La reunión secreta a la que me llevó mi amigo
Esa mañana sonó el teléfono y era Damián, un amigo al que quería mucho y al que hacía demasiado tiempo que no veía. Me invitaba a una fiesta. Dudé un par de minutos porque tenía pendientes acumulados, así que le dije que lo pensaría y que le confirmaba más tarde.
La verdad es que venía de unos días tensos, de esos que te dejan el cuerpo cargado y la cabeza ruidosa. Necesitaba distraerme. Volví a marcarle y quedamos en que pasaría a buscarme por la tarde.
Me emocionaba verlo otra vez. Desde nuestra última travesura juntos habían pasado varios años, y solo recordarlo me encendía. Llevaba semanas sin sexo, así que me prendí rápido. Tenía las bragas húmedas mucho antes de que él llegara.
Faltaban minutos para que tocara el timbre y no quise desaprovecharlos. Tumbada en la cama, jugué conmigo misma hasta sentir que las piernas me temblaban. Pero no me alcanzaba: necesitaba algo dentro de mí. Con los muslos todavía mojados me puse de nuevo la ropa interior y revisé el móvil. Damián ya estaba abajo, esperándome.
Pasé una toallita húmeda para borrar cualquier rastro, tomé mi bolso y bajé más tranquila. Me saludó eufórico, con una sonrisa enorme. Estaba claro que él también recordaba nuestro último encuentro, y eso me hizo feliz.
Charlamos de cosas triviales durante el trayecto, pero las señales eran inequívocas. Me acariciaba las piernas por debajo del vestido y, de a ratos, sus dedos se aventuraban dentro de mi escote. Mi cabeza se entretenía imaginando lo que podríamos hacer. Lo que no sabía era que mis planes y los suyos no se parecían en nada.
El mensaje original solo hablaba de una «reunión». Debí preguntar qué clase de reunión antes de aceptar, pero ya estaba ahí, y no era cuestión de rajarme. Damián manejaba concentrado, serio, y yo me quedé como una tonta mirándole el perfil.
Cerca de la estación de Centeno había un hotel de mala muerte, famoso en cierto ambiente. Me extrañó que enfilara hacia el estacionamiento del lugar. Él todavía sabía leer mis gestos, porque me miró divertido al ver mi cara de desconcierto.
—Te vas a divertir —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
Sabía perfectamente cómo se me erizaba la piel al sentir su aliento.
Bajamos del coche y buscamos la escalera, porque por supuesto no había ascensor. Mientras subíamos, él me miraba el trasero con descaro y metía la mano bajo la falda. Vimos que algunos autos empezaban a entrar al estacionamiento. Damián me dijo que la reunión estaba por comenzar y, sin dejar de amasarme las nalgas, me apuró.
En el lobby registró su reservación para el «evento» y para la habitación. Me dio la llave del cuarto, me extendió su mochila y me pidió que me pusiera lo que había dentro. La curiosidad pudo más que yo e intenté abrirla.
—No —me cortó en seco.
Esa faceta no se la conocía y me dejó de una pieza. Volvió a «pedirme» que me pusiera lo que había en la bolsa, y esta vez fui directa a buscar la habitación.
***
El cuarto confirmó mis sospechas. La alfombra tenía manchas acumuladas durante años y se sentía húmeda bajo los pies. Las paredes estaban descascaradas en las esquinas. Entré al baño con la idea de quitarme el sudor, pero me arrepentí enseguida y me limpié apenas un poco.
Abrí la mochila con ansiedad. Dentro había un body de cuero negro, unas medias caladas de red con ligas al muslo y un antifaz de encaje que me ocultaría media cara. Como había llegado con unas botas altas de tacón que pasaban la rodilla, el conjunto quedó casi perfecto. Al sentir la textura de la prenda contra la piel, empecé a mojarme otra vez. Recién entonces entendí qué tipo de «reunión» era y lo que podía esperarme.
Damián entró pocos minutos después y se detuvo en la puerta a mirarme. Rodeó la cama despacio para verme desde todos los ángulos. Un azote en la nalga me hizo brincar; a diferencia de otras veces, este no fue con fuerza medida, y sentí el escozor en la piel. Me abrazó por la espalda y me besó los hombros.
