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Relatos Ardientes

Acepté ser el plato de sushi de una fiesta secreta

Sonó el teléfono justo cuando estaba eligiendo qué ponerme para la cena.

—Marta, hola, soy Silvia. ¿Te acuerdas de mí? Hemos currado de camareras juntas un par de veces.

—¿Silvia, la de las villas?

—¡Esa! Mira, este finde tengo que cubrir una de las casas más grandes de la isla y andan cortos de personal. ¿Estás libre?

—Bueno… tenía cena con mi novio. Es nuestro aniversario.

—Venga, Marta, por favooor. Pagan muy bien, en serio. Muy bien.

Me quedé en silencio mirando el vestido que tenía sobre la cama. La verdad es que el alquiler me apretaba ese mes y la palabra «propina» en boca de Silvia siempre significaba billetes de verdad.

—Está bien. Aplazo la cena. Cuenta conmigo.

—A las seis te recoge el coche privado. Ya sabes cómo va esto: te ponen el antifaz y todo lo demás.

—Ya, ya, tranquila. Allí nos vemos.

***

Un monovolumen negro con los cristales tintados frenó frente a mi portal a la hora exacta. El conductor, un tipo enorme de cuello ancho, me tendió el antifaz sin decir una palabra. Me lo coloqué y me recosté en el asiento de cuero mientras el coche se deslizaba hacia algún punto desconocido de la costa.

Nunca te dicen a dónde vas ni quién va a estar allí. Tampoco te hacen firmar nada, pero con la pinta de matones de Europa del Este que gastan los que nos contratan, a nadie se le ocurre irse de la lengua. Una aprende a no preguntar.

Veinticinco minutos después el coche se detuvo y pude quitarme el antifaz. Reconocí la casa de inmediato. Ya había trabajado allí, en otra fiesta, la del verano pasado, cuando vino aquel futbolista que salía en todos los periódicos. Una villa blanca encaramada sobre el acantilado, con la piscina infinita derramándose contra el horizonte.

Empezamos los preparativos en la cocina y en el salón. Montamos también el catering en la zona de la piscina y en la terraza, por si a los invitados les daba por moverse a lo largo de la noche. Yo iba colocando copas, doblando servilletas, alineando bandejas. Lo de siempre.

Pero nuestro servicio tiene una parte especial. También nos encargamos de equipar baños y dormitorios con condones, toallas, lubricante y algún juguete básico, por si a algún invitado le entran ganas de usar a una asistente o a una de las trabajadoras de la fiesta.

Sí, has leído bien. A las trabajadoras. Dan propinas escandalosas, la verdad. A veces solo hay que arrodillarse diez minutos para llevarte trescientos euros al bolsillo. Yo nunca había llegado tan lejos, pero conocía a chicas que sí, y volvían a casa con los ojos brillantes y el bolso lleno.

En una de mis vueltas por la casa escuché a Boris, el encargado, discutir por teléfono. Hablaba cada vez más alto, paseándose por el pasillo con el móvil pegado a la oreja.

—¿Cómo que no viene la del Nyotaimori? Hija de… ¿Y qué hago yo ahora, a quince minutos de que lleguen los invitados?

Colgó de golpe y resopló, apoyando las dos manos en la encimera de mármol.

—¿Qué pasa, Boris? —pregunté, inocente, mientras dejaba una bandeja de copas.

—Pues que nos ha dejado tirados la del sushi.

—¿La del sushi? Si está en la cocina, la he visto preparándolo.

—Marta, hija mía, la del Nyotaimori. La que no viene es otra.

—No sé qué es eso del naitomor…

—Nyotaimori —me corrigió, marcando cada sílaba—. Sushi en pelotas.

—¿Cómo que en pelotas?

—Una chica viene, se tumba en una mesa y se sirve el sushi sobre su cuerpo. Los invitados van cogiendo las piezas y se las comen directamente de su piel. Es el plato estrella de la noche.

Lo miré un segundo, procesándolo. Y en lugar del escándalo que esperaba sentir, lo que noté fue un cosquilleo bajo el ombligo.

—Joder, qué morbo. Me encanta.

—¿Te encanta? —Boris levantó una ceja—. Pues estás contratada. Se paga cinco veces más que a una camarera y solo tienes que estar tumbada.

