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Relatos Ardientes

El chico de la cafetería no dejaba de mirarme los pies

Eran cerca de las seis de la tarde y el calor empezaba por fin a aflojar. A una cuadra de mi edificio hay una cafetería que siempre está llena, de esas con un par de mesitas y banquetas afuera, sobre la vereda, donde podés sentarte a ver pasar gente y dejar que el ruido de la calle te envuelva. Voy cada tanto, casi siempre con alguna amiga. Cuando voy sola, me llevo un libro o me pierdo en el teléfono y dejo que la tarde transcurra.

No voy a negar que a veces se me acerca algún desconocido. Pero no me arruinan la tarde; me lo tomo con gracia y rara vez les sigo el juego. Son ratos que me regalo a mí misma, nada más. Pedí mi capuchino de siempre y lo acompañé con un cigarrillo, mirando cómo el humo se deshacía contra la luz dorada que caía entre los edificios.

Fue entonces cuando lo noté. Un muchacho de unos veintidós años esperaba el colectivo a pocos metros, en la parada. Cara de estudiante, mochila al hombro, esa postura encogida de quien no sabe bien qué hacer con las manos. Me miraba con un disimulo torpe, convencido de que yo no me daba cuenta. Pero me daba cuenta perfectamente.

No me molesta que me miren. Me gusta verme bien donde sea que vaya, y no porque me arregle de más, sino porque me gusta que todo esté en su lugar. Giré la cabeza hacia el otro lado y crucé la pierna derecha sobre la izquierda, lenta, sin apuro. Me hice la distraída. Me divierte provocar ese efecto, y también me intriga saber cuánto tiempo logro sostenerlo.

Sabía que la blusa de tiritas, azul noche, me favorecía. Como mi departamento estaba ahí nomás, la comodidad me había dado la confianza de salir con poco más que un short minúsculo y unas sandalias de baño, de esas chiquitas que dejan el pie casi al descubierto y dibujan toda la línea de la pierna. Pasaron dos colectivos y el chico seguía ahí, dejando pasar el suyo. Y seguía mirando. Pero no me miraba la cara.

Con la pierna cruzada, empecé a balancear el pie de arriba abajo, despacio, dejando que la sandalia colgara apenas del talón. Lo miré de frente, sin aviso. En ese instante él levantó la vista, se cruzó con la mía y giró la cabeza tan rápido que casi se le cae la mochila.

Te tengo.

Volví a hacerme la concentrada en la pantalla y, como esperaba, su mirada regresó al mismo punto de antes. Lo dejé mirar. No quería espantarlo, así que ni lo enfrenté. Seguí moviendo el pie para él, marcando un ritmo, como quien hipnotiza a un animalito nervioso. Me faltaba poco para terminar el café. Empecé a juntar mis cosas para irme, y el muy descarado no apartaba los ojos.

Me levanté y caminé directo hacia él. El chico bajó la mirada de inmediato, clavada en mis pies, en cómo las sandalias golpeaban el cemento a cada paso. Yo me acercaba y él se ponía cada vez más rígido. Creo que pensó que iba a esperar el colectivo a su lado. Se acomodó el cuello de la campera y miró hacia la esquina, fingiendo. Pero yo ya había decidido encararlo.

—Ey —le dije, con un tono firme que no llegaba a reto—. ¿Te gustan mis sandalias?

—Disculpe… —balbuceó, y se le subieron los colores hasta las orejas.

—No sos el único. A muchos les gustan —me estaba divirtiendo de lo lindo con la cara que ponía.

—No quería molestar. Es que me parece que es usted muy linda, nada más.

—¿Te parezco linda yo, o te gustan mis sandalias?

—Usted… toda usted es hermosa —dijo, sin animarse a sostenerme la mirada.

—Lo que no querés admitir es que me mirabas los pies. —Se quedó mudo, el pobre, tragando saliva.

Dejé que el silencio pesara un segundo más, lo justo para que entendiera que no había escapatoria. Después señalé hacia mi edificio con el dedo.

