Olvidé el dinero y el taxista cobró a su manera
Esa mañana falté al instituto, algo que casi nunca hago, pero me había salido una entrevista de trabajo de última hora y no podía dejarla pasar. Con la situación que estábamos viviendo, cada oportunidad valía oro. Llevaba meses mandando hojas de vida sin que nadie me llamara, y de repente alguien quería verme en persona. No era momento de inventar excusas.
Me levanté antes de que saliera el sol, alisté a mi hijo, le preparé algo rápido para el desayuno y lo dejé en su escuela del otro lado de la ciudad, como todos los días. El problema fue que entre su pasaje y el mío se me fueron las únicas dos monedas que tenía para el bus. El trayecto hasta el barrio de la empresa era largo, y ya no me alcanzaba ni para devolverme. Ni modo. Hice cuentas rápidas, miré la hora y, sin pensarlo demasiado, crucé la avenida y levanté la mano para parar el primer taxi que vi pasar.
Iba tarde y no podía darme el lujo de perder esa cita. Subí, le di la dirección y me acomodé en el asiento de atrás. Por adelantarme, decidí sacar la billetera para tenerla lista cuando llegáramos. Metí la mano en el bolso y no la encontré. Volví a buscar, removiendo todo, segura de que la había guardado ahí. Nada.
Ay, no. Por salir con tanto afán, la olvidé en la mesa de la cocina.
Es que nunca cargo efectivo. Siempre dependo de las aplicaciones del banco y de las tarjetas. El estrés se me empezó a notar en la cara. En medio de los nervios, miré al taxista por el retrovisor con una sonrisa torpe.
—Disculpe, señor, tengo un problema —le dije, riéndome para disimular la pena—. Olvidé el efectivo en mi casa. Pero tengo la app del banco en el celular, ¿podría pagarle por ahí?
La rabia se le dibujó enseguida. Apretaba los nudillos sobre el volante y me miraba por el espejo como si estuviera viendo al mismísimo diablo.
—No, señorita. Yo solo acepto efectivo —respondió, cortante.
El corazón se me aceleró. Sabía lo que venía.
—Le juro que no traigo nada en monedas —le supliqué—. ¿No podemos llegar a algún acuerdo?
Me interrumpió sin disimular el fastidio.
—Lo siento. Soy un hombre de la vieja escuela y no entiendo esas aplicaciones. Pero en plena vía no vamos a discutir esto. Hay un parqueadero de una bodega que conozco aquí cerca. Ahí podemos conversar tranquilos.
Los nervios me comían por dentro, pero le dije que sí. ¿Qué más podía hacer? El taxista condujo unas cuadras, dobló por una calle sin asfaltar y entró a un patio de cemento detrás de una bodega cerrada. Estacionó, apagó el motor y se quedó en silencio. Con el motor apagado, no dejaba de mirarme.
Me lanzaba miradas que no necesitaban traducción, deteniéndose en mi escote más de lo decente.
—Entonces, ¿cómo me va a pagar? —dijo, girándose hacia atrás—. No soy caritativo con los pasajeros que no pagan. Las obras de caridad las hacía la Madre Teresa, no yo.
Lo decía sintiéndose poderoso, y lo era. Estaba claro quién llevaba la ventaja, y no era yo. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Esa entrevista era mi última esperanza. Ya debía tres meses de arriendo, y con el padre de mi hijo nunca se podía contar para nada, mucho menos para lo económico. Hace rato había aprendido a no tenerlo en cuenta.
—Por favor, señor —le rogué—. Necesito llegar a tiempo. Le prometo que le pago apenas pueda.
Se rió en mi cara. Era obvio que eso no iba a pasar; él no tenía ninguna garantía de volverme a ver en la vida.
—Mentirosa. Me paga ahora mismo o llamo a la policía —me amenazó, mirándome serio.
Se me puso la mente en blanco. No se me ocurría ninguna otra cosa que ofrecerle. Estaba desesperada, y tenía que encontrar una salida sí o sí. Fue ahí cuando se me prendió el bombillo. La idea era perversa, lo sé, pero estaba en una situación en la que no había tiempo para la moral. Me mordí el labio, me pasé al asiento del copiloto trepando por encima de la palanca y me senté a su lado. Lo miré de una forma que no dejaba dudas.
—Escuche, señor —le dije con media sonrisa, mientras le ponía la mano sobre el bulto del pantalón—. Esto es de vida o muerte. Y ya que no nos vamos a entender con plata, ¿qué le parece otra forma de saldar la cuenta? Puedo volverme sumisa y dejar que use mi boca a su antojo hasta que se corra.
El taxista se quedó pálido. Lo supe por la manera en que se tensó y por cómo abrió los ojos ante mi descaro. Por un segundo me arrepentí de haber llegado tan lejos. Pero el arrepentimiento se desvaneció en cuanto sentí, bajo mi palma, lo duro que ya estaba.
—Bueno, mi amor —dijo, bajándose los pantalones—. Veamos qué tan buena eres. Pongamos a prueba esos labios.
