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Relatos Ardientes

La apuesta que perdí contra mi mejor amiga

Me llamo Adrián y, aunque hoy tengo veintisiete años, todo esto pasó cuando apenas había cumplido los dieciocho. Desde muy joven me atrajeron los pies de las mujeres y, más todavía, la idea de quedar a su merced. Cuento esto tal como lo recuerdo, con algún adorno y, por supuesto, con los nombres cambiados.

Por aquel entonces acababa de cortar con mi primera novia. Era un chaval intenso, demasiado pendiente del sexo, y mis amigos lo sabían de sobra. Una de esas amigas era Lucía. Bajita, de piel muy clara salpicada de pecas y una melena rubia larguísima y lisa que le caía hasta la cintura.

No tenía un rostro de revista, pero irradiaba algo difícil de nombrar. Ojos azules muy claros, labios finos, una cintura que se curvaba sin esfuerzo. Y, sobre todo, las piernas más firmes del instituto, terminadas en unos pies pequeños que yo no podía dejar de mirar de reojo.

Nuestros padres trabajaban hasta tarde, los suyos y los míos, y los dos éramos hijos únicos. Eso significaba casas vacías y tardes enteras a solas. Con el tiempo, la amistad se fue volviendo otra cosa: rozaduras que duraban un segundo de más, manos que se quedaban donde no debían mientras veíamos una película, y una polla que se me ponía dura solo con verla cruzar las piernas en el sofá.

Una tarde cualquiera de aquel verano cayó en mi casa. Nos dejamos caer en el sofá del salón, ella con las piernas dobladas debajo del cuerpo, y entre risas se me escapó una tontería.

—Llevo tanto tiempo sin follar que hasta me duelen las pelotas —dije, medio en broma y medio en serio.

Lucía tenía fama en el instituto. Si un chico se pasaba de la raya, el rodillazo en la entrepierna llegaba sin avisar. Y, por lo visto, ese día yo iba a ser el afortunado.

—El truco, Adrián, es que te duelan tanto que se te quiten las ganas de todo lo demás —contestó con una calma que me erizó la piel.

Me quedé sin palabras un instante. Luego entendí que se me estaba abriendo una puerta que llevaba años deseando cruzar.

—Pues casi que lo aceptaría, con tal de no andar todo el día empalmado pensando en lo mismo —solté, fingiendo indiferencia.

—Sabes que soy la rompenueces de la clase. Contigo siempre me he portado bien, pero podría hacer una excepción.

—Te he visto tumbar a tíos en el suelo con una sola patada. No sé si quiero ser uno de ellos. Aunque reconozco que es una solución ingeniosa.

—¡Venga! —insistió, incorporándose un poco—. Va a ser divertido.

—Está bien. Pero si aguanto, algo tendré que ganar, ¿no?

Lo pensó un momento, mordiéndose el labio inferior como hacía siempre que tramaba algo.

—Si aguantas diez patadas, eliges tú lo que quieras.

El corazón me latía tan fuerte que temí que lo oyera. Tenía que contenerme para que no se me notara el bulto en el pantalón corto, así que torcí el gesto como si no me convenciera del todo.

—Diez es mucho. Y si las aguanto, creo que voy a hacerte pasar a ti un mal rato.

—¿En qué estás pensando, listo? —preguntó, las aletas de la nariz tensas, entre divertida y desafiante.

—En tu punto débil. Diez minutos con tus pies.

—¡Ni de broma! Sabes que tengo unas cosquillas horribles.

—Me parece un trato justo, Lucía. Son diez patadas de las tuyas. Hay riesgo para los dos.

Se rió, una carcajada larga, y al final cedió.

—Vale, acepto. Pero te aviso: no vas a aguantar ni la mitad.

***

A esas alturas, el motivo original ya no importaba. Los dos somos orgullosos y competitivos hasta lo enfermizo, y lo único que rondaba nuestras cabezas era ganarle al otro. Lucía se levantó del sofá, se inclinó hacia mí y me tendió las manos para que me pusiera de pie, con una sonrisa a medio camino entre lo angelical y lo perverso.

Me dejé llevar. Pero antes de empezar, alcé la mano.

—Espera. ¿Puede ser sin zapatillas? Así al menos tengo alguna posibilidad.

