Mi tía Casilda me enseñó obediencia en el almacén
Me crie en un pueblo perdido del norte, uno de esos lugares donde el tiempo parece haberse detenido entre la niebla y los campos. La vida allí era tan tranquila que aburría: unos vivían de la siembra, otros del ganado, y los más afortunados tenían un puesto en la fábrica de las afueras. En mi casa nos dedicábamos al cultivo, aunque la verdad es que todo se lo debíamos a mi tía Casilda. Sin ella, mi madre y yo no habríamos sobrevivido a la deuda que dejó mi padre el día que se largó.
Decían que mi familia estaba maldita con los hombres. Primero murió mi tío Anselmo de una enfermedad larga, y todas sus tierras pasaron a manos de su viuda, mi tía Casilda. Un año después, mi padre nos abandonó por otra mujer y por la promesa de una ciudad más grande. Mi madre empezó entonces a trabajar para mi tía, cultivando hortalizas en aquellas tierras tan fértiles que tenían clientes en todos los pueblos vecinos. El negocio rendía bien. Mi tía nos salvó, y nunca dejó que lo olvidáramos.
Yo, en cambio, salí clavado a mi padre. Un holgazán sin modales, un sinvergüenza que se pasaba el día con los amigos y huía del campo como de la peste. Odiaba el trabajo y odiaba todavía más a mi tía Casilda. Procuraba no acercarme a su finca, aunque mi madre se dejara la espalda allí de sol a sol.
Mi tía tenía por entonces unos sesenta años, y era una mujer enorme. En el pueblo la llamaban «la montaña», por su peso y su envergadura. Comer era uno de sus mayores placeres, de ahí que pasara con holgura los cien kilos. Pero no había en ella nada de torpe: se movía con una agilidad que desconcertaba, trabajando sin descanso al lado de mi madre. Lo que de verdad la definía era su carácter. Tenía un temperamento de mil demonios, siempre malhumorada, dando voces y órdenes. Detestaba cómo trataba a mi madre, una mujer dócil y crédula a la que mi tía reprochaba a diario su debilidad.
En las tierras trabajaban siete mujeres, contándola a ella, y por eso en el pueblo las apodaban «las siete labradoras». Mi madre era la segunda al mando, una ventaja por ser la hermana pequeña de la dueña. Completaban el grupo Nuria, la más joven y guapa de todas; su madre, doña Remedios, la más veterana; y Brígida, sobre la que corría una historia que pocos se atrevían a contar en voz alta. Se decía que años atrás robó dinero de la caja y que mi tía la azotó con un látigo hasta dejarle el trasero marcado. Yo no me creía del todo aquel cuento, pero mi madre juraba que era cierto, y que Brígida seguía trabajando allí, fiel y callada, desde aquel día.
***
El detonante de todo llegó durante las fiestas del pueblo. Aquella noche bebí más de lo que mi cuerpo aguantaba, y entre el alcohol y la estupidez de mis amigos tomamos una decisión absurda que acabó fatal. No pienso relatar lo que hicimos; todavía hoy me da vergüenza. Solo diré que a primera hora de la mañana un coche de la policía me dejó en casa, en un estado deplorable y con una denuncia por robo y destrozos a mis espaldas.
Mi madre se derrumbó. En lugar de pedir perdón, me enzarcé con ella y le eché la culpa de todo, como el miserable que era. Mientras lloraba, sonó el teléfono. Era mi tía Casilda, que la esperaba en las tierras para unas labores. Se oían sus gritos a través del auricular. Mi madre, entre sollozos, le contó lo ocurrido, y la voz de mi tía subió hasta volverse un trueno.
—Otra vez tendré que pagar yo las consecuencias —rugía—. La multa, los destrozos, todo… y tú sin hacer nada. Una y otra vez.
Hubo un silencio, y luego habló con una calma que asustaba más que sus gritos.
—Esta tarde se acaba el disparate. Dile a tu hijo que venga a verme. Voy a arreglarlo como debí hacerlo hace años.
Por primera vez, mi madre no me defendió.
***
No quería ir, pero no tenía elección: mi tía era la dueña del negocio que nos mantenía. Imaginaba la escena de siempre. Ella gritando, yo agachando la cabeza, asintiendo, y marchándome sin más. No podía estar más equivocado.
Llegué a la finca en el peor momento. Mi tía estaba en la puerta discutiendo con un hombre al que reclamaba una deuda, y le advertía que no le vendería ni una hortaliza más hasta que pagara. El pobre prácticamente huyó. Entonces ella giró la cabeza y me vio plantado allí, esperando. Me clavó una mirada cargada de odio.
