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Relatos Ardientes

Los tapiceros dominaron mi tarde en el sofá

Aquel día volví del gimnasio con las piernas temblando y el cuerpo pegajoso bajo la ropa deportiva. Había aparcado la moto frente al edificio y subido en ascensor con una sola idea clavada entre las piernas. No era la primera vez que aprovechaba la ausencia de mis familiares para encerrarme en aquel piso y hacer guarradas a gusto, pero esa tarde iba especialmente caliente.

Sudaba por el cuello, por las tetas, por el pliegue de las ingles. Al entrar en casa dejé la bolsa en el suelo, abrí la nevera y agarré el postre que pensaba usar después, pero antes bajé al apartamento de abajo, donde sabía que no habría nadie. En la entrada encontré una nota: se habían ido fuera hasta la noche y me dejaban el piso para mí. También me dejaban dos juguetes improvisados esperándome en la cocina.

Me reí sola al leerla. No tardé ni un minuto en abrir la nevera, sacar los dos pepinos largos y darles un poco de calor para quitarles el frío. Los sostuve en las manos y ya me estaba mojando. Me gustaba esa mezcla absurda de rutina y vicio: subir del gimnasio oliendo a sudor, cerrar la puerta, y dedicarme un rato entero a follarme sin prisa.

En lugar de ir al dormitorio preferí el salón. El sofá ancho, la funda clara, la ventana medio cerrada dejando entrar una luz tibia. Me bajé las mallas y las bragas de una vez, me quedé solo con la camiseta corta y separé las piernas delante del sofá. Metí dos dedos entre mis labios, los saqué empapados y los extendí por el pepino más grueso.

—Mírate cómo estás —me dije en voz baja, con la respiración ya rota.

Me senté al borde del sofá y me abrí con una mano. La punta entró despacio, pero enseguida empujé con ganas y sentí cómo me abría por dentro. Solté un gemido sucio, de esos que salen solos cuando no tienes que fingir nada para nadie. Empecé a meterlo y sacarlo con la muñeca firme, mirando cómo desaparecía dentro de mi coño húmedo mientras mis muslos se tensaban.

Con la otra mano me busqué el culo. Me escupí en dos dedos, me los metí despacio y luego preparé el segundo pepino. El contraste me volvió loca: delante me llenaba el coño, detrás me empujaba el ano todavía apretado. Apreté los dientes y empujé hacia atrás hasta sentir que también entraba, poco a poco, arrancándome un jadeo largo.

Cuando por fin tuve los dos dentro, me quedé inmóvil unos segundos, con la cabeza apoyada en el respaldo y el vientre duro. Sentía el culo latiendo alrededor de uno y el coño tragándose el otro como si no quisiera soltarlo. Después empecé a moverme. Primero corto. Luego más hondo. Alternando cadera y manos, follándome a mí misma con una desesperación que ya no tenía nada de juguete.

—Joder... así... así... —murmuré, sudando más que en el gimnasio.

Estaba cerca del primer orgasmo cuando sonó el timbre. Una vez. Dos. Tres seguidas. Lo ignoré un instante, pero siguió sonando con una insistencia de cabrón. Maldije entre dientes, me saqué despacio los dos pepinos y los dejé sobre la funda clara del sofá, manchándolo todo con mis fluidos. Bajé la camiseta todo lo que pude y fui a abrir descalza, todavía con el coño abierto y el culo sensible.

Cuando corrí el pestillo, entraron sin esperar invitación. Primero dos hombres corpulentos, cargados con herramientas y oliendo a calle, sudor y tabaco viejo. Detrás, una mujer grande, de ojos oscuros y gesto mandón, cerró la puerta con calma, como si la casa también fuera suya. Yo apenas tuve tiempo de decir nada.

—Venimos por el sofá —dijo uno de los hombres, mirando por encima de mi hombro.