Aceptó. Con una soltura que me dejó la boca seca, se quitó las zapatillas frotando una contra la otra. Aparecieron entonces dos pies pequeños, enfundados en unos calcetines de rayas blancas y rosa chicle, gastados en la puntera y el talón hasta dejar entrever la silueta de los dedos. Para entonces yo ya tenía la polla tan hinchada dentro del pantalón que apenas podía disimular cómo se marcaba la punta contra la tela.

—¿Ya está contento el niño? —se burló al notarlo, señalando el bulto con la barbilla.

Solo acerté a asentir. Su sonrisa se borró de golpe y, con una voz mucho más firme, me ordenó separar las piernas. Obedecí sin rechistar y me acomodé la verga bajo el pantalón corto, sabiendo que era una causa perdida: cuanto más la movía, más se ponía dura.

Lucía dio un paso atrás. Levantó el pie enfundado en el calcetín de rayas y lo deslizó despacio por mi entrepierna, acariciándome los huevos por encima de la ropa, subiendo hasta la punta de la polla y bajando de nuevo hasta apoyar la planta bajo el escroto.

—Me voy a portar bien, no te preocupes —murmuró, mientras la yema del pulgar del pie trazaba un círculo lento sobre mi glande cubierto por la tela.

Un segundo después echó la pierna hacia atrás y la estampó de lleno contra mí. El empeine me alcanzó los dos testículos a la vez, aplastándolos contra el hueso. Casi por reflejo me llevé las manos ahí abajo, pero conseguí mantenerme en pie y, cuando levanté la vista, le dediqué una sonrisa retadora, con la polla todavía más tiesa por la mezcla de dolor y humillación.

De su cara desapareció cualquier rastro de compasión. La segunda patada llegó con una precisión y una fuerza que parecían imposibles en alguien tan menudo. De mi garganta solo salió un gemido ahogado; los ojos casi se me salieron de las órbitas. Me doblé en cuclillas y ella, riéndose, me empujó la frente con la planta del pie hasta tumbarme de espaldas.

—Ríndete, Adrián. No vas a aguantar las ocho que faltan.

—Sí... sí que aguanto —dije, arrastrándome de nuevo hacia arriba.

—¿Preparado?

Asentí, mirando hacia abajo para ver cómo aquel pie precioso volvía a estrellarse contra mi punto más vulnerable.

Las tres siguientes fueron duras, pero las encajé con un orgullo absurdo. Hacia la sexta, Lucía empezó a sospechar que quizá lo conseguiría, y aflojó un poco; ninguna volvió a ser tan brutal como la segunda. El sonido de su pie contra mi entrepierna resonaba en el salón como palmadas huecas, y cada golpe iba haciendo mella, sobre todo en el lado izquierdo. Entre patada y patada, ella clavaba los ojos en el bulto endurecido que se marcaba contra mi pantalón, y yo notaba una gota de líquido preseminal empapando la tela justo en la punta.

Cuando llevaba seis, acabé de rodillas en el suelo, sin aire. Ella se agachó un poco.

—Ánimo, campeón, tú puedes. Solo quedan cuatro —dijo, y luego clavó la mirada en mi bulto y sonrió—. Además, parece que se te pone dura de recibir hostias en los huevos. Menudo cerdo estás hecho.

Disfrutaba, eso era evidente. Quizá más que yo, que ya era decir. Mi erección era imposible de ocultar, la mancha húmeda en el algodón crecía por segundos, y me ardía la cara de vergüenza. Bajé la mirada al suelo, incapaz de sostenerle los ojos.

Entonces hizo algo que no esperaba. Se giró y acercó sus nalgas hasta dejar mi nariz hundida entre ellas, sobre la tela fina del pantalón. Olía a jabón, a sudor tibio y a algo más, algo que se me metió por la nariz y me dejó la boca haciéndose agua.

—Esto, como premio por haber pasado de la mitad —dijo, restregándome el culo contra la cara con un vaivén lento.

—¿Puedes dármelas así, de rodillas? —pedí, con la voz rota y el aliento entrecortado contra su cuerpo, mientras sacaba la lengua y lamía la tela por encima de la raja de su culo, sin poder contenerme.

Ella dio un pequeño respingo al notar mi lengua caliente empapándole el pantalón, pero no se apartó. Al contrario, empujó las nalgas contra mi cara con más ganas.