—Vuelvo otro día, tía —dije, y me di la vuelta para escapar como había hecho aquel hombre.
—¡Quieto ahí! —Su voz me frenó en seco—. Hoy soluciono el problema de raíz. Te aseguro que no vuelves a meterte en líos.
La seguí a través de las tierras embarradas. Pensé que íbamos a su casa, pero no. Caminaba detrás de su cuerpo voluminoso, observando su indumentaria de trabajo: el delantal corto y azul que le dejaba al aire los brazos y las piernas robustas, y las botas de goma manchadas de barro hasta la rodilla. Las últimas lluvias habían encharcado los campos. Con cada paso el delantal se le pegaba al enorme culo, marcándole las bragas por debajo de la tela, y aunque intentaba apartar la vista se me iban los ojos a aquellas nalgas descomunales que se mecían por el sendero.
Nos detuvimos frente al almacén donde se guardaban los aperos. Me indicó que entrara. Era una nave amplia, con estantes repletos de herramientas y trastos arrinconados, y un espacio despejado en el centro. Mi tía entró detrás de mí, cerró la puerta y echó la llave por dentro. Se guardó el manojo en el bolsillo del delantal.
¿Por qué cierra con llave?
El miedo me subió por la garganta. Siempre me creía el rey del mundo hasta que llegaba el momento de la verdad; entonces me temblaban las piernas como a un crío.
***
Mi tía agarró un saco de una de las estanterías y arrastró una silla hasta el centro. Se sentó y empezó a calzarse unos guantes de goma largos, de esos sucios de faena. Sus brazos eran tan carnosos que la goma entraba a duras penas, chirriando, y los ajustó hasta el codo de un tirón. Yo la miraba sin entender qué pretendía. Entonces se levantó el delantal hasta la cintura, dejando al descubierto aquellos muslos enormes, blancos y llenos de estrías, y plantó las manos enguantadas sobre las rodillas. Entre la sombra de sus piernas alcancé a ver el bulto de las bragas blancas de algodón, tensas, hundiéndose entre pliegues de carne.
—Bájate los pantalones y túmbate sobre mis piernas. Voy a enseñarte a comportarte.
Comprendí que pretendía azotarme como a un niño. Me giré hacia la puerta en un acto reflejo, aunque sabía que estaba cerrada. Mi tía se levantó como un toro. Su cuerpo se me echó encima y noté su mano metiéndose por la cintura del pantalón, buscándome por detrás. Me agarró los testículos desde atrás y apretó con una fuerza brutal, aplastándome los huevos entre los dedos enguantados como si quisiera reventármelos. El dolor me dobló en dos. Habría hecho cualquier cosa con tal de que aflojara.
Me condujo hasta la silla sin soltarme, y me tumbó boca abajo sobre sus rodillas. Sacó del saco un collar de perro grueso y me lo ciñó al cuello. Después me ató las muñecas a la espalda con una cuerda, con la soltura de quien lo ha hecho muchas veces, y enganchó mis manos atadas a la anilla del collar. Quedé inmovilizado, con la cabeza colgando boca abajo y el culo al aire. Solo alcanzaba a ver sus botas embarradas.
Pasó una de sus piernas por encima de mí, como una tijera, y metió la mano enguantada en el saco. Sacó un cepillo de madera, de los de pelo.
El primer golpe sonó como un disparo. La madera se estrelló contra mi piel y un latigazo de dolor me recorrió entero.
—¡Suéltame! —grité, sin poder moverme un milímetro.
Se detuvo un instante. Creí que había desistido, pero solo se levantó para quitarse las bragas por debajo del delantal, deslizándolas por aquellas piernas hasta sacarlas por las botas. Eran unas bragas blancas y anchas, y desde donde estaba vi la mancha amarillenta del entrepierna, oscurecida por el sudor de la jornada, con un cerco húmedo aún fresco. Un olor espeso, ácido, a coño sudado de mujer de sesenta años en pleno trabajo, me llegó de golpe. Volvió a colocarme sobre sus rodillas y me las acercó a la cara.
—Si no sabes aguantar el castigo en silencio como un hombre, serás un comebragas.
