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Relatos Ardientes

Lo que hago con las ojotas de mi vecina a medianoche

Me mudé a esta casita hace apenas dos meses, y desde el primer día supe que algo iba a complicarme la cabeza. No fue el barrio, ni el ruido del tren a lo lejos, ni la humedad que se mete por las paredes. Fue ella. Mejor dicho, fueron sus pies.

La casa que alquilé comparte el fondo con otra más pequeña, separada apenas por un patio de baldosas gastadas y una parra que ya no da sombra. Ahí vive Carolina, una mujer de unos treinta y pocos que trabaja en algo de oficina y que tiene la costumbre, bendita costumbre, de andar descalza o en ojotas todo el tiempo que está en su casa.

La primera vez que la vi fue una tarde de calor. Yo estaba colgando ropa y ella salió a regar unas plantas en el borde de su puerta. Llevaba un short y una musculosa, pero yo no le miré nada de eso. Le miré los pies. Blancos, con las plantas de un rosado suave, las uñas siempre pintadas y prolijas, los dedos finos y ordenados como si alguien los hubiera dibujado con paciencia. Me quedé clavado, con una remera mojada en la mano, hecho un idiota.

Esto no me puede estar pasando otra vez.

Porque no era nuevo para mí. Desde adolescente que los pies de las mujeres me desarman de una manera que ningún otro hombre que conozco entiende. No es algo que elija. Es algo que me agarra del estómago y no me suelta. Y los de Carolina eran, sin exagerar, los más lindos que había visto en mi vida.

***

Durante las primeras semanas me convertí en un experto en disimular. Aprendí sus horarios sin proponérmelo. Sabía a qué hora salía a trabajar, con qué zapatos cerrados se iba —una lástima, esos zapatos— y a qué hora volvía y se los sacaba apenas cruzaba la puerta, como quien se libera de una jaula.

Inventaba excusas para estar en el patio cuando ella andaba por el suyo. Que regaba una maceta que no necesitaba agua, que barría hojas que no existían, que buscaba una herramienta en el cobertizo. Todo para robarle dos segundos de mirada a esos pies que se movían descalzos sobre las baldosas tibias.

—Buenas —me decía a veces, con una sonrisa amable, sin sospechar nada.

—Buenas —contestaba yo, tragando saliva, rezando para que no me bajara la vista al pantalón.

Y entonces descubrí el detalle que terminó de perderme. Carolina tenía la costumbre de dejar sus ojotas afuera, junto a la puerta, cuando entraba a la casa. Unas ojotas hawaianas de un rosa gastado, finitas, con la tira ya un poco floja de tanto uso. Ahí quedaban toda la noche, a la intemperie, a pocos metros de mi puerta, marcadas con la forma exacta de sus pies.

La primera vez que las vi solas, sin ella, sentí un calor en la nuca que no me dejó dormir. Sabía perfectamente lo que quería hacer. También sabía que estaba mal. Las dos cosas convivían en mi cabeza sin pelearse demasiado.

***

Aguanté varios días. Me decía que no, que era una locura, que si me descubría se mudaba o llamaba a la policía o, peor, me miraba con asco para siempre. Pero cada noche, antes de acostarme, espiaba por la ventana y ahí estaban las ojotas, esperando, con esa paciencia muda de los objetos.

El jueves no aguanté más. Había sido un día de calor pesado, de esos en que el aire no se mueve, y yo sabía lo que ese calor le hacía a unos pies metidos en ojotas todo el día. Me senté en la cocina y me tomé tres cervezas, una atrás de la otra, buscando el coraje que de sobrio nunca iba a tener.

A medianoche en punto la casa de Carolina estaba a oscuras. Apagué todas mis luces, abrí la puerta despacio, cuidando que no chillara la bisagra, y crucé el patio descalzo. Las baldosas todavía guardaban el calor del día bajo las plantas de mis pies. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que iba a despertar a todo el barrio.

Ahí estaban. Las ojotas rosadas, una un poco volcada sobre la otra, con la marca de cada dedo y del talón hundida en la goma por meses de uso. Me agaché, las agarré con las dos manos como si fueran de cristal, y volví a cruzar el patio sin respirar. Recién cuando cerré mi puerta y eché el pestillo me permití tomar aire.

***

Las llevé a la pieza y las apoyé sobre la cama, bajo la luz amarilla del velador. Me quedé unos segundos solo mirándolas, como un chico que destapa un regalo y no se anima a tocarlo. Eran perfectas. La goma todavía tibia, las tiras flojas de la forma de su empeine, las plantas marcadas con el negativo exacto de sus pies.

Agarré la derecha primero. La acerqué despacio a la cara, cerré los ojos y respiré hondo.

Dios.

No hay manera de explicar lo que sentí. Un olor cálido, intenso, de pies que pasaron el día encerrados en el calor, pero pies cuidados, limpios, perfumados por abajo de ese aroma más crudo. Una mezcla que me pegó directo en la entrepierna, sin escalas. Respiré una vez, dos, tres, llenándome los pulmones hasta marearme.

