La granja de mi tía me convirtió en su sumiso
Aquella mañana caminé hacia mi nuevo trabajo, hacia la granja y las tierras de mi tía Brígida. No me apetecía trabajar. Quería seguir holgazaneando, viviendo sin rumbo y metiéndome en un problema tras otro, pero al mismo tiempo no podía sacármela de la cabeza. No había dejado de pensar en ella en toda la noche.
Dormí bocabajo por el ardor que me había dejado su látigo la tarde anterior. El simple roce del aire sobre la piel me hacía apretar los dientes, y cada vez que el dolor regresaba volvía ella a mi mente: su gesto severo, sus guantes largos de goma, la frialdad con la que me había tratado. Mi tía Brígida no era una mujer hermosa. Tenía un cuerpo grueso y voluptuoso, ya entrada en años, con unas tetas enormes que le colgaban pesadas bajo la blusa y un culo ancho, carnoso, que le tensaba la falda a cada paso. Esa noche, sin embargo, se había convertido en lo único que deseaba. Me la había pajeado tres veces bocarriba, mordiéndome el labio para no gemir, imaginando su coño gordo tragándose mi polla, sus guantes de goma apretándome los huevos, su voz áspera ordenándome que me corriera cuando ella quisiera. No entendía aquellos sentimientos tan extraños hacia ella, aunque pronto los comprendería del todo.
Mi madre y las demás mujeres que trabajaban para ella se adentrarían en los campos al amanecer. Había que recolectar una hortaliza de temporada antes de que la lluvia terminara de echar a perder la tierra. Mi tía estaba de un humor de perros. Adelantar la cosecha significaba venderla menos madura y a peor precio, y la sola idea de perder dinero la encolerizaba.
Empezó a dar voces. Ordenó a las mujeres meterse entre los surcos y llenar cubos con todo lo que arrancaran. Después clavó sus ojos en mí.
—Tú recoges los cubos llenos que te entreguen y los llevas hasta la pila a lavarlos —dijo, marcando cada palabra—. Quiero las hortalizas relucientes. Que no quede ni una mota de tierra. ¿Queda claro?
Asentí. Parecían instrucciones sencillas, pero no tardé en descubrir que yo no estaba hecho para el trabajo.
A medida que avanzaba la mañana, las mujeres no paraban de llenar cubos. La extensión era enorme y yo tenía que cruzarla una y otra vez, cargar, volver, lavar. A los pocos viajes ya estaba agotado y el trabajo se me amontonaba. Ellas se deslomaban sin descanso mientras yo lo ralentizaba todo, en evidencia, dejando claro lo vago que era.
Mi tía Brígida se acercó con paso firme. No iba a azotarme, todavía no. Regresó con un manojo de hierbas que yo no supe reconocer, aunque jamás olvidaría su nombre: ortigas. Me bajó el pantalón de un tirón y metió el manojo entre mi ropa interior y la piel, justo sobre las marcas del día anterior.
El dolor fue inmediato y feroz. Tenía el culo en carne viva y aquellos tallos picaban y quemaban como brasas. Ella volvió a subirme el pantalón con calma, dejando las ortigas atrapadas contra mi piel.
—Vas a aprender a obedecer y a trabajar —dijo, sin levantar la voz—. Cada vez que holgazanees, al día siguiente llevarás ortigas en el culo. Te aseguro que vas a preferir deslomarte antes que volver a sentirlas.
Tenía razón. Cada paso era un infierno. Las ortigas avivaban el ardor de los latigazos y se me saltó una lágrima, pero ella solo me recordó que esperaba esfuerzo y silencio. No tuve más remedio que apretar los dientes y trabajar de verdad por primera vez en mi vida. Cargué hasta el último cubo que me entregaron, sin rechistar.
Al caer la tarde, las mujeres volvieron a casa. Mi madre no me había dirigido la palabra en todo el día. Estaba decepcionada, harta de mí, agotada de cargar con la vergüenza de un hijo que solo le daba disgustos. Ya casi no me miraba como tal.
***
Yo también me disponía a marcharme, molido, cuando la voz de mi tía me detuvo en seco.