Me las metió en la boca a la fuerza, empujándolas con dos dedos enguantados hasta que se me atragantaron. Estaban empapadas de una humedad tibia, sucias de toda una jornada de trabajo, y el sabor —salado, ácido, con un fondo dulzón a coño y a sudor rancio— me revolvió el estómago. Traté de escupirlas y ella me apretó las mandíbulas por fuera, obligándome a chuparlas como si fueran una teta. Con aquella mordaza repugnante atascada entre los dientes, retomó la tanda de azotes con el cepillo, una y otra vez, hasta que el dolor dejó de tener forma. Cada golpe me hacía apretar la lengua contra la tela, y cada apretón me llenaba la boca de más jugo suyo. Chupaba su coño sin querer, tragando el sabor de aquella mujer que me había humillado la vida entera.
***
Intenté escupir la mordaza con la lengua. Lo notó. Me incorporó un poco sobre sus rodillas y empujó la tela con los dedos enguantados hasta el fondo de mi garganta, y me selló los labios con la mano para que no pudiera expulsarla. Yo solo lograba emitir un quejido sordo mientras el cepillo seguía cayendo. Y entonces, colgando boca abajo, con el sabor de su coño en la lengua y el culo ardiendo, sentí la traición de mi propio cuerpo: la polla se me empezó a poner dura contra el muslo enorme de mi tía. Se me hinchó despacio, apretada entre la carne de sus piernas, y cada azote me la ponía un poco más tiesa. Recé para que no lo notara. Lo notó.
—Vaya, vaya. Al niñato se le empina mientras su tía le pega. —Se rió con una risa gruesa, subterránea—. Con que era eso lo que te faltaba en casa, ¿eh, bribón? Que una mujer te enseñara con la mano.
Me clavó la palma enguantada bajo el vientre, apretó y me pellizcó la polla dura por encima del pantalón bajado. Yo me removí como un pez ensartado, y ella se echó a reír más fuerte, mientras seguía descargando el cepillo con la otra mano.
Humillación e impotencia, eso fue todo lo que sentí. Y también placer, un placer sucio del que no podía ni siquiera avergonzarme en voz alta. Cuando me dejó el culo en carne viva, soltó el cepillo y se levantó. Pensé que por fin terminaba. Volvió a hurgar en el saco y sacó un látigo corto, negro, de varias trenzas de cuero. Recordé la historia de Brígida y entendí que era verdad.
Me dobló sobre el asiento de la silla, con el vientre pegado a la madera, y me encajó la cabeza entre sus muslos, de pie a mi lado. Los cerró con fuerza, apretando mi cara hasta dejarme casi sin aire. Yo ladeaba la cabeza buscando un resquicio por donde respirar, y al hacerlo la nariz se me hundió de lleno contra su coño desnudo, ese coño peludo, hinchado, empapado de sudor y de algo más resbaladizo, más espeso, que le brotaba de dentro. Estaba mojada. La muy hija de puta se estaba mojando con lo que me hacía.
—Te aseguro que no vuelves a desobedecer nunca más. Debí romperte el culo a azotes hace mucho tiempo, pero nunca es tarde.
Levantó mis manos atadas con una mano y con la otra descargó el látigo sobre la piel ya magullada. Aquella tarde conocí el infierno. El cuero mordía la carne, y yo lloraba como nunca, sin poder articular palabra, tragando aquel sabor inmundo. Cada latigazo me hacía respirar de golpe, y cada respirada me metía en la boca y en la nariz el olor de su coño encharcado. Con la lengua asomada a través de la mordaza, sin querer, sin poder evitarlo, le lamí las babas al conejo por el borde de los muslos. Ella se estremeció y apretó más fuerte los muslos contra mi cabeza, restregándose contra mi cara sin dejar de azotarme. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, con la polla dura como una piedra y la boca chorreando su humedad.
***
Cuando por fin abrió los muslos, respiré como un náufrago. Tenía la cara empapada, brillante, oliendo a coño de mi tía de la frente al mentón. Me agarró del pelo con el guante de goma y tiró hacia arriba, acercando su cara a la mía. Bajó los ojos hacia mi entrepierna y vio la polla erguida, marcada bajo la tela del calzoncillo, apuntando como una estaca.
—Mira lo que tiene el sobrino. Si es que ya sabía yo que eras un guarro, hijo. —Me apretó la polla por encima del calzoncillo, la envolvió con toda la mano enguantada y me la estrujó despacio, midiéndomela—. Un rabo bien duro para su tía. Esto también lo voy a domar, no te preocupes.
—A partir de ahora me obedeces en todo. Acatas mis órdenes y te comportas como un hombre. Si me desobedeces, ya sabes lo que te espera.
Me arrastró del pelo hasta un rincón y me puso de rodillas, la cara contra la pared.
—Aquí te quedas hasta que yo lo diga. Como te muevas, vuelvo a por el látigo.
