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Relatos Ardientes

Lo obligué a elegir en el estacionamiento

Desde que empezó el cuatrimestre, Sebastián se convirtió en mi obsesión silenciosa.

No era solo por su cuerpo, aunque eso también pesaba. Era por esa mezcla rara entre timidez, cabeza brillante y una moral tan correcta que a veces me daba ganas de zarandearlo. Quería desarmar a ese chico tranquilo, ver hasta dónde aguantaba antes de ceder.

La excusa fue el trabajo final de la materia. Quería hacerlo con él. Pero el trabajo me importaba poco; lo que quería era a él, todo el tiempo, para mí sola.

El problema tenía nombre y apellido: su grupo de siempre. Tres amigos inseparables, tan estudiosos como insoportables. Tipos de esos que se corregían las fórmulas durante el almuerzo y se reían de chistes que solo entendían entre ellos. A mí no me tragaban. Yo era todo lo contrario: directa, ruidosa, demasiado segura de mí misma. Los profesores me adoraban, sacaba las mismas notas que ellos sin partirme la cabeza, y eso les hervía la sangre.

Les molestaba la idea de que yo les estuviera robando a Sebastián. Tenían razón en preocuparse.

Aun así se lo pedí, sin rodeos, en mitad del pasillo.

—Hacé el trabajo conmigo —le dije.

Me dijo que no. Que ya estaba comprometido con su grupo, que se habían apoyado todo el cuatrimestre y no podía dejarlos colgados.

Sonreí, le di las gracias con una dulzura falsa, y a partir de ese momento dejé de existir para él.

***

Yo conocía a los hombres como Sebastián. Sabía que iba a desesperarse. Lo nuestro venía de antes de aquella negativa: ya habíamos tenido sexo, mucho, casi a diario durante semanas. Esa cara de niño bueno, el pelo castaño con rizos despeinados, y un cuerpo de hombre hecho que no le pegaba con la timidez. Me mojaba con solo verlo cruzar el aula.

Por eso me ardía que no me eligiera. No estaba acostumbrada a que alguien me pusiera por detrás de nada.

Así que lo borré de mi radar. Lo ignoré como solo yo sé ignorar.

Ni un saludo. Ni una mirada en clase. Cuando intentaba acercarse, me bastaba con levantar una ceja para que se quedara mudo a media frase. Lo bloqueé en todas las redes, le quité hasta la posibilidad de mandarme un mensaje a las tres de la mañana.

Le dejé solo el vacío.

Y disfruté cada segundo de su incomodidad. Lo veía buscarme con la mirada al entrar al aula, lo veía dudar antes de sentarse, lo veía tragar saliva cada vez que me cruzaba a su lado sin frenar el paso. Sus intentos patéticos de iniciar una conversación morían apenas empezaban.

Un martes me dejó una nota doblada sobre la mesa, mientras yo recogía mis cosas. No la abrí delante de él. Esperé a estar en el pasillo, la leí —«necesito hablar con vos»— y la rompí en pedazos chiquitos sin cambiar la cara. Sabía que me estaba mirando desde la puerta. Sabía que ese silencio lo iba a torturar más que cualquier respuesta.

Sus amigos, mientras tanto, festejaban. Creían que habían ganado, que me habían sacado del medio. Uno de ellos hasta se permitió una sonrisita de lado cuando pasé al lado de su mesa. Yo le devolví la sonrisa. No tenían idea de que yo jugaba a otra cosa, a un plazo más largo, y que su amigo ya estaba contando los días para venir a buscarme.

Va a venir, me repetía. Solo tengo que esperar.

***

Una semana después, salimos tarde de la última clase. La facultad se vaciaba y la noche traía esa brisa pegajosa que anuncia tormenta. Caminé hacia el estacionamiento, sola, sin apurarme, escuchando mis propios tacones contra el cemento.

—Mariana —su voz me alcanzó por la espalda, con ese tono de culpa que me encantaba—. Esperá.

Me giré despacio, los brazos cruzados, bajo una farola que parpadeaba como si fuera a apagarse.

—¿Qué querés?

Las primeras gotas empezaban a caer, finas, casi tímidas, igual que él.

—No me gusta cómo estás conmigo —dijo, mirándose los zapatos—. Pero no puedo dejarlos solos. Se enojarían. Nos ayudamos todo el cuatrimestre…

—¿Y vos? —lo corté—. ¿Vos no contás en tu propia decisión? ¿O siempre dejás que otros elijan por vos?

No supo qué responder. Y en ese silencio el cielo se abrió de golpe.

La lluvia cayó pesada, en cortinas, repiqueteando contra el asfalto. Corrimos los dos hacia mi coche, que era el más cercano, y nos metimos empapados, sin hablar. La puerta se cerró y el mundo se redujo a ese espacio chico, al ruido del agua sobre el techo, al vidrio que empezaba a empañarse con nuestra respiración.

El silencio se volvió denso. Pesado. Mío.

Me incliné hacia él en el asiento del conductor. Le puse la mano sobre el muslo, todavía mojado por la lluvia, y la dejé ahí, quieta, sintiéndolo tensarse. Su inocencia me prendía como pocas cosas.

—¿Tanto te cuesta elegirme? —le pregunté, mientras mis dedos bajaban hasta la hebilla de su cinturón y empezaban a soltarla.

