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Relatos Ardientes

Castigo y premio bajo su dominación

Una semana después de regresar de la costa, Tomás entró en el apartamento con el cansancio pegado a los hombros y la costumbre de mirar primero el orden antes que cualquier otra cosa. Dejó el maletín junto a la consola del recibidor y recorrió el salón con una calma meticulosa. Vera estaba recostada en el sofá, con un libro abierto sobre el pecho y las piernas dobladas bajo una manta ligera, observándolo en silencio.

La casa brillaba. El suelo encerado devolvía el reflejo naranja del atardecer, la encimera de la cocina estaba despejada y el olor a producto de limpieza todavía flotaba en el aire. A simple vista, todo estaba perfecto. Pero Tomás no se fiaba de la primera impresión; nunca lo hacía.

Pasó un dedo por el borde de una estantería, abrió un armario, revisó el baño, miró incluso la parte superior de la campana extractora. Allí encontró una marca mínima de grasa, apenas un brillo irregular bajo la luz. Sonrió apenas, no con crueldad, sino con esa serenidad implacable que a Vera le apretaba el vientre incluso antes de hablar.

—Vera —dijo al volver al salón—, hiciste un gran trabajo. Pero dejaste una mancha en la campana.

Ella dejó el libro a un lado y se incorporó despacio. Bajó la mirada un segundo, luego volvió a alzarla.

—Lo siento. Se me pasó.

—Se te pasó —repitió él, acercándose—. Y sabes que no se trata de si es grande o pequeña. Se trata del acuerdo.

Vera tragó saliva. No era una mujer ingenua ni una niña asustada. Era una adulta que había elegido aquella dinámica con plena conciencia, y precisamente por eso sentía el peso de la falta con una mezcla de vergüenza y excitación. Le jodía admitirlo, pero cada vez que él le hablaba así, firme y sereno, algo entre las piernas empezaba a despertarse.

—Lo sé —murmuró—. Acepto el castigo.

Tomás le sostuvo la barbilla con dos dedos.

—Quiero oírlo mejor.

—Acepto el castigo, señor.

El título salió suave, casi ronco. A él le bastó. Le indicó con un gesto que fuera al comedor. Vera obedeció sin hacer teatro, con ese temblor interno que no se veía en las piernas pero sí en la respiración. La silla estaba en el centro, separada de la mesa. Tomás desabrochó su cinturón despacio, sin apartar la vista de ella.

—Apóyate. Vestido arriba. No me hagas repetirlo.

Vera se inclinó sobre el respaldo y se subió el vestido hasta la cintura. No llevaba nada debajo. Lo había hecho porque sabía que a él le gustaba encontrarla disponible, y en ese momento esa previsión se volvió una exposición total. Sintió el aire sobre las nalgas y un escalofrío le recorrió la espalda.

—Cuenta cada golpe —dijo él.

El primer cinturonazo le abrió la piel con una línea de fuego. Vera soltó aire entre los dientes y apretó los dedos contra la madera.

—Uno.

El segundo cayó cruzado sobre la otra nalga. El tercero, más abajo, le hizo doblar un poco las rodillas. Tomás no golpeaba al azar; distribuía el castigo con precisión, dejando ardor sin ensañarse en un mismo punto. La correa silbaba en el aire y después llegaba el impacto seco, seguido por ese calor punzante que tardaba apenas un segundo en estallar.

—Cuatro... cinco...

La voz empezó firme y fue rompiéndose. A la sexta ya tenía los ojos húmedos. A la séptima, un gemido se le escapó sin permiso. No era solo dolor. Era la humillación de estar abierta para él, de saberse corregida por una falta mínima, de sentir cómo el cuerpo le respondía de la forma más indecente posible. Tenía el coño mojado y eso la enfurecía y la excitaba a la vez.

El octavo golpe le arrancó un jadeo más alto.

—Más fuerte, Vera. Quiero oírte contar.

—¡Ocho!

Tomás dejó caer dos más en la parte alta de los muslos, obligándola a ponerse de puntillas. Luego apoyó la mano sobre una nalga enrojecida y la masajeó despacio, justo donde escocía más. Ese contraste la hizo temblar.

—¿Aprendiste?

—Sí, señor.

Él deslizó dos dedos entre sus piernas y sonrió al encontrarla empapada.