—Acompañame. Mi piso es aquel de ahí. Tengo unos zapatos nuevos que me quiero probar y quiero saber si esos también te gustan.

No esperé respuesta. Me di vuelta y caminé sabiendo que iba a seguirme. Lo escuché apurar el paso detrás de mí, como un perrito que no quiere quedarse atrás.

***

En el pasillo abrí la puerta y le hice un gesto para que pasara. Él, con una timidez casi conmovedora, me cedió el paso primero, todo modales. Entré yo y él entró detrás, cerrando la puerta con cuidado, como si temiera hacer ruido en una casa ajena.

—Relajate —le dije, mientras dejaba las llaves sobre la mesa—. Nadie te va a ver. Estoy sola por ahora.

Me saqué las sandalias de una patada y caminé descalza sobre el piso fresco. Sentí su mirada bajar enseguida, pegada a mis pies desnudos. Me llevé las manos a la blusa y me la saqué por la cabeza, quedando en corpiño. Las tetas me quedaron casi al aire, apretadas en el encaje negro, y le vi la nuez subir y bajar de tanto tragar saliva. El chico abrió la boca para decir algo y no le salió nada. Me senté en el sillón de un cuerpo que tengo en el living, una pierna sobre la otra, y lo dejé ahí parado, sin saber qué hacer con su propio cuerpo.

—¿Ves esa caja que está ahí? —señalé el rincón—. Son mis zapatos nuevos. Traémelos.

Mientras él iba a buscarla, empecé a bajarme el short, sin prisa, mirándolo de reojo. Me quedé en tanga, con las piernas todavía cruzadas, y noté cómo se le marcaba una raya dura en el pantalón apenas giró la cabeza.

—No me gusta usar tacos con short —dije, como si necesitara justificarme, aunque los dos sabíamos que no.

Volvió con la caja entre las manos, tan nervioso que casi se le resbala. No tenía la menor idea de qué se esperaba de él. Lo dejé sufrir un rato más antes de hablar.

—Todavía no me puse los zapatos y vos ya estás duro —dije, mirando sin disimulo el bulto que le tensaba el pantalón—. Así que era yo la que te gustaba, no las sandalias ni los zapatos. Arrodillate.

Lo hizo al toque, dejándose caer sobre las rodillas sin dejar de mirarme, como si temiera que cualquier movimiento en falso terminara con el juego. Estiré un pie hasta ponerlo a la altura de su cara.

—Quiero que las huelas —le ordené, alcanzándole una de las sandalias.

Las olió, primero con vergüenza, después con ganas, recorriéndolas por todos lados. No hizo falta que le diera más instrucciones: se entregó solo, con una devoción que lo delataba. Se recreaba en cada bocanada, los ojos entrecerrados. A mí me empezó a gustar verlo así, rendido, mientras le acercaba el otro pie y se lo apoyaba apenas sobre el muslo.

Entre olfateada y olfateada empezó a darle algún beso suave, apenas el roce de los labios. Lo alenté a que siguiera, a que no se detuviera. Le dije que me lamiera más, y obedeció enseguida, pasando la lengua despacio por el empeine, subiendo hasta el tobillo y bajando de nuevo hasta metérsela debajo de las plantas.

—Entre los dedos —le ordené—. Más rápido.

Metió la lengua uno por uno, mamándome los dedos como si fueran otra cosa, chupándolos con la boca abierta y un hilo de saliva que le caía por el mentón. Yo tenía el coño empapado de solo verlo así. Vi que con la mano libre se había abierto el pantalón y sacado la polla afuera, gruesa y colorada en la punta, y empezaba a tocarse, cada vez más apurado. Se la meneaba a puño cerrado, con la muñeca subiendo y bajando en un ritmo cortito, mientras seguía chupándome el pie sin levantar la vista. Lo dejé un rato, mirando cómo se masturbaba mientras me lamía, viendo cómo se le tensaba la mandíbula y le brillaba la punta de saliva propia y baba, y entonces apoyé el otro talón sobre su mano y lo frené en seco.

