Mi novio me hizo beber su orina en una fiesta
Hace un tiempo, mi novio Maximiliano y yo estábamos en una fiesta en casa de sus padres. Celebraban la graduación de la universidad de su hermana menor, Carolina, que da la casualidad de que es también una de mis mejores amigas. Llevo ya un par de años de novia con Maxi, o «Max» como todos le decimos de cariño. Mi virginidad la perdí con él, y es con él con quien he tenido casi todas mis experiencias.
Nos entendemos muy bien en la cama, y a mí me gusta cumplirle sus locuras. El problema es que a veces se pasa de la raya, y la que termina sufriendo las consecuencias soy yo. Esa tarde, sin saberlo todavía, iba a ser una de esas veces.
No soy de andar con faldas ni vestidos, pero Max me había pedido que llevara falda. En cuanto me lo dijo supe que algo tramaba. Mi novio es así: cuando se le mete una idea en la cabeza, no para hasta lograrla. Y yo, para qué negarlo, disfruto ser cómplice de sus travesuras.
Esa misma tarde, antes de salir, me había hecho ponerme un plug anal debajo de la falda. Así que llegué a la reunión con un cosquilleo permanente entre las piernas, medio excitada todo el tiempo, sonriendo a los suegros como si nada pasara.
Después de una buena cena y un trozo de pastel, alguien destapó las cervezas y nos sentamos a pasar la tarde sin apuro. La familia de Max me quiere mucho, y la verdad es que estábamos pasándola bien entre bromas y charlas de las de siempre.
Yo estaba de pie con mi botella verde ya vacía, calculando si me servía otra, cuando Max se acercó y se ofreció a traérmela él. Tardó más de la cuenta, pero eso pasa cuando media familia anda metida en la cocina y uno tiene que esquivar a todos.
Unos quince minutos después volvió con mi cerveza. Chocamos las botellas, di el primer sorbo y casi lo escupo ahí mismo. Él sonrió y me dijo, lo bastante alto como para que lo oyera:
—Traga, puta.
—¿Qué es esto? —le pregunté, después de obligarme a pasar ese líquido amargo y tibio por la garganta.
—Adivina —me respondió, con esa sonrisa que se le dibuja cada vez que logra una de las suyas.
Lo miré fijo. El sabor seguía en mi boca, salado, denso, inconfundible. Sentí que se me encendía la cara.
—¿Sabe a… meados? —dije, a medio camino entre la afirmación y la pregunta.
—¡Exacto! —se rió—. Nunca quisiste probarlos, así que tenía que encontrar la manera de que lo hicieras. Y ahora no te vas de acá hasta que vacíes esa botella, cabrona.
Lo dijo con burla, pero lo conozco lo suficiente para saber que lo de terminarme la botella iba muy en serio. Y entonces caí en la cuenta de la situación. Tenía en la mano una botella de cerveza llena de su orina, con toda su familia girando a mi alrededor.
Maldición. Esto es humillante, es peligroso, y por algún motivo me está poniendo cachonda.
Eso era lo peor de todo. No era solo el asco ni la rabia. Era que cada vez que levantaba la botella y sentía las miradas distraídas de la familia, algo se apretaba dentro de mí. La idea de que cualquiera podía descubrirlo, de que estaba obedeciendo una orden sucia en medio de la sala, me prendía como pocas cosas.
Fui dando tragos espaciados, disimulando, mientras seguía la conversación con la suegra como si la botella tuviera lo que tenía que tener. Cada sorbo era una pequeña tortura. Max me observaba desde el otro lado del living, fingiendo charlar con su padre, pero pendiente de cada gesto mío. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él arqueaba una ceja, como diciéndome «toda, hasta el fondo».
Para cuando la botella quedó vacía, yo estaba empapada debajo de la falda. El plug, la humillación, su voz ordenándome tragar: todo se mezclaba en un mismo punto entre mis piernas. Le hice una seña con la cabeza hacia el pasillo. No aguantaba más.
