Mi antología del sexo oral en trenes, cruceros y autos
Hola a todos, soy Roxy, o al menos esa es la chapa con la que firmo. Hace años escribí algunas cosas por aquí, pero después se me secó la inspiración y dejé de publicar. En fin, hoy tengo ganas de volver y compartir algunas historias.
Esta vez me inspiré en algo que pasó en una fiesta de chicas a la que fui hace un tiempo. No hace falta que les cuente los detalles de la fiesta, porque no es lo importante; sirve solo para dar contexto a la antología que les preparé.
Resulta que en un momento de la noche empezamos a jugar al «yo nunca». Ya saben: alguien dice «yo nunca hice tal cosa» y las que sí lo hicieron tienen que tomar un trago, y casi siempre alguna termina confesando algo sabroso.
Después de varias rondas que subieron de tono muy rápido, una amiga soltó: «yo nunca le hice sexo oral a alguien dentro de un auto». Varias bebimos. Yo, por supuesto, también.
De ahí la charla derivó en recordar en qué medios de transporte habíamos practicado ese noble arte, y armamos una especie de lista. La mía quedó más o menos así: en auto, varias veces; en un autobús, dos; en un tren, una; en un crucero, una; en avión, todavía no, para mi tristeza, porque nunca se dieron las condiciones. Algún día completaré el casillero.
Entre risas empezaron a salir las anécdotas, y se me ocurrió hacer este recuento de mis experiencias más curiosas. No van en orden cronológico, los nombres están cambiados y algún detalle también, por si las dudas. Espero que les gusten.
***
La primera vez que la mamé en un tren fue durante mi segundo viaje a Europa. Iba con una pareja de amigos, Carla y Bruno, y con mi casi-algo de aquella época, un chico llamado Diego, muy educado y buen compañero de ruta.
Para movernos entre Viena y Praga tomamos un tren nocturno que salía cerca de las once y media de la noche y llegaba al amanecer. Había vagones con asientos comunes, otros con literas compartidas para mucha gente, y unos con compartimentos chicos para dos o cuatro personas.
Nosotros pagamos dos compartimentos de dos plazas, el 41 y el 42, que resultaron contiguos. Cuando fuimos a dejar las maletas descubrimos el truco: en realidad era una sola cabina para cuatro, dividida al medio por una puertita que podía cerrarse. Cada mitad tenía una litera, un grifo pequeño, espacio para el equipaje y, por supuesto, wifi.
No le dimos importancia. Carla y Bruno se quedaron en el 41; Diego y yo, en el 42. Decidimos que yo dormiría abajo y él arriba. Antes nos fuimos los cuatro al vagón comedor, donde charlamos y bebimos hasta la una, hora en que cerraban y nos mandaron a dormir.
Les di las buenas noches a mis amigos, cerramos la puertita del medio y cada pareja quedó con algo de intimidad. Yo estaba muerta después de un día entero caminando, así que besé a Diego, le hice señas para que subiera a su litera, me saqué la ropa y me quedé solo en bragas. Detesto el pijama.
Al principio se oían pasos por el pasillo y el traqueteo del tren. Después se hizo el silencio, y entonces empezaron a llegar cuchicheos desde el otro lado. Me dio curiosidad, agudicé el oído y casi me da la risa con lo que entendí.
Bruno le rezongaba a Carla que no podía dormir de lo caliente que estaba, que quería meterse en su litera un rato. Ella le decía que no, que estaba cansada, que no era culpa suya que él fuera tan urgente. Bruno insistió. No alcancé a oír cómo se ganó la discusión, pero sí cómo terminó.
Al rato empezaron a escucharse los gemidos sutiles de mi amiga y otros ruidos que no dejaban dudas. Yo creía ser la única testigo, hasta que vi una lucecita tenue arriba y me llegó un mensaje de Diego al celular.
—Parece que dieron vuelta a tu amiga. Bruno tiene labia —escribió, con una carcajada de emojis.
Le contesté en silencio, con el brillo al mínimo:
—La dieron vuelta en más de un sentido, jajaja.
Los ruidos se volvieron más intensos. Se oía la respiración de Bruno embistiendo, y de pronto le decía cosas que jamás le habíamos escuchado, mientras Carla gemía y le pedía que no parara.
—Nunca pensé que nos darían un show gratis en el viaje —escribió Diego.
—Yo tampoco, pero la verdad no me sorprende de ninguno —respondí.
—¿Cómo? —puso él, intrigado.
