Volví a ser la esclava de aquel viejo chofer
Para los que no me conocen, me llamo Carla y casi todos me dicen Carli. Estoy casada con Diego desde hace años y trabajo de administrativa en una empresa de logística. Tengo cierta ventaja en la oficina, todo hay que decirlo, porque con mi jefe Marcos hace tiempo que la relación dejó de ser estrictamente laboral. Pero no es de él de quien quiero hablar hoy.
Lo que de verdad necesito contarles es el reencuentro que tuve con un hombre al que conocí hace más de ocho años, durante un viaje en micro que hice para ir a buscar a mi suegra a otra provincia. Un viaje que nunca olvidé.
Esa tarde, al salir del trabajo, pasé por la terminal de ómnibus a retirar un sobre con documentación. Cuando giré la cabeza para volver al auto, lo vi: un hombre vestido de chofer, parado frente a la boletería de una de las empresas de larga distancia, mirándome fijo. Tardé un segundo en ubicarlo, pero era él. Don Aníbal. El conductor de aquel viaje, el que me había dado un placer que jamás conseguí repetir con nadie.
Estaba más canoso y más grueso, claro, el tiempo no perdona a nadie. Yo también andaba más rellenita que en aquel entonces. Se acercó con una media sonrisa.
—Vos sos Carli, ¿verdad? —dijo, como si no estuviera del todo seguro.
—Claro que sí. Y usted es Don Aníbal —respondí, y nos saludamos con un beso en la mejilla, midiendo la distancia, porque en una terminal siempre hay alguien conocido y yo no tenía ganas de dar explicaciones.
Mientras me hablaba ya sentía un cosquilleo subiéndome por el vientre. Me contó que tenía sesenta y tres años y estaba a punto de jubilarse, que dejaría de manejar esos colosos de dos pisos, y que acababa de llegar de un viaje largo. Salía de madrugada hacia el norte, pero hasta entonces tenía la tarde libre. Lo dijo despacio, como quien tantea el terreno.
—Con gusto gastaría unas horas de descanso con una dama tan linda —agregó—. La empresa me alquila una casa acá cerca. Si querés acompañarme…
Le pasé mi número para que me mandara la ubicación. Necesitaba unos minutos para inventar una excusa, porque no iba a llegar a casa a la hora de siempre.
¿Qué estás haciendo, Carla?, me pregunté. Pero ya sabía la respuesta.
***
Por suerte la coartada se armó sola. Llamé a Diego desde el auto y, antes de que yo dijera nada, me avisó que él tampoco estaría temprano: se iba a jugar al fútbol con los amigos. Corté, respiré hondo y miré la ubicación que acababa de entrar al celular. Cargué la dirección en el GPS y arranqué, pensando en una sola cosa.
No tuve tiempo de pasar por casa ni de cambiarme. Apenas retoqué el maquillaje frente al espejo retrovisor y me puse un poco más de perfume. Igual al trabajo voy siempre bien arreglada. Llevaba un suéter azul francia, una pollera de jean negra y una camisa blanca, y encima un saco de paño gris. Debajo, un conjunto color nude, corpiño de encaje y tanga, unas medias finas color piel y zapatos de cuero de taco aguja. Toda una secretaria de oficina, salvo que ninguna oficina termina así.
Llegué y lo encontré parado en la vereda, fumando. Tiene un porte que impone: bigote canoso, espalda ancha, esa seguridad de hombre grande que no necesita apurarse por nada. Me hizo pasar y, en cuanto cerró la puerta, nos fundimos en un beso que los dos habíamos estado conteniendo desde la terminal.
Me aferré a él, entregada. No era solo deseo, era algo más difícil de explicar: las ganas de obedecer, de dejar que él manejara el ritmo como manejaba esos micros enormes. Sentí su olor a hombre, el bulto que crecía contra mi vientre, y se me aflojaron las piernas mientras, abrazados, me llevaba hacia un sillón.
—Mirá cómo venís vestida —murmuró, deslizándome el saco por los hombros—. Toda una secretaria. ¿Así andás todo el día provocando?
—Solo para usted —le seguí el juego, y me gustó cómo sonaba.
Le pedí que fuéramos al dormitorio, porque en cualquier momento podían aparecer sus compañeros de viaje. Aceptó, pero antes me abrazó desde atrás, una mano firme sobre cada pecho, los labios pegados a mi nuca.
—Despacio —dijo—. Acá mando yo.
Esas tres palabras me derritieron. Me apretó contra él, las manos bajaron por mi cintura, por las caderas, por los muslos enfundados en las medias finas.
—Qué hermosa estás, Carli —susurró.
No aguanté más. Me arrodillé delante de él, le bajé el cierre del pantalón y, con cierta dificultad, liberé lo que recordaba tan bien. Estaba dura ya, y caliente, con un aroma fuerte a hombre que venía de horas de ruta. No me importó nada. Me la llevé a la boca y empecé a lamerla, a chuparla, concentrada en hacerlo gozar, mientras él me clavaba los dedos en el pelo sin tironear, solo guiándome.
—Así, despacio —ordenaba—. No tengas apuro.
Yo lo obedecía. Pasaba la lengua por el surco, la besaba entera, y cada orden suya me empapaba más. Él metió una mano entre mis piernas y tocó mis medias mojadas, ya sin disimulo.
