Mi hermana descubrió mi fetiche y decidió castigarme
[Todos los personajes de este relato son mayores de edad]
[Bruno]
Tengo secretos que me avergüenzan un poco. Quizá por no haber estado nunca con nadie fui acumulando fetiches algo raros, que empezaron suaves y se fueron torciendo. Primero buscaba videos donde mandaba la mujer; después pasé a cosas más bruscas, golpes, castigos, sumisión masculina. Me pasaba horas mirando cómo unas dominatrices en cuero les daban patadas en las bolas a tipos arrodillados, cómo los hacían mamar tacos, cómo los agarraban de la polla y los guiaban por el piso como perros. Y cuando creí que ya no podía complicarse más, empecé a leer historias de hermanos, fantasías incestuosas donde la hermana descubría la verga del hermano y lo obligaba a corrérsele encima. Fue entonces cuando comencé a mirar a Nadia de otra manera.
Nuestra relación siempre fue distante. Yo me encerraba en mi cuarto, ella en el suyo. Hablábamos poco, casi siempre en la mesa, y aun así con el teléfono en la mano. Es muy linda: piel morena clara, pelo negro espeso que cuida como un tesoro, herencia de nuestra madre. Por la casa anda con ropa mínima, pantalones cortísimos que le marcan el coño y le muerden el culo, y blusas flojas, a veces sin nada debajo, con los pezones morenos asomando cada vez que se agacha.
Como si alguien hubiera apretado un interruptor, mi cabeza empezó a registrar cada detalle. Antes le decía fea solo para fastidiarla; ahora me obligaba a no mirarle las tetas durante la cena, y cuanto más me obligaba, más pensaba en ellas, en cómo se moverían libres bajo la tela, en qué color tendrían los pezones, en cómo se sentiría uno en mi boca. Cuando bajaba la escalera a las apuradas y todo se sacudía bajo la tela, era casi hipnótico. Evitarlo me volvía obsesivo. Fijaba la vista en cualquier cosa cercana y la espiaba de reojo, mientras todo el cuerpo me pedía mirar de frente. Era una tortura. Me la cascaba pensando en ella casi todas las noches, mordiendo la almohada para que no me escucharan, imaginando que entraba a mi cuarto, me arrancaba las sábanas y me agarraba la verga con esa cara de burla que ponía cuando ganaba algo.
***
[Nadia]
Otra vez el idiota de mi hermano me miró durante la cena. Una fracción de segundo, pero estoy segura. Después finge que no, para no buscarse problemas. Si soy honesta, me causa gracia que quiera mirar y no pueda, porque soy su hermana.
De chicos jugábamos todo el tiempo. Tirábamos piedras a las botellas en el patio, me acompañaba al quiosco y me compraba caramelos con su mesada. Nos queríamos mucho, pero los años nos fueron separando aunque vivamos bajo el mismo techo. Una madrugada bajé por agua y, al pasar por su puerta siempre entreabierta —odia sentirse encerrado—, escuché un roce de telas. Me asomé apenas y entendí qué era. El edredón se movía con un ritmo que no había oído nunca en vivo, pero que reconocí enseguida: la mano subiendo y bajando, el puño cerrado sobre la polla, ese vaivén constante de un tipo cascándosela. Había un resplandor azulado: estaría mirando algo con los auriculares puestos. Se le escapó un jadeo bajito, seco, contenido, y me quedé helada sabiendo que mi hermano se estaba masturbando a metros de mí.
Desde ahí supe que mi hermano había cambiado. Y yo también. No tenía nada de malo, pero sentí que las cosas nunca volverían a ser como antes. Lo raro es que, además de la pequeña decepción, me quedó la curiosidad. ¿Qué demonios miraba? ¿Cuánto tenía? Esa noche, en mi cama, me metí la mano entre las piernas pensando en el ritmo del edredón y me corrí más rápido de lo que hubiera querido admitir.
***
La oportunidad llegó una noche, cuando ya nos íbamos a dormir y mamá le gritó desde abajo.
—¡Bruno, no sacaste la basura!
—¡Me olvidé! ¡Mañana la saco! —contestó él a los gritos.
—No, mañana pasan temprano. Hacelo ya.