—Tú no te vas a ninguna parte —dijo, y señaló una larga fila de botas de goma embarradas que las mujeres habían dejado junto a la caseta—. Vas a limpiarlas una por una hasta que queden relucientes. Mañana las quiero impecables para que empiecen su jornada.
Aquello fue humillante. Estaba reventado y había una hilera interminable de botas que apestaban a sudor y a tierra mojada. Me arrodillé con un trapo y, durante más de una hora, froté cada una con cuidado. Cuando ella volvió y comprobó que había obedecido, esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Todos los días limpiarás sus botas. Estarán contentas cuando las encuentren limpias cada mañana —dijo. Luego se descalzó las suyas y las dejó frente a mí, enfangadas hasta la caña—. Las mías las limpiarás con la lengua. A partir de hoy soy tu dueña. Y las quiero relucientes, o tendré que enseñarte otra vez con el látigo.
Me observó fijamente mientras yo, de rodillas, pasaba la lengua por el barro de sus botas. El sabor era terroso y amargo, y ella no apartó la vista ni un segundo, disfrutando de mi humillación. Había dejado claro que ahora le pertenecía.
Cuando llevaba lamida media bota, notó el bulto que se me marcaba en el pantalón. Se me había puesto la polla como una piedra, sin pedir permiso, y ella lo vio al instante. Soltó una risa breve, seca.
—Mírate, comebragas. Te empalmas comiéndote el barro de mis botas —dijo, y me clavó la punta enfangada en la entrepierna, apretando la suela contra mi verga tiesa—. Sigue lamiendo. Y si te corres dentro del pantalón, mañana te hago lamer eso también.
Pasé la lengua por cada pliegue del cuero, por las costuras, por el tacón. Ella movía el pie con calma, restregándome la suela sucia contra la polla, midiendo cuánto podía aguantar sin correrme. El barro se me pegaba a los dientes, me raspaba el paladar, y yo seguía lamiendo con las mejillas ardiendo, los ojos llenos de lágrimas y la verga a punto de reventar. Cuando terminé la segunda bota, tenía la cara embadurnada de tierra y una gota espesa de precorrida chorreándome por dentro del pantalón.
—Buen chico —dijo, y me plantó la suela limpia en la frente antes de retirarla—. Mañana traes más hambre.
***
El día siguiente quedaba mucho por recolectar. Cuando las mujeres se internaron en los campos, me quedé a solas con ella. La vi agarrar un nuevo manojo de ortigas con su mano enguantada y se me heló la sangre.
—No, por favor, tía, hoy me esforzaré más —supliqué.
No sirvió de nada. Me bajó el pantalón y volvió a colocarme las ortigas contra la piel dolorida.
—Hoy trabajas duro y en silencio —dijo—. No quiero verte de cháchara con las mujeres. Sobre todo, ni una palabra con Carla y con Nuria. Ayer perdías el tiempo coqueteando cada vez que ibas a recoger su cubo. En mis tierras solo hablas conmigo.
Comprendí que le molestaba que me acercara a las más jóvenes. Lo que no imaginé fue el método que iba a usar para callarme.
—A partir de ahora trabajas mudo —añadió—. Los comebragas no hablan. Solo chupan bragas.
No entendí a qué se refería hasta que se levantó la falda hasta la cintura y se bajó las bragas hasta los tobillos. Su coño quedó a un palmo de mi cara: un coño gordo, oscuro, con un mechón espeso de vello negro y los labios carnosos brillando de humedad. El olor me golpeó de lleno, denso, agrio, a hembra madura que llevaba dos días sin lavarse. Las bragas eran las mismas del día anterior. Las sostuvo por la cinturilla y me enseñó la entrepierna: una mancha ancha, amarillenta, apelmazada, con una costra blanquecina en el centro y un cerco marrón en la parte de atrás.
—Abre —dijo.
Abrí la boca por instinto y me embutió la tela dentro con los dedos, plegándola de modo que la mancha me quedara pegada a la lengua. El sabor me llenó la boca de golpe: sudor rancio, flujo seco, orina, un punto ácido que me hizo arcadas. Selló mis labios con una tira de cinta que dio dos vueltas alrededor de mi cabeza. Después me colocó una mascarilla de tela por encima, de modo que nadie notara lo que llevaba dentro.