—Cerdo —susurró, y su voz sonó ronca por primera vez.

Aceptó darme las últimas patadas así, de rodillas. La situación ya era completamente obscena: yo arrodillado, con las piernas abiertas, la polla marcándose descarada bajo el pantalón corto, esperando recibir más golpes en los testículos de una chica diminuta que me manejaba a su antojo, con la boca todavía impregnada del sabor de su culo por encima de la ropa.

***

Los golpes continuaron, y con ellos aquel sonido sordo. Cada patada me subía el pulso, me apretaba los huevos hinchados, y a la vez me ponía la polla más dura, hasta el punto de que temí correrme allí mismo dentro del pantalón. En el último, Lucía cargó toda su fuerza y dejó el empeine clavado contra mí durante unos segundos eternos, retorciéndolo despacio, aplastándome los testículos entre su pie y el hueso. Caí al suelo hecho un ovillo, en posición fetal, mitad para aliviar el dolor y mitad para quedar más cerca de sus pies.

Mi cara terminó apoyada sobre ambos. Ella retiró uno, lo levantó y lo posó sobre mi mejilla, dejándome atrapado entre las dos plantas. Me quedé así, respirando su olor a través del algodón fino de los calcetines, sin querer moverme, sacando la lengua para lamer la planta del pie de abajo desde el talón hasta los dedos, empapándole la tela de saliva. Ella soltó un jadeo bajito.

—Joder, Adrián... eres un guarro. Un guarro absoluto.

Pasados unos minutos se sentó en el sofá y yo me acomodé en el suelo, frente a ella, tomando su pie derecho entre las manos.

—Esto me ha dejado las pelotas hechas papilla —protesté, con la polla todavía dura empujando el pantalón.

—No seas exagerado —se rió—. Encima he sido generosa con tus amiguitos. Solo van a ser cinco minutos con mis pies, no diez.

Le quité el calcetín muy despacio, descubriendo por fin lo que tanto deseaba. Era un pie casi perfecto: sin durezas más allá del talón, el arco pronunciado, los dedos pequeños rematados por uñas naturales pintadas con un rastro descascarillado de esmalte rojo. Empecé haciéndole cosquillas, entre forcejeos y risas, hasta que pasé a amasarlo. Recorrí cada dedo, cada milímetro de aquella piel suave y joven. Me acerqué el pie a la cara y hundí la nariz entre los dedos, aspirando ese olor tibio y ácido a chica que había pasado la tarde metida en las zapatillas. La polla me dio un latigazo dentro del pantalón.

Sin poder contenerme, saqué la lengua y lamí la planta desde el talón hasta el pulgar, despacio, saboreando la sal de su sudor. Después me metí el dedo gordo en la boca y lo chupé como si fuera una polla, mamándolo con la lengua envolviéndolo, pasando uno a uno el resto de los dedos entre mis labios. Lucía se quedó sin habla un segundo, y luego se rió, una risa nerviosa y ronca.

—Mmm... me gusta. Sin cosquillas no está nada mal. Chúpamelos bien, cerdo, que se nota que llevas años queriendo hacer esto. Al final el castigo no es tan terrible —admitió, dejándose llevar y meneando los dedos dentro de mi boca.

Acercó el otro pie. Lo tomé, le quité el calcetín y repetí el mismo ritual lento, lamiendo cada arco, chupando cada dedo, mordisqueando la parte carnosa junto al pulgar. Pero entonces el pie que ya había mimado bajó hasta mi entrepierna y presionó mi polla dura contra el vientre, despacio, midiendo mi reacción. Cerré los ojos. Empezó a masajearme la verga con la planta del pie, arriba y abajo, apretando el glande contra el ombligo con los dedos, mientras yo seguía mamándole el otro pie con los ojos en blanco.

—Mírate. Empalmado, chupándome los pies como un perro, y con las pelotas destrozadas —susurró—. Si te bajo el pantalón, ¿te corres solo con esto?

No pude ni contestar. Ella empujó el elástico con los deditos del pie, bajándome el pantalón corto y los calzoncillos de golpe hasta las rodillas. La polla saltó libre, hinchada, roja, con un hilo de líquido brillando en la punta. Los testículos, marcados y enrojecidos por las patadas, colgaban tensos entre mis piernas abiertas.

