Mi inquilina aceptó mis reglas a cambio de quedarse
Siempre había cargado con un deseo que no me atrevía a confesar en voz alta: el de ser dueño de una mujer joven, guiarla, moldearla a mi medida hasta que aprendiera a obedecer sin que yo tuviera que repetir una orden. Es la clase de impulso que, por mucho que lo reprimas, termina por consumirte desde dentro.
Esta historia empieza el día en que ella apareció en mi puerta. Aunque, para ser justo, no surgió de la nada.
Unos meses después de quedarme viudo, me decidí a alquilar una de las habitaciones de la casa. El silencio pesaba demasiado y la compañía de un viejo gato no bastaba para llenarlo.
De todos los candidatos que entrevisté aquella semana, me quedé con una pareja. O, para ser más exacto, me quedé con ella.
El chico no me transmitía nada. Era de esos hombres que pasan por la vida sin dejar huella. Ella, en cambio, era lo más adorable que había visto en mucho tiempo.
No podía disimular que venía de buena familia: educada, atenta, complaciente. Y guapísima. Cómo un tipo tan gris como aquel había acabado con una mujer así seguía siendo un misterio para mí.
Quedé tan prendado que les rebajé el precio de la habitación solo para asegurarme de que no rechazaran el trato.
—Pues hecho —dijo él.
—Hecho —respondí yo, mirándola a ella.
No tardaron nada en mudarse. Llegaron con cuatro maletas de ropa y poco más.
Andrés trabajaba en un taller a las afueras, de la mañana a la noche. Volvía tan agotado que mi mayor temor —oírlos follar en la habitación de al lado— nunca llegó a cumplirse.
Lucía, en cambio, estudiaba en la universidad. Desayunábamos juntos y tenía las tardes libres.
Empezamos a pasar el tiempo juntos. No al principio, claro.
Los primeros días era celosa de su intimidad. Se encerraba en su cuarto en cuanto él se iba y no salía hasta que regresaba. Una barrera que fui erosionando, taza a taza, en aquellos desayunos lentos. Tardó mes y medio en caer.
***
Aquella mañana Lucía no tenía clase. La época de exámenes había terminado y no me apetecía verla otra vez encerrada entre cuatro paredes.
Así que la invité a salir.
—No es una cita —aclaré—. Solo salir un rato. Comprarte algo de ropa, porque llevas la misma desde que llegaste. Tomar un helado.
—Suena a cita —dijo, sonriendo de medio lado.
—Sí, suena a cita. ¿Quieres tener una cita conmigo?
Aceptó.
Se puso una camisa blanca y una falda negra que le marcaba el culo con una precisión que me hizo apretar los dientes. La salida se convirtió en una cita en toda regla. Tal y como había previsto, Lucía disfrutó probándose modelos, eligiendo prendas, comiéndose un helado en un banco del parque, bajo la sombra de un plátano.
Lo pasamos tan bien que se nos hizo tarde para volver.
Andrés ya estaba en casa, esperándonos. Él y sus celos.
No dijo nada. Nos miró a los dos y se marchó dando un portazo.
Lo entendí perfectamente. Un hombre incapaz de cuidar a su mujer no merecía conservarla.
Lucía no salió tras él. Se encerró en su cuarto y no apareció hasta el día siguiente, con un vestido rosa precioso.
Yo estaba en la cocina, tomándome un café.
—Tengo que contarte una cosa —dijo desde la puerta.
—Sé que te enamoraste de ese chico, que te escapaste de casa por él y que ahora no puedes volver. Lo único que no entiendo es qué viste en él.
Ella bajó la mirada.
—¿Vas a echarme?
—No. Pero no pienso tenerte aquí gratis. —Dejé la taza sobre la encimera y la miré sin pestañear—. Quiero que seas mía. Que aprendas a obedecer. Soy un hombre exigente, y creo que eso ya lo intuías. Si no aceptas, la puerta está abierta: puedes irte con tu novio o volver a casa de tus padres.
—¿Y si acepto?
—Entonces ponemos una regla antes que ninguna otra. Una palabra. La dices y todo se detiene en el acto, sin preguntas. ¿La quieres?
