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Relatos Ardientes

Pamplona me supo a mamada esa mañana

Me desperté mucho antes de que sonara nada. Lo que había vivido el día anterior me había tenido en vela casi toda la noche, durmiendo a ratos, con imágenes y sensaciones que volvían una y otra vez sin pedir permiso. Mi edad me jugaba malas pasadas. Mi edad y aquella educación castrante de los curas.

Todavía recuerdo eso de que el bautismo era un sello indeleble que nos grababan en el alma. Por lo visto los comportamientos sexuales también dejaban marca. Y algo de aquello me venía como retazos de culpa por mi liberalidad, por mi lado homosexual. Pero lo peor, lo que de verdad me descolocaba, era no sentir nada. Ni arrepentimiento ni siquiera vergüenza. Es más, me sentía un hombre nuevo. Y me seguían gustando las mujeres, las tetas grandes. La educación a base de bofetadas y palos no lo había conseguido del todo.

Así que salí a las calles de Pamplona con unas ganas tremendas de encontrar a mi catedrática y que me hiciera una buena mamada. Eso me había prometido ella.

Mientras buscaba dónde desayunar, otro instinto profundo y atávico volvía a activarse. Desde niño asocio palabras con otras sin ningún sentido: arroz con gobierno, el azul con un sabor rasposo, el amarillo con el olor de la nata. Por eso Pamplona me sonaba a sexo, pero no a cualquiera. A sexo oral. A mamadas.

Caminé hacia un café con la luz de la mañana quitándome telarañas del cerebro, aunque estuviera tamizada por mil nubes. Iba con la determinación inquebrantable de pasarme hoy diez pueblos con mi amiga Olga, a la que intuía minera experta en agujeros morbosos y húmedos.

Las manos me temblaban, y no de frío, frente al primer café. Era una cafetería especializada en cafés sudamericanos, El Andén, creo que se llamaba. Me tomé tres expresos. Sin comer nada. Una muesca más en el revólver, la caldera a punto de reventar.

Abrí el móvil. La lucecita azul decía que estaba conectada. Me conecté. Eran las siete de la mañana.

—¿Qué eres tú, el servicio de emergencias sexuales de la diputación? —escribió enseguida—. Follar tan temprano es un incordio, la boca suele oler mal, te coge sin calentar. Y a tu edad puedes pillar un esguince o un calambre. Encima ayer te saltaste un montón de barreras y te desatascaron las tuberías de toda la mierda que te metieron los curas dentro. ¿Quieres más?

—Claro. Me faltas tú, la catedrática de antropología. Un estudio profundo de mi mente y de mis pensamientos más oscuros.

—Me gusta la idea. Todavía no me has tocado una teta y ya estás pensando en guarrerías y morbo. Me apunto. Además hoy tengo un sitio especial. Es nuestra primera cita en persona, una noche de novios a deshora. Hay que darlo todo.

—Pero antes necesito un café. O dos. Y verte en capilla, observarte en un sitio inerte, no contaminado. ¿Dónde estás?

Le dije el lugar y se plantó allí en diez minutos.

***

La visión de su cuerpo, su estilo, su forma de moverse, me enardeció. Me puso cachondo nada más verla entrar. Esas carnes excesivas moviéndose como cuando el carnicero te muestra los solomillos, esa sonrisa amplia y liberal, decadente. Los ojos medio entornados. Se acercó muy jovial y me dio un beso con la boca abierta, metiéndome la lengua hasta el paladar, que me dejó anonadado, casi temblando.

Llevaba una falda de cuero negro hasta la rodilla y unas botas, también de cuero, que le llegaban justo donde terminaba la falda. Aquello resaltaba el blanco impoluto de sus piernas. Abrió las piernas descaradamente delante de mí y vi que no llevaba ropa interior. Sin ningún pudor se rascó la vulva y apartó sus labios mayores, oscuros, que le crecían como plantas indómitas. Otra vuelta de tuerca a mi morbo.

—Hoy tenemos el despacho de mi fisioterapeuta —dijo bajando la voz—. Allí podemos hacer lo que queramos: manchar el suelo, las sábanas, revolvernos. Por cierto, del uno al cinco, ¿en qué nivel de morbo te mueves? El cinco es comerse un culo recién cagado. El uno, beberse la leche de tu chico al correrse mientras se la mamas.

—No me lo había medido en esa escala —respondí—. Pero como sigas enseñando el coño y abriéndotelo bajo la mesa de una cafetería, vas a tener que ponerle más rayitas a ese nivel.

Sonrió. Me cogió del brazo y casi me arrastró a una clínica de la planta baja, pulcra, decorada con un estilo muy moderno. Se sentó sobre una mesa y abrió las piernas.

—Méteme el dedo. A ver qué nivel de calentura tengo.

El coño estaba encharcado y todavía frío. Ella echó la cabeza hacia atrás, con la mirada perdida y la boca abierta, mientras yo comprobaba lo mojada que estaba.

—Estás a punto de caramelo —le dije.

—Pues vamos al sitio.

***

Pasamos dos consultas vacías. A esa hora no había nadie. Llegamos a una que se cerraba por dentro y tenía una camilla de esas con un agujero para meter la cara, pero mucho más ancha y sólida que las que yo había visto antes.

Se sentó al borde de la camilla y me cogió del cuello para empezar un beso interminable que parecía una lucha por dominar el territorio de la boca del otro. Las lenguas se enredaban, buscaban recovecos, sitios donde erizarle el vello al contrario. Más de una vez chocaron nuestros dientes, y en el fragor las mordidas empezaron a ser las protagonistas.

Con mi labio entre sus dientes apretados y una mirada sucia, depravada, se sacó las tetas sin quitarse la ropa. Metió la mano en mis pantalones, me agarró la polla con violencia y empezó a masturbarme con fuerza. Bajó de la camilla y me empujó contra la pared.