—Cada día comerás bragas hasta que te comportes como es debido —sentenció—. Cuanto más chupes, más saborcito les sacas. Ahora, a trabajar. Y en silencio.
Recogí cubo tras cubo sin poder cruzar palabra con nadie, oculto tras la máscara, cumpliendo mi labor como un autómata. Cada vez que tragaba saliva, arrastraba conmigo un poco más del sabor de su coño. Al mediodía, la tela estaba empapada por dentro, y yo tenía la polla dura dentro del pantalón, avergonzado de mí mismo y ardiendo a la vez.
***
En las tierras de mi tía siempre había faena, dura pero rentable. Su mano de hierro hacía que cada mujer se ganara su jornal y que nadie holgazaneara si quería conservar el puesto. Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fui acostumbrando al esfuerzo. Mis progresos fueron tan buenos que ella dejó de vigilarme de cerca.
Y, curiosamente, empecé a echarla de menos. A echar de menos su severidad, su atención clavada en mí. Cumplir bien con el trabajo me alejaba de ella, y eso me dejaba un vacío extraño. Me aburría tanto, día tras día, que terminé encontrando una manera de entretenerme que a ninguna de aquellas mujeres le habría gustado.
Descubrí que se cambiaban y se aseaban en una caseta de madera al fondo de la finca. Una mañana me acerqué sin hacer ruido y, por las rendijas entre los tablones, las vi desnudas. La primera fue Nuria. Era joven, guapa, de cuerpo firme, con unas tetas pequeñas y respingonas de pezones rosados y un coño depilado, apretado, que se le marcaba entre los muslos delgados. La vi enjabonarse los pechos con las dos manos, pellizcarse los pezones sin darse cuenta, deslizar la esponja entre las nalgas. Me saqué la polla del pantalón y me la meneé rápido, con la boca abierta contra la madera, mordiéndome la lengua para no jadear. Me corrí en tres tirones contra el tablón, salpicando la pared de leche caliente. Estuvo a punto de descubrirme, pero salí huyendo a tiempo, con el pantalón manchado y las manos pegajosas.
La siguiente fue Carla. Carla era harina de otro costal: mayor que Nuria, con un culo grande, redondo, y unas tetas pesadas que le rebotaban al agacharse. Se abrió de piernas para lavarse el coño y yo vi cómo los dedos se le hundían entre los labios, cómo se los separaba para enjuagarse por dentro. Volví a sacármela. Esa vez aguanté más, quería mirarla hasta el final, y me corrí justo cuando ella se giró para enjabonarse el culo. Un chorro grueso me manchó los dedos y el interior del pantalón. Había encontrado mi pasatiempo: cada vez que alguna de las dos entraba a refrescarse, allí estaba yo, agazapado tras la madera, con la verga fuera. Era selectivo. Solo ellas dos. Jamás habría espiado a mi madre ni a la veterana, la señora Remedios.
Hasta que me pillaron, y volví a meterme en un problema enorme.
Fue Nuria quien me sorprendió pegado a los tablones, con la polla en la mano y a punto de correrme. Gritó con todas sus fuerzas, llamándome pervertido, mientras se cubría los pechos con las manos y cerraba las piernas de golpe. Acudieron todas, asustadas. Yo me guardé la verga como pude y lo negué, sembré la duda, mentí con descaro, y por un momento creí que me libraría, porque mi tía no sabía a quién creer. Entonces intervino Carla. Confirmó la versión de Nuria y reveló que yo llevaba días espiándola también a ella, que había callado por vergüenza y por miedo a perder el trabajo.
Ya no hubo duda. El rostro de mi tía Brígida era pura furia; el de mi madre, pura vergüenza. Una vez más la había dejado en ridículo, esta vez delante de sus compañeras. Las demás mujeres la miraban como culpándola de haber criado a semejante hijo. Mi madre se marchó cabizbaja, llorando, repudiada por las mismas mujeres con las que trabajaba codo con codo.