—Acá no se viene nadie —le dije, con una sonrisa—. Estás acá solo para mirar mis zapatos.

Le apreté la polla contra la panza con la planta del pie, sintiéndola latir bajo la piel, dura como un fierro, y él soltó un quejido largo. Le encantó que lo cortara. Lo vi en cómo respiraba, en cómo se mordía el labio, en cómo se le escapaba una gota gruesa por la punta que le mojó los dedos del pie. Me gusta ese momento exacto, el de tensarlos justo antes de aflojar, dejarlos colgando del filo.

***

—Sacame la tanga —le dije, levantando apenas la cadera del sillón—. Y olela.

La deslizó por mis piernas con un cuidado casi reverente y la acercó a la cara. La olió por delante y por detrás, hundiendo la nariz en la parte del medio, ahí donde la tela había quedado empapada de mí, y noté cómo se le agitaba la respiración con cada inhalación, más excitado con cada uno de mis olores. Le vi sacar la lengua y pasarla por la tela mojada, chupándose mi flujo con los ojos cerrados, como si fuera lo más rico que había probado en la vida. Lo dejé un momento perdido en eso antes de quitarle la prenda de las manos y devolverlo a su tarea.

—Ahora poneme los zapatos.

Lo disfrutó tanto como todo lo demás. Le calzó cada pie con una delicadeza torpe, dejando ver la inexperiencia pero también las ganas de hacerlo bien. Le hice abrochar la hebillita fina del taco y, para mi sorpresa, lo hizo con dedos firmes, concentrado como si en eso se le fuera la vida.

Me puse de pie, ya con los tacos puestos, y lo miré desde arriba. Me agaché, lo agarré del pelo y lo llevé en cuatro patas hasta mi habitación, despacio, sintiendo cómo me seguía sin una sola queja. La polla se le bamboleaba entre las piernas mientras gateaba, todavía dura, mojada en la punta. En el dormitorio tomé la ropa que había dejado tirada el día anterior sobre la silla —una tanga usada, una remera con el olor de mi transpiración— y se la acerqué a la nariz.

—Olé —le dije.

Le refregué la tanga sucia por la cara, aplastándole la parte del medio contra la nariz y la boca, y él la aspiró como si le fuera la vida. Le pasé la lengua por el labio de abajo y le dije que la lamiera, y me obedeció, chupando la tela con los ojos revueltos hacia arriba. Me di cuenta de que se ponía todavía más duro con los olores fuertes, con lo más íntimo y descarnado. Era como ir descubriéndole los botones uno por uno, viendo qué lo encendía. Y cada cosa que probaba lo hundía más en esa entrega.

Me senté al borde de la cama, abrí las piernas y le acerqué la cabeza, sin dejar que terminara de pegarse del todo. Estaba abierta de par en par, con los labios de la concha hinchados, brillando de mojada, el clítoris asomando duro entre los pliegues.

—Oleme —le ordené, llevándolo hacia abajo.

Lo mantuve a un par de centímetros, sintiendo su respiración tibia chocar contra mí mientras me humedecía cada vez más. Un hilo de flujo me chorreaba hasta el ojete y él lo miraba fijo, con la boca entreabierta. Le acerqué un poco más la cara, hasta que la punta de la nariz me rozó el clítoris. Se atrevió, entonces, a meter la lengua. Empezó a subir y bajar sobre el clítoris, primero dudando, después con más decisión, chupándomelo con los labios como si fuera un caramelito, y se me escapó el primer gemido.

—Me encanta tu concha —dijo contra mi piel, con la voz quebrada, y se hundió todavía más.

Le agarré la cabeza con las dos manos y se la apreté contra el coño, restregándomela de arriba abajo, aplastándole la boca contra los labios abiertos.

—Metémela toda —le exigí—. Cogeme con la lengua.