—Bruno es muy caliente y Carla es de las mismas. Es mi amiga, pero hay que decirlo: le gusta que le den duro.
Como confirmando mis palabras, el sonido de varias nalgadas rompió el silencio, y cada una arrancó un quejido de placer del otro lado. A esas alturas todo aquel despliegue me estaba poniendo a mil, y mi mano bajó sola hacia mi entrepierna, aunque todavía no me atrevía a tocarme.
—Esto se transformó en una película porno —escribió Diego.
—Te lo dije. Les gusta hardcore.
Entonces oí otro ruido, más cerca, justo arriba de mí.
—Oye… ¿te estás tocando? —pregunté.
—No pude evitarlo, me calenté con la escena.
—Yo también.
—¿Quieres que baje? Calladito, obvio.
—Obvio que sí.
Diego bajó despacio. Le alumbré con el celular para que no se cayera y noté que venía completamente desnudo, con la verga bien parada. En otra situación me habría reído, pero los sonidos del compartimento de al lado ya me tenían demasiado caliente.
Me senté en la litera, un poco encorvada para no golpearme la cabeza, y mi cara quedó justo a la altura de su pene. No me hice de rogar, no es mi estilo. Le agarré la base con los dedos, sosteniendo también los testículos, y empecé a darle lametazos en el glande, muy despacio, como sabía que le gustaba.
No podíamos hablar para no delatarnos, así que él estaba obligado a quedarse callado y dejarme hacer. Eso me excitaba todavía más. Dejé que la verga rozara mis labios sin metérmela del todo, paseando la lengua por el frenillo y por todo el tronco, mientras con la otra mano, ya dentro de las bragas, me masajeaba el clítoris. Estaba empapada.
Diego tomó el teléfono y escribió. Hice una mini pausa para leer.
—Ya no aguanto más, por favor cómetela toda.
Le apreté un poquito las bolas, me encanta hacerlo, y respondí:
—Te voy a dejar seco, pero después me toca a mí.
Asintió con entusiasmo. Dejé el celular y me concentré. Por fin dejé que entrara entero en mi boca. Estaba tan dura que al chocar mi paladar me incomodé un segundo, hasta que cambié el ángulo y retomé el control. Me metí un dedo en la vagina y me estimulé más fuerte. Era un círculo vicioso: encima escuchaba a Carla acercándose al clímax mientras Bruno le susurraba barbaridades.
Diego ya no pudo más. Pese a todo su esfuerzo por callarse, un gemido contenido se le escapó, y en mi boca entró un chorro caliente que me llenó la garganta y los labios. No soy de las que desperdician, así que me lo tragué y me limpié en silencio. Del otro lado, de pronto, reinó la calma absoluta. No supe si habían terminado o si nos estaban escuchando.
Me quité del todo las bragas empapadas, abrí bien las piernas y le hice señas. Lo único que me importaba era que cumpliera su promesa. Diego se arrodilló, muy obediente, y empezó a darme placer con la lengua y los dedos.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Todo era extrañísimo: el balanceo del tren, algún cuchicheo lejano y mi chico entregándose por completo. Con una mano me tapaba la boca; con la otra me acariciaba los pechos. Estaba tan caliente que en cinco minutos sentí que me venía, y fue exquisito.
Juré quedarme en silencio, pero al correrme las contracciones fueron tan intensas que un sonoro «ay, mierda» se me escapó claramente. Diego levantó la vista y sonrió satisfecho. Antes de limpiarse, el muy pendejo se sacó una selfie con mi sexo de fondo, jajaja.
Nos quedamos un rato acurrucados, y juro que escuché risitas al lado. Me dio igual. Me abrazó por detrás y nos dormimos un buen rato. Probablemente cruzábamos la frontera cuando volvió a su litera; antes me mandó la foto, que conservé un tiempo y después borré. Cosas de la juventud.
Al despertar, cerca de las nueve, pensé que todo había sido un sueño húmedo, hasta que noté que seguía sin bragas. Desperté a Diego, nos limpiamos con el agua del grifo y unas toallitas, muertos de risa, y concluimos que la culpa había sido toda de Bruno. Cuando abrimos la puerta al pasillo, justo salían Carla y Bruno de su compartimento y nos encontramos los cuatro de sopetón. Nos preguntamos cómo habíamos dormido. Los cuatro dijimos «bien» y cambiamos de tema.
***
La segunda fue en un crucero por destinos relativamente exóticos que prefiero no revelar, para no dar pistas. Viajaba con mis padres y mi hermana.
