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Relatos Ardientes

La granja de mi tía me convirtió en su sumiso

Ilustración del relato erótico: La granja de mi tía me convirtió en su sumiso

Aquella mañana caminé hacia mi nuevo trabajo, hacia la granja y las tierras de mi tía Brígida. No me apetecía trabajar. Quería seguir holgazaneando, viviendo sin rumbo y metiéndome en un problema tras otro, pero al mismo tiempo no podía sacármela de la cabeza. No había dejado de pensar en ella en toda la noche.

Dormí bocabajo por el ardor que me había dejado su látigo la tarde anterior. El simple roce del aire sobre la piel me hacía apretar los dientes, y cada vez que el dolor regresaba volvía ella a mi mente: su gesto severo, sus guantes largos de goma, la frialdad con la que me había tratado. Mi tía Brígida no era una mujer hermosa. Tenía un cuerpo grueso y voluptuoso, ya entrada en años, pero esa noche se había convertido en lo único que deseaba. No entendía aquellos sentimientos tan extraños hacia ella, aunque pronto los comprendería del todo.

Mi madre y las demás mujeres que trabajaban para ella se adentrarían en los campos al amanecer. Había que recolectar una hortaliza de temporada antes de que la lluvia terminara de echar a perder la tierra. Mi tía estaba de un humor de perros. Adelantar la cosecha significaba venderla menos madura y a peor precio, y la sola idea de perder dinero la encolerizaba.

Empezó a dar voces. Ordenó a las mujeres meterse entre los surcos y llenar cubos con todo lo que arrancaran. Después clavó sus ojos en mí.

—Tú recoges los cubos llenos que te entreguen y los llevas hasta la pila a lavarlos —dijo, marcando cada palabra—. Quiero las hortalizas relucientes. Que no quede ni una mota de tierra. ¿Queda claro?

Asentí. Parecían instrucciones sencillas, pero no tardé en descubrir que yo no estaba hecho para el trabajo.

A medida que avanzaba la mañana, las mujeres no paraban de llenar cubos. La extensión era enorme y yo tenía que cruzarla una y otra vez, cargar, volver, lavar. A los pocos viajes ya estaba agotado y el trabajo se me amontonaba. Ellas se deslomaban sin descanso mientras yo lo ralentizaba todo, en evidencia, dejando claro lo vago que era.

Mi tía Brígida se acercó con paso firme. No iba a azotarme, todavía no. Regresó con un manojo de hierbas que yo no supe reconocer, aunque jamás olvidaría su nombre: ortigas. Me bajó el pantalón de un tirón y metió el manojo entre mi ropa interior y la piel, justo sobre las marcas del día anterior.

El dolor fue inmediato y feroz. Tenía el culo en carne viva y aquellos tallos picaban y quemaban como brasas. Ella volvió a subirme el pantalón con calma, dejando las ortigas atrapadas contra mi piel.

—Vas a aprender a obedecer y a trabajar —dijo, sin levantar la voz—. Cada vez que holgazanees, al día siguiente llevarás ortigas en el culo. Te aseguro que vas a preferir deslomarte antes que volver a sentirlas.

Tenía razón. Cada paso era un infierno. Las ortigas avivaban el ardor de los latigazos y se me saltó una lágrima, pero ella solo me recordó que esperaba esfuerzo y silencio. No tuve más remedio que apretar los dientes y trabajar de verdad por primera vez en mi vida. Cargué hasta el último cubo que me entregaron, sin rechistar.

Al caer la tarde, las mujeres volvieron a casa. Mi madre no me había dirigido la palabra en todo el día. Estaba decepcionada, harta de mí, agotada de cargar con la vergüenza de un hijo que solo le daba disgustos. Ya casi no me miraba como tal.

***

Yo también me disponía a marcharme, molido, cuando la voz de mi tía me detuvo en seco.

—Tú no te vas a ninguna parte —dijo, y señaló una larga fila de botas de goma embarradas que las mujeres habían dejado junto a la caseta—. Vas a limpiarlas una por una hasta que queden relucientes. Mañana las quiero impecables para que empiecen su jornada.

Aquello fue humillante. Estaba reventado y había una hilera interminable de botas que apestaban a sudor y a tierra mojada. Me arrodillé con un trapo y, durante más de una hora, froté cada una con cuidado. Cuando ella volvió y comprobó que había obedecido, esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Todos los días limpiarás sus botas. Estarán contentas cuando las encuentren limpias cada mañana —dijo. Luego se descalzó las suyas y las dejó frente a mí, enfangadas hasta la caña—. Las mías las limpiarás con la lengua. A partir de hoy soy tu dueña. Y las quiero relucientes, o tendré que enseñarte otra vez con el látigo.