Lo hizo. Me la clavó adentro, dura, y empezó a entrar y salir, follándome el coño con la lengua como si fuera una polla chiquita, mientras con la nariz me apretaba el clítoris a cada envión. Después subió, me chupó el botón con los labios cerrados y empezó a moverlo con la punta de la lengua a toda velocidad, y yo sentí que se me contraía todo por dentro. Bajó de nuevo, me abrió los labios con los dedos y lamió cada pliegue, chupando, tragándose mi flujo, hundiendo la lengua hasta la raíz. Lo sentí lamerme entera, por dentro, con una avidez que no esperaba de alguien tan tímido.

—Chupame el culo también —le dije, agarrándolo del pelo y empujándolo hacia abajo—. Metéme la lengua ahí.

Le pegué la cara al ojete y le sentí la punta de la lengua tantear, primero con vergüenza, después con hambre, empujando adentro. Con la boca ahí me chupaba y con el pulgar me apretaba el clítoris en círculos, y yo empecé a moverme contra su cara, marcándole el ritmo con la pelvis, agarrándolo del pelo para que no se apartara ni para respirar. Nos dejamos caer al piso y lo puse boca arriba para sentarme encima de su cara. Le monté la boca con todo el peso, aplastándole los labios contra los míos, sintiendo cómo la lengua se le clavaba adentro cada vez que yo bajaba la cadera. Cabalgué sobre él con movimientos cada vez más fuertes, refregándole la concha empapada por toda la cara, chorreándolo de flujo hasta el mentón, gimiendo sin contenerme, mirándolo desde arriba mientras se entregaba sin aire.

Le agarré la polla con una mano, sin dejar de cogerle la boca con el coño, y se la empecé a menear al ritmo que llevaba yo arriba. La sentí latir contra la palma, mojada de su propio jugo, dura hasta doler. Él gimió contra mí, y esa vibración me atravesó entera. Se me disparó la corrida desde adentro, contraída y larga, y le mojé la cara y el cuello, dejándole un charco de mi flujo bajo la mandíbula. Le solté la polla justo antes de que él también acabara, apretándosela por la base para cortarle el orgasmo en seco. Le tembló todo el cuerpo, se le arqueó la espalda, se le escapó un gemido de puro sufrimiento.

Justo antes de terminar de bajarme, me detuve. Me incliné hacia adelante, apoyando las manos sobre su pecho, con la concha todavía apoyada sobre su boca.

—Te voy a avisar algo —le dije, mirándolo a los ojos—. Me estoy por hacer pis.

Esperaba verlo asustarse, apartarse, hacer alguna mueca. En cambio me sostuvo la mirada con una cara de deseo que no le había visto en toda la tarde, abrió la boca todo lo que pudo, sacó la lengua, y me pidió, casi suplicando, que lo orinara encima.

Me quedé un segundo mirándolo, con una sonrisa lenta abriéndose en mi cara. Tengo un hombre nuevo. Uno dispuesto a todo, que había llegado por casualidad a la parada de un colectivo y terminaba la tarde de rodillas, rendido por completo, con la boca abierta esperando lo que yo quisiera darle. Algo me decía que esta no iba a ser la última vez que el chico de la cafetería subiera a mi piso.

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Comentarios(9)

MaiteNocturna

Que relato!!! me tenia pegada a la pantalla desde el principio. La dinamica que se arma es increible, se siente natural y a la vez super intenso.

PabloNocturno

corto pero contundente. quiero la segunda parte ya jaja

DiegoMN

tremendo. la escena del bus me mato, esa tension antes de que pase algo es lo mejor del relato. Sigue escribiendo!

Santi_cba

me recordo a una situacion parecida que viví en el subte, aunque no termino tan bien jajaja. Excelente relato, muy bien contado.

RafaelMG

buenisimo!!!

AndreaCba22

Me encanta cuando la protagonista toma el control desde el primer momento. Muy bien escrito, sin caer en lo burdo. Espero mas relatos asi!

GatoSol77

Se hizo cortisimo, necesito continuacion por favor

Rober_lect

Un relato distinto, con una tension bien lograda. Se agradece que no vaya directo al grano y construya el ambiente primero.

MarceloTuc

la narradora tiene mucha personalidad, eso le da vida al relato. muy bueno

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