Mi hermana descubrió mi fetiche y decidió castigarme
[Todos los personajes de este relato son mayores de edad]
[Bruno]
Tengo secretos que me avergüenzan un poco. Quizá por no haber estado nunca con nadie fui acumulando fetiches algo raros, que empezaron suaves y se fueron torciendo. Primero buscaba videos donde mandaba la mujer; después pasé a cosas más bruscas, golpes, castigos, sumisión masculina. Y cuando creí que ya no podía complicarse más, empecé a leer historias de hermanos. Fue entonces cuando comencé a mirar a Nadia de otra manera.
Nuestra relación siempre fue distante. Yo me encerraba en mi cuarto, ella en el suyo. Hablábamos poco, casi siempre en la mesa, y aun así con el teléfono en la mano. Es muy linda: piel morena clara, pelo negro espeso que cuida como un tesoro, herencia de nuestra madre. Por la casa anda con ropa mínima, pantalones cortísimos y blusas flojas, a veces sin nada debajo.
Como si alguien hubiera apretado un interruptor, mi cabeza empezó a registrar cada detalle. Antes le decía fea solo para fastidiarla; ahora me obligaba a no mirarle el pecho durante la cena, y cuanto más me obligaba, más pensaba en él. Cuando bajaba la escalera a las apuradas y todo se sacudía bajo la tela, era casi hipnótico. Evitarlo me volvía obsesivo. Fijaba la vista en cualquier cosa cercana y la espiaba de reojo, mientras todo el cuerpo me pedía mirar de frente. Era una tortura.
***
[Nadia]
Otra vez el idiota de mi hermano me miró durante la cena. Una fracción de segundo, pero estoy segura. Después finge que no, para no buscarse problemas. Si soy honesta, me causa gracia que quiera mirar y no pueda, porque soy su hermana.
De chicos jugábamos todo el tiempo. Tirábamos piedras a las botellas en el patio, me acompañaba al quiosco y me compraba caramelos con su mesada. Nos queríamos mucho, pero los años nos fueron separando aunque vivamos bajo el mismo techo. Una madrugada bajé por agua y, al pasar por su puerta siempre entreabierta —odia sentirse encerrado—, escuché un roce de telas. Me asomé apenas y entendí qué era. El edredón se movía con un ritmo que no había oído nunca en vivo, pero que reconocí enseguida. Había un resplandor azulado: estaría mirando algo con los auriculares puestos.
Desde ahí supe que mi hermano había cambiado. Y yo también. No tenía nada de malo, pero sentí que las cosas nunca volverían a ser como antes. Lo raro es que, además de la pequeña decepción, me quedó la curiosidad. ¿Qué demonios miraba?
***
La oportunidad llegó una noche, cuando ya nos íbamos a dormir y mamá le gritó desde abajo.
—¡Bruno, no sacaste la basura!
—¡Me olvidé! ¡Mañana la saco! —contestó él a los gritos.
—No, mañana pasan temprano. Hacelo ya.
Caminé hacia mi cuarto. Tardó un rato en salir; supongo que lo molestó que lo interrumpieran. En cuanto lo escuché bajar, supe que era mi momento, y que quizá no se repetiría. Entré esperando encontrar el teléfono sobre la cama, pero estaba la laptop abierta. De lejos vi a una mujer vestida de cuero y a un hombre arrodillado frente a ella. Giré la pantalla. No entendí el título, solo capté un par de palabras en inglés sobre dominación, así que retrocedí el video para entender de qué iba. La mujer tenía al tipo de rodillas y le soltaba un golpe seco justo entre las piernas. Abrí los ojos al máximo. Mi hermano de verdad está loco.
Había decenas de pestañas abiertas. Hice clic en otras: más de lo mismo, términos que no conocía, castigos, sumisión. En una había un texto larguísimo que no alcancé a leer, aunque me incomodó de solo verlo. Y en otra, un relato cuyo título decía «Mi hermana me domina». Ya había visto suficiente. Acomodé la laptop como estaba y volví corriendo a mi pieza.