Lucía se quedó mirándomela un segundo, y sonrió.

—Vaya cerdada de polla te ha quedado. Toda mojada.

Apoyó las dos plantas de los pies a los lados de mi verga y empezó a masturbarme con ellos, apretándomela entre los arcos, deslizándola arriba y abajo. La piel de sus pies, suave y todavía tibia por dentro del calcetín, se resbalaba por el tronco con el líquido preseminal que yo no paraba de soltar. Con el dedo gordo de un pie apretaba la punta, extendiendo el líquido por toda la corona, mientras con el otro pie me acariciaba los huevos doloridos, hinchados por los golpes.

—Mírame. Mírame mientras te la meneo con los pies —ordenó.

Levanté la vista. Estaba echada hacia atrás en el sofá, con las piernas abiertas, la falda subida, y bajo la tela fina de las bragas se marcaba una humedad oscura que crecía por momentos. Se estaba poniendo tan cachonda como yo.

—Lucía... me voy a correr —gemí, con la voz rota.

—Ni se te ocurra. Todavía no. Cógeme los pies, chúpalos otra vez, y aguántate.

Obedecí. Le agarré los dos pies, me los llevé a la cara y hundí la lengua entre los dedos, chupándolos todos a la vez mientras ella seguía haciendo presión con los talones contra mi polla, exprimiéndomela contra el vientre. Yo estaba a punto de reventar. Los huevos me palpitaban, la verga me palpitaba, y ella lo notaba y disfrutaba viéndome al borde sin dejarme llegar.

El teléfono lo cortó todo. Lucía miró la pantalla, suspiró y se incorporó, retirando los pies de golpe. La polla se me quedó colgando dura, brillante de saliva y de mi propio líquido, latiendo sola en el aire.

—Me tengo que ir. Pero esto lo repetimos. Esto y muchas cosas más —dijo, y al levantarse aplastó mi polla contra el vientre con la planta del pie, sin prisa, mientras se calzaba el otro—. La próxima vez te dejo correrte. Igual encima de mis pies. O dentro de mi coño. Ya veremos qué te has ganado.

Me quedé atónito, incapaz de articular nada, con los calzoncillos por las rodillas y la verga temblando. La acompañé como pude hasta la puerta, subiéndome el pantalón, y nos despedimos con dos besos. Justo antes de irse, mirándome fijamente a los ojos, levantó la rodilla y la clavó una última vez en mis maltrechos testículos. Me quedé inmóvil, doblado por el dolor, viéndola alejarse mientras aquel culo se contoneaba calle abajo.

Nada más cerrar la puerta, me apoyé contra ella, me bajé el pantalón otra vez y me agarré la polla. No hicieron falta ni cinco pases: exploté contra el suelo del recibidor, corrida tras corrida, con la boca todavía impregnada del sabor de sus pies y los huevos ardiéndome del dolor.

Tardé días en recuperarme del todo. Pero ni una sola vez deseé no haber aceptado aquella apuesta. Aquella tarde descubrí algo de mí mismo que ya no he podido ignorar: que mi sitio, mi verdadero sitio, estaba justo ahí, en el suelo, a sus pies.

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Comentarios(9)

FelipeS

tremendo relato!!! quede sin palabras

PaolaM_ok

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues...

NocturnaMx

Me encanto como lo narraste, se siente autentico sin ser burdo. Esas situaciones con amigos de toda la vida tienen otra carga distinta, y lo captaste perfecto. Segui escribiendo!

Cata_Rdz

jaja la apuesta mas cara que perdiste en tu vida sin duda

Emilio_Cordoba

Me tuvo enganchado de principio a fin, muy bien escrito. Gracias por compartirlo

Seba_metro

de los mejores relatos de esta categoria que lei en mucho tiempo. no abundan los buenos

Dariela88

me recordo a una situacion que vivi hace tiempo, aunque yo no lo hubiera contado tan bien jaja. muy bueno

BeatrizCV

Lo que mas me gusto es ese giro, cuando uno se da cuenta de que no sabia lo que queria hasta que lo vivio. Muy bien logrado.

Narrador_Mx

Como quedo la amistad despues de todo eso? me quede con esa duda. Excelente relato igual

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