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Relatos Ardientes

Me ordenó que no parara y obedecí toda la noche

A Caro la conocí cuando los dos ya éramos adultos, ella con veintidós y yo con veinticuatro, y fue todo más rápido de lo que cualquiera de los dos habría admitido. Bastaron un par de meses para que decidiéramos que estar juntos era lo único que tenía sentido. Era reservada hasta lo enfermizo, de esas personas que tardan en soltar una palabra de más, pero cuando la soltaban valía la pena esperarla.

Tenía un cuerpo común, de los que no giran cabezas en la calle y sin embargo a mí me desarmaban. Delgada, el pelo lacio cayéndole por la espalda, los pechos pequeños, un metro sesenta y cinco de timidez andante. Una chica de barrio, nada espectacular a primera vista. Lo espectacular estaba en otro lado, en cosas que tardé meses en descubrir.

Una de las primeras noches que pasamos juntos me confesó, con la vista clavada en el techo, que no tenía demasiada experiencia. Le pregunté, curioso, qué entendía ella por «poca experiencia». Tardó en responder. No lo hizo en el momento, sino mucho después, casi como si hubiera estado guardándose la respuesta para cuando yo dejara de esperarla.

Yo tampoco venía de otro mundo. Lo mío había sido siempre dentro de lo común: besos, alguna que otra relación, nada que mereciera contarse. Creía conocer el mapa entero hasta que, al quinto mes, esa noche de verano lo redibujó de cero.

Mis padres se habían ido a Portugal por un mes, como cada año, y la casa quedaba para nosotros. La libertad de no tener que medir los ruidos, de andar desnudos por el pasillo, de quedarnos dormidos donde nos agarrara el cansancio. Esa noche el calor era espeso. Habíamos tenido sexo lento, sin apuro, y después nos quedamos tirados en la cama grande, demasiado acalorados para abrazarnos, cada uno en su mitad del colchón.

Caro tomaba pastillas desde antes de conocernos, así que terminar dentro de ella era algo que se había vuelto natural, algo que a los dos nos gustaba sin tener que decirlo. Me dormí pensando en eso, en lo fácil que era todo con ella.

Me desperté de madrugada sin saber por qué. La habitación estaba en penumbra, apenas la línea de luz que entraba por la persiana mal cerrada. Quise ir al baño, pero algo me frenó antes de levantarme del todo. Caro dormía boca arriba, completamente relajada, una pierna estirada y la otra apenas flexionada. Verla así, indefensa, sin la coraza de timidez que llevaba puesta de día, me clavó al colchón.

Hay una cosa de ella que pocos sabrían entender. Su olor me atrae de un modo que no sé explicar con elegancia. No es perfume ni jabón: es ella, su piel después de un día entero, ese rastro tibio que deja en la ropa. Me incorporé despacio y busqué a tientas en el suelo hasta dar con su tanga, la que se había sacado horas antes. Me la acerqué a la cara casi sin pensarlo y el aroma me golpeó: transpiración, calor, el día entero condensado en una prenda. Se me puso dura de nuevo, de inmediato, como si tuviera dieciocho otra vez.

Me quedé arrodillado a su lado del colchón, dudando. Era la primera vez que sentía esa tentación tan clara de bajar entre sus piernas mientras dormía, de probarla sabiendo que en algún momento se despertaría. ¿Me seguiría el juego o se enojaría conmigo? No tenía forma de saberlo. Y esa incertidumbre, lejos de frenarme, me encendía más.

Acerqué la nariz a su pubis. El aroma a sexo era fuerte ahí, más íntimo, mezcla de lo que yo había dejado adentro un rato antes y de sus propios fluidos. Para entonces ya estaba decidido. No había marcha atrás dentro de mi cabeza.

Subí a la cama con un cuidado de ladrón, repartiendo mi peso para no hundir el colchón de golpe. Apoyé la cabeza entre sus muslos, despacio, como quien se acomoda en una almohada que no quiere despertar. Mi boca quedó sobre su sexo, la nariz rozándole el clítoris. Esperé. Nada. Ni un movimiento, ni un cambio en su respiración pausada.

¿Dormía de verdad o ya sabía y me dejaba avanzar? No tuvo ninguna reacción, y eso, por el momento, jugaba a mi favor.

Saqué la lengua y empecé a abrirme paso entre sus labios con una suavidad casi reverente. Resbalaba con una facilidad indecente, todavía húmeda de antes. El sabor era intenso, el aroma dulzón, y me estiré sobre ella apoyando el cuerpo contra sus piernas. Mi pene quedó atrapado, durísimo, contra la sábana, y cada movimiento mío le imprimía una fricción que me obligaba a contenerme.

Hundí la lengua un poco más profundo y sentí su primer estremecimiento. Las piernas se le cerraron apenas, un reflejo. Tiene unos muslos delicados, y cuando junta las rodillas le queda ese hueco justo a la altura del sexo, ese espacio que tantas veces le había adivinado por encima de la ropa interior y que ahora tenía contra mi cara.