Salió y echó la llave. Me dejó allí, atado, con los pantalones bajados y el culo destrozado, la polla aún dura latiéndome entre las piernas sin poder tocarla. El tiempo se arrastraba. Las rodillas me ardían contra el suelo de cemento, pero lo peor era aquella mordaza inmunda. Con la lengua, a base de empujar, conseguí escupirla. No debí hacerlo.
Volvió al cabo de una hora. Comprobó que seguía obediente en el rincón y se dispuso a desatarme. Al inclinarse, vio las bragas en el suelo.
—¿Por qué están aquí tiradas? ¿No te dije que, si no te portabas como un hombre, serías un comebragas? Pues ese será tu nombre a partir de hoy.
—Es que… sabían fatal y las escupí —balbuceé, sin saber que empeoraba las cosas.
Acababa de decirle que sus bragas apestaban, y la ofendí más todavía.
—Vaya, al señorito comebragas le dan asco las bragas sucias. Pues ahora sí que no te van a gustar.
Se acuclilló detrás de mí. La curiosidad pudo conmigo y giré la cabeza: se había levantado el delantal hasta la cintura, con las piernas abiertas en cuclillas, y estaba restregándose la tela de las bragas por todo el sexo y el culo con movimientos amplios, sin prisa. Le vi el coño peludo, gordo, con los labios oscuros y colgones, abierto entre los dedos por su propia mano. Metió la tela entre los labios del coño y frotó adentro, empapándola bien, hasta que la sacó chorreando de un jugo blanquecino y espeso. Luego pasó las bragas por la raja del culo, restregándolas arriba y abajo contra el agujero moreno, y las dejó marrones por un lado y transparentes por el otro. Se me puso la polla dura al instante otra vez, como un imbécil.
—¡Ni se te ocurra darte la vuelta!
Dos bofetadas brutales me devolvieron la cara al rincón. Luego me ordenó abrir la boca y volvió a meterme la mordaza, ahora mucho peor, empapada de sus flujos, cargada de un sabor a coño y culo mezclados que casi me hizo vomitar. La selló con cinta americana. Esta vez no había forma de escupirla. Con cada respirada por la nariz me entraba su olor entero, y con cada tragada de saliva se me colaba en la garganta el sabor de lo que tenía entre las piernas.
—Ahí lo tienes, comebragas. Chupa bien, que te va a durar toda la tarde.
En aquel momento entendí algo. Mi tía no hacía todo eso solo para darme una lección: lo disfrutaba. Ejercer poder, castigar, humillar, marcar a un hombre con su sabor y su olor… era un placer para ella. Se le notaba en la voz enronquecida, en el brillo de los ojos, en la humedad que le corría por los muslos gruesos aun después de haberse limpiado. Llevaba demasiado tiempo sin saciar esa sed, y yo había despertado su lado más oscuro.
***
Lo que ella no supo ver fue que, mientras me convertía en su víctima, en mí nacía algo que tampoco comprendía. De rodillas, amordazado con la humedad de su coño entre los dientes, con el culo en llamas y la polla dura goteando babas, empecé a sentir por mi tía Casilda una mezcla extraña de miedo y deseo. Me había enamorado de su crueldad, de sus muslos gordos apretándome la cara, de sus bragas sucias y del sabor amargo de su sexo. Necesitaba a alguien que mandara en mi vida con mano de hierro, alguien que me atara, me azotara, me obligara a comerle el coño hasta que se corriera encima de mi boca. Y esa persona era ella.
Regresó dos horas después. Las rodillas me sangraban contra el cemento. Se agachó, me arrancó la cinta de un tirón que me llevó pelos de la cara, y me sacó las bragas de la boca. Yo tenía la barbilla brillante de saliva y de sus flujos ya secos.
—Mañana empiezas a trabajar en la finca. Se acabó holgazanear. Me obedecerás sin rechistar. Y si veo que no trabajas duro, volveré a por el látigo. Comprobaremos qué se rompe antes, si el cuero o tu culo.
Se guardó las bragas empapadas en el bolsillo del delantal, me miró la polla todavía tiesa por última vez, sonrió con desprecio y me soltó las cuerdas.
Mis días de delincuencia habían terminado. A la mañana siguiente me presenté en las tierras de mi tía a aprender el oficio, con el culo aún morado y el sabor de su coño pegado al paladar como si no se fuera a ir nunca. Pero aquello solo fue el principio. Conocí de verdad a las siete labradoras, y me adentré en problemas mucho más graves y placenteros de los que ya os iré contando.