—Vaya. Mira qué culpable estás.

Vera cerró los ojos de pura vergüenza.

—No pude evitarlo.

—No te pedí que lo evitaras.

Le metió un dedo en el coño, luego otro, hundiéndolos despacio mientras con la palma libre seguía acariciándole el culo castigado. Vera soltó un gemido ronco y echó la cadera hacia atrás por puro reflejo. El escozor y el placer se mezclaron de una forma brutal, como si cada nervio hubiera quedado más sensible después del cinturón.

—Mírate —dijo él cerca de su oído—. Te corrijo y te mojas más. Eres una puta obediente.

La frase la hizo contraerse alrededor de sus dedos. Tomás los sacó de golpe y se los mostró brillantes.

—Límpialos.

Vera se giró lo justo para abrir la boca. Chupó sus dedos sin apartar la vista, tragándose su propia humedad con una docilidad que la excitó todavía más. Tomás le dio una palmada breve en la mejilla, más posesiva que violenta.

—Bien.

La ayudó a incorporarse y la abrazó unos segundos. Aquella era otra parte del acuerdo: la firmeza no cancelaba el cuidado. Vera apoyó la frente en su pecho, todavía con lágrimas en las pestañas y las nalgas ardiendo. La mezcla de alivio y deseo le pesaba en el bajo vientre como una piedra caliente.

—Gracias por aceptarlo bien —murmuró él.

—Gracias por corregirme.

Tomás le besó el pelo y fueron al sofá. Ella se acurrucó a su lado, todavía sensible, todavía excitada, mientras él le acariciaba la nuca. La conversación derivó en cosas menores, en un mensaje de una conocida de las vacaciones, en la rutina de los días siguientes, pero la marca invisible del castigo seguía ahí, latiendo entre ambos como una promesa.

***

Durante los días siguientes, Vera se volcó en cumplir cada detalle. Limpió con un cuidado casi obsesivo, dejó la casa perfecta y completó su entrenamiento como si su cuerpo no tuviera derecho al cansancio. Tomás observaba ese esfuerzo con satisfacción, aunque no tardó en encontrar otra grieta.

Una noche revisó la aplicación donde ella registraba su rutina física. El tiempo estaba completo, pero faltaba una repetición en una serie de sentadillas. Una sola. Vera lo vio levantar una ceja y supo al instante lo que había pasado.

—No me di cuenta —admitió antes de que preguntara.

—Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es si crees que cambia algo.

Ella negó con la cabeza.

—No, señor.

Tomás se sentó en el sillón del estudio y abrió las piernas.

—Ven. Sobre mis rodillas.

Vera se acercó con el pecho acelerado. Se tumbó boca abajo sobre él, el vestido subido hasta la cintura otra vez. Sus nalgas todavía guardaban memoria de días antes, y solo la idea de sentir la mano de Tomás allí la hizo apretar los muslos.

La primera azotaina cayó con la palma abierta, sonora, carnosa. No cortaba como el cinturón; rebotaba con una fuerza húmeda que se quedaba vibrando bajo la piel. Tomás fue alternando las nalgas, llevando el ritmo con paciencia cruel. Vera contó doce, una tras otra, hasta que la voz se le volvió temblor líquido.

Cuando terminó, él no la soltó. Le abrió las piernas con la rodilla y le acarició el coño por encima de la piel enrojecida del culo, obligándola a sentirlo todo junto.

—Ahora repites el entrenamiento completo. Y yo voy a mirar.

Vera obedeció. Se colocó en la alfombra del salón, con una malla corta y un top pegado al cuerpo. Tomás se quedó sentado, observándola sin una palabra. Esa mirada la trabajaba más que cualquier máquina del gimnasio.

Las primeras series fueron soportables. Luego empezó el sudor, el ardor en los músculos, la respiración rota. Cada sentadilla le tiraba de las nalgas castigadas y cada flexión le tensaba el vientre ya sensible. Cuando llegó a las repeticiones que había fallado, las contó en voz alta como si estuviera rezando.

—Veintidós... veintitrés... veinticuatro...

Tomás seguía callado. Ese silencio la apretaba más que un grito.

Cuando terminó, estaba empapada. El sudor le bajaba por la espalda y entre los pechos, y tenía mechones pegados a las sienes. Se acercó a él con las piernas temblando.