Me observó fijamente mientras yo, de rodillas, pasaba la lengua por el barro de sus botas. El sabor era terroso y amargo, y ella no apartó la vista ni un segundo, disfrutando de mi humillación. Había dejado claro que ahora le pertenecía.

***

El día siguiente quedaba mucho por recolectar. Cuando las mujeres se internaron en los campos, me quedé a solas con ella. La vi agarrar un nuevo manojo de ortigas con su mano enguantada y se me heló la sangre.

—No, por favor, tía, hoy me esforzaré más —supliqué.

No sirvió de nada. Me bajó el pantalón y volvió a colocarme las ortigas contra la piel dolorida.

—Hoy trabajas duro y en silencio —dijo—. No quiero verte de cháchara con las mujeres. Sobre todo, ni una palabra con Carla y con Nuria. Ayer perdías el tiempo coqueteando cada vez que ibas a recoger su cubo. En mis tierras solo hablas conmigo.

Comprendí que le molestaba que me acercara a las más jóvenes. Lo que no imaginé fue el método que iba a usar para callarme.

—A partir de ahora trabajas mudo —añadió—. Los comebragas no hablan. Solo chupan bragas.

No entendí a qué se refería hasta que se bajó las bragas que llevaba puestas, las mismas del día anterior. Estaban sucias, gastadas, con un olor penetrante. Me las metió en la boca y las selló con una tira de cinta. Después me colocó una mascarilla de tela por encima, de modo que nadie notara lo que llevaba dentro. La idea era tan retorcida como eficaz: no podía hablar, no podía escupir, y el sabor me revolvía el estómago.

—Cada día comerás bragas hasta que te comportes como es debido —sentenció—. Ahora, a trabajar. Y en silencio.

Recogí cubo tras cubo sin poder cruzar palabra con nadie, oculto tras la máscara, cumpliendo mi labor como un autómata.

***

En las tierras de mi tía siempre había faena, dura pero rentable. Su mano de hierro hacía que cada mujer se ganara su jornal y que nadie holgazaneara si quería conservar el puesto. Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fui acostumbrando al esfuerzo. Mis progresos fueron tan buenos que ella dejó de vigilarme de cerca.

Y, curiosamente, empecé a echarla de menos. A echar de menos su severidad, su atención clavada en mí. Cumplir bien con el trabajo me alejaba de ella, y eso me dejaba un vacío extraño. Me aburría tanto, día tras día, que terminé encontrando una manera de entretenerme que a ninguna de aquellas mujeres le habría gustado.

Descubrí que se cambiaban y se aseaban en una caseta de madera al fondo de la finca. Una mañana me acerqué sin hacer ruido y, por las rendijas entre los tablones, las vi desnudas. La primera fue Nuria. Era joven, guapa, de cuerpo firme, y mientras la espiaba no pude resistirme a meterme la mano en el pantalón. Estuvo a punto de descubrirme, pero salí huyendo a tiempo. La siguiente fue Carla, y repetí el mismo ritual. Había encontrado mi pasatiempo: cada vez que alguna de las dos entraba a refrescarse, allí estaba yo, agazapado tras la madera. Era selectivo. Solo ellas dos. Jamás habría espiado a mi madre ni a la veterana, la señora Remedios.

Hasta que me pillaron, y volví a meterme en un problema enorme.

Fue Nuria quien me sorprendió pegado a los tablones. Gritó con todas sus fuerzas, llamándome pervertido, mientras se cubría los pechos con las manos. Acudieron todas, asustadas. Yo lo negué, sembré la duda, mentí con descaro, y por un momento creí que me libraría, porque mi tía no sabía a quién creer. Entonces intervino Carla. Confirmó la versión de Nuria y reveló que yo llevaba días espiándola también a ella, que había callado por vergüenza y por miedo a perder el trabajo.

Ya no hubo duda. El rostro de mi tía Brígida era pura furia; el de mi madre, pura vergüenza. Una vez más la había dejado en ridículo, esta vez delante de sus compañeras. Las demás mujeres la miraban como culpándola de haber criado a semejante hijo. Mi madre se marchó cabizbaja, llorando, repudiada por las mismas mujeres con las que trabajaba codo con codo.

***

El castigo tardó un solo día en llegar. Fue una jornada rara: nadie me hablaba, nadie se acercaba a mí ni a mi madre. Mi tía evitó dirigirme la palabra, aunque por un motivo distinto: esperaba el momento adecuado, el final de la jornada. Cuando todas se fueron a descansar, yo seguía allí.

—Tú te vienes conmigo al almacén —me ordenó con voz grave—. Vas a recibir el castigo que mereces.

Entramos en el amplio almacén donde se guardaban los aperos. Allí había conocido por primera vez a la verdadera tía Brígida, y tuve la sensación de revivir aquel día. Ella cerró la puerta con llave y se calzó los guantes de goma sobre sus brazos voluminosos.