***
El castigo tardó un solo día en llegar. Fue una jornada rara: nadie me hablaba, nadie se acercaba a mí ni a mi madre. Mi tía evitó dirigirme la palabra, aunque por un motivo distinto: esperaba el momento adecuado, el final de la jornada. Cuando todas se fueron a descansar, yo seguía allí.
—Tú te vienes conmigo al almacén —me ordenó con voz grave—. Vas a recibir el castigo que mereces.
Entramos en el amplio almacén donde se guardaban los aperos. Allí había conocido por primera vez a la verdadera tía Brígida, y tuve la sensación de revivir aquel día. Ella cerró la puerta con llave y se calzó los guantes de goma sobre sus brazos voluminosos.
—Te lo advertí —dijo despacio—. Si volvías a desobedecerme, sería mucho más dura. Nos has dejado a todas en mal lugar. Carla y Nuria están avergonzadas, a tu madre la culpan a ella y a mí me miran con rencor por consentirte. Hoy aprendes a comportarte. Te dije que comprobaríamos qué se rompe antes, si tu culo o el látigo.
—Lo siento, tía Brígida, no volverá a pasar —balbuceé, pero ya era tarde.
—Desnúdate. Todo.
Obedecí. Me quité la camisa, el pantalón, los calzoncillos, con las manos temblando. Ella me miró de arriba abajo sin ninguna piedad, con los ojos parados en mi polla, que colgaba fláccida y encogida por el miedo.
—Menudo pito de mierda tienes —dijo, agarrándomela con la mano enguantada y sacudiéndomela con desprecio—. Y esto es lo que asustó a las pobres chicas. Da vergüenza ajena.
Me apretó los huevos entre los dedos de goma hasta que se me doblaron las rodillas, luego me soltó de golpe. Pasó una cadena gruesa sobre una viga del techo, de modo que ambos extremos colgaran. Cerró unas esposas en mis muñecas y las enganchó arriba, dejándome de puntillas, con los brazos estirados y todo el cuerpo desnudo abierto a su antojo. Después me ató los tobillos con una cuerda, separándome bien las piernas para que el culo y los huevos le quedaran a tiro. En cuestión de minutos quedé inmovilizado por completo. ¿De dónde había sacado las esposas? Aún me quedaba mucho por descubrir de ella.
—Tía, no hace falta, he aprendido la lección, me portaré bien —insistí.
—Cierra la boca —cortó, y se acercó—. ¿Crees que puedes engañarme con tus mentiras?
Se levantó la falda, se bajó las bragas por los muslos gruesos y se las sacó por los pies. Estas venían aún peor que las del día anterior: la entrepierna empapada, pegajosa, con hilos espesos de flujo colgando de la tela. Me las restregó por toda la cara antes de metérmelas en la boca, plegadas en un bolo denso que me llenaba el paladar. La cinta selló mis labios con dos vueltas.
—Has decidido ser un comebragas el resto de tu vida. Pues que así sea. Trágate lo que suelte esa tela, hasta la última gota.
El sabor de su coño se me deshizo en la boca a los pocos segundos, salado y amargo, y no tuve más remedio que tragar la saliva mezclada con su flujo. Se me revolvió el estómago, pero la polla se me empezó a poner dura otra vez, colgando entre mis muslos abiertos.
Ella lo vio y sonrió de medio lado.
—Mira al cerdo. Amordazado con mis bragas sucias y se le pone dura. Ya sé lo que eres.
Agarró el látigo corto que ya conocía. Se colocó detrás de mí y lo sopesó en su mano enguantada. Estaba aterrado. Sabía que aquel día sería distinto, que iba a ser especialmente cruel. Había llegado demasiado lejos. Y, sin embargo, algo en mi interior lo deseaba, necesitaba su dureza, aunque tenía claro que esa tarde no la disfrutaría.
El primer latigazo me partió el aliento. Conocí el verdadero significado de la palabra infierno. Cada golpe era peor que el anterior. La piel trenzada se estrellaba contra mis nalgas desnudas y me dejaba una quemadura ardiente. Habría aullado, pero amordazado no podía emitir un solo sonido. Resignado, sin poder moverme, recibí latigazo tras latigazo mientras las lágrimas me corrían por la cara y las bragas se me hundían más adentro con cada arcada.