—Terminé, señor.

Él le pasó el pulgar por el labio inferior, luego se lo metió en la boca. Vera lo chupó sin preguntar. La miró durante unos segundos largos.

—Buena chica.

La aprobación la desarmó. Notó una punzada directa en el coño y bajó la mirada para que él no viera cuánto le había afectado. Pero Tomás ya lo sabía; siempre lo sabía.

***

Con el tiempo, su juego de señales se volvió parte natural de la vida diaria. Un chasquido significaba espera. Dos palmadas, seguirlo. Un silbido corto, acercarse sin demora. Vera al principio se confundía, y los errores tenían consecuencias: un pellizco en los pezones, una vuelta extra corriendo, unos azotes rápidos con la mano. Nada improvisado, todo dentro de las reglas que habían construido entre ambos.

Lo que empezó como disciplina se convirtió también en una fuente de excitación continua. En el supermercado, cuando Tomás chasqueaba los dedos y ella obedecía sin hablar, Vera sentía un calambre de sumisión entre las piernas. En una cena, bastaba una mirada dura y una palmada discreta en el muslo para que se callara al instante. A nadie más le decía nada. A ella la dejaba ardiendo.

La cosa se tensó de verdad cuando él empezó a dejarle tareas rutinarias de la oficina. Una noche le pidió que revisara una hoja interminable de datos en el portátil. Vera aceptó, aunque sabía que eso la iba a reventar. Pasó horas delante de la pantalla, con los ojos secos y la espalda rígida, corrigiendo cifras mientras el resto de sus obligaciones se acumulaban alrededor.

Tomás, mientras tanto, salió a tomar algo con una compañera nueva, Elisa. No pasó nada entre ellos, pero a Vera le bastó el nombre y la sonrisa con que él lo mencionó para sentir un bicho oscuro de celos mordiéndole por dentro. Cuando él volvió y encontró un error decimal en la tabla, la noche estalló.

—Es mínimo —dijo ella, cansada hasta el hueso, apenas lo vio señalar la pantalla.

—Mínimo no significa aceptable.

Vera supo que estaba perdida. No solo por el fallo; también por el tono. Había contestado mal y él lo había notado.

Tomás cogió una pala de madera que guardaban para sus juegos. La hizo apoyar las manos en la mesa del comedor y le bajó la ropa de golpe. El aire fresco le pegó en el culo ya tenso antes del primer impacto. La pala era distinta del cinturón y de la mano: plana, dura, brutalmente uniforme. Cada golpe dejaba una huella compacta de calor que subía hasta la cintura.

—Cuenta.

Vera obedeció entre jadeos. A la sexta ya tenía la voz rota. A la novena, las piernas le temblaban tanto que Tomás le sujetó la cadera con fuerza para mantenerla quieta. Cuando llegó a doce, estaba llorando sin poder evitarlo.

Él dejó la pala a un lado y le abrió más las piernas con la rodilla.

—Arrodíllate.

Vera bajó al suelo. Tomás le agarró los pezones entre los dedos y los pellizcó despacio al principio, luego torciéndolos con una precisión que la hizo gemir y arquear la espalda. Dolía de una manera íntima y feroz. Ella sollozó.

—Perdón.

—¿Por el error o por desafiarme?

—Por las dos cosas.

Él aflojó un poco, se inclinó y le besó la frente.

—Mejor.

Aún así, la noche no terminó ahí. La mandó a acabar la casa y después a entrenar. Vera cumplió todo con el culo encendido y los pezones doloridos, moviéndose por el apartamento como si cada tarea fuera una penitencia y una ofrenda. Cuando por fin cayó rendida en la cama, boca abajo, supo que al día siguiente tendría que reparar algo más importante que un número mal puesto: la distancia que se había abierto entre ellos.

***

A la mañana siguiente, Tomás le dijo que pensaba seguir delegándole esas tareas tediosas. Vera, agotada, le soltó un «no puedo más» que sonó más brusco de lo que pretendía. Él no discutió. Se limitó a ponerse frío.

Esa frialdad fue peor que cualquier azote.