—Sí —murmuró—. Quiero esa regla.
—Elígela tú.
—Invierno.
Invierno. Me gustó. Fría, clara, imposible de confundir con un gemido.
—Bien. Mientras no digas «invierno», eres mía. ¿Lo entiendes?
Lucía se quedó clavada en el sitio mientras yo daba otro sorbo, esperando.
—Lo entiendo —dijo al fin.
***
—Descálzate y acércate a mí.
Llevaba unas sandalias de tacón fino. Se las quitó despacio y dejó los pies desnudos sobre las baldosas.
Avanzó paso a paso, como si notara que su mundo entero se desmoronaba para dar lugar a otro distinto.
No me moví hasta que estuvo a mi altura. Entonces me levanté y me coloqué detrás de ella.
Le tomé las manos y las apoyé sobre la mesa, una junto a la otra.
—Si quieres parar, ya sabes la palabra —le recordé al oído, apartándole el pelo del cuello.
Lucía no la dijo.
Deslicé las manos bajo su falda y le acaricié la piel tibia de los muslos antes de enganchar el elástico de sus bragas con los pulgares. La prenda resbaló por sus piernas hasta el suelo y ella dio un pasito para sacar los pies. Le subí la falda hasta la cintura y dejé su culo desnudo al aire de la cocina. Era un culo joven, firme, dos nalgas redondas que se estremecieron cuando les pasé la palma abierta.
—Sepárate más —le dije, y le di un cachete seco en la nalga derecha.
Lucía obedeció con un gemido apagado. Le incliné el torso hacia delante hasta que las tetas le quedaron aplastadas contra la madera y le separé las piernas con la rodilla, abriéndosela como si fuese un animal en celo. Bajé la mano y le pasé dos dedos por el coño. Estaba mojado, empapado, tanto que se me resbalaron los dedos al primer intento. La mocosa llevaba días fantaseando con esto, y ahora su cuerpo la delataba.
—Mírate —le susurré—. Chorreando por mí antes de que te haya hecho nada.
Le metí un dedo hasta el fondo, luego dos, y noté cómo su coño se cerraba alrededor con avidez. Los saqué brillantes, se los pasé por los labios y le hice chuparlos.
—Este es tu sabor. Acostúmbrate a él, porque vas a tenerlo mucho en la boca a partir de ahora.
Ella los lamió sin apartar la mirada. Me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón. La polla me salió dura, gruesa, con la punta ya húmeda. Se la froté entre las nalgas, la deslicé por el surco y bajé hasta apoyarla en la entrada de su coño.
La penetré de una vez, hasta el fondo, sin miramientos.
Lucía soltó un grito ahogado y le fallaron un momento las piernas. Su coño era estrecho, ardiente, un guante que se me cerraba en cada centímetro. Hacía demasiado tiempo que no sentía un cuerpo tan joven, tan estrecho, tan dispuesto. La agarré por las caderas y empecé a follármela con embestidas largas, sacándosela casi entera antes de volver a metérsela de golpe.
—Así —jadeé—. Aprende cómo folla un hombre que sabe lo que quiere.
Lucía gemía cada vez que la embestía, y sus dedos se aferraban al canto de la mesa hasta ponerse blancos. La madera crujía con cada envión. Alargué la mano por su espalda y la agarré del pelo, enrollándomelo en el puño. Empecé a acompañar cada empujón con un tirón firme, midiendo la fuerza, atento a su cuerpo. Le arqueé la espalda tirando hacia atrás hasta que su culo quedó ofrecido en el ángulo perfecto para clavármela más profundo.
No se quejó. No protestó. Solo soltó un gemido largo y se entregó al ritmo.
—Dime que eres mía —le ordené, sin dejar de embestirla.
—Soy tuya —jadeó.
—Otra vez. Más fuerte.
—¡Soy tuya! ¡Soy tuya, señor!
La palabra «señor» le salió sola, sin que yo se la pidiera, y me puso la polla más dura si es que eso era posible. Le solté el pelo, le agarré las dos nalgas con las manos abiertas y se las separé para verme entrar y salir. Su coño me chupaba, se resistía a soltarme, brillaba de flujo alrededor de mi verga. Estaba convencido de que era la primera vez que un hombre la trataba así. La primera vez que se sentía dominada, sostenida, dueña de nada salvo de aquella palabra que no llegaba a pronunciar.