—Me calienta verte así —me dijo al oído.
Su mano derecha bajó a mi entrepierna, solo para comprobar la humedad que ya se extendía. Un jadeo se me escapó de la garganta al notar la dureza de su erección contra mí.
Me empujó sobre la cama, dejándome con el trasero en alto, y se quedó mirando entre mis piernas. Un golpe con la palma abierta, directo, me hizo gemir y morderme los labios. Después tomó mis manos, me las llevó a la espalda y me las inmovilizó con unas muñequeras de cuero. El contacto del cuero frío sobre mi piel ardiente me pareció tremendamente erótico. Cada fibra de mi cuerpo pedía a gritos que me cogiera ahí mismo, pero él siguió con el juego de calentarme, rozándome apenas, solo para dejarme más mojada y suplicante.
Me colocó un collar de cuero con una cadena, como a una perra en celo, y me condujo al salón donde ya empezaban a juntarse los invitados. Había mesitas con sillas distribuidas alrededor de una pequeña pista, y al fondo una barra. Todo simple, nada del otro mundo. Me llamó la atención una sala contigua, a oscuras, y sentí curiosidad por mirar, pero Damián jaló de la cadena y me llevó a una mesa. Pidió una bebida para él; yo no podía sostener ningún vaso con las manos atadas a la espalda.
***
Dio un trago largo y volvió a ponerse de pie. Me paseó por el salón tirando de la correa, mostrándome a la gente. Había chicas exuberantes enfundadas en cuero sometiendo a sus sumisos, y amos que presumían a sus sumisas ofreciéndolas casi como mercancía, solo por el morbo de verlas obedecer. Yo era una más, llevada con correa por un hombre que ni siquiera me había pedido permiso para convertirme en su sumisa.
El aire estaba cargado de olor a sexo. Poco a poco empecé a ver aquello como algo natural, como si fuera lo más común del mundo estar en una sala donde sonaban azotes y gemidos. Mientras caminábamos no faltaba un manotazo en las nalgas o un pellizco de algún desconocido. Y, para mi sorpresa, no me molestaba.
Nos detuvimos frente a una dómina que azotaba a su sumiso con una fusta de tiras largas. Él gemía y, entre cada golpe, repetía «gracias, ama». Ella vestía un traje de látex rojo con detalles negros, y sus botas de tacón de aguja se ceñían a sus piernas a la perfección. La imagen me provocó un cosquilleo agradable. Se veía sensual, con la melena negra extendida sobre la espalda y la excitación pintada en la cara.
Al verme ahí parada, me acarició los pechos con las tiras de la fusta y luego atrapó uno de mis pezones entre sus uñas largas. La piel se me erizó al instante.
Damián me ordenó esperarlo de rodillas, en posición de sumisa, mientras hablaba con ella, a quien después supe que llamaban Ama Selene. Me miraban de tanto en tanto, pero mi atención estaba en sus piernas, en sus pechos firmes, en su piel pálida. Yo no sabía nada de ser sumisa, así que no se me puede culpar por mirarla descarada, directo a los ojos. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, se acercó, me levantó la cara y me dio una bofetada. Damián le explicó que aún no estaba «adiestrada», que era mi primera vez en este mundo y que necesitaba aprender.
***
No recuerdo con exactitud cómo se encadenaron las cosas, así que doy un pequeño salto a lo que pasó un par de horas más tarde. En el centro del salón habían colocado un banquillo. Tenía los pies y las manos atados a las patas, completamente expuesta. Estaba amordazada y sentía el escozor repartido por piernas, nalgas y espalda. Algo ocupaba uno de mis orificios mientras otra cosa estimulaba mi clítoris sin descanso. Intentaba decir basta, pero la mordaza me lo impedía y un hilo de saliva se me escapaba sin que pudiera evitarlo.
Fui ofrecida a todo el que quisiera disfrutar de mi cuerpo. En algún momento me quitaron la mordaza y empecé a recibir por todos lados. Yo, perdida en la sensación, solo atinaba a dar las gracias. Qué fácil era dejar de pensar y limitarse a sentir.
