El verano que descubrí mi obsesión por sus pies
Esta historia tengo que contarla, porque todavía hoy, años después, se me seca la boca al recordarla. Durante casi dos veranos estuve enredado con una mujer once años mayor que yo. Por aquel entonces yo acababa de cumplir diecinueve y ella tenía treinta. Era bajita, con una cara redonda que parecía de muñeca, buenas caderas, buenas piernas y unos pies que cuidaba con una devoción casi religiosa.
Nos conocimos de pura casualidad en la piscina de una urbanización. Marina era amiga de un compañero de uno de aquellos primeros trabajos de mierda que tuve, descargando cajas en un almacén a las afueras.
Yo era un crío con buen cuerpo pero con un aura de adolescente que no engañaba a nadie. Flaco, espigado, y con la mala costumbre de pasearme con el bañador demasiado ajustado, porque me gustaba notar las miradas. Aquella tarde no iba a ser la excepción.
Estábamos los cuatro junto al agua: Diego, mi amigo del almacén; Sonia, su novia; y Marina, la mujer bajita cuyos pies me tuvieron hipnotizado desde el primer segundo.
Eran perfectos. Blancos, suaves, con mucho arco, más bien pequeños, calzaba un treinta y seis. Los dedos bien ordenados, con las uñas pintadas de un rosa pálido, el pulgar el más largo y el resto descendiendo en una línea limpia. Me costaba mirar otra cosa.
Con diecinueve años estás caliente a todas horas, y Sonia, aunque no era guapa, tenía un pecho que era difícil ignorar. Pero a mí me daba igual. Era alta, ancha de caderas, demasiada mujer para mi cabeza de entonces. Marina, en cambio, con su biquini verde, su cuerpo menudo y aquellos pies, era la que me provocaba un hambre que no sabía explicar.
Con la excusa de que era sábado, bajamos unas jarras de sangría a la piscina y estuvimos bebiendo «un poco». Enredamos en el agua, Diego me lanzaba por los aires como si fuera un muñeco, y yo aprovechaba cada zambullida para arrimarme a Marina, que se dejaba hacer, supongo que porque le parecía un chaval inofensivo.
El problema era que, cuanto más jugueteábamos, más cerca tenía su cuerpo, y más se me iba endureciendo todo por debajo del agua. Lo que me terminaba de encender era que buscaba cualquier excusa para tocarle los pies.
Era un novato en aquello. Rozar unos pies de esa categoría me provocaba una erección instantánea, casi mágica, como si me hubieran dado a un interruptor.
Marina se tenía que estar dando cuenta, pero la sangría y la calentura me habían vuelto más atrevido.
—Deja de agarrarme los pies de una vez —me dijo, medio riéndose.
—Es que tienes que usar las manos para nadar, ¿no? —contesté.
—Mira que te doy una patada en esa cara de listillo, ¿eh?
—¿Con esos piececitos? Si son de mentira, parecen de juguete.
—Idiota, ya sé que los tengo pequeños.
—Pequeños y monos —dije—. Si les ponemos un palito debajo, parecen un polo de los de toda la vida.
Hice el gesto de sujetar un palo imaginario bajo su talón y, sin preguntar, me metí el pie entero en la boca. La tenía durísima por todo el tonteo, y en el instante en que esos dedos entraron entre mis labios sentí una presión en las sienes, una oleada de calor por todo el cuerpo y la entrepierna a punto de reventar. Le di tres mordiscos suaves mientras hacía «ñam, ñam, ñam», para que pareciera parte del juego.
Marina se rio. No me apartó el pie, no dijo que tuviera cosquillas, no dijo nada. Se dejó hacer.
Seguimos en el agua un rato más y, en uno de aquellos giros, notó perfectamente lo que tenía entre las piernas contra su trasero. Tampoco dijo nada.
***
Cuando salimos, Marina se sentó en una tumbona y empezó a echarse crema en las piernas, que tenía resecas por el cloro. Yo seguía medio empalmado y medio borracho, así que le solté si quería ayuda con «los polos esos que tienes por pies». Me miró, me regaló una sonrisa preciosa y me dijo que sí mientras me alargaba el bote y estiraba la pierna hacia mí.
Cogí la crema, le unté bien los pies y se los masajeé despacio, disfrutando de cada curva, de cada centímetro, conteniendo las ganas de morderlos, de besarlos, de chuparlos otra vez.
