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Relatos Ardientes

La sala secreta donde aprendí a obedecer

Había llegado el día. Mariana estaba parada frente a la puerta de aquella cafetería elegante, intentando reunir el valor para dar el último paso. Las últimas semanas habían sido una locura dentro de su cabeza. El BDSM siempre la había atraído; sus mejores orgasmos llegaban cuando veía ese tipo de contenido, sola, en la oscuridad de su cuarto. Ese deseo terminó empujándola hacia un foro exclusivo del ambiente.

Antes de escribirle a nadie se había informado bien. Sabía cómo debía comportarse un buen Dominante: nada de abusos, solo lo consentido y pactado, y jamás dejarse engañar. Le habían escrito muchos que ya la trataban como su sumisa antes incluso de presentarse, que le daban órdenes sin derecho alguno, que querían obligarla a grabarse «como una buena alumna obediente». Pero Mariana lo tenía claro.

No soy la propiedad de nadie ni me estoy regalando.

Quería una experiencia real con alguien que de verdad supiera lo que hacía. Ser su sumisa por un día. Al menos, eso era lo que se decía a sí misma al principio.

Un día le escribió un hombre que firmaba bajo el seudónimo «El coleccionista de secretos». Estuvieron hablando durante semanas, de madrugada, sin prisa. Él era distinto a todos los demás: paciente, exacto, capaz de describir lo que pensaba hacerle con una precisión que la dejaba sin aliento. Y por fin, en unos minutos, se conocerían en persona.

Se vistió tal como habían acordado. Una falda con vuelo hasta la rodilla, una blusa de escote que dejara asomar el encaje del sujetador y una tanga a juego. Los colores los eligió ella: un conjunto de lencería plateada que le ceñía los pechos y le formaba un escote en el que cualquiera habría querido perderse. La tanga era apenas un triángulo de encaje sobre su sexo y una tira de raso que se hundía entre sus nalgas. Estaba tan excitada que las piernas le temblaban. Conocía cada paso del plan, pero no tenía la más mínima idea de lo que iba a sentir.

Por fin se armó de valor y abrió la puerta. El local olía a café tostado y a algo exótico que no supo identificar. Buscó la mesa que él le había indicado y entonces lo vio.

Era un hombre de aspecto corriente, el pelo rapado y unas gafas que le daban un aire de hombre que ha leído mucho. Tenía unos kilos de más, pero bien repartidos. Mariana sabía que era algo mayor que ella, aunque no demasiado. Vestía una camisa color vino con dos botones abiertos, pantalón y zapatos negros, sobrios.

Se acercó.

—Hola, Darío, soy Lía —dijo, usando los nombres falsos que habían pactado.

Él levantó la mirada despacio, recorriéndola de pies a cabeza. Ella sintió cómo la desnudaba con los ojos, y un calor espeso se le instaló en el vientre.

—Hola, Lía. Vámonos —respondió él, poniéndose de pie y tomándola de la cintura.

Aquel simple contacto la dejó desesperada por estar desnuda para él. Salieron de la cafetería y entraron en un pequeño local que había justo al lado. Él se lo había anticipado: tenía un espacio acondicionado donde podían llevar a cabo cualquier fantasía sin miedo a ser vistos, escuchados ni interrumpidos.

***

La sala reunía todo lo que un aficionado al ambiente podía soñar. Darío había tardado años en dejarla así. El rojo y el negro inundaban cada pared, cada mueble, cada objeto del lugar. Era amplio. Lo había comprado mucho tiempo atrás y lo había convertido en su paraíso privado.

Había una cruz de San Andrés y un potro contra una pared, con una colección ordenada de látigos, palas y fustas. En la pared de enfrente, una estructura metálica de la que colgaban un arnés y varias cuerdas para shibari. En una estantería, juguetes de todos los tamaños y formas, vibradores, pinzas, lubricantes de distintos efectos. Y al fondo, la joya de su corona: la cama. Dos por dos de puro placer y dolor, rodeada de otra estructura de la que pendían correas, cadenas y cuerdas atadas por todas partes.

Mariana se quedó boquiabierta. Mirara hacia donde mirara, su excitación crecía hasta límites que no conocía. Sus fluidos hacía rato que habían traspasado la tela mínima de la tanga y resbalaban por el interior de los muslos. Sus pezones estaban tan duros que el sujetador empezaba a torturarla. Pero, ¿no había venido precisamente a eso? Darío cerró bien la puerta, puso una música muy suave y reguló la luz hasta el punto justo para pasar del cielo al infierno en un segundo.

La tomó de la mano y la llevó frente a la cama.

—Por última vez: ¿estás segura?

—Sí, estoy segura. Mis palabras de seguridad son «amarillo» para que bajes la intensidad y «rojo» para que pares —dijo ella, con voz firme aunque le temblaba el labio.