Me quedé quieta, entre sorprendida y molesta. Ellos no. Ya estaban dentro del salón cuando la mujer me recorrió de arriba abajo. Su mirada bajó a mis piernas desnudas, volvió a mi cara y sonrió con una lentitud que me hizo entender que había notado mi estado antes incluso de ver nada.

—No vivo aquí —dije—. La dueña no está.

—La esperamos —respondió ella, y pasó rozándome el hombro.

Uno de los hombres, el más ancho, me dio una palmada en la nalga al cruzar la entrada. No fue un roce accidental. Fue un golpe seco, posesivo, descarado. Abrí la boca para soltarle un insulto, pero lo que me salió fue un respingo caliente. El cachete me ardió y, para mi vergüenza, sentí un latigazo de placer entre las piernas.

Ellos llegaron al sofá y se quedaron mirando los dos pepinos tirados sobre la funda manchada. La mujer soltó una carcajada ronca. Uno de los hombres alzó una ceja y me miró otra vez, ya sin disimulo. El ambiente cambió ahí mismo. Dejó de ser una visita incómoda y se convirtió en otra cosa: una especie de juego torcido en el que todos entendimos demasiado rápido qué estaba pasando.

—Así que te estábamos interrumpiendo —dijo ella.

No contesté. Dejé que me miraran. Dejé que vieran mis piernas, la camiseta demasiado corta, mi respiración todavía agitada. Podría haberlos echado. Podría haber llamado a alguien. Pero no lo hice. La verdad era más simple y más sucia: me había puesto todavía más caliente.

—¿Queréis beber algo? —pregunté, y hasta a mí me sonó a invitación.

La mujer sonrió como si hubiera estado esperándolo.

—Trae lo que tengas. Y ven sin taparte tanto.

Fui a la cocina con el coño goteando otra vez. Saqué cerveza, refresco y vasos, intentando recuperar el control, pero cuando volví ellos seguían donde mismo, observando los pepinos como si fueran una confesión abierta. Dejé las bebidas sobre la mesa baja y la mujer se acercó hasta quedar casi pegada a mí. Me olió el cuello. Literalmente. Luego me miró a los ojos.

—Sudada, cachonda y sola. Vaya tarde llevas.

—No te imaginas —contesté.

El hombre de barba corta, el que parecía mandar entre los dos, se sentó en el sofá con las piernas abiertas. El otro se quedó de pie a un lado. Ambos me miraban como si estuvieran decidiendo qué hacer conmigo. La mujer me apartó el pelo del hombro y me metió dos dedos debajo de la camiseta, subiéndola despacio hasta dejarme las tetas al aire.

No llevaba sujetador. Sus manos pesadas me agarraron los pechos, me apretaron los pezones y yo solté un gemido sin poder evitarlo. El hombre sentado se inclinó y me lamió uno de los pezones mientras la mujer seguía sobándome. Cerré los ojos un segundo y me dejé hacer, ya sin fingir resistencia.

—Eso es —dijo ella junto a mi oído—. Si te gusta, no actúes como una santa.

El segundo hombre me rodeó por detrás, me levantó la camiseta del todo y me la sacó por la cabeza. Quedé desnuda de cintura para arriba, entre tres desconocidos, en un salón ajeno, con los pezones duros y la piel húmeda. La mujer me empujó suavemente hacia el centro de la habitación.

—De rodillas.

La orden me golpeó más fuerte que la palmada. La miré un segundo, y fue suficiente para entender que quería obedecer. Me arrodillé sobre la alfombra. Los dos hombres no tardaron en abrirse el pantalón. No hubo romanticismo, ni tanteos, ni cuidado especial. Solo pollas saliendo al aire y una expectativa brutal sobre mi cara.

El primero la tenía gruesa, ya casi dura del todo, con olor fuerte a sudor encerrado. El otro la sacó más despacio, acariciándosela mientras me miraba. La mujer me recogió el pelo con la mano y tiró apenas de él hacia atrás para obligarme a alzar la barbilla.

—Vas a empezar por esta —dijo, señalando al que estaba sentado—. Y no pares hasta que te lo ordene.