Pasé la lengua por la plantilla, por el lugar donde ella apoyaba el talón, por el hueco que dejaban los dedos. La goma tenía un sabor salado, ligero, y yo lamía cada centímetro como si pudiera, a través de esa chancleta, tocarla a ella. Ya tenía el pantalón a punto de reventar.

Me lo bajé de un tirón. La tenía durísima, palpitando, y la sola idea de lo que estaba por hacer me tenía al borde antes de empezar. Agarré la ojota izquierda y la pasé despacio por toda la verga, sintiendo la goma todavía cálida contra la piel. Con la derecha me tapé la nariz y la boca, respirando ese aroma, mientras con la otra mano empezaba a moverme.

Olía una y me masturbaba con la otra. Cerraba los ojos y la veía a Carolina caminando descalza por el patio, los dedos abriéndose contra las baldosas, las uñas violetas brillando al sol. Me la imaginaba sacándose las ojotas con un gesto cansado, estirando los pies, sin sospechar que a pocos metros un vecino la deseaba de esta manera enferma y silenciosa.

No tardé nada. Fue un orgasmo que me dobló sobre la cama, que me hizo apretar los dientes para no hacer ruido, que me dejó vacío y temblando con la ojota todavía pegada a la cara. Salpiqué la goma sin querer, marcándola con lo mío.

***

Cuando se me pasó el temblor, me quedó el corazón apretado de culpa. Agarré un pedazo de papel, limpié con cuidado el exceso, revisé que no quedara rastro a la vista. Después me vestí, esperé a que la respiración se me normalizara, y volví a cruzar el patio en puntas de pie.

Dejé las ojotas exactamente como estaban, una volcada sobre la otra, en el mismo ángulo, en el mismo lugar junto a su puerta. Memoricé la posición antes de llevármelas justamente para esto. Volví a mi casa, cerré, y me tiré en la cama con el olor de sus pies todavía en la nariz y una mezcla rara de placer y vergüenza dándome vueltas en el pecho.

Dormí como hacía semanas que no dormía.

***

Al día siguiente volví del trabajo con el estómago hecho un nudo. ¿Y si se había dado cuenta? ¿Y si las ojotas habían quedado distintas, si yo había dejado alguna marca, si ella tenía una memoria de detective para la posición de sus chancletas? Crucé el patio fingiendo naturalidad y casi me la encuentro de frente.

Carolina estaba parada en la puerta de su casa, tomando algo fresco, con las ojotas puestas. Las mismas. Esas que la noche anterior yo había tenido pegadas a la cara. Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué tal el trabajo? —me preguntó, amable, moviendo los dedos del pie sobre la baldosa de una forma que me secó la boca.

—Bien, bien —dije, y la voz me salió más ronca de lo que hubiera querido—. Mucho calor hoy.

—Una locura de calor —contestó ella, y se rió, y al reírse apoyó el peso en un pie y dejó el otro medio levantado, con el talón fuera de la ojota, mostrándome esa planta rosada que yo conocía mejor de lo que ella jamás iba a imaginar.

Le miré los pies sin disimulo durante un segundo de más. Las uñas, esa vez, pintadas de violeta. Los deditos perfectos, ordenados, descansando contra la goma que todavía cargaba mi secreto. La excitación me golpeó tan fuerte que tuve que cortar la charla antes de quedar en evidencia.

—Bueno, me meto, que estoy muerto —dije.

—Dale, descansá —me sonrió—. Nos vemos.

***

Entré a mi casa, cerré la puerta y me apoyé contra ella con la respiración entrecortada. La imagen de sus pies, ahora frescos, recién mostrados, se me había grabado encima del recuerdo de la noche anterior. Fui directo al baño sin pensarlo, me bajé el pantalón y me hice una paja parado, mordiéndome el labio, reviviendo cada segundo: el olor de la ojota, el sabor salado de la goma, sus deditos moviéndose contra la baldosa, esa planta rosada asomando del talón.

Terminé en un par de minutos, apoyado contra los azulejos, con la frente sudada y una sonrisa idiota que no podía controlar.

Esa fue mi experiencia, así, tal cual pasó. Sé que para muchos va a sonar enfermo, y quizás lo sea. Pero no hay nada que pueda hacer contra esto, contra lo que esos pies me provocan, contra la manera en que me entrego a este deseo como un perro obediente cada vez que veo esas ojotas esperándome en la oscuridad.

Y la verdad, ya estoy contando los días para la próxima noche de calor. Carolina no lo sabe, pero sus ojotitas y yo tenemos una cita pendiente. Pronto voy a estar contando cómo sigue.

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Comentarios (4)

PabloSP_91

jajaja el titulo me engancho de entrada y no pude parar de leer. tremendo relato!!

VeroMdq

buenisimo!! quede con ganas de saber como sigue, por favor una segunda parte

Florencia_92

Nunca pense que algo asi me iba a resultar tan atrapante, pero desde el primer parrafo ya estaba enganchada. Muy bien escrito, se siente muy real.

tato_22

que relato tan particular jajaj, me encanto. Sigan subiendo cosas asi

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