En el fondo deseaba no tener que usarlas nunca.

***

Darío empezó a desnudarla. Le desabrochó la blusa muy despacio, acariciando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Cuando terminó con la blusa, le quitó la falda de un tirón brusco, como si fuera un trapo viejo. Fue hasta la estantería y volvió con unas tiras de tela negra. Le bajó los tirantes del sujetador y sus pechos quedaron libres, hinchados por la excitación, los pezones rosados y en punta. Le quitó la prenda y, con las telas, le rodeó los pechos, la espalda y el cuello, dejándolos apretados, erguidos, presos en una tensión que empezaba a rozar el dolor que su lado masoquista pedía a gritos.

Sacó del bolsillo dos pinzas con plaquitas regulables y se las ajustó alrededor de los pezones, apretando a su gusto.

—A partir de ahora te dirigirás a mí como Maestro —dijo—. Te voy a mostrar tus límites de placer y de dolor hasta que se conviertan en uno solo. Tu cuerpo, ahora, es mío.

Y Mariana tuvo su primer orgasmo solo con esas palabras.

La condujo hasta el potro y la ató dejándole el trasero en pompa. La tanga chorreaba los restos de aquel primer espasmo. Con las piernas abiertas se veía con toda claridad lo empapada que estaba. Él se sacó el cinturón muy lentamente y lo agarró por la hebilla.

—Vas a contar cada golpe y después dirás «gracias, Maestro».

—Uno, ¡gracias, Maestro! Dos, ¡gracias, Maestro! Tres, ¡gracias, Maestro!

Las nalgas le ardían. Una lágrima le rodó por la mejilla, pero llegó a diez sin una sola queja. Darío la desató y acarició aquella piel que minutos antes había sido pálida y ahora estaba roja y marcada. Mariana dio un respingo y, aun así, disfrutó de la caricia como nunca.

***

Después la llevó a la cruz de San Andrés. El Maestro ató a su alumna de pies y manos, dejándole los pechos y el sexo enteramente a su disposición. Se acercó, le apretó los pechos hasta arrancarle un grito breve, y con la otra mano apartó la tela inútil de la tanga. Le metió tres dedos de golpe que encontraron su punto exacto a la primera. Comenzó un vaivén enérgico mientras le lamía los pezones, ahora amoratados. En pocos segundos un chorro caliente salpicó el suelo, y a él no le importó: siguió hasta que las piernas de ella perdieron toda fuerza y quedó medio desvanecida contra las cuerdas.

—¡Aaay!

Mariana salió del trance. Abrió los ojos y vio a su Maestro con un látigo de varias colas en la mano. Acababa de recibir el primer azote en los pechos. Volvieron a ser diez. Cada vez que las tiras mordían su piel fina, el dolor la recorría entera. Pero también el placer. Deseaba más. No esperaba el que cayó entre sus piernas: sintió como si el clítoris le estallara y se corrió de nuevo, incapaz de creer que algo doloroso pudiera darle el mayor placer de su vida.

Tras los diez azotes y dos orgasmos más, Darío la desató y la acompañó a un diván junto a la pared. Le aplicó una crema sobre cada marca. Ella sintió un alivio fresco e inmediato que le hizo olvidar los gritos y las lágrimas.

—¿Cómo te sientes, Lía? ¿Quieres seguir?

—Me siento en el paraíso, Maestro. Me quedaría aquí una eternidad con usted.

—Bien. Entonces sigamos.

***

La levantó del diván y la llevó hasta la estructura metálica. Soltó las cuerdas de un columpio y la sentó en él, le ató las manos por encima de la cabeza y le dejó las piernas colgando, abiertas del todo. Fue por una caja que apoyó en el suelo, fuera de su vista. Cuando se irguió, llevaba puestos unos guantes de látex negro untados con un lubricante de efecto calor. Apartó la telita que ya casi no existía y untó también la entrada de su sexo. Mariana notó el calor entrando en ella y sus paredes empezando a palpitar.

Él volvió a meter tres dedos con puntería para arrancarle otro espasmo. Pero no se detuvo ahí. Sumó el meñique y empezó a poseerla con la mano entera. Luego el pulgar. La mano entró completa, despacio, gracias al lubricante y a la excitación. Tras un rato de vaivén, la dejó dentro y cerró el puño. Mariana sentía aquella mano cerrada en su interior, su cuerpo adaptándose a un tamaño imposible, y gritaba de un placer encadenado mientras él la miraba a la cara y sonreía al verla retorcerse.

Cuando paró, ella estaba exhausta y él empapado en sudor. Se quitó la camisa, confirmando que esos kilos estaban muy bien puestos. Bebió agua y le dio también a ella. No imaginaba que Lía fuera tan ardiente ni que tuviera tanto aguante. Ahora vería si de verdad estaba dispuesta a todo lo pactado.