Caminé hacia mi cuarto. Tardó un rato en salir; supongo que lo molestó que lo interrumpieran. En cuanto lo escuché bajar, supe que era mi momento, y que quizá no se repetiría. Entré esperando encontrar el teléfono sobre la cama, pero estaba la laptop abierta. De lejos vi a una mujer vestida de cuero y a un hombre arrodillado frente a ella. Giré la pantalla. No entendí el título, solo capté un par de palabras en inglés sobre dominación, así que retrocedí el video para entender de qué iba. La mujer tenía al tipo de rodillas, con la verga afuera y colgando lastimosa, y le soltaba un rodillazo seco justo entre las piernas. El tipo se doblaba con la boca abierta en un grito mudo y ella le agarraba la polla con la mano enguantada, se la retorcía y lo obligaba a mamarle la punta del taco. Abrí los ojos al máximo. Mi hermano de verdad está loco.
Había decenas de pestañas abiertas. Hice clic en otras: más de lo mismo, términos que no conocía, castigos, sumisión, ballbusting, cbt, femdom. En una había un texto larguísimo donde una tipa le hacía comer semen a su esclavo después de rompérsela a golpes; no alcancé a leerlo, aunque me incomodó de solo verlo. Y en otra, un relato cuyo título decía «Mi hermana me domina», con la primera escena describiendo cómo ella le agarraba las bolas por primera vez y él se corría en los pantalones. Ya había visto suficiente. Acomodé la laptop como estaba y volví corriendo a mi pieza.
Me tiré en la cama mirando el techo, con demasiado que procesar. ¿Fantaseaba conmigo? ¿Le excitaría que le pegaran ahí, o solo verlo en otros? ¿Le gustaría si fuera yo? Me dije que estaba loca, que jamás haría algo así, aunque admití que la idea de tenerlo a mi merced no me resultaba tan absurda. Decidí ignorar el tema, dejarlo con sus cosas y seguir como siempre. Pero la curiosidad me carcomía, y entre las piernas ya tenía las bragas húmedas de solo pensarlo.
***
[Bruno]
Cuando volví de sacar la basura y abrí de nuevo la laptop, la sangre se me heló. El navegador estaba en el relato de incesto que pensaba leer, no en el video que había dejado. Alguien lo había tocado. Nadia había entrado.
No podía ser. ¿Vio la pestaña de los hermanos? Sentí que todo se iba al diablo. La incertidumbre me mataba, pero lo mejor era fingir que no había pasado nada. Esas dudas me quitaron las ganas de seguir. Me acosté pensando si no convenía dejar todo aquello para siempre. Entonces se me cruzó una fantasía nueva: yo leyendo esos relatos y ella entrando para decirme que ya lo sabía todo, que no me preocupara, para agarrarme la verga por encima del pantalón y susurrarme al oído que ella también quería. Esa imagen, contra toda la ansiedad, terminó por vencerme. La tuve dura toda la noche, cascándomela dos veces seguidas, imaginándola arrodillada frente a mí con esa sonrisa de burla, escupiéndome la punta de la polla antes de metérsela en la boca.
***
[Nadia]
Lo hecho, hecho estaba. Ahora sabía que mi hermano tenía fantasías raras conmigo, y me daba vergüenza reconocer que la idea no me incomodaba. Toda la noche pensé si debía averiguar si de verdad le gustaba eso, o si solo le excitaba verlo en otros. Terminé con dos dedos adentro, imaginando que era él el que se doblaba mientras yo apretaba, y me corrí mordiendo la almohada para que nadie escuchara.
Al día siguiente, cuando mamá nos llamó a comer, bajé con una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de las tetas y los pantalones más cortos que tenía, tan cortos que sentía el elástico morderme la mitad del culo. Esta vez yo lo vigilaba a él. Era obvio cómo me miraba de reojo, una fracción de segundo cada vez, la vista clavada en el escote y bajando al bulto de mis pezones marcándose sin corpiño. Sentir esa atención me provocaba algo extraño; una parte de mí quería mostrar más, aunque sabía que estaba mal. Cuando me agaché a levantar la servilleta, se la dejé caer a propósito, y sentí la tela abrirse dándole vista franca. Escuché cómo tragaba saliva.
Terminamos de comer. Él se iba a encerrar y todo volvería a la rutina, y una parte de mí no quería eso.
—Veamos una película en el living —le dije antes de que subiera.
—¿Cuál?
—La que sea.
—¿Una de terror?
—¡Esas no me dejan dormir!
—No seas miedosa, ya estás grande.
—Como quieras…
Puso «La profecía», la primera que apareció. Mamá ya se había subido a leer, así que no la veríamos hasta la mañana. Nos sentamos algo separados.