Abrí la boca y acerqué la lengua. Lo probé desde la base hasta la punta, saboreando piel caliente, sal, el gusto rancio del sudor acumulado. Él siseó y me agarró la cabeza. Metí la punta primero, después más, hasta tener media polla dentro. Mi lengua trabajaba por debajo y mi mano subía y bajaba el resto mientras el hombre ya respiraba como una bestia.

—Más adentro —ordenó la mujer.

Me empujó desde la nuca y obedecí. La polla me rozó la garganta y me hizo arcadas. Él soltó un gruñido satisfecho. Repetí, entrando y saliendo, tragándolo lo más hondo que podía. La saliva me corría por la barbilla. El segundo hombre se acercó a mi cara y me frotó la punta de su polla por la mejilla, por los labios abiertos, esperando su turno.

La mujer me metió dos dedos en la boca entre embestida y embestida, mezclando mi saliva con la de ellos. Luego me bajó la mano entre las piernas y encontró mi coño empapado.

—Mírala —dijo, enseñándoles sus dedos mojados—. Está chorreando.

El hombre sentado me sacó la polla de la boca y me dio una palmada en la cara, no demasiado fuerte, lo justo para humillarme y excitarme más. Sentí la punzada del golpe y luego el calor subiéndome a la cabeza. La mujer volvió a empujarme.

—Sigue.

Esta vez alterné las dos. Mamaba una mientras pajeaba la otra. Una mano en cada tronco, la boca trabajando sin descanso, la mujer tirándome del pelo y llamándome guarra al oído. El salón se llenó de jadeos, chasquidos húmedos y el sonido obsceno de mi garganta tragando polla. Me estaba usando para calentarlos y yo disfrutaba cada segundo.

Cuando el primero estuvo bien duro, la mujer me apartó de un tirón.

—Arriba al sofá. A cuatro patas.

Subí temblando, desnuda de cintura para abajo, con la funda todavía manchada por mis juegos de antes. Me coloqué como dijo, apoyada en codos y rodillas, con el culo levantado. Sentí una palmada brutal en una nalga. Luego otra. Después dedos separándome los labios y una risa baja detrás de mí.

—Primero el coño —dijo uno de ellos.

La punta me buscó y empujó sin demasiada delicadeza. Estaba tan mojada que entró casi de golpe. Abrí la boca y solté un grito ronco contra el cojín. Él me agarró de la cadera y empezó a follarme con embestidas hondas, secas, como si tuviera prisa. El sofá crujía debajo de mí y mis tetas se balanceaban con cada golpe.

—Joder, sí... más fuerte... no pares —gemí.

El otro hombre se colocó delante de mi cara y me ofreció la polla. La tomé al instante. Mientras uno me follaba el coño por detrás, al otro se la mamaba mirando cómo se apretaba el puño alrededor de mi pelo. La mujer seguía a mi lado, acariciándome el cuello, apretándome los pezones, dándome órdenes cortas.

—Traga. Respira por la nariz. Aguanta.

Eso hice. Aguanté. La polla en la boca me llenaba hasta la garganta mientras la de atrás me abría por dentro a cada embestida. Me escurría por los muslos. Tenía saliva colgando del mentón y la cara ardiendo de placer y vergüenza. Era exactamente la mezcla que me enloquecía.

La mujer me metió dos dedos lubricados con mi propio flujo en el culo. Giró despacio, abriéndome, preparándome mientras el hombre seguía dándome por delante. El simple gesto me hizo gemir alrededor de la polla que mamaba.

—No te tensés —susurró—. Vas a recibir más.

Me apartaron un momento. El primero salió de mi coño y me giraron para dejarme tumbada boca arriba. El hombre que había mamado se colocó entre mis piernas y me penetró de nuevo, esta vez mirándome la cara. Su polla entraba y salía estirándome los labios, golpeando dentro con un ritmo cada vez más rápido. Yo le agarraba los brazos y abría más las piernas para que me hundiera mejor.