—Ay, qué gusto… —murmuró—. No me acuerdo ni de la última vez que me dieron un masaje así.
—No es gratis. Me debes un chupito.
—Dos. Uno por cada pie.
—Me parece un trato más que justo, doña Marina.
Sonia dijo que ella también quería, que le daba envidia, y le plantó los pies encima a Diego para que se los frotara. Pero Diego era un manazas y los amasaba sin ningún tacto, como si estuviera estrujando una bayeta.
—Pues el chaval este va a hacer feliz a alguien —comentó Marina—, porque no veas qué bien los da.
—Es un talento natural —dije yo.
—Qué envidia… —suspiró Sonia.
Me costaba fingir naturalidad. Notaba la cara ardiendo, el pulso en las sienes, la entrepierna latiendo, y sus pies suaves recorridos sin descanso por mis diez dedos. Me estaba poniendo enfermo de deseo.
Si esto no para pronto, voy a hacer una tontería delante de todos.
—Estaría así toda la tarde —dijo ella al fin—, pero me tengo que ir. He quedado más tarde y necesito que se me baje un poco el pedo.
Pensé rápido. Sabía que tendría que subir a cambiarse, y yo también tenía mis cosas arriba, en el piso de Diego. La tenía dura y se me ocurrió que aquel podía ser el momento de enseñársela.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Las siete y media.
—Buena hora para seguir, pero sí, yo también tengo que subir. Diego, ¿me dejas las llaves? Subo, me cambio y te las bajo.
Diego me las dio con un guiño cómplice. Sonia seguía empeñada en que él le diera un masaje en condiciones, argumentando que, si un crío sabía, con su experiencia él debería saber mejor.
***
De camino al ascensor íbamos hablando de tonterías. La cosa se me había desinflado un poco, pero el bulto seguía siendo bastante evidente, como una reacción alérgica que no se quería bajar.
En el ascensor noté que Marina echaba un par de vistazos hacia abajo mientras charlábamos. La sangría la había vuelto más descarada. Le gustaba el efecto que provocaba, y debía de preguntarse cómo era posible que la tuviera así si lo único que le había tocado eran los pies.
Yo, por mi parte, le miraba los pies de reojo, tan bonitos y pequeños en aquellas chanclas de dedo, con sus uñas rosas. El impulso de agacharme y agarrárselos era constante. Fantaseaba con lamerlos enteros, con succionar cada dedo hasta dejarle el esmalte limpio.
Pensamientos peligrosos. La entrepierna volvió a hincharse. Subíamos hasta un octavo y aquel ascensor no era precisamente rápido.
Entramos en el piso a por nuestras cosas. Marina fue a buscar su ropa, pero dejó la mochila olvidada en la entrada. Yo me metí en la cocina a beber agua para ganar tiempo, con la idea de coincidir con ella en el cuarto de invitados, donde había dejado mi ropa, y que me pillara desnudo. Solo de pensarlo, la sangre volvió de golpe y me dejó en un estado de semierección permanente que abultaba más de la cuenta.
Marina entró al baño y yo me bebí tres vasos de agua seguidos, muerto de sed. Todavía empalmado, fui al cuarto, me quité el bañador y empecé a secarme. Los roces de la toalla me la levantaron un poco más.
Oí abrirse la puerta del baño. Marina venía hacia el cuarto diciendo algo sobre lo bien que combinaban la piscina y la sangría. Yo le contestaba con la voz lo más tranquila que podía, oyendo sus pasos acercarse, completamente desnudo, esperando el contacto visual, excitado por lo que sabía que iba a pasar.
Apareció en la puerta a por su mochila y sus ojos fueron directos a mi entrepierna. Tardó en reaccionar por el alcohol, así que la dejé mirar bien. Sentir sus ojos clavados ahí hizo que se me hinchara todavía más. Parpadeó, sorprendida, y levantó las cejas.
—Ay, perdona, no sabía que te estabas cambiando.
—No pasa nada. Me seco en un momento y me visto. Coge tus cosas, no me molesta.
Marina entró a por la mochila y volvió a mirar.
—Menudo aparato tienes… ¿Por qué la tienes tan dura?
Decidí confesar. Me faltaba demasiada sangre en la cabeza como para que mintiera por mí.
—A ver, me da un poco de vergüenza…
Lo decía con la ropa interior en la mano y todo al aire, dejando que lo observara por si le entraban ganas de tocarlo. Ya estaba casi en su punto máximo, apuntando al techo.