La verdad es que no estaba muy animada. Venía de un amor fallido que había terminado, encima, por la traición de una supuesta amiga; una historia que no vale la pena recordar. Por eso me apartaba seguido de la familia y andaba sola por el barco y por los puertos donde recalábamos.
Una tarde, después de volver a bordo tras visitar una ciudad costera, fui a la zona de spa con la esperanza de pillar un jacuzzi poco lleno, algo casi imposible porque eran muy codiciados. Había algunos al aire libre y otros semiprivados, separados por mamparas que aislaban lo suficiente sin tapar del todo. Justo eso buscaba.
Pasé por varios, todos ocupados por familias o por parejas con cara de pocos amigos, hasta que al final del pasillo encontré uno con un solo ocupante. Era un hombre joven, de piel muy oscura. Tenía el pecho y el abdomen marcados, aunque no parecía deportista. Estaba mirando el mar y, cuando notó mi presencia, se giró hacia mí.
Yo llevaba un bikini común, nada llamativo, pero sentí que me observaba con interés. Me saludó con un «hello, how are you?» e hizo un gesto invitándome a entrar. Acepté y me metí al agua caliente. Me sonrió con una hilera de dientes blanquísimos, lo único blanco en él.
Conversamos en inglés. Se llamaba Kwame, era de Ghana y estudiaba ingeniería en Londres. Sus padres tenían dinero y le habían pagado el crucero a él y a su hermano, que en ese momento estaba en el casino. Sospeché que había conseguido el jacuzzi para él solo porque los demás pasajeros no quisieron compartir. Mala onda de ellos, ganancia para mí.
Le hablé de mi país, de mis cosas, e incluso de por qué andaba sola esa tarde. Kwame escuchaba comprensivo y me sentí muy a gusto. Pasó una chica ofreciendo tragos y, con mucho respeto, me invitó una cerveza. Seguimos compartiendo.
En algún momento, con intención o sin ella, su pierna rozó la mía. No me molesté, y eso lo envalentonó, porque enseguida apoyó la mano en mi muslo. Me reí y puse la mía sobre el suyo, advirtiéndole medio en broma que no me tentara, que una mujer despechada podía hacer locuras. Me confesó, casi avergonzado, que nunca había estado con una «white girl», y acercó la cara para darme un beso que me tomó algo desprevenida.
Le seguí el juego. Besaba muy bien, y la idea me daba un morbo extra. Le pasé las manos por el pecho lampiño, firmísimo. Él empezó a masajearme los pechos por encima del bikini y después me soltó el sostén. Murmuró algo sobre mis pezones mientras empezaba a chupármelos, suave primero y luego con avidez. Me estimuló muchísimo, y a él también, porque cuando bajé la mano hacia su entrepierna noté el bulto levantando la tela del traje de baño.
Tanteé el terreno, me calenté más, y le solté un «show me your big black cock». Ni corto ni perezoso, se quitó el bañador. Apareció una verga que no era ridículamente grande, pero sí gruesa y de buen tamaño. Se me hizo agua la boca.
De manera totalmente imprudente, Kwame se sentó en el borde del jacuzzi con las piernas bien abiertas, la verga apuntándome directo. «I always dreamed of a white girl sucking my cock», dijo el descarado, con tanta soltura que me dio gracia. Me acerqué, le puse las manos en los muslos y rodeé la punta con los labios.
Empecé a chuparla con ganas, mirándolo a los ojos, donde se le notaba una excitación enorme. Yo sería su primera «white girl», y eso me motivaba a darlo todo, sabiendo además que él era mi primera verga negra. La fui metiendo de a poco hasta rozar la garganta, con cuidado de no atragantarme. La textura era curiosa, más venosa de lo normal, sin olor, con un líquido preseminal casi dulce que me gustó.
Con casi toda la verga dentro, llevé las manos a sus testículos lampiños y se los masajeé. No se lo esperaba. Traté de no perder el contacto visual mientras chupaba a fondo, llenándome la boca de saliva. En eso estaba, con él ya cerca del final, cuando oí un suspirito a mis espaldas. No la vi, pero supe que la chica de las cervezas había vuelto y nos había descubierto. Por suerte se alejó sin hacer escándalo.
Kwame hacía los esfuerzos típicos para aguantar, así que redoblé los míos alrededor de la cabeza de su miembro, succionando hasta que el pobre no pudo más. Un chorro caliente salió disparado y aguanté la embestida estoicamente, sintiendo cómo se me llenaba el paladar. Me aparté y lo miré: tenía la cara exultante de un niño en Navidad, con esa sonrisa blanca enorme. Su verga fue perdiendo brío hasta el reposo, sin perder demasiado tamaño, dicho sea de paso.