Durante el día, Vera lo vio reír con Elisa en la oficina y sintió el estómago cerrársele. No porque creyera que él fuera a engañarla, sino porque entendió de golpe lo mucho que necesitaba seguir siendo su refugio, su cómplice, la persona en la que podía descargar peso y no otra más que le sumara resistencia.

Al final de la jornada, lo buscó con los ojos húmedos y el orgullo roto.

—¿Podemos hablar?

Tomás la llevó a una sala vacía. Allí Vera respiró hondo y soltó todo.

—Me equivoqué. Estaba agotada, sí, pero no debí rechazarte así. No quiero que sientas que no estás conmigo. Haré el esfuerzo. Solo... necesito que me digas cuando me estoy pasando antes de romperme.

Él la miró en silencio. Aquello no era una escena; era el centro de todo. Finalmente asintió.

—Eso sí me sirve. No quiero obediencia ciega. Quiero honestidad y entrega real.

Vera tragó el nudo que tenía en la garganta.

—La tienes.

Tomás le acarició la cara con una ternura que la dejó temblando. Luego la besó, suave al principio, profundo después. No había castigo en ese beso, solo reconciliación y un deseo denso que les subió por el cuerpo como humo.

—Mañana hablamos en casa —murmuró—. Y mañana me lo demuestras.

Vera pasó el resto del día con esa frase metida en la sangre.

***

A la mañana siguiente, mientras ella recogía las cosas del desayuno, Tomás apareció detrás y le rodeó la cintura. Le besó la base de la oreja y habló tan bajo que el sonido casi se confundió con su propia respiración.

—Ven. A la ducha.

Vera dejó la taza en el fregadero sin discutir. Solo esa orden ya le había mojado las bragas. Caminó detrás de él hasta el baño sintiendo cómo el pulso se le aceleraba en cada paso. El vapor empezó a llenar el espacio en cuanto abrió el agua caliente, y el espejo se cubrió de una niebla lechosa que aisló el mundo exterior.

Tomás se desnudó primero. Vera lo observó con el hambre callada de quien conoce bien un cuerpo y aun así no se cansa de mirarlo. Luego se quitó el vestido, las bragas, y quedó frente a él completamente abierta, todavía con un leve tono rosado en las nalgas por los castigos de la noche anterior.

—Date la vuelta —ordenó.

Ella obedeció. El agua cayó sobre su espalda, resbalando entre los omóplatos y bajando por la curva del culo. Tomás le enjabonó el cuello, los hombros, los brazos. Lo hizo con una lentitud deliberada, casi insultante. Cada pasada de la mano era un recordatorio de control. Cuando llegó a las nalgas, apretó con firmeza y Vera soltó un gemido ahogado.

—¿Todavía arde?

—Sí, señor.

—Bien. Quiero que lo recuerdes mientras te cojo.

Le metió una mano entre las piernas. Sus dedos encontraron el coño ya resbaladizo y la hicieron abrir más las rodillas. Tomás jugó con el clítoris en círculos lentos, justos para volverla loca sin dejarla llegar a ninguna parte.

—Ayer me pediste honestidad —dijo junto a su oído—. Hoy quiero entrega. Quiero que me enseñes cuánto deseas seguir esto conmigo.

—Sí...

—No te pregunté si sí. Te dije lo que quiero.

Vera tembló. Le habría contestado algo más, pero él le agarró la nuca y la hizo arrodillarse sobre la alfombrilla mojada. Desde abajo, con el agua golpeándole los hombros, lo tuvo delante duro y pesado, a la altura de la cara. El simple tamaño de él tan cerca le hizo latir el coño.

—Abre la boca.

La abrió. Tomás le puso la punta en los labios y se la frotó despacio. Vera sacó la lengua y lo probó, lamiendo el glande antes de tragárselo unos centímetros. Él le acarició el pelo húmedo y luego le apretó la cabeza apenas un poco, marcando el ritmo.

—Más.

Vera bajó hasta donde pudo, notando cómo él llenaba su boca, cómo el calor y el peso de su polla le ocupaban la lengua y la garganta. Lo sacó, volvió a meterlo, cada vez más profundo, mientras el agua corría por las mejillas mezclándose con la saliva. Empezó a pajear la base con una mano para acompañar el movimiento y Tomás soltó un gruñido bajo que la hizo vibrar entera.