—Estoy muy caliente. Eres mil veces mejor que en el vídeo. Ven. Apriétame fuerte contra la pared, que note tu polla estrujándome. Con fuerza.

Yo me había hecho una pequeña herida en el labio. Me la toqué y me miré la mano manchada de sangre. Ella se dio cuenta, me cogió el dedo y lo chupó, limpiándomelo.

—¡Véngate! —jadeó—. Apriétame con todas tus fuerzas. Córtame la respiración.

La obedecía sin hablar. Le daba empujones con los que gemía y se le ponía la cara roja, a punto de estallar.

—Empótrame contra la pared. Así, así…

Me saqué la polla, ya a reventar, y de un tirón le bajé la falda. Con la otra mano le mantenía la cara contra el muro, sin soltarla.

—Estoy muy caliente. Fóllame ya. Lo necesito.

Intentó abrir las piernas para abrirse la falda, pero no pudo. Yo metí como pude mi polla entre sus cachas y empujé con fuerza. El corazón me latía a mil. Seguía estrujándola contra la pared mientras ella jadeaba. Le di la vuelta y volví a meterle la lengua en la boca, manoseándole los pechos con grosería. Me había manipulado del todo. Me había convertido en un tío sin educación, en un salvaje.

***

En un momento se desnudó por completo y se fue hacia un sofá de cuero blanco con su bolso. Desnuda, muy sensual, muy salvaje, se dejó caer sobre los cojines. Sacó del bolso un bote de leche condensada y, mientras yo me desnudaba, empezó a esparcir aquel líquido azucarado por todo su cuerpo. Sobre todo por su coño depilado y por su culo, que se embadurnó con esmero, metiéndose los dedos pringosos en la vagina y en el ano. Después se llenó la cara y la boca.

—Esta es la primera raya, es fácil para un crío como tú —se rió—. Todos nos bebíamos la leche condensada a escondidas. Lo que pasa es que hoy el recipiente no es una galleta. Y me lo tienes que limpiar todo. Ven.

Cuando me tuvo a su lado, vertió parte del frasco sobre mi polla y mi barriga, me llenó la mano y me metió aquella pomada deliciosa entre las cachas del culo, hasta dentro del ojete.

—Ya que te han abierto la puerta —susurró—, vamos a aprovecharla.

Me arrastré sobre ella y empezamos a chuparnos la boca y cada centímetro del cuerpo embadurnado de leche condensada. Era una sensación de guarrería y morbo extraña, pero terriblemente excitante. Mi polla no podía más, y ella ni la tocaba.

Bajó la cabeza y empezó a lamerme todo el sexo. Los huevos, la polla, los alrededores. Me pidió ponerme a cuatro patas sobre ella. Mi boca en su coño, la suya en mi polla. Un sesenta y nueve. De un solo movimiento se metió la polla entera en la boca y empezó a hacerme una mamada que me volvió loco.

Después me lo explicó: enrollaba la lengua como un canuto alrededor de la polla, la metía y la sacaba mientras sorbía con fuerza. Ni mis amigos gais me lo habían hecho nunca tan bien, aunque fuera otra técnica. Yo le comía el coño también con violencia, le metía los labios mayores en la boca mordiéndoselos suavemente, le hundía los dedos doblados en la vagina. Los dos gemíamos y respirábamos como si estuviéramos en una maratón.

De pronto sentí su lengua recorrerme las cachas del culo. Sin darme cuenta, la noté entrar en mi ojete. Aquello me hizo pegar un respingo, pero ella siguió lamiéndome con deleite el agujero y todo su contorno. Yo estaba paralizado. Volvió a subir la boca y se metió de nuevo mi polla, retomando la mamada especial.

Justo cuando ya no sabía cómo contenerme, sentí sus dedos entrar en mi culo. Con fuerza. Primero uno, hasta el fondo. Después dos. Me miraba mientras tanto, morbosa, cachonda. Intentó meter un tercero y yo entré en trance. Seguía mamando sin apartar la vista, clavándome los dedos con violencia. Se sacó la polla de la boca y empezó a masturbarme deprisa. Con un alarido me corrí. La leche llegó al techo.

Me desplomé sobre ella temblando. Respiraba como si hubiera corrido cientos de metros. El aire me llenaba y sentía placer hasta de respirar. Me tumbé boca arriba con los ojos cerrados, disfrutando el momento.

***

—Vaya corrida —dijo ella—. Te juro que no he visto ninguna igual, y mira que he visto. Qué cabrón, cómo lo has disfrutado.

Asentí desmadejado. Me incorporé para ir al baño, pero me agarró con fuerza.

—¿Y yo qué? —se señaló el coño.

Me tiró de espaldas sobre la camilla y se puso a horcajadas encima de mí. Empezaron a oírse ruidos de gente entrando en el local. Volví la cabeza, inquieto. Ella ni se inmutó.

—Concéntrate, muchacho —dijo ignorando el murmullo del otro lado de la puerta—. A ver si consigues que me corra como tú.

Continuará.

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Comentarios (6)

NachoCba93

Tremendo relato, me enganchó desde la primera línea. Que bien escrito!!!

Pelusa_BA

Se hizo cortísimo, quedé con ganas de mas. Hay segunda parte?

Mati_88

Pamplona de esa manera nunca la había visto jajaja, ahora la voy a recordar diferente

ElenaOscura

De las confesiones que leí ultimamente esta se lleva los laureles. Tiene algo autentico que no abunda por aca. Sigue escribiendo!!!

DiegoFdez

buenísimo

Roque_Lector

El arranque es una joya, esa imagen de despertarse con una idea fija me pareció muy real. Espero leer mas tuyo pronto

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