—Esa película tiene mil años. ¿No había algo de este siglo?
—Es de mis favoritas. Además, no la vemos desde que éramos chicos.
Eso me hizo acordar de cuando nuestros padres nos la prohibieron y la mirábamos a escondidas de madrugada. Me dio tanto miedo que terminé durmiendo con él. Pasaron quince minutos y, como el inicio era lento, charlábamos de a ratos. Se sentía bien recuperar esa complicidad. Me acomodé apoyando la cabeza en el respaldo y subí los pies sobre sus piernas, dejándolos peligrosamente cerca de su entrepierna.
—¡Sacá las patas! —dijo empujándolos apenas.
—Vos elegiste la película, dejame estar cómoda al menos.
Algo me decía que actuaba, que en el fondo le encantaba tenerlos ahí. Había una tensión leve que disimulábamos con hostilidad.
***
[Bruno]
Tener sus pies tan cerca era una tortura dulce. Sentía la planta tibia rozándome el muslo, subiendo cada vez que se acomodaba, y la verga se me empezó a hinchar contra el pantalón sin que pudiera hacer nada. Mi cuerpo amagó con apartarlos para que no sospechara, pero no pude empujar de verdad. Quería que se quedaran ahí, que subieran diez centímetros más y me tocaran donde estaba pidiéndolo a gritos. Al rato los retiró, fue a la cocina por agua y volvió para sentarse justo a mi lado, pegada, con todo el sillón libre. El calor de su muslo contra el mío me quemaba a través de la tela. Después apoyó la cabeza en mi hombro y sentí el perfume de su pelo, un olor limpio con un fondo dulce que me hizo cerrar los ojos. Tenerla así, conectados de nuevo después de tanto tiempo, con la teta apretándose contra mi brazo y sintiendo perfectamente el pezón duro a través de la blusa, despertó en mí un deseo enorme. La verga me latía dolorosamente contra el pantalón. Quise abrazarla, meterle la mano por el escote, arrancarle esos pantaloncitos y hundirle la cara entre las piernas, pero el miedo a asustarla me ganó y no hice nada.
***
[Nadia]
Apoyada en su hombro intentaba seguir la película, pero la curiosidad no me dejaba. Sentía el olor de su cuello, la respiración pesada, y de reojo veía el bulto empezar a crecerle en los pantalones.
—¿Tenés novia, Bruno?
—No.
—¿Por qué? ¿Nadie te da bola?
—No me interesa mucho el tema.
—Tal vez sos feo.
—Casi tanto como vos.
—Sabés que no soy fea.
—Pensá lo que te haga sentir mejor.
Y ahí se me ocurrió el plan.
—Si te pareciera fea, no me estarías mirando las tetas todos los días.
—Ya quisieras.
—¿No tenés los huevos para admitirlo?
—Más bien vos no tenés con qué. Estás más plana que una tabla.
Era ahora o nunca. Tenía el motivo perfecto. Me incorporé de su hombro y le pegué un buen puñetazo justo entre las piernas. Sus pantalones holgados no lo protegieron para nada; sentí clarito la forma de las bolas ceder bajo mis nudillos, aplastarse contra el hueso, y también noté la verga hinchada al lado, dura y caliente. Soltó un grito ahogado, un aullido corto que se le atragantó, y se dobló hacia el costado del sillón, agarrándose la entrepierna con las dos manos. Me reí, aunque por dentro me sentí un poco culpable. Tal vez me había pasado. Pero también sentí un calor entre las piernas que no esperaba, una humedad tibia empapándome las bragas de golpe.
***
[Bruno]
No podía creer lo que había hecho. El golpe fue directo, sin amortiguar, y el dolor me subió por el estómago como una náusea eléctrica, ese ardor sordo que se te instala en la boca del estómago cuando te dan bien en las bolas. Me encogí en el sillón con la cara contra el tapizado mientras ella se reía. Sentí las pelotas latir, pulsar contra las manos con las que trataba de protegerlas ya tarde, y pensé que iba a vomitar. Pero a los pocos segundos, sobre el dolor, empezó a crecer otra cosa: una excitación que no esperaba, una descarga que me endureció la verga hasta ponerla a punto de reventar. Voy a recordar esto cada noche por el resto de mi vida. Su puño, mi propio cuerpo cediendo, su risa de disfrute. Estaba tan duro que me dolía casi tanto como el golpe.
—Ay, me dolió, tonta.