Vino entonces una sarta de palabras embobadas. Me decía que yo sería siempre «unforgettable», que si visitaba su país me trataría como una reina. Le agradecí, aunque sabía que jamás viajaría a Ghana a buscar pareja. Me puse la parte de arriba del bikini y me quedé un rato disfrutando del jacuzzi, con el océano enfrente y mi nuevo amigo al lado.
Quizás se pregunten si me ofreció algo más. Pues sí: intercambiar números, salir a comer, ir a la disco. Pero satisfecha mi curiosidad, no tenía ganas de profundizar en algo que no podía prosperar, así que le dije que lo habláramos después. Lo noté un poco decepcionado, aunque no insistió. Nos cruzamos un par de veces más en cubierta y en los desembarcos, sin oportunidad de intimar. Mi hermana me miró con sospecha alguna vez, pero recién le confesé el secreto años después; la pesada me reprochó no haberle presentado a mi «príncipe ghanés», jajaja. ¿Lo busqué después por redes? Sí. Está casado con una chica de su país y se ve feliz. Así que ya ven: traigo suerte.
***
La tercera es más normalita, sin viajes lejanos ni logística complicada, pero tiene un componente que la hace divertida y digna de contarse.
En mis primeros años de universidad salí con un chico, amigo de una amiga, que estaba en la escuela de formación de la policía de mi país. Le diremos Rodrigo. Iba por el último semestre, así que ya sabía disparar y conducir a alta velocidad. Era un poco autoritario, la verdad, pero en esa época me gustaba mucho, sobre todo cuando se ponía traje o el uniforme táctico.
Una noche hubo una gala en la escuela, porque iban a condecorar a unos funcionarios que habían destacado en deporte. Rodrigo me invitó, así que saqué mis mejores trapos: un vestido strapless color burdeos, tacos de aguja y cartera a tono. Estaba nerviosa, porque por entonces tenía muchas inseguridades con mi peso, aunque mi hermana me juraba que me veía guapa. Hoy, mirando esas fotos, sé que efectivamente me veía bien, jajaja.
Rodrigo llegó espectacular: traje azul oscuro a medida, camisa blanca, corbata negra, zapatos brillantes. Era alto, así que con tacos yo apenas le llegaba al mentón. En el camino me iba dando pistas sobre la gente con la que compartiríamos y tips para no meter la pata, pero también me miraba con un interés que me dio mucha confianza.
La velada fue divertida: aperitivo, entrega de medallas, cena formal y hasta baile. Sus compañeros eran simpáticos y los instructores daban buena espina. Cerca de las tres de la madrugada la gente empezó a irse y Rodrigo me tomó del brazo diciendo que era hora de partir. Caminamos hasta el estacionamiento, ya casi vacío y muy oscuro.
Al llegar a su auto, de pronto se puso detrás de mí y me sujetó las muñecas. En una secuencia rapidísima me colocó unas esposas, dejándome las manos inmovilizadas a la espalda, y me susurró al oído: «hace rato que quería hacer esto».
Me tomó de sorpresa, pero fue muy excitante. Me di vuelta y vi malicia pura en su mirada. Abrió la puerta trasera y me hizo un gesto para que entrara. Me senté y comprobé que las esposas eran auténticas, nada de juguete. Él entró también, cerró la puerta y se quedó a mi lado, mirándome con lascivia. Entraba algo de luz desde las farolas.
Me confesó que le encendía la idea de cogerme así, como si yo fuera una detenida inocente de la que aprovecharse. Me hizo gracia lo de «inocente», pero su arranque de autoridad y mi propia indefensión me calentaron. Le dije que podía hacer lo que quisiera, siempre que valiera la pena para los dos.
Rodrigo se metió en el personaje. Deslizó las manos por mis muslos y me obligó a abrir las piernas. Llegó hasta mi ropa interior y, con decisión, me arrancó la prenda, exponiéndome, pasando el índice por mi rayita depilada. Me estremecí, sintiendo cómo me humedecía ante semejante exhibición de poder. Con gesto triunfal, guardó mis bragas en el bolsillo de su chaqueta.