Me tomé mi tiempo. Tracé círculos lentos con la punta de la lengua, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez, alternando la presión, leyendo su cuerpo como quien aprende un idioma nuevo a oscuras. Cada vez que acertaba, una de sus piernas se tensaba un milímetro, los dedos del pie se curvaban, la respiración se le cortaba apenas antes de volver a fingir que dormía. Esa actuación suya, sostenida contra toda evidencia, me parecía lo más erótico de la noche.

Al cerrar las piernas, sus pies quedaron casi rozándome, y cuando levantaba mínimamente las caderas mi lengua podía entrar sin obstáculos. Entonces lo noté: ya no dormía. Una mano me bajó hasta la nuca y me sostuvo ahí, firme, contra su sexo. No fue un gesto tierno. Fue una orden sin palabras, una presión que decía exactamente dónde me quería y cuánto tiempo. Esa mano apretándome me incendió por dentro.

De ahí en adelante perdí cualquier control. Esa chica callada, la que medía cada palabra de día, se había transformado en un volcán que me usaba la boca para darse placer, sin pedir permiso, marcándome el ritmo con la cadera y con la mano.

—Seguí así, no pares —me susurró, la voz todavía ronca de sueño fingido.

—Limpiame todo lo que me dejaste adentro —agregó, y la frase me recorrió como una descarga.

Era excitante sentirla de ese modo, descubrir a una Caro que nunca había visto, una que daba órdenes y esperaba obediencia. Yo, que siempre había llevado las riendas en la cama, estaba ahí, sometido, haciendo exactamente lo que ella mandaba y deseando que no parara de mandar.

—No pares. Lo que dejaste, todo —repitió, apretándome más fuerte contra ella—. Iván, no pares.

—Soy tuyo —dije como pude, con la boca ocupada, el aliento entrecortado—. Soy todo tuyo.

—Me gusta. Seguí, seguí, no pares.

—Tocame con los pies si podés —alcancé a pedirle, pero ella me tenía cada vez más pegado a su sexo, sin margen para que yo dictara nada.

—Más adentro, metela más adentro —me ordenó, la respiración rota—. Ya vengo, no pares.

Sentí su orgasmo con una claridad que no le conocía. Todo su cuerpo se tensó bajo el mío, los muslos cerrándose alrededor de mi cabeza como una trampa tibia, la mano clavándome la nuca un segundo más. Noté un poco de líquido distinto, no abundante, algo nuevo, de sabor limpio y ligeramente salado. Me quedé ahí, lamiendo despacio mientras ella bajaba de a poco, hasta que aflojó la mano y me dejó ir.

***

Caro empezó a relajarse y me tiró del brazo para que subiera a su lado. Me acomodé contra ella y nos quedamos un rato así, en silencio, sin volver a dormirnos, las respiraciones todavía desacompasadas. Le pasé el brazo por la cintura y ella se acopló a mi pecho como si encajara ahí desde siempre. Por la persiana entraba esa luz gris de la madrugada que todavía no decide ser amanecer.

Me costaba ordenar lo que acababa de pasar. La chica callada del barrio, la que me había confesado tener poca experiencia, me había dominado en mi propia cama, me había usado y dirigido sin un titubeo. Y a mí, lejos de incomodarme, me había encantado entregarme. El primero en hablar fui yo.

—Estabas despierta, ¿verdad? —pregunté en voz baja.

—Sí —admitió, y la sentí sonreír en la oscuridad—. Pero estuvo lindo así. ¿Cómo se te ocurrió?

—No sé. Me desperté pensando en ir al baño y nunca llegué. Me distraje —dije, y sonreí yo también.

—¿Con qué cosa?

—Con vos así, dormida, indefensa. Y después encontré tu tanga en el piso.

La conversación tenía algo delicado, sin ansiedad, sus preguntas hechas con una curiosidad sincera, casi inocente, como si recién ahora se animara a explorar ese costado nuestro.

—¿Por qué la tanga? —insistió.

—No sé bien, Caro. La vi tirada, me tenté con el olor que tenía y me calenté enseguida. Adoro tu olor. El resto ya lo sabés.

—Soy curiosa —dijo, acurrucándose—. Si querés no te pregunto más. Nunca me había pasado algo así.

—Podés preguntarme lo que quieras, de verdad. Confío en vos.

—Yo también, amor. Me encanta ser tuya.

Hubo un silencio cómodo, el de dos cuerpos que todavía se reconocen. Pero había una pregunta dándome vueltas desde hacía un rato, una que no terminaba de encajar con la dulzura de la escena.

—Caro, ¿puedo hacerte yo una pregunta? —dije, eligiendo bien las palabras.

—Todas las que quieras —respondió, somnolienta, satisfecha—. Las que quieras.

Me quedé mirando el techo, el mismo techo que ella había mirado meses atrás cuando le pregunté por su poca experiencia y tardó tanto en contestar. Quizá la respuesta había estado ahí todo el tiempo, esperando esta noche para salir.

—¿Quién es Iván?

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Comentarios (4)

SubCurioso

que relato!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin, increible

LilaNocturna

Por favor que haya una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo. Muy bien escrito!

MaestroBDSM_uy

De los mejores relatos de la categoria que lei en mucho tiempo. Tiene esa tension que te atrapa desde el primer parrafo. Felicitaciones

PabloSantaFe_69

jajaja el titulo lo dice todo y encima cumple lo prometido!! excelente

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