El otro se colocó arriba, a la altura de mi boca, y la mujer se sentó a mi lado, abriéndome una nalga para trabajar mi ano con saliva y dedos. Sentí tres, luego un cuarto nudillo empujando. Ardía. Ardía de verdad. Y aun así quería más.

—Pídelo —dijo ella.

—Métemelo... mételo ya —jadeé, desesperada.

Me escupió en el culo, me frotó la entrada con la punta de la polla del segundo hombre y, cuando ya estaba gimiendo como una perra, él empujó. Entró despacio al principio, abriéndome a la fuerza, arrancándome una queja ahogada. Me agarré al pecho del que me follaba el coño y abrí más la boca para no chillar.

—Eso es, aguanta —dijo el de abajo, sin dejar de embestir.

Cuando por fin la tuvo dentro hasta la mitad, la mujer me acarició la cara casi con ternura. Después vino el resto. Otro empujón, luego otro, hasta que sentí las dos pollas dentro de mí. Coño y culo llenos. El cuerpo entero vibrando por la presión.

Ahí perdí cualquier resto de control.

Empezaron a moverse alternándose primero, para que me adaptara, y luego casi al mismo tiempo. Uno me follaba el coño con golpes duros que me hacían rebotar; el otro me abría el culo detrás de cada gemido. Yo apenas podía respirar entre la polla que me daban a chupar, las manos de la mujer en mis tetas y la brutalidad deliciosa de tener ambos agujeros ocupados.

—Mírala cómo recibe —dijo ella—. Se derrite cuando la usan.

Y sí. Me estaba derritiendo. Tenía el clítoris latiendo, el vientre duro, la cabeza ida. Cada embestida me arrancaba un gemido más obsceno que el anterior. La mujer me pellizcó un pezón y me frotó el clítoris con dos dedos rápidos, precisos, sin darme respiro. Eso fue lo que me remató.

Me corrí con un grito largo, descontrolado, apretándome alrededor de la polla que tenía en el coño mientras el culo seguía tragando la otra. Temblé entera. Me arqueé. Noté cómo me corría a chorros, mojándome más los muslos, el sofá, las manos de quien me tocaba. Pero ellos no pararon. Al contrario. Aprovecharon mis espasmos para follarme todavía más fuerte.

—Otra —ordenó la mujer—. Todavía tienes otra.

Yo habría dicho que no podía, pero mi cuerpo no estaba de acuerdo. Me giraron de costado, luego me pusieron de nuevo a cuatro patas, y siguieron. Cambiaron posiciones con una naturalidad brutal: uno pasó a mi boca, el otro a mi coño, y el que había estado en mi culo volvió a entrar allí después de escupirse la polla. Cada cambio era una nueva humillación y un nuevo premio.

La mujer me inmovilizó las muñecas a la espalda con una cinta de tapicería que sacó de una bolsa de herramientas. No apretó de más, pero bastó para dejarme totalmente a su merced. Sin manos, con el culo abierto, la boca ocupada y la cara pegada al respaldo, fui solo cuerpo: agujeros, gemidos, saliva, placer.

—Ahora sí estás donde querías —me dijo.

Tenía razón. Yo había abierto la puerta medio desnuda. Yo había dejado la invitación flotando en el aire. Y ahora estaba ahí, atada y follada por dos hombres mientras una mujer decidía el ritmo. No había nada accidental en mi calentura. Solo una fantasía encontrada de la manera más salvaje.

El segundo orgasmo me vino más hondo. No por el clítoris esta vez, sino por la suma brutal de dolor y placer del culo, por la polla en la garganta, por el pecho golpeando el sofá, por las órdenes, por la sensación de estar completamente usada. Grité con la cara hundida en el cojín y me corrí otra vez, sacudiéndome entera.