—Te lo merecías.
—Te pasaste, Nadia.
—No seas llorón, fue un golpecito.
El dolor agudo cedió y quedó solo un eco sordo, palpitante, uno que mi cabeza abrazaba porque quizá no se repetiría. La verga seguía dura como una piedra, marcándose bajo el pantalón sin que pudiera hacer nada por esconderla.
***
[Nadia]
Fui a la cocina a buscar algo dulce. No me enorgullece, pero gocé ese golpe: sentir el bulto en mi puño, notar la verga hinchada al costado de las bolas, verlo hecho un ovillo me gustó más de lo que esperaba. Tenía el coño palpitando, las bragas mojadas pegándoseme, y las piernas me temblaban apenas. Al volver y sentarme, miré de reojo su entrepierna y casi se me cae la golosina. Estaba durísimo. Se le marcaba toda la forma bajo el pantalón, la punta hinchada apuntándole hacia arriba, y hasta se le adivinaba una manchita de humedad en la tela. Pensó que la oscuridad lo escondería, pero una escena iluminada de la película delató el bulto, más grande de lo normal, más grueso de lo que hubiera imaginado. Aparté la vista enseguida, con el corazón golpeando fuerte y el coño chorreándome. Lo había disfrutado, y ahora lo tenía a huevo.
—¿Ya estás mejor, hermanito?
—Sí, no pegás tan fuerte.
—¿Ah, no? Capaz lo intento de nuevo… —levanté el puño, amenazante.
—¡No, esperá!
—Eso pensé.
Saber que me temía me daba un poder extraño y excitante. Volví a estirarme y a apoyar los pies en su regazo. De vez en cuando los movía, fingiendo acomodarme, buscando rozarlo. Cada tanto le rozaba con el dedo gordo del pie el costado del bulto y notaba cómo se le sacudía. En el momento más álgido de la película dejé caer un pie sobre su entrepierna como si fuera un descuido, y sentí algo firme, caliente, palpitante bajo la planta. Lo apoyé unos segundos más de la cuenta, apretando apenas para sentir la forma, y él se quedó rígido, sin respirar. Lo retiré rápido. Ya había confirmado lo que quería: mi hermano tenía la polla dura por mí.
***
Cuando la película terminó, él se levantó.
—La próxima la elijo yo —dije.
—Seguí soñando —contestó, y me dio un golpecito gracioso en la cabeza con el puño, como cuando éramos chicos.
Me paré de golpe para meterle el pie y hacerlo tropezar, pero se dio cuenta y enganchó mi tobillo con el suyo. Caí encima de él y terminamos los dos en el piso, forcejeando. Sentí clarito el bulto durísimo apretarse contra mi muslo cuando caí, y él se sacudió como si le hubiera dado corriente.
—¿Qué te pasa, loca? —dijo riéndose.
—Gané. Estás en el suelo, así que la próxima la elijo yo.
—Caímos los dos. No ganaste nada.
Me encantó que me siguiera el juego. Forcejeamos un rato; yo usaba toda mi fuerza y él, claramente, no. Aun así me costaba mantenerlo abajo. Le buscaba doblar una pierna para que se rindiera cuando los vi: al alcance de mi mano, marcados bajo la tela estirada, la verga tan dura que se le adivinaba hasta la vena del costado y las bolas apretadas contra el pantalón. No quise arruinar el momento, pero no me resistí.
—No me odies por esto, hermanito —dije, y cerré la mano entera sobre él.
Le agarré todo el paquete a la vez, la polla y las bolas juntas, y sentí el calor a través de la tela, la dureza absurda de la verga contra mi palma, el peso de los huevos entre los dedos. Se quedó inmóvil, boca abajo, sin pronunciar palabra.
—¿Te rendís o te dejo sin descendencia?
—Eso es trampa.
—No es trampa, es parte de tu cuerpo. Y sos más fuerte, así que estamos a mano.
La adrenalina de la pelea fue cediendo y me di cuenta de lo mucho que me gustaba tenerlo así, sometido, con la polla dura en mi puño, sintiendo que yo tenía todo el poder y él no podía hacer nada. Le pasé el pulgar por encima, por el largo de la verga, midiéndosela sin querer, y sentí una humedad tibia manchando la tela justo en la punta. Se estaba corriendo un poquito de solo tocarlo. Apreté un poco, para probar, cerrando los dedos sobre las bolas.
—¡Ah! Todavía me duele del golpe, ¡no aprietes!
