. Sus muslos me apretaban las sienes. Cada vez que acertaba el ritmo, me dejaba respirar un segundo; cada vez que aflojaba, me hundía más la cara entre las piernas.
—Así, cabrón —gimió—. Sirves mejor de rodillas.
Empezó a correrse sobre mi boca con temblores cortos, húmedos, apretándome la cara entre los muslos mientras me usaba para pasar el orgasmo. Yo seguí lamiendo hasta que me soltó, todavía con la respiración agitada y el coño brillando de saliva y flujo.
—No esperaba menos —dijo.
Yo tenía la polla tan dura que dolía.
***
Pensé que ahí terminaría todo, que me soltaría y me amenazaría con denunciarme. Me equivoqué. Cortó las bridas de mis muñecas solo para volver a atarme las manos a la espalda con la cuerda, más fuerte, y me obligó a ponerme de pie tirando del nudo del escroto.
—Camina.
—¿A dónde?
Otro tirón. Dolió como la hostia.
—A donde yo diga.
Se abrochó la camisa a medias, sin sujetador, de modo que los pezones se le marcaban nítidos bajo la tela, y me hizo salir al pasillo tras ella. Yo iba desnudo, rojo, con la polla a medio endurecer y la cuerda tirando de mis huevos a cada paso. El edificio estaba casi vacío, pero el simple riesgo de que apareciera alguien me tenía el corazón disparado. Ella parecía disfrutarlo.
—Baja la cabeza —dijo—. No mereces mirar al frente.
La obediencia me salió sola. Cada pocos pasos ella daba un pequeño tirón y yo tenía que contener un quejido. Me llevó hasta el gimnasio del campus, una sala amplia y silenciosa que a esas horas ya estaba cerrada. Sacó una llave del bolsillo, abrió y me empujó dentro.
Había cuerdas, colchonetas, espalderas. Material de sobra para imaginar cosas que nunca antes me habían excitado tanto.
Me ató de pie a una estructura de barras fijas, con las muñecas altas y las piernas abiertas. La cuerda del escroto la fijó hacia delante, tensándolo para dejarme los huevos expuestos. Sentí una punzada de vergüenza animal al verme así, abierto y vulnerable bajo la luz blanca del gimnasio.
Ella se quedó observándome como quien evalúa una herramienta antes de usarla.
—Ahora sí —dijo—. Vamos a ver cuánto aguantas.
Abrió un armario lateral y sacó una pequeña bolsa con juguetes. Nada extremo, pero lo bastante para hacerme tragar saliva: pinzas, una venda, un vibrador corto, una paleta de cuero. Se acercó moviendo los tacones con calma, como si tuviera toda la noche.
Primero me dio un azote suave en los muslos con la paleta. Luego otro, más fuerte. El cuero chasqueó contra la piel y me dejó ardor inmediato. Alternó golpes en los muslos, el culo y la parte baja del abdomen, evitando la polla adrede. Cada impacto me hacía tensarme contra las cuerdas, y cada tensión tiraba de mis huevos amarrados.
—Cuenta.
—Uno.
Otro golpe.
—Dos.
Fue subiendo la intensidad hasta que perdí la cuenta en doce y ella me obligó a empezar de nuevo. Se divertía con mis errores. Cuando me vio sudando y respirando por la boca, dejó la paleta, agarró mi polla y me la acarició apenas con las uñas. Casi me corrí solo con eso.
—Qué sensible te has puesto —murmuró.
Me colocó una venda sobre los ojos. La oscuridad multiplicó todo. Noté sus dedos abrirme el glande, el roce de su aliento, una lengua que no sabía si iba a lamer o a morder. Al segundo siguiente un vibrador se apoyó en la parte inferior de mis huevos, justo detrás del escroto tenso por la cuerda. La vibración me partió en dos. Gemí tan fuerte que me dio vergüenza escucharme.
Ella no aflojó. Subió el vibrador por la base de la polla, rodeó el frenillo, volvió a bajar hacia el saco apretado. Era un placer casi insoportable, tan directo que me doblaba el cuerpo aunque las cuerdas no me dejaran moverme. Y entonces sentí su boca.
Me tragó la polla hasta donde pudo mientras mantenía el vibrador en los huevos. Su garganta, la vibración, la tensión de las cuerdas, el dolor leve del escroto estirado: todo se mezcló en una sola ola que me dejó temblando. Ella me follaba con la boca de verdad, sin delicadeza, dejando que mis jadeos retumbaran en el gimnasio vacío.
—Por favor, déjeme correrme —supliqué entre espasmos.
Se apartó lo justo para hablar con la punta de mi polla brillándole en los labios.
—¿Ahora sí sabe hablarme?
—Sí... sí, profesora.