Era justo lo que necesitaba. Sentir que pertenecía a alguien. Que se había entregado por voluntad propia.
La embestí más rápido, más hondo, hasta que noté que su coño empezaba a temblarme alrededor. Lucía gritó contra la mesa, se corrió con un espasmo largo que le sacudió las piernas, y esa contracción me arrastró a mí también. Le clavé los dedos en las caderas y me corrí dentro con un gruñido, chorro tras chorro, vaciándome hasta la última gota en aquel coño joven que ni siquiera acababa de aprender a ser mío.
Cuando terminé, salí de ella despacio. Un hilo espeso de semen le resbaló por la cara interna del muslo. Le pasé el pulgar, lo recogí y se lo llevé a la boca. Ella lo chupó sin apartar los ojos.
—Buena chica —murmuré, y le bajé la falda con una calma deliberada, atrapándole la corrida entre los muslos.
—Date la vuelta.
Obedeció. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—Sígueme.
Lucía no hizo preguntas. Descalza, despeinada, con el olor a follada todavía pegado a la piel y mi semen escurriéndole entre las piernas, me siguió por el pasillo hasta el estudio.
***
De un cajón saqué una gargantilla de cuero negro, estrecha, con una hebilla pequeña. La sostuve frente a ella.
—Esto no es un adorno —dije—. Mientras lo lleves puesto, eres mía. Cuando te lo quites, vuelves a ser libre. ¿Lo quieres?
Lucía me miró un instante eterno. Después bajó la barbilla, ofreciéndome el cuello.
Se lo abroché despacio, ajustándolo lo justo para que sintiera su peso sin que la incomodara.
—Desnúdate. Entera.
Se desabotonó el vestido rosa con dedos temblorosos y lo dejó caer al suelo. Debajo no llevaba nada: las bragas se habían quedado en la cocina. Sus tetas eran pequeñas, firmes, con los pezones rosados y ya erectos. Un triángulo oscuro de vello recortado le adornaba el pubis, todavía húmedo de mi corrida.
—Arrodíllate.
Se dejó caer sobre la alfombra, las rodillas juntas, las manos apoyadas en los muslos. Lo hizo con una naturalidad que me sorprendió, como si su cuerpo llevara mucho tiempo esperando aquella orden.
—Separa las rodillas. Una puta no cierra las piernas delante de su dueño.
Las separó al instante, exponiendo el coño enrojecido, brillante. Me acerqué. Me saqué la polla otra vez, todavía manchada de nuestros dos fluidos, y se la puse a un dedo de los labios.
—Abre la boca. Y límpiala.
La abrió. Le metí la punta y ella cerró los labios alrededor con timidez, saboreándose a sí misma mezclada conmigo. Empecé a empujar despacio, hundiéndosela un poco más en cada envión, dejando que la lengua me recorriera con un hambre que ni ella parecía esperar de sí misma. La sujeté del pelo con las dos manos, no para forzarla, sino para marcar el ritmo, para que aprendiera el mío.
—Despacio —ordené—. Quiero que aprendas a tomarte tu tiempo. Chúpamela como si fuera lo único que sabes hacer en la vida.
Lucía obedeció. Aflojó el ritmo, levantó los ojos hacia mí y siguió, atenta a cada gesto de mi cara, buscando en él la aprobación. Sacaba la lengua para lamerme por debajo, me la envolvía con los labios, se la metía hasta que la sentía tocarle el fondo de la garganta y arcadeaba, pero no la sacaba. Volvía a hundirse. Aprendía. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla y le caía sobre las tetas.
—Las bolas también —le dije, y ella bajó la boca sin dudar, se las lamió una a una, se las metió entre los labios con una devoción que me hizo apretar el puño en su pelo.
—Eres mía. Puede que aún no lo hayas asimilado del todo —le dije, acariciándole la mejilla con el pulgar, sintiendo cómo mi propia polla la abultaba por dentro—, pero lo eres. Y vas a aprender a disfrutarlo.