—Te lo advertí —dijo despacio—. Si volvías a desobedecerme, sería mucho más dura. Nos has dejado a todas en mal lugar. Carla y Nuria están avergonzadas, a tu madre la culpan a ella y a mí me miran con rencor por consentirte. Hoy aprendes a comportarte. Te dije que comprobaríamos qué se rompe antes, si tu culo o el látigo.

—Lo siento, tía Brígida, no volverá a pasar —balbuceé, pero ya era tarde.

Pasó una cadena gruesa sobre una viga del techo, de modo que ambos extremos colgaran. Cerró unas esposas en mis muñecas y las enganchó arriba, dejándome de puntillas, con los brazos estirados. Después me ató los tobillos con una cuerda. En cuestión de minutos quedé inmovilizado por completo. ¿De dónde había sacado las esposas? Aún me quedaba mucho por descubrir de ella.

—Tía, no hace falta, he aprendido la lección, me portaré bien —insistí.

—Cierra la boca —cortó, y se acercó—. ¿Crees que puedes engañarme con tus mentiras?

Me metió de nuevo las bragas sucias en la boca y la selló con cinta.

—Has decidido ser un comebragas el resto de tu vida. Pues que así sea.

Agarró el látigo corto que ya conocía. Se colocó detrás de mí y lo sopesó en su mano enguantada. Estaba aterrado. Sabía que aquel día sería distinto, que iba a ser especialmente cruel. Había llegado demasiado lejos. Y, sin embargo, algo en mi interior lo deseaba, necesitaba su dureza, aunque tenía claro que esa tarde no la disfrutaría.

El primer latigazo me partió el aliento. Conocí el verdadero significado de la palabra infierno. Cada golpe era peor que el anterior. La piel trenzada se estrellaba contra mis nalgas desnudas y me dejaba una quemadura ardiente. Habría aullado, pero amordazado no podía emitir un solo sonido. Resignado, sin poder moverme, recibí latigazo tras latigazo mientras las lágrimas me corrían por la cara.

Cuando terminó con mi culo, el cuero saltó a mi espalda. Pensé que se había equivocado, pero al primer golpe le siguieron varios más. Luego bajó a los muslos y azotó cada centímetro de piel. Me dolía todo: el culo, la espalda, las piernas. Descargó sobre mí toda su rabia, y supe que esa vez tardaría días en recuperarme.

—Escucha bien tus nuevas normas, comebragas —dijo, recuperando el aliento—. Cada sábado por la tarde entraremos a esta habitación. Si has obedecido, has trabajado duro y te has portado bien con las mujeres, quizá sea piadosa con el látigo. Si no, te azotaré cada semana con más fuerza y durante más tiempo. Tú eliges.

Hizo una pausa para que calara cada palabra.

—Te marcaré todas las semanas. De ti depende cuánto. Puedes trabajar algo dolorido o puedes hacerlo con el cuerpo gritando a cada paso. La semana que viene veremos qué has elegido. Vas a odiar este látigo, te lo aseguro.

Hablaba muy en serio. Me liberó de las cadenas y de las cuerdas, y cuando me disponía a huir de allí con los ojos hinchados, su voz me detuvo otra vez.

—No tan deprisa.

Sostenía un objeto que había comprado desde el incidente de la caseta: una pequeña jaula de alambre. No entendí para qué servía hasta que la encajó sobre mi sexo y la cerró con una llave diminuta.

—Se acabó masturbarte —dijo, guardándose la llave en el bolsillo—. La próxima vez que quieras tocarte, tendrás que pedírmela a mí. Y dudo mucho que te la dé.

El artilugio era completamente eficaz. Ahora ni siquiera mi propio cuerpo me pertenecía.

***

Mi tía Brígida había conseguido justo lo que buscaba: que la temiera. Yo la había subestimado, había creído que sus castigos serían un juego placentero, y me había equivocado de medio a medio. No quería volver a sentir aquel látigo. A partir de entonces tendría que comportarme de una manera muy distinta.

Podía ser estricta y cruel, sí, pero también era justa. Llevaba semanas observando cómo mi madre y yo nos distanciábamos hasta volvernos dos desconocidos, y aquello no era lo que ella quería en sus tierras. Quería una familia unida y un buen ambiente entre las mujeres, y sabía perfectamente cómo iba a lograrlo. Tenía un plan para mí, para mi madre y para todas, y los días que vinieron después me harían descubrir el lado más sádico, y al mismo tiempo más certero, de la única mujer capaz de domarme.

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Comentarios (3)

CarlitosWay91

genial el relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Viviette_22

Por favor necesito una segunda parte, quede totalmente enganchada

Dominante_Mx

Me gusto como esta narrado, se siente muy autentico. Sigue escribiendo!

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