—Mirá cómo estás —dijo, casi riéndose—. Y todavía ni empezamos.
***
Me levanté porque no aguantaba más, ardía por tenerlo dentro. Me abrazó de nuevo desde atrás, la verga apoyada con descaro contra mis nalgas, y me condujo por un pasillo hasta uno de los dormitorios. Había dos camas de una plaza; una estaba deshecha, así que me señaló la otra con un gesto. Hasta para eso mandaba.
Empecé a desnudarme. Me saqué el suéter, después la pollera, después la camisa, hasta quedar frente a él en corpiño de encaje. Me lo quité también. Él ya estaba desnudo, el cuerpo robusto, la panza prominente, la piel morena brillándole bajo la luz tibia de la lámpara. Me dejé puestas las medias finas, la tanga y los zapatos de taco, porque sabía que así le gustaba más.
—Quedate así —dijo, y la orden volvió a recorrerme la espalda como una corriente.
Nos abrazamos otra vez, las lenguas entrelazadas, su bigote áspero contra mi boca. Me ayudó a recostarme y se acomodó encima de mí, apoyando la verga sobre la tanga, restregándola por encima de la lycra sin apuro, haciéndome esperar. Yo arqueaba la pelvis buscándolo, pero él controlaba cada movimiento.
Cuando por fin corrió el hilo de la tanga y me tomó de las caderas, sentí cómo abría paso despacio, abriéndome de par en par. Gemí, completamente aplastada bajo su cuerpo, llena de golpe.
—Eso es —dijo contra mi oído—. Ahora sí.
Le entrelacé las piernas alrededor de la cintura. El ritmo era perfecto, profundo, sin prisa, como si tuviera toda la tarde para usarme. Y la tenía.
—Dame más —le pedí, y me sentí una entregada total, una mujer que solo quería obedecer—. Más, por favor.
El cosquilleo me trepó por el vientre y supe que el primer orgasmo estaba cerca. Llegó en oleadas, mientras él me sostenía las muñecas contra el colchón y me bombeaba con una calma que me volvía loca.
***
Cuando recuperé el aliento, le pedí lo que de verdad deseaba esa tarde. Quería que terminara en otro lado. Quería entregarle todo. Paró, me miró, sonrió con esa seguridad de hombre grande.
—¿Te la vas a bancar ahí, preciosa? —preguntó, fanfarrón.
—Claro que sí —respondí, todavía con él dentro—. Es lo que más quiero.
Me puse de costado, en cucharita, dándole la espalda, y levanté las caderas ofreciéndome. Cerré los ojos. Lo sentí acomodarse detrás de mí, abrazándome contra su pecho, guiando la punta hacia donde yo lo esperaba. Empujó despacio, encontró resistencia, esperó.
—Tranquila —dijo—. Yo te llevo.
Y fui yo la que, echando las caderas hacia atrás, lo dejó entrar de a poco. Ardía, una mezcla de dolor y de algo mucho más intenso que el dolor. Apretó el abrazo, me besó la nuca, y siguió avanzando con paciencia hasta que su cuerpo chocó contra el mío.
—Ahí está —murmuró—. Quietita.
Me quedé quieta, como me había dicho. El ardor cedió y dejó lugar a un placer extraño, llenísimo, que me hacía sentir poseída por completo. Entonces empezó a moverse, entrando y saliendo con un ritmo medido, hablándome al oído cosas que me hubiera dado vergüenza repetir en cualquier otro lado, pero que ahí me encendían como nada.
—Sos buenísima —decía bajito—. Mirá cómo te entregás.
Yo gemía y le pedía más, ya sin ningún pudor, su hembra esa tarde, su cosa, lo que él quisiera. A los pocos minutos lo sentí tensarse. Me sujetó fuerte de las caderas, dejó escapar un gemido ronco y terminó muy adentro, en sacudidas largas, mientras yo temblaba en un segundo orgasmo que me dejó sin fuerzas.
—Quedate así —alcancé a decir, sintiendo los últimos latidos—. No salgas todavía.
Maravillosa sensación de mujer servida. Me quedé recostada unos minutos, las piernas temblando, mientras él me acariciaba la espalda despacio. Cuando por fin se separó, fue como un vacío repentino.
***
Mientras me vestía, me confesó algo que me hizo sonreír: que yo había sido la primera mujer en pedirle lo que le pedí, y la única que no se quejó después. Le di un último beso, le agradecí la tarde y le dije la verdad, que hacía años que no me sentía tan bien.
—Cuando me jubile y deje los micros, no me voy a olvidar de esta tarde —dijo desde la puerta.
—Yo tampoco, Don Aníbal —contesté, y lo decía en serio.
Llegué a casa y, por suerte, Diego todavía no había vuelto. Quien me recibió fue mi hija, que apenas me vio frunció el ceño.
—¿Te pasó algo? Tenés la cara toda colorada.
—Problemas en la oficina, salí tardísimo —mentí, sabiendo que no me creía ni una palabra.
Me metí al baño a ducharme y recién ahí, al sacarme las medias finas, noté las manchas. Y en la tanga no solo había rastros de aquel viejo chofer, sino algo más, ustedes me entienden. Me quedé un rato bajo el agua caliente, sonriendo sola, pensando que algunos reencuentros valen cualquier excusa.
Les dejo mi correo por si alguien quiere escribirme: carli.deseda@correo-ardiente.com