—¿Cinco veces más? —pregunté, segura de haber oído mal.

—Cinco veces, Marta. Tienen derecho a tocarte, a besarte, a lamerte… todo menos follarte. Lo que quieran, menos eso. ¿Aceptas?

Mi aniversario. Mi novio esperándome en un restaurante. Y yo aquí.

—Acepto —dije.

Y empecé a desabrocharme el uniforme allí mismo, delante de él, hasta quedarme completamente desnuda en mitad de la cocina.

***

Boris sonrió y me acomodó sobre una tabla larga de madera clara, forrada con hojas verdes. Me colocó un cojincito bajo la nuca y llamó a dos chicas para que me maquillaran y me prepararan. Me untaron el cuerpo con aceites brillantes y comestibles, esparcieron una purpurina dorada sobre mis pechos y mi vientre, y luego empezaron a disponer las piezas.

Sentí el frío de cada nigiri al posarse sobre mi piel. Los colocaron sobre mis muslos, sobre la barriga, dos sobre los pezones que se me endurecieron al instante. Una hoja de bambú me cubría el sexo y, encima de ella, equilibraron un pequeño cuenco con salsa de soja.

Todavía no terminaba de entender cómo había pasado. Por la mañana planeaba una cena romántica y ahora estaba en bolas sobre una mesa para que un puñado de desconocidos me usaran de plato. O de algo más.

No podía moverme demasiado para mirar a los invitados, así que cada contacto me pillaba por sorpresa. Oía el murmullo de la fiesta, las risas, el tintineo de las copas, la música baja de fondo. Una mano cogía una pieza de mi cadera. Otra, de mi vientre. Los camareros iban reponiendo en silencio, rellenando los huecos que dejaban las bocas.

Algunas manos eran de mujer. Lo sabía por las uñas largas, por la delicadeza con que rozaban mi piel antes de retirarse.

Pasada media hora, y unas cuantas botellas de vino, noté por primera vez el calor inconfundible de unos labios cerrándose alrededor de un nigiri apoyado sobre mi ombligo. Levanté apenas la barbilla: era un hombre de unos cincuenta años, atractivo, de sienes plateadas, que se comió la pieza despacio mientras su boca besaba mi piel mucho más tiempo del necesario.

Segundos después, otra boca. Y otra. Habían dejado de usar las manos. Una de ellas envolvió mi pezón derecho, sensible por el frío del pescado, y tiró suavemente. El muy descarado tragó y volvió a lamerme con la excusa de que quedaba un resto de salsa.

Un escalofrío me recorrió los brazos. Después llegó el calor, ese calor que sube cuando los nervios y el deseo se confunden, y que de algún modo terminó concentrándose justo debajo del cuenco de soja.

***

Uno de los invitados levantó el cuenco y lo apartó. Hizo un gesto al camarero indicándole que pusiera algo sobre mi pubis, y eso hicieron: tres trozos de sashimi de atún rodeando mi clítoris, fríos, rojos, brillantes.

El hombre que había retirado el cuenco acercó la cabeza a mi entrepierna. Olió mi ingle sin disimulo, con una lentitud que me puso la piel de gallina, sacó la lengua y la pasó por toda la cara interna del muslo. Terminó el recorrido atrapando con los labios el primer trozo de sashimi, rozando apenas mi sexo al hacerlo.

El segundo comensal llegó riéndose, soltando comentarios de hombre con dinero y poca vergüenza. Estiró la mano hacia el atún y, antes de cogerlo, deslizó dos dedos a lo largo de toda mi raja.

—Mmm… ahora sí que sabe a pescado de verdad —dijo, y se rio de su propio chiste mirándome a los ojos.

Quedaba un trozo. Y fue para el primero de todos, el de las sienes plateadas. Yo creí que repetiría la gracia de su amigo, pero en cambio cogió el sashimi con cuidado y, para mi sorpresa, lo deslizó entre mis labios húmedos. Lo movió despacio, empapándolo en lo que mi cuerpo ya estaba soltando, y luego se lo llevó a la boca cerrando los ojos como quien cata un buen vino.

Más manos. Más besos. Más lengua sobre los pezones, más roces entre las piernas. Yo apretaba un poco los muslos cada vez que el deseo se volvía insoportable, cada vez que necesitaba que alguien dejara de jugar y me tocara de verdad. La escena entera me estaba calentando como nunca, y necesitaba ir a más.