Me tiré en la cama mirando el techo, con demasiado que procesar. ¿Fantaseaba conmigo? ¿Le excitaría que le pegaran ahí, o solo verlo en otros? ¿Le gustaría si fuera yo? Me dije que estaba loca, que jamás haría algo así, aunque admití que la idea de tenerlo a mi merced no me resultaba tan absurda. Decidí ignorar el tema, dejarlo con sus cosas y seguir como siempre. Pero la curiosidad me carcomía.
***
[Bruno]
Cuando volví de sacar la basura y abrí de nuevo la laptop, la sangre se me heló. El navegador estaba en el relato de incesto que pensaba leer, no en el video que había dejado. Alguien lo había tocado. Nadia había entrado.
No podía ser. ¿Vio la pestaña de los hermanos? Sentí que todo se iba al diablo. La incertidumbre me mataba, pero lo mejor era fingir que no había pasado nada. Esas dudas me quitaron las ganas de seguir. Me acosté pensando si no convenía dejar todo aquello para siempre. Entonces se me cruzó una fantasía nueva: yo leyendo esos relatos y ella entrando para decirme que ya lo sabía todo, que no me preocupara. Esa imagen, contra toda la ansiedad, terminó por vencerme.
***
[Nadia]
Lo hecho, hecho estaba. Ahora sabía que mi hermano tenía fantasías raras conmigo, y me daba vergüenza reconocer que la idea no me incomodaba. Toda la noche pensé si debía averiguar si de verdad le gustaba eso, o si solo le excitaba verlo en otros.
Al día siguiente, cuando mamá nos llamó a comer, bajé con una blusa escotada y los pantalones más cortos que tenía. Esta vez yo lo vigilaba a él. Era obvio cómo me miraba de reojo, una fracción de segundo cada vez. Sentir esa atención me provocaba algo extraño; una parte de mí quería mostrar más, aunque sabía que estaba mal.
Terminamos de comer. Él se iba a encerrar y todo volvería a la rutina, y una parte de mí no quería eso.
—Veamos una película en el living —le dije antes de que subiera.
—¿Cuál?
—La que sea.
—¿Una de terror?
—¡Esas no me dejan dormir!
—No seas miedosa, ya estás grande.
—Como quieras…
Puso «La profecía», la primera que apareció. Mamá ya se había subido a leer, así que no la veríamos hasta la mañana. Nos sentamos algo separados.
—Esa película tiene mil años. ¿No había algo de este siglo?
—Es de mis favoritas. Además, no la vemos desde que éramos chicos.
Eso me hizo acordar de cuando nuestros padres nos la prohibieron y la mirábamos a escondidas de madrugada. Me dio tanto miedo que terminé durmiendo con él. Pasaron quince minutos y, como el inicio era lento, charlábamos de a ratos. Se sentía bien recuperar esa complicidad. Me acomodé apoyando la cabeza en el respaldo y subí los pies sobre sus piernas.
—¡Sacá las patas! —dijo empujándolos apenas.
—Vos elegiste la película, dejame estar cómoda al menos.
Algo me decía que actuaba, que en el fondo le encantaba tenerlos ahí. Había una tensión leve que disimulábamos con hostilidad.
***
[Bruno]
Tener sus pies tan cerca era una tortura dulce. Mi cuerpo amagó con apartarlos para que no sospechara, pero no pude empujar de verdad. Quería que se quedaran ahí. Al rato los retiró, fue a la cocina por agua y volvió para sentarse justo a mi lado, pegada, con todo el sillón libre. Después apoyó la cabeza en mi hombro. Tenerla así, conectados de nuevo después de tanto tiempo, despertó en mí un deseo enorme. Quise abrazarla, pero el miedo a asustarla me ganó y no hice nada.
***
[Nadia]
Apoyada en su hombro intentaba seguir la película, pero la curiosidad no me dejaba.
—¿Tenés novia, Bruno?