Alcancé a ver a Damián sentado en la mesa que habíamos ocupado antes. Se acariciaba mirándome, y a sus pies tenía a otra sumisa que de vez en cuando le sacaba la lengua para lamerlo. Él le tocaba los pechos y le daba palmaditas en la cabeza por portarse bien. A mí me sonreía y asentía, como diciéndome que lo estaba haciendo bien.
Ama Selene reapareció con sus piernas largas y firmes —lo único que alcanzaba a ver desde mi posición—. Me miró, dijo que estaba hecha un desastre y ordenó que todos se apartaran un poco. Empezó a desatarme. Por fin, pensé, agotada y con las piernas a punto de acalambrarse. Pero mi alivio duró poco: solo me cambiaba de posición. Ahora me ataba en forma de estrella, con la entrepierna expuesta.
***
Trajeron a un par de chicas, igual que a mí, con las manos a la espalda y tiradas de una cadena. A la primera la acomodaron entre mis piernas, con la boca justo en mi sexo. Sabía lo que se esperaba de ella y empezó a lamer. Yo jadeaba, gemía, gritaba. Quería cerrar las piernas porque el exceso de estímulo empezaba a doler, pero no podía moverme.
Para callarme, sentaron a la segunda chica sobre mi cara. Me habían puesto una argolla que me impedía cerrar la boca, y ella se movía obligándome a complacerla. Me tapaba la nariz y me sentía asfixiada; intentaba girar la cabeza en busca de aire, pero Ama Selene me sujetaba con fuerza del pelo. Una tercera boca que no supe de quién era me lamía y mordía los pezones. Me estaban llevando al límite y estaba a punto de explotar como nunca.
Otra vez se detuvo todo a una orden de Selene: ella también quería participar. Yo estaba cansada, pero quería probarla. Me tenía hipnotizada con su sensualidad. Se acomodó sobre mí e insertó una pequeña bolita vibradora. Cuando apretó el botón, un cosquilleo agradable me recorrió por dentro mientras su lengua trazaba círculos sobre mí. Era experta, y no tardó en arrancarme suspiros.
Para agradecerle, acerqué la boca a su sexo, aspirando su aroma dulce, y empecé a jugar con la punta de la lengua sobre su clítoris hinchado. Ella movía las caderas sobre mi cara. Quería hundir más la boca en ella, pero las ataduras me lo impedían. Aun así se daba gusto, y sus dedos exploraban entre mis piernas mientras yo me retorcía gimiendo.
De repente llegó el entumecimiento. Un zumbido en los oídos, luces estallando frente a mis ojos, y me abandoné a la sensación. Las contracciones llegaron en oleadas, una tras otra. Selene manipulaba el vibrador sabiendo exactamente lo que yo estaba sintiendo. Damián también lo disfrutaba; terminó sobre mi cara y después se acercó a darme un beso, mezclando lo que quedaba del sabor de Selene.
El show había terminado. Los curiosos volvían a sus mesas en busca de un trago. Yo me dejé ir hacia un duermevela. Todavía sentía alguna mano que me tocaba de tanto en tanto, pero ya no me importaba.
***
Perdí la noción del tiempo. Salimos de ahí casi al amanecer. Damián me había impedido darme un baño antes de irnos, así que iba cubierta de sudor; el olor a sexo se detectaba a kilómetros, y a él eso lo excitaba. De camino a casa hablamos poco. Creo que los dos necesitábamos ordenar las ideas.
Antes de llegar se detuvo en una tienda y pidió dos cafés.
—Dime, ¿te gustó? Pero dime la verdad —me preguntó, con el tono de quien pregunta si prefieres el azul o el amarillo.
Me reí ante su descaro, pero respondí:
—Sabes que sí. Me encantó.
Me miró un largo rato antes de seguir.
—¿Entonces vas a aceptar?
—¿Aceptar qué, exactamente? —pregunté, más por hablar que por duda.
—¿Vas a aceptar ser mi sumisa?
No lo dudé. Lo sabía desde la habitación de aquel hotel.
—Sí. Voy a ser tu sumisa.