Mi video de disculpas con la jaula de castidad puesta
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Relato de carácter fetichista. Todos los personajes son mayores de edad y nadie sale lastimado. Si quieres entender mejor de dónde viene todo esto, lee la primera parte.
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Estaba grabando el video en mi cuarto y lo reproduje antes de enviarlo, para estar seguro de que le iba a gustar a Marcos, el tipo con el que perdí la pelea. Me había quitado los pantalones y estaba acostado bocarriba sobre la cama deshecha. Conservaba puesta la ropa interior: un bikini masculino de corte bajo, tan apretado que marcaba a la perfección la jaula de castidad que encerraba mi sexo.
Mi madre me había dado esa prenda y me había pedido que la usara para el video de disculpas. Dijo que estaba de moda entre los chicos en Francia, que se la había encargado a una amiga suya que volvía de viaje, especialmente para mí. Era de tres colores y dejaba a la vista una parte de mi trasero, aunque no era una braga de mujer. Tenía azul arriba, rosa en el centro y blanco abajo. En la cintura decía «Beta» y, sobre las nalgas, «Beta Status». No sabía si aquello significaba algo.
Cuando me la entregó, la sostuve entre las manos y noté que la tela era muy suave, así que supuse que era cara. En condiciones normales habría protestado por el color rosa, pero por alguna razón no sentí el más mínimo deseo de discutir. Creí recordar algo, una voz tranquila repitiéndome despacio: te sentirás más relajado, no tendrás ningún interés en pelear ni en desobedecer una orden… Mi mente estaba un poco confundida. Le dije que la usaría, ella sonrió y me pellizcó la mejilla.
—Ese es mi chico bueno —murmuró—. Esto te va a ayudar a arreglar las cosas con Marcos.
En el video que intentaba grabar estaba bocarriba, con las rodillas flexionadas y separadas, abiertas un poco antes de empezar. Para cuando terminé la primera toma me temblaban las piernas y de la punta de la jaula goteaba líquido preseminal que empapaba la tela del bikini. «Lágrimas de castidad», las había llamado mi doctora, con esa frialdad clínica que usaba para todo lo que tenía que ver conmigo.
Le di al botón de reproducir por segunda vez y me observé en la pantalla. «Mierda», me dije. «No es suficiente». Aún quedaba algo de orgullo en mi voz, en la forma en que apretaba la mandíbula entre disculpa y disculpa. Marcos lo notaría. Lo usaría como excusa para lastimarme otra vez. No podía volver a enfrentarme a él, no por ahora. Primero tendría que volverme más fuerte.
Pateé el colchón con rabia y le di un par de puñetazos a la almohada, en una rabieta que no sirvió de nada. Sabía que no había nadie en casa, así que nadie me escucharía, salvo quizá las sirvientas. Respiré hondo y traté de calmarme antes de empezar de cero. No llevaba camisa ni pantalón, así que decidí quitarme también la ropa interior y me la bajé hasta los tobillos.
Quedé prácticamente desnudo, a excepción de la jaula que apresaba mi sexo. Era pequeña, de metal, estaba muy ceñida y reflejaba las luces led de la habitación con un brillo helado.
Todo era culpa de mi estúpida hermana. No sé cómo se enteró. Fue con el chisme a mi madre de que había leído sobre castidad y que el modelo que ella le había pedido a la doctora para mí podía hacerme daño, porque era demasiado grande.
—Es verdad, mamá —había dicho con esa vocecita de niña aplicada—. El sexo de Leo va a intentar ponerse grande y, si tiene un poco de espacio, crecerá antes de que la jaula lo detenga. Eso podría lastimarlo. Lo ideal es que la jaula sea lo más pequeña posible, que se ajuste bien a su amiguito.
—Bueno —respondió mi madre, pensativa—, es cierto que no lo había considerado. Me dejé llevar por una jaula azul muy bonita. Supongo que le pediré otra sugerencia a Nadia.
Mi hermana mantenía las piernas apretadas y las movía despacio de un lado a otro mientras hablaba. Disfrutaba aquello más de lo que admitiría jamás.
—¿Y una jaula plana? —propuso al fin—. Creo que a Leo le quedaría bastante bien.
Así fue como terminé usando esta jaula de metal. No llegó a ser plana, pero sí muy pequeña. Casi como si no tuviera nada ahí abajo.
Abrí las piernas todo lo que pude, intentando apoyar las rodillas a cada lado de la cama, de modo que el bikini que tenía atrapado en los tobillos se estiró tenso. Empecé a grabar con la mano izquierda mientras con la derecha me daba el primer golpe. Fue una palmada no demasiado fuerte, la mano abierta, que atrapó mis dos testículos y los sacudió.
—Lo siento, Marcos —gemí.
Este era el video de disculpas que el idiota me había exigido. La toma capturaba desde el ombligo hacia abajo: el vientre, las piernas abiertas y la jaula brillando entre ellas.