—Así. Chupa bien. Quiero ver esa boca trabajando para mí.

La humillación cruda de la frase le subió directa al clítoris. Vera se entregó más, lamiendo el frenillo, ensalivándolo, metiéndoselo de nuevo hasta atragantarse un poco. Tomás no la forzaba del todo; la guiaba. Eso lo hacía peor y mejor al mismo tiempo, porque la obediencia seguía siendo suya.

Él le sacó la polla de la boca y le dio un par de palmadas suaves en la mejilla mojada.

—Levántate.

Vera se puso de pie de inmediato. Tomás la giró de espaldas y la empujó contra los azulejos. La cerámica fría le apretó los pechos mientras él le separaba las piernas con la rodilla. Ella apoyó las palmas en la pared, respirando rápido, esperando.

La penetró de una sola embestida.

Vera gritó. No porque fuera la primera vez, sino porque entró hondo, directo, aprovechando lo mojada que estaba para clavarse hasta el fondo sin transición. El golpe del pubis contra sus nalgas enrojecidas le arrancó un gemido animal y el cuerpo se le arqueó solo.

Tomás empezó a follarla con un ritmo firme, seco, poseído. Cada embestida hacía chapotear el agua bajo sus pies y rebotar sus pechos contra la pared. Vera no podía hacer otra cosa que recibirlo, abrirse, respirar entrecortado mientras él le agarraba la cintura con fuerza y le marcaba el compás.

—Así te quiero —gruñó—. Quieta y abierta para mí.

Ella gimió más fuerte. El coño le apretaba alrededor de la polla con contracciones involuntarias cada vez que él rozaba ese punto profundo que la dejaba vacía de pensamiento. Notaba el escozor del culo en cada golpe, y ese ardor convertía el placer en algo más intenso, más sucio.

Tomás sacó una mano de su cintura y la llevó entre sus piernas. Empezó a frotarle el clítoris con los dedos húmedos, rápido, preciso, mientras seguía metiéndosela hasta el fondo. Vera se quebró.

—Joder... joder... no pares...

—¿Eso quieres? ¿Que no pare de follarte?

—Sí, señor. Fóllame. Fóllame así.

Él respondió con una embestida más dura que casi le hizo perder el apoyo. Luego deslizó la mano hacia atrás y le metió un dedo en el culo sin aviso, presionando primero el anillo tenso y entrando después despacio, aprovechando el agua y el jabón que aún quedaban en la piel.

Vera se puso rígida un segundo.

—Relájate —ordenó él—. Quiero todos tus agujeros obedientes.

La frase la hizo soltar un gemido mezclado con vergüenza. Aflojó. El dedo entró más, y el contraste entre la polla llenándole el coño y ese dedo empujando en su culo la volvió loca. Tomás añadió un segundo dedo, abriéndola con paciencia cruel mientras seguía clavándosela a un ritmo que no aflojaba.

—Eso es —murmuró—. Mójate más. Siente cómo te uso.

Vera ya no podía contestar con palabras enteras. Solo jadeos, sílabas rotas, gemidos cada vez más agudos. Su orgasmo se formó de golpe, como una ola sucia y enorme que le subía desde el vientre. Tomás volvió a frotarle el clítoris con fuerza exacta y todo explotó.

Se corrió temblando, con un grito ahogado que se estrelló contra los azulejos. Las piernas le flaquearon, el coño le apretó la polla en pulsos violentos y el culo se le cerró alrededor de los dedos de Tomás. Él soltó un jadeo ronco al sentirla contraerse así.

—Buena chica... apriétame así...

La siguió follando durante su orgasmo, prolongándolo hasta casi volverlo insoportable. Vera lloriqueó de puro exceso, con la frente apoyada en la pared y el cuerpo convulsionando. El agua les caía por la espalda, por las piernas, mezclándose con el sonido húmedo de las embestidas.

Tomás retiró los dedos de su culo y la agarró de las caderas con ambas manos. Dio cuatro, cinco, seis empujes más, cada uno más profundo que el anterior. Vera lo sintió tensarse detrás.

—Me voy a correr dentro. Quiero que lo sientas.

Esa frase fue todo lo que necesitó. Se hundió hasta el fondo con un gemido grave y se corrió dentro de ella, descargando en pulsos espesos que Vera sintió claramente, uno tras otro, calientes, brutales, llenándola. El placer residual le sacó otro gemido débil cuando notó cómo la corrida le latía dentro del coño.