Escuché su risita satisfecha. Entonces noté cómo retiraba la venda. La vi de nuevo de rodillas, la camisa abierta del todo, las tetas balanceándose mientras me pajeaba con una mano y con la otra seguía jugueteando con el vibrador sobre mis huevos.
—Dímelo completo.
—Por favor, profesora, déjeme correrme.
Ella se incorporó y me besó. Esta vez fue un beso húmedo, obsceno, con sabor a mi propia polla y a su coño todavía en mi lengua. Me descolocó más que cualquier golpe. Mientras me besaba, se bajó las bragas hasta los tobillos, las apartó con un pie y se dio la vuelta frente a mí.
—Te la voy a dar porque quiero sentirla —dijo—. No porque la merezcas.
Se guio la polla hasta la entrada y se empaló despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cómo su coño caliente me tragaba. Yo solté un gemido ronco, casi salvaje. Ella apoyó las manos en mis muslos y empezó a moverse. Primero lento, saboreándome. Luego más firme. Su culo golpeaba contra mi pelvis con un ritmo que me dejaba aturdido. Cada bajada me enterraba hasta el fondo. Cada subida me hacía pensar que iba a venirme sin permiso.
—No te corras —dijo jadeando—. Aguanta.
Era imposible. Tenía el coño apretado, mojado, caliente; las paredes internas me exprimían la polla en cada embestida, y verla delante de mí, dominando incluso la forma de follarme, era demasiado. Ella metió una mano entre sus piernas y empezó a frotarse el clítoris mientras seguía montándome. El sonido húmedo de la penetración llenó la sala.
—Mírame —ordenó.
La miré. Tenía la boca abierta, el pelo un poco deshecho, los pezones tensos bajo la luz cruda del gimnasio. Era la imagen exacta de una mujer disfrutando del control y del sexo sin una pizca de vergüenza. Me estaba usando para correrse, y yo estaba completamente rendido a eso.
Ella cambió el ángulo, echando el culo más atrás. La penetré más hondo. Se le escapó un gemido más alto.
—Ahí. Joder. Ahí.
Empezó a follarme de verdad, rebotando sobre mi polla con una fuerza que me dejó sin aire. Yo tiraba de las cuerdas, desesperado, queriendo agarrarle las caderas, meterle la polla hasta el fondo, pero no podía hacer nada salvo recibirla. Esa impotencia me puso al límite.
—Profesora... me corro.
Ella se salió de golpe, se arrodilló frente a mí y me la agarró con ambas manos.
—Ahora sí.
Me masturbó con furia, rápido, preciso, mientras me chupaba el glande entre dos sacudidas. No duré ni diez segundos. Me corrí con un gemido que terminó casi en grito, vaciándome en chorros gruesos sobre su lengua, su boca, su mentón y parte de las tetas. Ella no apartó la cara. Al contrario: recogió todo lo que pudo, tragó, me ordeñó hasta la última contracción y luego se pasó dos dedos por los labios para meterlos en la boca despacio.
Yo colgaba de las cuerdas, temblando, sudado, derrotado.
Inés se puso de pie y me miró con una serenidad insultante.
—Así me gustas más —dijo—. Callado después de correrte.
Aflojó la cuerda del escroto, y el alivio fue casi tan intenso como el orgasmo. Luego me desató las muñecas, pero me dejó de rodillas. Yo no me levanté. Ni siquiera se me ocurrió hacerlo.
—Escúchame bien —dijo mientras se subía las bragas y se acomodaba la falda—. Lo que hiciste en el aula bastaría para hundirte. ¿Entendido?
Asentí.
—Pero también has demostrado algo útil. Debajo de toda esa chulería solo hay un hombre al que le gusta obedecer cuando alguien sabe llevarlo. Si vuelves a tocarme sin permiso, te destrozo. Si obedeces, quizá repitamos.
Levantó mi barbilla con la punta del tacón.
—¿Lo has entendido?
—Sí, profesora.
Me hizo recoger mi ropa del suelo uno a uno, todavía desnudo, mientras ella observaba. No me permitió vestirme hasta tener todo doblado sobre un banco. Solo entonces me dejó cubrirme, sin apartar la mirada de mi cara roja y mis manos torpes.
Antes de irse, se acercó una vez más, me abrió el cuello de la camisa y me susurró al oído:
—Mañana llegarás temprano. Cerrará la puerta al entrar. Y si te pregunto qué eres, contestarás la verdad.
Se alejó con los tacones sonando firme sobre el suelo del gimnasio.
Yo me quedé allí, todavía con el sabor de su coño en la boca y la sensación de su control clavada en el cuerpo, sabiendo que lo peor para mi orgullo era que deseaba obedecerla otra vez.
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