El alcohol no paró en toda la noche. Los tocamientos tampoco. Me pidieron que levantara las piernas y me las apoyara sobre los hombros unos minutos. Lo hice, dejándome completamente abierta para que los camareros fueran colocando el sashimi directamente ahí. Y los invitados pasaban casi en fila, haciendo de todo conmigo y con la comida. El denominador común era siempre el mismo: todos terminaban lamiéndome el sexo. Lo chupaban como quien se acaba un helado antes de que se derrita.

Dios, qué caliente estaba. Me mordía el labio, respiraba rápido, sentía el sudor mezclándose con el aceite y la purpurina. Con cada lamida el orgasmo se acercaba un poco más.

***

Aún con las piernas en alto, vi cómo un hombre de unos sesenta se inclinaba para probar «el sushi». Pero antes de que llegara, una mujer mucho más joven, de cuerpo esculpido a base de quirófano y melena oscura, se interpuso y le comió la boca delante de todos.

Luego ella vino hacia mi pecho. Cogió la pieza que cubría mi pezón izquierdo, pero no se la comió: la apartó con dos dedos hacia otro lado de la mesa. Sacó la lengua y recorrió todo mi pecho dibujando círculos sobre el pezón endurecido. Después subió hasta mi cara y me invitó a besarla. Ni corta ni perezosa, la atraje hacia mí y le metí la lengua hasta el fondo.

Mientras la besaba, sentí una succión en el clítoris más persistente que todas las anteriores. Alguien me estaba comiendo con verdadera hambre. Era el acompañante de la mujer, que se había metido entre mis muslos y no dejaba de empujarme escalón a escalón hacia el borde. Su pareja seguía acariciándome el pecho, besándome el cuello, susurrándome cosas que no entendía.

No podía más. Necesitaba correrme.

La mujer lo notó por la intensidad de mis besos, cada vez más desesperados, más torpes. Le hizo un gesto a su hombre y él pasó a chupármelo como un loco, con la lengua plana y rápida, sin tregua. Solté un grito que cortó la música de la sala.

—Ah… ah… aaahhh…

Mientras el sushi rodaba de mi cuerpo a la mesa y de la mesa al suelo, agarré a mi amante femenina por la nuca con las dos manos, buscando dónde sujetarme, y cerré las piernas contra las mejillas del hombre que no dejaba de devorarme. El orgasmo me sacudió de los pies a la cabeza, largo, brutal, distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes.

Caí desfallecida sobre la tabla, las extremidades sueltas, incapaz de moverme. Cuando abrí los ojos, toda la sala se había acercado a mirarme de cerca. Rodeaban la mesa observando mi cuerpo brillante y agitado; alguno me acariciaba el hombro, otro el pelo, como si quisieran que me calmara del todo antes de seguir.

***

Notaba humedad entre las piernas y no le di importancia. Claro que estaba húmeda: me habían estado lamiendo un buen rato y me había corrido sin control.

Pero entonces vi a la mujer coger una cucharilla de metal. Se acercó a mi sexo con ella y la pasó despacio por mi entrada y mis labios. No me lo podía creer. Volcó la cuchara sobre una loncha de pescado y se la llevó a la boca con una sonrisa. Después la pasó de nuevo, recogiendo todo el flujo espeso que pudo, y volvió a lamerla mirándome a los ojos.

La hora de la cena terminó. Me levanté de la tabla con las piernas temblando, me limpié, me puse de nuevo el uniforme y volví a ser una camarera más. La fiesta, sin embargo, no había hecho más que empezar.

El resto de la noche… no puedo contarlo. O quizá sí. Pero esa parte tendrá que esperar a otra ocasión, cuando me apetezca recordar todo lo que vino después de que me bajara de aquella mesa.

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Comentarios (5)

Lectora_BA

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, que situacion

CuriosaX_31

Me quede con ganas de mas, por favor seguí contando como termino esa noche

RafaelMG

Lo del antifaz y el coche negro me puso los pelos de punta. El ambiente que lograste transmitir es tremendo.

Silvia_Lect

y volviste despues? o fue una sola vez? me dejo con demasiada intriga

NocheGBA

Eso de no saber a donde ibas... madre mia. Se siente completamente real

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