Después, siempre en su papel de policía severo, bajó el borde superior de mi vestido hasta liberar mis pechos, que quedaron al aire con los pezones erectos. Sus dedos jugaron con ellos, hasta me pellizcó, lo que me arrancó un gemido involuntario. Con fingida seriedad murmuró que el escote estaba «limpio», pero que aún no podía descartar nada.
Siguió palpándome las partes íntimas sin abusar, diciendo que tenía que revisarme bien por si escondía algo peligroso. Su pulgar rozaba mi clítoris cada tanto, logrando que me mojara más y más. Yo me eché hacia atrás todo lo que pude, abriéndome de piernas, invitándolo a seguir explorando.
Entonces me separó las rodillas con firmeza, bajó hasta mi entrepierna y se lanzó a comerme con ganas, recorriendo toda la abertura con la lengua y besando con cariño especial mi clítoris. Sentía cómo mis labios se hinchaban y mi canal cedía a la presión creciente de su lengua. Uy, de solo recordarlo me mojo otra vez, jajaja.
Rodrigo era buenísimo en el sexo oral. Aprovechando que yo no podía resistirme, sus manos recorrían mi trasero, subían por mi espalda, agarraban mis muñecas esposadas, apretaban mis pechos, sin perder jamás la concentración. Yo ya no me contenía: gemía sin vergüenza, sintiendo cómo todo el cuerpo se preparaba para el final. No tardó nada en hacerme terminar, y fue exquisito. La mente se me quedó en blanco mientras las ráfagas de placer se difuminaban.
Pasaron unos minutos. Yo sonreía, todavía con las tetas y el coño expuestos, pero me daba igual: la experiencia me había encantado. Rodrigo se veía satisfecho, aunque sonreía con maldad. Me acarició la mejilla y dijo que el procedimiento iba bien, pero que necesitaba más colaboración para probar mi inocencia. Su pulgar rozó mis labios y luego bajó hacia su bragueta abultada.
Abrió cinturón y cierre, se bajó el pantalón y sacó la verga bien dura, la cabeza enrojecida y coronada de gotitas. Se alejó un poco y me hizo un gesto que no dejaba lugar a dudas. Era mi turno, y la verdad estaba más que dispuesta.
Me acomodé como pude, de rodillas y en diagonal, con las muñecas esposadas atrás, y acerqué los labios a su miembro. Sus ojos tenían una mezcla de autoridad, gozo y triunfo que me daba más ganas de complacerlo. Sin perder el contacto visual, rodeé la cabeza y empecé a darle amor con la boca, muy dócilmente, como si de verdad tuviera que convencerlo de mi inocencia.
Pero de inocente, nada. Yo tenía experiencia en estas lides, así que no me apuré: fui aumentando de a poco la profundidad, chupando y lamiendo no solo la punta sino todo el tronco, como si estuviera recubierto de algo delicioso. Sus gotitas sabían bien, eran como un rico lubricante en la lengua. De vez en cuando interrumpía la felación para lamerle las bolas, y por sus muecas sabía que le costaba mantener el papel serio.
Mi cabeza subía y bajaba cada vez más rápido. Él ya no disimulaba las ganas de usarme a su antojo; me puso la mano en la nuca pretendiendo guiarme, aunque yo sabía perfectamente lo que hacía. Quizás notó que estaba cerca y quiso alargarlo, porque me detuvo y, en susurros, me ordenó ir más lento. Bajé la intensidad un momento, pero luego retomé con todo y ya no hubo poder en la Tierra que detuviera esa mamada. Una cosa tenía que aprender mi novio: más allá de los juegos de poder, quien tiene en la mano, o en la boca, el placer del otro es quien manda de verdad.
Para ir terminando, esa noche acabó con mi boca llena, aunque también chorreó en el asiento, menos mal que no en el vestido. Rodrigo fue razonable y enseguida me liberó las muñecas, lo que me permitió limpiarme y arreglarme, recuperando mi imagen de mujer honesta y elegante. Hablamos un rato y, sinceramente, fue de lo más excitante que había vivido hasta esa etapa de mi vida.
Después volvimos un par de veces a los juegos de rol, algo que sumé a mi repertorio para alegría de varias parejas posteriores. Pero al cabo de un año la cosa se terminó: cuando Rodrigo egresó como oficial, lo destinaron a una región lejana, y yo seguía en la universidad. Fue el adiós. Eso sí, nunca me devolvió las bragas.
Y así acaba esta antología del sexo oral que les preparé. Espero que las tres historias les hayan gustado. Me encantaría leer sus comentarios y que me digan cuál les pareció más interesante. Un beso donde quieran, jajaja, y hasta pronto.