El hombre de mi boca fue el primero en correrse. Me sujetó la nuca y me la metió hasta el fondo mientras descargaba. Sentí los chorros espesos en la garganta. Tragué lo que pude; algo me resbaló por la comisura y la mujer lo recogió con dos dedos para meterlo de nuevo entre mis labios.

—No desperdicies nada.

El que me follaba el coño salió justo después y me empujó hasta dejarme sentada al borde del sofá. Empezó a pajearse delante de mi cara. El tercero se colocó a su lado, también duro todavía, respirando deprisa. La mujer agarró el postre que yo había dejado en la cocina y lo puso en un plato frente a ellos, riéndose al entender enseguida para qué lo quería usar antes de que aparecieran.

—Perfecto —dijo—. Que terminen aquí.

Me hizo agarrarles las pollas, una en cada mano. Las moví arriba y abajo mirando cómo se tensaban. El primero no tardó. Se corrió con un gruñido, soltando una corrida abundante sobre el postre. El segundo lo imitó segundos después, cubriéndolo también. Yo los miraba fascina, todavía con las piernas abiertas y el coño latiendo.

La mujer me sujetó por la barbilla.

—Límpialos.

Obedecí. Primero lamí las puntas, recogiendo lo último de semen que les quedaba. Luego me incliné hacia el plato y saqué una porción con la lengua. El contraste entre el dulce y la leche espesa me provocó un gemido casi ridículo. Ellos se rieron. Yo seguí lamiendo, sin dignidad y sin ganas de recuperarla.

Después me soltaron las muñecas. La marca leve de la cinta me rodeaba la piel. La mujer me acarició el pelo y me besó la frente, un gesto inesperado después de tanta crudeza. Pero su voz siguió igual de firme.

—Ahora te quedas así un rato, recordando quién mandó aquí.

Asentí sin hablar. No tenía fuerzas para otra cosa.

Se vistieron sin prisa. Mientras recogían sus herramientas y comprobaban el sofá, yo seguía desnuda, abierta de piernas, con el cuerpo temblando por los restos de los orgasmos y el culo todavía sensible. Antes de salir, uno de ellos me dio otra palmada en la nalga, esta vez casi cariñosa. La mujer fue la última en acercarse.

—Cierra bien cuando te acuerdes de volver al mundo —dijo.

Y se fueron.

La puerta se cerró y el piso quedó en silencio. Miré el salón revuelto, la funda arrugada, mis mallas en el suelo, los pepinos olvidados a un lado, el plato manchado. Tenía semen secándose en la boca, en el pecho, en los muslos. Tenía las rodillas rojas, la garganta castigada y el cuerpo satisfecho de una forma brutal y completa.

Me llevé dos dedos al coño y comprobé lo hinchada y sensible que estaba todavía. Luego al culo, con una mueca de placer cansado. Sonreí sola, sucia, agotada, feliz.

Lo que iba a ser una paja salvaje después del gimnasio terminó convirtiéndose en la tarde más bestia de mi vida. Y lo peor, o lo mejor, era que mientras me limpiaba y recogía el salón, no podía dejar de pensar una sola cosa: si ese sofá volvía a necesitar arreglo, yo iba a abrir la puerta todavía más rápido.

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Comentarios(7)

MarisolTucuman

Que relato!!! me tuve que leer dos veces jajaja. Muy bueno!!!

LucianoR77

Excelente, espero la segunda parte!!! Quede con muchas ganas de saber mas

tapizadoFan

Ahora cada vez que venga alguien a arreglarme algo en casa lo voy a ver con otros ojos jajajaj

Tati_Lectora

Me encanto como esta contado, se siente muy real. Seguí escribiendo por favor!

DanielaCba

Me recordo a una situacion que tuve yo hace años, algo similar aunque mucho mas tranquilo jeje. Muy buen relato.

SantiRdz

Buenisimo pero como termino todo? quedaron en verse de nuevo o fue una sola vez??

NocheSalvaje_ok

Para esa categoria es de los mejores que lei aca. El morbo esta bien dosificado, ni se pasa ni se queda corto. Enhorabuena

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