Se quedaron así unos segundos, pegados, sin aire. Tomás apoyó la frente en su hombro mientras su polla seguía palpitando dentro. Vera cerró los ojos, aturdida, sintiéndose usada, querida y completamente entregada de una forma que le revolvía el pecho.

Él salió despacio. Una mezcla de semen y flujo se deslizó por el interior de sus muslos. Tomás pasó dos dedos por allí, recogiendo el rastro blanco y brillante.

—Mírame.

Vera giró la cabeza. Él le llevó los dedos a la boca.

—Chúpalos.

Ella abrió y los tomó sin dudar. Saboreó la mezcla salada, espesa, íntima, sosteniéndole la mirada mientras limpiaba cada dedo con la lengua. Tomás sonrió con una satisfacción tranquila que valía más que cualquier elogio.

—Arrodíllate otra vez.

Vera lo hizo de inmediato. Él tenía la polla todavía semidura, manchada con restos de su corrida y del agua jabonosa. Ella la tomó con la mano y empezó a lamerla desde la base hasta la punta, recogiendo lo que quedaba. Tomás le acarició el pelo mientras ella trabajaba con devoción, chupando suave, besando, limpiándolo como si eso cerrara el ritual.

—Eso es. Déjala limpia. Quiero que termines bien tu tarea.

El tono la hizo sonreír alrededor de la polla. Chupó con más ganas, tragándose hasta la última gota que podía sacar de él. No buscaba otro orgasmo; buscaba complacerlo, y en eso encontró otro tipo de satisfacción igual de honda.

Cuando Tomás la hizo levantarse, la abrazó bajo el agua ya tibia. Esta vez no había órdenes ni corrección, solo sus manos acariciándole la espalda y bajando luego al culo dolorido con una ternura inesperada.

—Así te quería —dijo—. Honesta. Entregada. Presente.

Vera apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos.

—Soy tuya.

Tomás no respondió enseguida. Le levantó la cara, la besó lento y profundo, y solo después murmuró:

—Y yo soy el hombre que va a seguir exigiéndote todo lo que sabes dar.

Ella sonrió, agotada y satisfecha.

—Entonces no aflojes.

Salieron de la ducha todavía pegados por el vapor y el cansancio bueno. Vera lo secó primero con la toalla, pasando la tela por su pecho, sus brazos, sus piernas, y al final entre ellas, con una delicadeza que todavía tenía algo de servicio y algo de adoración. Después se secó ella, sintiendo el semen escapar poco a poco de su coño y deslizarse por el muslo. No lo limpió enseguida. Le gustó sentirlo un rato más, como una marca privada.

Mientras acomodaba las toallas y limpiaba el espejo empañado, Tomás la observó desde la puerta. No había distancia en sus ojos ya, ni ese hielo de la víspera. Solo deseo satisfecho, orgullo y esa calma profunda que ella había estado buscando desde el error.

Vera se acercó, desnuda, aún sonrojada, y se abrazó a su cintura.

—No voy a prometer perfección —dijo—. Pero sí voy a seguir cumpliendo.

Tomás le acarició el pelo mojado.

—Eso es mejor que cualquier promesa.

Ella sonrió y volvió a besarlo, sabiendo que en aquella relación el castigo nunca estaba del todo separado del premio, ni la disciplina del deseo. Y que, precisamente por eso, cada acuerdo que renovaban con el cuerpo les resultaba más verdadero que cualquier palabra.

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Comentarios(7)

MarcosR_BA

excelente!!!

Lectora77

Que relato!!! me dejó sin palabras, de verdad.

LoboGris88

tremendo, de lo mejor que lei esta semana.

MaiteBaires

Me encanto la tension entre los personajes, muy bien armado todo. Por favor una segunda parte!!

CarmenLT

Lo que mas me gusto es como describe esa dinamica de manera tan natural. Sigue escribiendo asi!

Ferchu_mdp

Me recordo a algo que me paso hace tiempo jajaja... que situaciones nos mete la vida. Muy bien narrado

Vero_Cba

Habrá segunda parte? Quedé con ganas de saber cómo sigue la historia

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