Cuando terminó con mi culo, el cuero saltó a mi espalda. Pensé que se había equivocado, pero al primer golpe le siguieron varios más. Luego bajó a los muslos y azotó cada centímetro de piel. Descargó también un par de golpes secos entre las piernas, uno de los cuales me alcanzó de lleno los huevos y me dejó sin aire. Me dolía todo: el culo, la espalda, las piernas, los cojones. Descargó sobre mí toda su rabia, y supe que esa vez tardaría días en recuperarme.
Cuando por fin bajó el látigo, se acercó por detrás, me abrió las nalgas ardientes con las dos manos enguantadas y me metió el dedo índice en el culo hasta el fondo, sin lubricante ni aviso. Yo grité contra la mordaza. El dedo giraba dentro de mí, curvándose, hurgando, mientras ella me respiraba en la nuca.
—Este culo también es mío desde hoy —dijo—. Lo estreno cuando me dé la gana. Y por cómo se te aprieta, ya veo que te va a costar caro.
Sacó el dedo con la misma calma con que lo había metido y me lo enseñó por encima del hombro, sucio, antes de limpiárselo en mi propia mejilla.
—Escucha bien tus nuevas normas, comebragas —dijo, recuperando el aliento—. Cada sábado por la tarde entraremos a esta habitación. Si has obedecido, has trabajado duro y te has portado bien con las mujeres, quizá sea piadosa con el látigo. Si no, te azotaré cada semana con más fuerza y durante más tiempo. Tú eliges.
Hizo una pausa para que calara cada palabra.
—Te marcaré todas las semanas. De ti depende cuánto. Puedes trabajar algo dolorido o puedes hacerlo con el cuerpo gritando a cada paso. La semana que viene veremos qué has elegido. Vas a odiar este látigo, te lo aseguro.
Hablaba muy en serio. Me liberó de las cadenas y de las cuerdas, y cuando me disponía a huir de allí con los ojos hinchados, su voz me detuvo otra vez.
—No tan deprisa.
Sostenía un objeto que había comprado desde el incidente de la caseta: una pequeña jaula de alambre, con un anillo para los huevos y un tubo curvo para la polla. No entendí para qué servía hasta que me agarró la verga, todavía media dura de la humillación, me pasó los cojones por el anillo uno a uno y me embutió el pito dentro del tubo. La polla se dobló hacia abajo, encogida y aprisionada. Cerró el candado por debajo con una llave diminuta y probó a tirar del artilugio: no salía.
—Se acabó masturbarte —dijo, guardándose la llave en el escote, entre las dos tetazas pesadas—. Cada vez que se te empine, el alambre te la va a apretar hasta que se te baje. La próxima vez que quieras tocarte, tendrás que pedírmela a mí. Y dudo mucho que te la dé.
Me pellizcó la punta de la verga a través de los barrotes y me arrancó un quejido ahogado.
—Y otra cosa. A partir de esta noche meas sentado, como las mujeres. Si me entero de que has salpicado una sola gota fuera de la taza, te ato al inodoro con la lengua dentro. ¿Estamos?
Asentí con la cabeza baja, con la polla ya intentando hincharse dentro de la jaula y el alambre mordiéndomela por todos lados. El artilugio era completamente eficaz. Ahora ni siquiera mi propio cuerpo me pertenecía.
***
Mi tía Brígida había conseguido justo lo que buscaba: que la temiera. Yo la había subestimado, había creído que sus castigos serían un juego placentero, y me había equivocado de medio a medio. No quería volver a sentir aquel látigo. A partir de entonces tendría que comportarme de una manera muy distinta.
Podía ser estricta y cruel, sí, pero también era justa. Llevaba semanas observando cómo mi madre y yo nos distanciábamos hasta volvernos dos desconocidos, y aquello no era lo que ella quería en sus tierras. Quería una familia unida y un buen ambiente entre las mujeres, y sabía perfectamente cómo iba a lograrlo. Tenía un plan para mí, para mi madre y para todas, y los días que vinieron después me harían descubrir el lado más sádico, y al mismo tiempo más certero, de la única mujer capaz de domarme.