Tragó saliva. El sonido fue tan claro que casi me hizo reír.

—Mariana… por favor… —murmuró.

Pero los dos sabíamos cómo iba a terminar esto. Lo sabía él, que ya tenía la respiración entrecortada. Lo sabía yo, que llevaba la pelea ganada desde antes de subir al coche.

***

Le abrí el pantalón con calma, sin prisa, mirándolo a los ojos hasta el último segundo. Después bajé la cabeza y me lo llevé a la boca, todavía a medio endurecer, sintiéndolo crecer contra mi lengua.

Lento.

Intenso.

Sabiendo perfectamente lo que hacía.

Sebastián siempre fue débil con esto. Se le iba el control rápido cuando yo lo tenía así, y a mí me volvía loca escuchar esos gemidos que intentaba ahogar y no podía. Me gusta el placer de un hombre, verlo perder la compostura, y él era tan sensible que cada movimiento de mi lengua le arrancaba un temblor. Quizá por eso era mi favorito. Eso, o lo bien que se sentía en mi boca.

Le apreté la base con la mano y lo acaricié despacio, dejando que la saliva resbalara para deslizarme mejor. Subía y bajaba, lo lamía entero, me detenía en la punta solo para escucharlo respirar. Y le hablé sin parar, con la voz ronca, húmeda, pegada a su piel.

—Me encanta cómo se te pone dura en mi boca, Sebastián. ¿Lo sabés, verdad?

Él apenas asintió, con la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas y los ojos apretados.

—Tenía tantas ganas de esto —seguí, lamiéndolo de abajo hacia arriba—. ¿Me vas a dar todo, amor? ¿Todo entero?

Un quejido fue su única respuesta.

—Podés tenerme cuando quieras —le dije, mirándolo desde abajo—. Puedo ser tuya. Toda tuya. Pero me tenés que elegir a mí. A mí, no a ellos.

Sentí cómo su resistencia se quebraba entre jadeos. Lo hundí más profundo, lo dejé llegar hasta el fondo de mi garganta y lo sostuve ahí, sin soltarlo, sintiendo cómo se le escapaba el aire. Bajé hasta sus testículos, los acaricié con la lengua, recorrí todo el camino desde abajo hasta la punta otra vez, despacio, saboreando cada centímetro.

Y justo cuando lo sentí a punto de terminar, cuando sus caderas empezaron a moverse solas buscándome, lo solté.

Lo dejé colgando del borde, jadeando, con los puños cerrados sobre el asiento.

—Elegí —le susurré, mirándolo con los labios hinchados y brillantes—. ¿A ellos o a mí?

Cerró los ojos. Soltó el aire de golpe.

Y entonces lo dijo, en un hilo de voz.

—A vos.

—No te escuché. Más fuerte.

—Te elijo a vos, Mariana —dijo, y esta vez me miró a los ojos al decirlo.

Sonreí. Era todo lo que necesitaba.

—Así me gusta —murmuré, y volví a bajar la cabeza—. Ahora dame todo, amor.

***

Lo tomé otra vez, más firme, la mano y la boca trabajando juntas, mi lengua girando sobre la punta. No tardó nada.

Se vino con un gemido que se le escapó entero, sin poder contenerlo. Me sostuvo de la nuca con las dos manos, temblando, y yo no me moví, lo recibí todo, lo tragué como mi premio del día. Me encanta ese momento en que un hombre se rinde por completo, cuando ya no queda nada de la compostura con la que entró.

Lo dejé limpio entre gruñidos y suspiros, lamiendo despacio hasta el último temblor. Después me incorporé, me acomodé el pelo y me limpié los labios con dos dedos, con la misma elegancia con la que habría salido de una cena. Como si no acabara de hacerle eso en un estacionamiento, con la lluvia golpeando el techo.

Sebastián se subió el pantalón en silencio, todavía sin aire, mirándome como si no terminara de creer lo que había pasado.

Afuera, la tormenta empezaba a ceder.

—Te veo mañana para hacer el trabajo —le dije, arrancando el coche y acercándolo hasta el suyo, unos metros más allá.

Frené. Él puso la mano en la manija, dudó un segundo, y al final se giró hacia mí.

Le di un beso en los labios, suave, lento, casi inocente. Como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.

—Hasta mañana, Sebastián.

Bajó del coche bajo las últimas gotas, y yo me quedé mirándolo por el retrovisor mientras se alejaba, con esa sonrisa que conozco bien: la de alguien que ya sabe que va a volver.

Sus amigos no se enteraron de nada. Pero a partir de esa noche, cada vez que yo entraba al aula, era a mí a quien buscaba con la mirada.

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Comentarios (6)

Valeria_lect

Que relato!!! Me tuvo en vilo de principio a fin. Ese final lo dice todo.

RomeoLector

Demasiado bueno esto. Se siente real, como si uno estuviera ahi parado bajo esa farola esperando. Seguí publicando!

SilviaFromRos

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años... ese momento de poder y espera es inigualable jaja. Excelente como lo narraste, sin rodeos.

CarlosF_lector

La primera frase ya me enganchó. Un diez.

PattyBsAs

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas. Esa frase final lo dice todo jajaja

DiegoM23

Increible, no pude parar de leer!!! Mas relatos asi por favor

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