—Me dijiste que nunca habías estrenado tu culo y que querías hacerlo conmigo. Llegó la hora de que tu Maestro te enseñe ese placer.

Mariana tragó saliva. Era lo que más temor le producía. Lo había intentado antes y siempre le habían hecho demasiado daño. Pero confiaba en él.

Darío se acercó con tres dilatadores de silicona de distintos tamaños y otro lubricante, este de efecto frío, indicado para el sexo anal. Untó el más pequeño y su mano derecha. Primero solo el gel. Después un dedo que movió con suavidad para que se acostumbrara al intruso. Y luego el juguete más pequeño, apenas mayor que el dedo, que la hizo sentir la presión y un dolor sordo a medida que entraba.

—Aguanta —le dijo el Maestro.

Ella se relajó mientras él lo metía y lo sacaba. Cuando ya se deslizaba sin esfuerzo, lo cambió por el mediano. Otra vez la presión, otra vez el dolor, pero esta vez acompañados de un chorro que la inundó de placer.

—Así me gusta, que disfrutes mientras te abro —murmuró.

Aceleró el ritmo y enseguida pasó al más grande, que entró de una sola embestida. Mariana lanzó un grito al mismo tiempo que una fuente brotaba de su sexo. El Maestro empezó a moverlo casi con violencia, arrancándole contracciones y espasmos sin que dejara de correrse.

—Muy bien, mi aprendiz. Veo que sabes disfrutarlo. Ahora me toca a mí.

Darío terminó de desnudarse. Entre sus piernas había algo mucho más grande que el último dilatador. Mariana se moría de miedo, pero no dijo nada. Él se puso un preservativo, se cubrió de lubricante y apoyó la punta contra ella. Le costó entrar pese a la preparación; disfrutaba como un loco de aquel canal caliente y estrecho que lo apretaba. Mientras tanto, ella se mordía los labios para no gritar, sintiendo cómo la abría centímetro a centímetro.

Cuando por fin estuvo dentro del todo, había pasado un buen rato. Empezó a mover las caderas despacio y ella, poco a poco, pasó del temor al goce. Él aceleró pronto, desesperado por correrse tras una sesión en la que solo se había corrido ella. Y, aun así, ella volvió a hacerlo: en el instante en que los músculos de él se tensaron, Mariana tuvo un orgasmo que lo dejó paralizado y lo hizo terminar con más fuerza, gritando los dos a la vez.

Cuando se recuperó, descubrió que ella se había desmayado. Salió de su cuerpo con cuidado, la limpió y la dejó cómoda para el último ejercicio. Mariana fue volviendo en sí.

—Maestro, en mi vida había sentido tanto placer.

—Aún te queda una última experiencia.

***

La liberó de las ataduras, le quitó las pinzas que habían dejado sus pezones de un morado oscuro y la acompañó a la cama. La hizo ponerse boca abajo y le colocó un arnés entre las piernas: un pequeño vibrador sobre el clítoris y otro encajado detrás. Los puso en marcha, le ató manos y pies y la dejó completamente abierta.

—Ahora vas a conocer la tortura del placer.

Mariana empezó a sentir un goce incontrolable y a encadenar orgasmos sin freno. Darío se inclinó sobre el cabezal, le tomó la cara entre las manos y la usó sin compasión hasta volver a estar duro. Entonces bajó, se colocó otro preservativo y se situó entre sus piernas. La tela empapada seguía a un lado, así que la penetró de golpe, hasta el fondo. Gimió por el calor, por la humedad, por las contracciones que la recorrían. Ella solo balbuceaba incoherencias en un placer infinito que la tenía al borde del abismo.

El Maestro la poseyó con dureza, rápido, como nunca antes había sentido nada. Quería y no quería que parara. Era, en efecto, una tortura, tal como él le había advertido. En el momento en que notó que él iba a terminar, ella perdió otra vez el conocimiento. Darío salió a tiempo y derramó su placer sobre la espalda de Mariana. Se dejó caer a su lado y la vio inconsciente, en paz.

—Creo que conseguimos lo que buscaba —susurró—. Ojalá fueras mía para siempre.

Se levantó, la desató y la limpió, guardó la tanga en una pequeña vitrina con ganchos y se acostó junto a ella.

Durmieron abrazados, serenos por todo lo vivido. Él y ella. Maestro y aprendiz. Darío y Lía.

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Comentarios (5)

CuriosaBA77

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras la verdad

SoleMdp

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. No me puedo quedar asi jaja

Marcos_BsAs

Lo que mas me gusto es como construye la atmosfera antes de llegar al momento clave. No es solo el contenido sino como lo narra. Seguí asi!

lectora_ansiosa

Pocas veces un relato me tiene tan atrapada de principio a fin. Esperando el proximo!

RamiroVoy

La descripcion de la sala me engancho desde el arranque. Muy bueno

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