—No.
—¿Por qué? ¿Nadie te da bola?
—No me interesa mucho el tema.
—Tal vez sos feo.
—Casi tanto como vos.
—Sabés que no soy fea.
—Pensá lo que te haga sentir mejor.
Y ahí se me ocurrió el plan.
—Si te pareciera fea, no me estarías mirando las tetas todos los días.
—Ya quisieras.
—¿No tenés los huevos para admitirlo?
—Más bien vos no tenés con qué. Estás más plana que una tabla.
Era ahora o nunca. Tenía el motivo perfecto. Me incorporé de su hombro y le pegué un buen golpe justo entre las piernas. Sus pantalones holgados no lo protegieron para nada; sentí el bulto ceder bajo mi puño. Soltó un grito ahogado y se dobló hacia el costado del sillón, agarrándose. Me reí, aunque por dentro me sentí un poco culpable. Tal vez me había pasado.
***
[Bruno]
No podía creer lo que había hecho. El golpe fue directo, sin amortiguar, y dolía muchísimo. Me encogí en el sillón mientras ella se reía. Pero a los pocos segundos, sobre el dolor, empezó a crecer otra cosa: una excitación que no esperaba. Voy a recordar esto cada noche por el resto de mi vida. Su puño, mi propio cuerpo cediendo, su risa de disfrute.
—Ay, me dolió, tonta.
—Te lo merecías.
—Te pasaste, Nadia.
—No seas llorón, fue un golpecito.
El dolor agudo cedió y quedó solo un eco sordo, uno que mi cabeza abrazaba porque quizá no se repetiría.
***
[Nadia]
Fui a la cocina a buscar algo dulce. No me enorgullece, pero gocé ese golpe: sentir el bulto en mi puño y verlo hecho un ovillo me gustó más de lo que esperaba. Al volver y sentarme, miré de reojo su entrepierna y casi se me cae la golosina. Estaba duro. Pensó que la oscuridad lo escondería, pero una escena iluminada de la película delató el bulto, más grande de lo normal. Aparté la vista enseguida, con el corazón golpeando fuerte. Lo había disfrutado.
—¿Ya estás mejor, hermanito?
—Sí, no pegás tan fuerte.
—¿Ah, no? Capaz lo intento de nuevo… —levanté el puño, amenazante.
—¡No, esperá!
—Eso pensé.
Saber que me temía me daba un poder extraño y excitante. Volví a estirarme y a apoyar los pies en su regazo. De vez en cuando los movía, fingiendo acomodarme, buscando rozarlo. En el momento más álgido de la película dejé caer un pie sobre su entrepierna como si fuera un descuido, y sentí algo firme. Lo retiré rápido. Ya había confirmado lo que quería.
***
Cuando la película terminó, él se levantó.
—La próxima la elijo yo —dije.
—Seguí soñando —contestó, y me dio un golpecito gracioso en la cabeza con el puño, como cuando éramos chicos.
Me paré de golpe para meterle el pie y hacerlo tropezar, pero se dio cuenta y enganchó mi tobillo con el suyo. Caí encima de él y terminamos los dos en el piso, forcejeando.
—¿Qué te pasa, loca? —dijo riéndose.
—Gané. Estás en el suelo, así que la próxima la elijo yo.
—Caímos los dos. No ganaste nada.
Me encantó que me siguiera el juego. Forcejeamos un rato; yo usaba toda mi fuerza y él, claramente, no. Aun así me costaba mantenerlo abajo. Le buscaba doblar una pierna para que se rindiera cuando los vi: al alcance de mi mano, marcados bajo la tela estirada. No quise arruinar el momento, pero no me resistí.
—No me odies por esto, hermanito —dije, y cerré la mano sobre él.
Se quedó inmóvil, boca abajo, sin pronunciar palabra.
—¿Te rendís o te dejo sin descendencia?
—Eso es trampa.
—No es trampa, es parte de tu cuerpo. Y sos más fuerte, así que estamos a mano.