***
A medida que avanzaba la tarde, conseguimos escabullirnos hasta el sótano de la casa. Era un cuarto frío, con olor a detergente, lleno de cajas y con la lavadora arrinconada contra la pared del fondo. En cuanto cerró la puerta, Max me empujó contra ella y me besó con esa urgencia que no admite preguntas.
Me levantó la falda de un tirón y, con un movimiento rápido, me bajó los calzones empapados hasta los tobillos. Soltó una risa baja al notar lo mojada que estaba.
—Mírate. Te encantó, ¿no? —me susurró al oído.
No le contesté. No hacía falta.
Me dio vuelta y me dobló sobre la lavadora. El metal estaba helado contra mi vientre. Como sabe que soy demasiado gritona cuando me la mete, agarró algo del cesto de ropa que había al lado y me lo metió en la boca de golpe, callándome antes de que pudiera quejarme.
Me penetró con fuerza, de una sola estocada, hundiéndose hasta el fondo. Quise gritar, pero la tela apretada entre los dientes apenas dejó salir un quejido ahogado. Me embistió rápido, sin tregua, agarrándome de las caderas, mientras la lavadora golpeaba contra la pared con cada empujón.
Fue una cogida express, de esas con un ojo puesto en la puerta. A decir verdad, el único que terminó fue él. Yo no llegué, más que nada por los nervios de que alguien bajara y nos encontrara así, con la falda arremangada y la ropa interior por los tobillos.
Sentí el chorro tibio llenándome por dentro. Se separó de mí con un suspiro satisfecho. Yo me saqué la tela de la boca, todavía agitada, y me la volví a poner entre las piernas a las apuradas. No quería que el semen se me escapara delante de toda la familia mientras subía. Al menos eso lo contendría hasta llegar al baño.
Y entonces lo noté. La tela que me había metido en la boca, esa misma que ahora apretaba contra mí, no era mía.
Giré la cabeza, confundida. Max estaba parado detrás, divertidísimo, sosteniendo en alto mi ropa interior con dos dedos, como un trofeo. Con todo el descaro del mundo me hizo entender que el calzón sucio que me había metido en la boca no era el mío.
Era de su hermana. Era de Carolina.
Sentí que se me revolvía el estómago y a la vez una corriente recorriéndome la espalda. Me enojé. Le dije, en voz baja pero firme, que con lo de la orina ya se había pasado, pero que meterme el calzón sucio de su hermana en la boca era demasiado, que esta vez de verdad había cruzado todos los límites.
—Estás loco —le solté—. ¿De dónde lo sacaste?
Max no dijo nada. Solo se encogió de hombros, con esa sonrisa colgada de los labios, y señaló el cesto de la ropa sucia junto a la lavadora. Después me tomó de la mano, como si nada hubiera pasado, y me llevó de vuelta a la reunión.
***
Volvimos al living con la cara lavada y la sonrisa puesta. Carolina me ofreció otro trozo de pastel y yo se lo acepté, incapaz de mirarla a los ojos más de dos segundos. La suegra contaba una anécdota de cuando Max era chico. Todos reían. Yo asentía, todavía sintiendo el calor de él dentro de mí y un sabor que prefería no nombrar.
No fue hasta más tarde, cuando Max me llevaba a casa en el auto, que nos dimos cuenta de algo. Yo ya no tenía el plug anal puesto.
—Se me debe haber caído en el sótano —dije, con un nudo en el estómago—. Al lado de la lavadora.
Nos quedamos en silencio un momento. Habíamos dejado, sin querer, una pista perfecta de lo que había pasado ahí abajo. O quién sabe. A lo mejor, cuando lo encontraran, terminarían culpando a la pobre Carolina, pensando que ese plug era de ella.
Max se rió por lo bajo y aceleró un poco. Yo apoyé la cabeza en la ventanilla y miré las luces pasar.
Esa tarde, sin proponérmelo, había probado dos cosas nuevas: la orina de mi novio y el sabor de la ropa íntima de su hermana. Fue una locura. La clase de locura que, lo reconozco, todavía me da vergüenza contar. Y que, también lo reconozco, no me importaría repetir.