Levanté de nuevo la mano y me golpeé otra vez. Mis testículos se contrajeron como si quisieran escapar del dolor, se encogieron y se pegaron a mi cuerpo, duros y pequeños.
—¡Lo siento, Marcos! —repetí, y la voz empezó a salirme aguda en contra de mi voluntad.
Recordé lo que me había dicho la última vez, con esa sonrisa torcida: «Hazlo bien, o seré yo quien te aplaste los huevos. Y no me haré responsable si después tu mamá te los tiene que mandar cortar».
Sentí miedo. Moví las piernas hacia arriba y hacia abajo, terminando de deshacer las sábanas. El bikini se soltó de mis tobillos y cayó al suelo, junto con un cojín, dejándome por completo desnudo. Dejé un momento el teléfono al lado de la cama y, antes de retomar la grabación, me pellizqué con fuerza ambos pezones para asegurarme de que mi voz sonara quebrada desde el primer segundo.
Volví a grabar. Empecé a darme palmadas seguidas, dejando caer la mano con más peso cada vez, tratando de no gemir, pero dejando escapar pequeños sonidos agudos entre disculpa y disculpa.
—¡Lo siento, Marcos, lo siento! ¡Lo siento! —Mi palma golpeaba mis testículos y los hacía rebotar junto con la jaula de metal, con un sonido húmedo y rítmico, plap, plap, plap.
Aceleré el ritmo. La cabeza se me movía de un lado a otro de la almohada mientras la mano castigaba sin descanso, y gruesas lágrimas se me escurrían por las sienes. Un golpe, dos, tres, cuatro. Luego un poco más rápido, más fuerte, cargando todo el brazo. De la punta de la jaula empezó a brotar líquido preseminal que mojaba mi mano. Primero gemía; después, lloraba abiertamente.
De pronto sentí que me iba a correr así, sin tocarme más que en los golpes, y corté el video de golpe. Lo envié sin volver a verlo. Debajo escribí un mensaje:
«Aquí tienes el estúpido video que querías. ¿Qué le dijiste a mi madre? Nunca había sido tan estricta conmigo, no desde la época de los ajustes de actitud».
Salí de la habitación para despejarme. Como sabía que la casa estaba vacía, me olvidé por completo de que estaba desnudo. O casi. Estaba bebiendo un vaso de agua en la cocina y, cuando me di la vuelta, Carla estaba frente a mí. Fue raro: no sentí vergüenza, ni siquiera el impulso de taparme.
Vi a Carla sujetar con ambas manos el dobladillo de su vestido de criada francesa, el uniforme obligatorio de todas nuestras sirvientas. Se mordió el labio.
—¿El señorito se encuentra bien? —preguntó. Tenía las mejillas encendidas y la respiración un poco agitada.
La recorrí entera con la mirada. Llevaba el pelo de un rubio natural y sus pechos llenaban la blusa del uniforme, siempre con más de un botón abierto, dejando ver la piel blanca del escote. La falda era muy corta y dejaba asomar las medias blancas sujetas con ligas. A veces la sorprendía agachándose para pasar el plumero por algún mueble y le veía un poco el trasero, cubierto por bragas blancas con el escudo de mi familia bordado.
Recordé que, antes de la pelea con Marcos, llevaba semanas intentando seducirla para llevármela a la cama. Sentí mi sexo intentar pulsar y bajé la vista hacia mi vientre, recordando que estaba desnudo, solo para encontrar la jaula de metal pegada a mi cuerpo, latiendo apenas, incapaz de crecer. Levanté de nuevo la mirada. ¿Fue mi imaginación? Los pezones de Carla estaban duros, abultados bajo la tela de la blusa. Hacía apenas unos segundos no estaban así.
—Me voy a mi habitación, Carla —dije, intentando recuperar algo de autoridad—. Que nadie me moleste. Soy el hombre de esta casa. Recuérdalo.
Caminé tambaleándome, porque me dolían los testículos a cada paso. Sentí a Carla seguirme con la mirada y, por un instante, creí escucharla reír por lo bajo, una risa breve y contenida que me siguió hasta el pasillo.
Cerré la puerta de mi cuarto y me dejé caer en la cama, todavía desnudo, con el cuerpo temblando por el esfuerzo y la humillación. La pantalla del teléfono se iluminó: Marcos había visto el video. Tardó un rato en escribir. Cuando llegó su respuesta, la leí tres veces seguidas, y noté cómo la jaula volvía a tensarse, inútil, contra mi piel.
«No está mal para empezar. Pero todavía suenas como alguien que cree que va a recuperar lo que perdió. Mañana quiero otro. Y esta vez tu madre me dijo que puede ayudarte a sonar más convincente».
Solté el teléfono sobre las sábanas como si quemara. En algún lugar de la casa se oyó una puerta, unos pasos suaves, el roce de una falda corta contra el pasillo. Cerré los ojos y respiré hondo, intentando recordar quién había sido yo antes de todo esto. No lo conseguí.
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Ahora ve a dormir. Recuerda que los chicos buenos no tienen erecciones.