La adrenalina de la pelea fue cediendo y me di cuenta de lo mucho que me gustaba tenerlo así, sometido, sintiendo que yo tenía todo el poder y él no podía hacer nada. Apreté un poco, para probar.
—¡Ah! Todavía me duele del golpe, ¡no aprietes!
—¿Seguís pensando que soy plana?
—Eh… ¿sí? —apreté de nuevo—. ¡Ah, no! ¡No sos plana!
—Así me gusta.
***
[Bruno]
No podía creer lo que estaba pasando. Mi hermana me tenía contra el piso, con mi destino apretado en su puño. Era como si varias de mis fantasías se volvieran reales de golpe. No quería que terminara, pero tampoco que ella sospechara cuánto lo disfrutaba. Sentir sus manos cerrarse me daba una calma rara, una calma que se quebraba en agonía cada vez que apretaba. Me tenía en su poder, y eso me gustaba más de lo que admitiría jamás.
Mi cuerpo respondió por completo. Rezaba para que no lo notara; aguantar la incomodidad de estar boca abajo era preferible a que descubriera mi erección. Me amenazó con apretar más fuerte si no me rendía. Sabía que sería incapaz de hacerme un daño real, pero también la veía perfectamente capaz de un castigo intimidante.
—¿Te rendís o tengo que hacerlos puré?
—Mmm… lo voy a pensar… —contesté, y supe que había sellado mi suerte.
—Como quieras.
En vez de apretar, soltó. Pensé que me liberaba, pero solo reacomodó la mano, estiró más y, cuando estuve indefenso, llegó el segundo golpe. Un dolor inmenso me recorrió entero. Me retorcí, traté de cubrirme y ella me apartaba las manos.
—¡Quieto, o aprieto otra vez! ¿Ahora sí te rendís?
—¡Ah, me duele, Nadia, soltame!
—Supongo que no te rendís, te doy otro…
—¡No! ¡Me rindo! —dije a las apuradas.
Me soltó y se puso de pie, victoriosa.
—Gané, hermanito. La próxima película la elijo yo.
Seguí en el piso, encogido. Sentí su pie apoyarse sobre mi espalda, burlón.
—Ya, no exageres —dijo, cínica. Después se agachó, me dio un beso en la mejilla y subió a su cuarto.
Me quedé tirado un rato. El dolor fue cediendo, pero la erección no. Esperé a escuchar su puerta cerrarse para levantarme. Verla subir, su figura perfecta perdiéndose en la escalera, fue la frutilla del postre.
***
[Nadia]
En mi cuarto me sentí rarísima. Volvía a sentir una conexión con Bruno y, a la vez, culpa: confirmé que aquello lo excitaba y, aun así, seguí. Me había gustado. Tenerlo en el piso, en mi poder, sentir su cuerpo responder mientras lo apretaba, me prendió de una forma que no conocía.
Sabía que no estuvo bien, pero lo volvería a hacer. De hecho, lo quería hacer de nuevo en ese mismo momento. Saqué de una caja escondida en el cajón mi vibrador, pequeño pero ruidoso, y me cubrí con el edredón para ahogar el sonido. Pensando en cómo lo había tenido sometido hacía un rato, el placer fue enorme. Lo que me llevó al final fue imaginar algo nuevo: él sentado en el piso, mi pie sobre su cuerpo, besándome las piernas. Esa sensación de poder me hizo terminar como nunca.
***
[Bruno]
Cuando escuché su puerta cerrarse, fui a mi cuarto. Me dolía todavía, pero necesitaba descargar todo lo que tenía en la cabeza. Recordé sus manos cerrándose, el estirón y después el puñetazo, y supe que nunca había estado tan al límite en mi vida. El recuerdo de ese dolor y de su risa de disfrute me hizo terminar de una manera violenta, deliciosa, distinta a todo lo anterior.
No sé si algún día volveré a sentir algo parecido. Lo que sí sé es que, por un buen tiempo, no me va a hacer falta internet.