—¿Seguís pensando que soy plana?
—Eh… ¿sí? —apreté de nuevo, más fuerte, sintiendo los huevos rodar bajo mis dedos—. ¡Ah, no! ¡No sos plana!
—Así me gusta.
***
[Bruno]
No podía creer lo que estaba pasando. Mi hermana me tenía contra el piso, con la mano cerrada sobre mi verga y mis bolas, apretándome hasta hacerme ver estrellas. Sentí cómo me deslizaba el pulgar por encima del glande a través de la tela, cómo me palpaba la forma entera, cómo pesaba el paquete en su mano. Era como si varias de mis fantasías se volvieran reales de golpe. No quería que terminara, pero tampoco que ella sospechara cuánto lo disfrutaba. Sentir sus dedos cerrarse me daba una calma rara, una calma que se quebraba en agonía cada vez que apretaba las bolas y me hacía morder el piso. Me tenía en su poder, y eso me gustaba más de lo que admitiría jamás. Sentí la punta de la verga humedecerse, el pre-semen empapándome la tela, y recé para que no se diera cuenta.
Mi cuerpo respondió por completo. La polla me palpitaba con cada latido del corazón, hinchada al máximo, tan dura que me dolía. Rezaba para que no lo notara; aguantar la incomodidad de estar boca abajo era preferible a que descubriera mi erección. Me amenazó con apretar más fuerte si no me rendía. Sabía que sería incapaz de hacerme un daño real, pero también la veía perfectamente capaz de un castigo intimidante.
—¿Te rendís o tengo que hacerlos puré?
—Mmm… lo voy a pensar… —contesté, y supe que había sellado mi suerte.
—Como quieras.
En vez de apretar, soltó. Pensé que me liberaba, pero solo reacomodó la mano, me tanteó, apartó la polla a un costado para dejar las bolas expuestas y, cuando estuve indefenso, con los huevos separados y sin protección, llegó el segundo golpe. Un puñetazo cerrado, seco, directo, que me alcanzó los dos testículos a la vez y los aplastó contra el hueso de la pelvis. Un dolor inmenso me recorrió entero, subió por el estómago como una llamarada, me nubló la vista. Me retorcí, traté de cubrirme y ella me apartaba las manos con la otra mano.
—¡Quieto, o aprieto otra vez! ¿Ahora sí te rendís?
—¡Ah, me duele, Nadia, soltame!
—Supongo que no te rendís, te doy otro…
—¡No! ¡Me rindo! —dije a las apuradas.
Me soltó y se puso de pie, victoriosa. Yo seguía boca abajo, sintiendo cómo las bolas latían con un ardor sordo, y al mismo tiempo cómo la verga se me sacudía contra el piso, a punto de reventar. Sentí un chorro caliente escaparse contra la tela, apenas un poco, un derrame involuntario que me manchó los calzoncillos. Casi me había corrido de solo eso.
—Gané, hermanito. La próxima película la elijo yo.
Seguí en el piso, encogido. Sentí su pie apoyarse sobre mi espalda, burlón, y después bajar y apoyarse un segundo justo sobre mi culo, presionando.
—Ya, no exageres —dijo, cínica. Después se agachó, me dio un beso en la mejilla, tan cerca de la comisura que casi me rozó los labios, y subió a su cuarto.
Me quedé tirado un rato. El dolor fue cediendo, pero la erección no. La sentía palpitar dentro del pantalón, mojada de mi propio semen. Esperé a escuchar su puerta cerrarse para levantarme. Verla subir, su figura perfecta perdiéndose en la escalera, el culo respingón moviéndose bajo esos pantaloncitos, fue la frutilla del postre.
***
[Nadia]
En mi cuarto me sentí rarísima. Volvía a sentir una conexión con Bruno y, a la vez, culpa: confirmé que aquello lo excitaba y, aun así, seguí. Me había gustado. Tenerlo en el piso, en mi poder, sentir su cuerpo responder mientras lo apretaba, la verga hincharse en mi mano cuanto más apretaba las bolas, me prendió de una forma que no conocía. Tenía las bragas empapadas, tanto que sentía el goteo bajarme por la cara interna del muslo.