—Sí, señor —murmuró en cuanto la dejé hablar, y la palabra le salió desde algún lugar muy hondo, como si llevara toda la vida guardándola. Después volvió a abrir la boca y se la metió ella misma, hasta el fondo, sin que yo se lo pidiera.
***
Le ordené que se tumbara boca arriba sobre la alfombra y que se ofreciera. Lucía separó las piernas sin que tuviera que repetirlo, expuesta por completo, con la gargantilla negra brillando contra su cuello y el coño abierto de par en par, todavía chorreando semen y saliva.
De la pared descolgué una fusta fina de adiestramiento. Vi cómo seguía cada uno de mis movimientos con la respiración contenida.
—Si es demasiado, ya sabes qué decir —le recordé una vez más.
—No voy a decirlo —respondió.
Dejé caer la fusta sobre sus tetas primero, un latigazo seco que le cruzó los dos pezones. Ella arqueó la espalda con un grito. Le di otro en el otro pecho, y luego bajé a los muslos, marcándole la piel de líneas rosadas. Cada golpe la hacía saltar, y con cada salto sus tetas rebotaban y el coño se le contraía de puro reflejo.
Bajé la fusta sobre su sexo expuesto. Un golpe seco, medido, plano contra los labios hinchados. Lucía dio un respingo y soltó un gemido que era mitad dolor, mitad otra cosa. Un chorrito de flujo le brotó del coño y le manchó la alfombra.
—Mira lo que sale de ti —le dije—. Te gusta. Estás disfrutando como una perra.
Volví a hacerlo. Y otra vez. Espaciando los golpes, observando cómo su cuerpo se tensaba y se relajaba, cómo aprendía a esperar el siguiente, cómo el dolor y el placer se le mezclaban hasta que no sabía distinguirlos. Le pegué justo sobre el clítoris hinchado y ella gritó, se retorció, pero no cerró las piernas. Ni una sola vez las cerró.
Entre golpe y golpe le acariciaba la cara interna de los muslos, le pasaba dos dedos por el coño empapado, le pellizcaba el clítoris con el pulgar y el índice, y le devolvía la calma justo antes de retirarla de nuevo. Lucía gemía, arqueaba la espalda, buscaba mi mano con las caderas, se follaba el aire.
—Por favor —jadeó.
—¿Por favor qué? Dilo con todas las letras.
—Por favor, señor. No pare. Máteme a azotes. Fólleme. Lo que quiera. No pare.
Solté la fusta. Le hundí tres dedos en el coño de una vez y con el pulgar le trabajé el clítoris con círculos rápidos. Ella se retorció, se agarró a mis muñecas, se movió contra mi mano perdida de vergüenza. Le metí un cuarto dedo. La follé con la mano entera mientras con la otra le apretaba una teta y le retorcía el pezón.
—Córrete —le ordené—. Córrete ahora mismo, delante de mí, como la puta que eres.
Y se corrió. Se corrió con un grito largo que llenó el estudio, con las piernas temblándole abiertas, con el coño apretándome los dedos en espasmos que no se acababan. Un chorro tibio me empapó la muñeca. Siguió corriéndose hasta que el placer la recorrió de los pies a la nuca y se quedó quieta, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza.
Le saqué los dedos despacio y se los pasé por los labios. Ella los chupó uno a uno, agotada, sonriendo. Me arrodillé a su lado. Le retiré el pelo de la frente sudada y le acaricié la mejilla hasta que su respiración volvió a la normalidad.
—¿Sigues aquí? —pregunté en voz baja.
—Sigo aquí —contestó, y se apretó contra mi mano como un gato que reclama caricias.
No dijo «invierno» aquella tarde. Ni esa semana. Ni en muchos meses.
Lucía siguió viviendo bajo mi techo y bajo mis reglas, y poco a poco dejó de necesitar que yo le recordara quién era. La gargantilla se convirtió en su segunda piel, y cada mañana, al ponérsela frente al espejo, sabía exactamente lo que era y lo que quería ser.
Yo, que llevaba tanto tiempo creyendo que aquel deseo me consumiría sin remedio, descubrí que compartirlo con alguien que lo deseaba tanto como yo era la forma más dulce de saciarlo.