—Es que tienes unos pies preciosos. Y eso es algo que a mí me gusta muchísimo en una chica. El masaje me ha puesto un poco.
—¿Un poco? —Hizo un gesto señalando lo evidente—. ¿Se te ha puesto así por tocármelos?
—Sí.
Hubo un silencio. Ella me miraba a mí, yo la miraba a ella.
—¿Quieres chupármelos? —dijo al fin.
Aquella frase cayó como una bomba. Me costó reaccionar, pero todo lo demás reaccionó por mí.
—No hace falta que contestes —se rio—. Ya veo que lo tienes claro.
—Me muero de ganas… —admití.
—Y yo… —Bajó la voz—. Antes, cuando me los mordiste en la piscina, me puse muchísimo. Y cuando me los masajeaste, también. No haría esto sin la sangría encima, pero me vuelve loca que me los toquen y me los chupen. Muchísimo.
***
Se tumbó en la cama del cuarto de invitados y levantó el pie izquierdo hacia mí. Acepté la invitación sin pensarlo dos veces. Me abalancé sobre él y empecé a lamerlo desde el talón, recorriendo toda la planta sin ninguna prisa, saboreando aquella delicia que llevaba toda la tarde persiguiendo.
—Buf, cómo me pone que me coman los pies… —jadeó—. No sabes lo difícil que es encontrar a alguien a quien le guste de verdad.
—A mí me encanta. Y con estos pies, esto es un regalo.
—Qué bien lo haces, joder…
Su mano bajó entre sus piernas, cerró los ojos y empezó a respirar fuerte mientras mi lengua subía y bajaba por su planta una y otra vez. Le succioné los dedos uno a uno, despacio, atrapando cada uno entre los labios.
—Buf, eso, eso me mata…
Estaba tan perdido en lo mío que no me di cuenta de que me observaba con la boca entreabierta. Me metí el pie entero en la boca y succioné con ganas. Se arqueó, frunció el ceño y se le escapó un gemido largo que terminó en un orgasmo que intentó tapar con la mano libre.
Repetí la operación con el otro pie. Planta, empeine, talón, los espacios entre los dedos. No dejé nada sin recorrer. Los besaba con desesperación, los succionaba intentando separar cada dedo del resto, los lamía como quien se come un helado en pleno agosto.
En mitad de aquello, Marina tuvo otro orgasmo, todavía más ruidoso. Esta vez no se tapó la boca. Siguió tocándose y yo seguí lamiendo. Si ella no paraba, yo tampoco.
Era apenas la tercera vez en mi vida que podía comer unos pies con esa libertad, y estos eran de otra categoría. Lo mejor de todo era que había sido ella quien me lo había pedido.
Mientras la disfrutaba, me había ido tocando a mí mismo. Sentí que no aguantaba mucho más, así que junté sus dos pies y me froté entre ellos. A Marina le pareció bien y puso de su parte, apretándolos. Lo que no se esperaba fue terminar con la cara y el pecho llenos a toda velocidad.
—Joder, me has puesto perdida —dijo, entre risas.
—Perdona, no estaba yo para pensar.
—Ya, ya…
Se relamió lo que tenía cerca de la boca, sin ningún reparo, y me encantó verlo. Después se limpió como pudo.
***
Desde aquel día, Marina estuvo casi dos años sin buscarse novio en serio, porque no encontraba a nadie que le hiciera lo que yo le hacía. Y yo no ayudaba a que buscara. No pensaba renunciar a aquella barra libre, y en cada encuentro me la gozaba como si fuera el último. Los dos estábamos enganchados al mismo fetiche, atrapados en el mismo juego.
Me bastaba con salir de fiesta un sábado, no ligar con nadie, y mandarle un mensaje a las tantas que dijera «tengo ganas de comerte los pies como un animal», para que Marina me contestara llamándome de todo y, al rato, me dijera de ir a su casa. Las veces que dejó plantadas a sus amigas por que le succionara los dedos no se pueden ni contar.
Era la frase mágica. Un martes cualquiera le escribí que me moría de ganas, ella se inventó una excusa para salir antes del trabajo, y nos pasamos toda la tarde encerrados en su casa, jugando con sus pies hasta que se nos hizo de noche.
Qué gran época aquella. A veces todavía la echo de menos.