Sabía que no estuvo bien, pero lo volvería a hacer. De hecho, lo quería hacer de nuevo en ese mismo momento. Me arranqué los pantaloncitos y las bragas de un tirón, quedándome desnuda de la cintura para abajo, y me tiré en la cama con las piernas abiertas. El coño me chorreaba, hinchado, con los labios abiertos y el clítoris palpitando duro contra la yema del dedo. Saqué de una caja escondida en el cajón mi vibrador, pequeño pero ruidoso, y me cubrí con el edredón para ahogar el sonido.
Lo prendí en el nivel más bajo y me lo apoyé directo sobre el clítoris. Un temblor me recorrió toda la espalda. Con la otra mano me apreté una teta, me pellizqué el pezón duro entre el pulgar y el índice, imaginándome que era él quien lo hacía, arrodillado a mis pies, con la polla dolorida y las bolas rojas de mis golpes. Subí el vibrador al segundo nivel y me arqueé en la cama, mordiéndome el labio para no gritar. Con dos dedos me abrí los labios del coño, me acaricié la entrada empapada, y me metí primero uno y después dos dedos hasta el fondo, buscando ese punto que me hacía perder la cabeza. Los curvaba dentro de mí mientras el vibrador me trabajaba el clítoris sin parar.
Pensando en cómo lo había tenido sometido hacía un rato, el placer fue enorme. Me imaginé apretándole las bolas más fuerte, obligándolo a sacar la verga y masturbársela delante de mí mientras yo miraba, ordenándole que se corriera cuando yo quisiera. Lo que me llevó al final fue imaginar algo nuevo: él sentado en el piso, arrodillado, con la polla dura y goteando, mi pie descalzo sobre su cuerpo, apretándole las bolas con los dedos del pie mientras él me besaba las piernas, la rodilla, subiendo despacio hasta el muslo, hundiendo la cara entre mis piernas para lamerme el coño con desesperación. Me lo imaginé lamiéndome de abajo hacia arriba, con la lengua clavada en el clítoris, y a mí agarrándolo del pelo, empujándole la cabeza contra el coño, obligándolo a chupar hasta que se ahogara. Esa sensación de poder me hizo terminar como nunca, con el vibrador clavado en el clítoris y los dedos hasta los nudillos dentro del coño, sintiendo cómo las paredes se me cerraban en espasmos, empapando la sábana con un chorro caliente. Me tapé la boca con la almohada para no despertar a mamá, aullando contra la tela como una perra en celo.
***
[Bruno]
Cuando escuché su puerta cerrarse, fui a mi cuarto. Me dolía todavía —las bolas me pulsaban con un latido sordo, sensibles al roce mínimo del calzoncillo—, pero necesitaba descargar todo lo que tenía en la cabeza. Me arranqué los pantalones y los calzoncillos manchados y me tiré en la cama con la polla apuntando al techo, dura como no la había tenido en la vida, la punta brillante de pre-semen resbalando por el glande. Me la agarré con el puño cerrado, apreté fuerte, y empecé a moverme rápido, sin ganas de estirarlo.
Recordé sus manos cerrándose sobre mi paquete, el peso de mis bolas en su palma, el pulgar recorriéndome la verga por encima de la tela, el estirón para dejarme los huevos expuestos, y después el puñetazo. Me apreté las bolas con la otra mano mientras me la cascaba, imitando lo que ella me había hecho, buscando reproducir ese dolor con el placer. Cerré los dedos sobre los testículos doloridos y solté un gemido, sintiendo cómo la polla se me hinchaba todavía más en el puño.
Me la imaginé de pie a los pies de la cama, con esa sonrisa de burla, ordenándome que me la cascara para ella, que me la meneara más rápido, que le mostrara cómo se corría su hermano. Me la imaginé subiéndose el pie a la cama, apoyándome la planta sobre las bolas y presionando, apretándome los huevos con los dedos del pie mientras me miraba desde arriba. La imaginé escupiéndome en la punta de la polla, refregándome la saliva con el pulgar, ordenándome que le acabara en las tetas, en la cara, donde ella quisiera.
El recuerdo de ese dolor y de su risa de disfrute me hizo terminar de una manera violenta, deliciosa, distinta a todo lo anterior. La verga me estalló en la mano en una serie de chorros gruesos y calientes que me salpicaron el pecho, el estómago, el mentón, mucho más de lo normal, como si hubiera estado guardando semen por semanas. Me quedé jadeando en la cama, cubierto de mi propia corrida, con las bolas latiendo y la sonrisa idiota de saber que había pasado.
No sé si algún día volveré a sentir algo parecido. Lo que sí sé es que, por un buen tiempo, no me va a hacer falta internet.