Una corriente caliente me recorrió cuando lo vi sacar la verga, gruesa y ya despierta. Me incliné sobre su pecho y me la metí en la boca. Sabía y olía a sudor de toda una jornada, pero la calentura ya me había ganado, así que ignoré el sabor salado y el olor. Lo que sí tuve que reconocer fue su tamaño: tuve que estirar la mandíbula para acomodar semejante grosor. Tragaba saliva y me atragantaba cada vez que empujaba, pero me concentré en una sola cosa: cerrar el trato.
Empecé a mover la cabeza de arriba abajo, enroscándole la lengua a lo largo del tronco. Sabía horrible, lo repito, pero por alguna razón que no logro explicar, ese sabor me prendía más. Sentí cómo me iba mojando mientras se la chupaba.
—Mmm, sí, así, putita. Chúpamela bien rico —gemía, agarrándome del pelo—. Ahora pásame esos labios por los huevos.
Obediente, bajé a lamerle los testículos antes de chupar uno. Soltó un gemido ahogado y sacudió las caderas. Lo solté un momento y volví a la verga, decidida a llegar a tiempo a esa entrevista.
Lamía suave, despacio, babeando sobre la punta. La saliva me resbalaba por la barbilla mientras me la metía hasta el fondo una y otra vez. Cerraba los ojos, y aunque no lo miraba, escucharlo gemir me ponía peor.
—Eres una zorra hambrienta de verga, ¿verdad? —me decía, embistiendo contra mi boca.
—Nunca estoy satisfecha —le contesté cuando me la saqué, solo para volver a tragármela.
No me daba ni tiempo de respirar. Me sujetó fuerte de la cabeza y me restregó la cara contra él.
—Sigue mamando, puta. Enséñame lo que sabes hacer con esa boquita.
Separé los labios, tomé la cabeza de su verga y le di vueltas con la lengua. Él temblaba, forzando para que entrara más allá de mis dientes. Yo luchaba por relajar la mandíbula, aunque en el fondo quería que la usara como se le antojara. La baba me seguía cayendo por la barbilla mientras le besaba el vello áspero de la base con cada empujón.
En un momento me recogió el pelo en una cola de caballo y la agarró con fuerza, guiándome la cabeza a su ritmo, cogiéndome la cara sin ninguna delicadeza. Podía saborearlo, sentirlo palpitar sobre mi lengua. Abrí la garganta, dejándolo entrar más profundo. Me llenó la boca por completo. Saboreé la sal de su líquido, sentí lo resbaladizo que estaba todo en mis labios.
—Así es. Eres una buena zorrita —gemía, ya cerca del límite.
Estaba a punto de correrse cuando se detuvo de golpe.
—Ya, para, perrita. Necesito seguir trabajando —dijo, jadeando.
Me saqué la verga de la boca. Estaba por preguntarle si quedábamos a paz y salvo después de esa mamada, pero él solo me ordenó:
—Bájate y arrodíllate ahí, en el parqueadero.
Hice exactamente lo que me pidió. Me bajé del taxi y lo miré desde el suelo de cemento. Él se bajó detrás de mí y, sin decir más, esperó a que me hincara. Tenía la verga palpitándole, todavía durísima después de semejante mamada. Pero ya no era pura calentura: era necesidad de descargar todo lo que tenía guardado. Me arrodillé sobre el cemento y lo miré desde abajo.
—Eso, eres una buena putita sumisa —dijo, empezando a masturbarse, apuntando hacia el suelo frente a mí.
Aumentó el ritmo de su mano. Ver a un hombre pajearse me vuelve loca, y la calentura me subió otra vez. Gimió, y todo ese semen empezó a caer sobre el cemento. Sin esperar a que me lo ordenara, me incliné hacia adelante, saqué la lengua y empecé a lamerlo del suelo.
—Mmm, sí, buena putita. Lámelo todo, como la perra sucia que eres —decía, mirándome embelesado.
Volví a obedecer, pasando la lengua por el cemento hasta que no quedó ni una gota. Me senté sobre los talones mientras él se subía los pantalones.
—Eres una muy buena putita. Pero ya me tengo que ir. He perdido suficiente tiempo y plata.
Me dijo que me subiera de nuevo, que me iba a dejar en la empresa porque le quedaba de paso. Él se acomodó al volante y yo me senté a su lado. Al arrancar, por fin se presentó, justo después de cogerme la boca. Me dio risa por dentro. Se llamaba Aníbal.
Mientras Aníbal manejaba, mi mirada volvió a caer sobre su entrepierna. Seguía dura, incluso después de haber descargado y de todo lo que le había hecho. Llevé la mano hasta ahí y empecé a bajarle el pantalón otra vez.
Le saqué de nuevo la verga gruesa y venosa, y me la llevé a la boca, pasándole la lengua. Ya estaba dura otra vez, y Aníbal solo gemía, disfrutando sin dejar de conducir.
—Mmm, me estoy empezando a enamorar de esa boquita sucia. Eres una buena putita. Chúpala así —decía con la vista en la carretera.
Sentí cómo se le tensaban los huevos y supe que se vendría otra vez. Relajé la garganta y lo tragué hasta el fondo. Su verga empezó a bombear dentro de mi boca y finalmente explotó, descargando todo en mi garganta. Tragué de nuevo, sin derramar una sola gota. Cuando volvió a ablandarse, me aparté lamiéndola despacio.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y le sonreí.
—Oye, casi nunca cargo efectivo, por si algún día quieres volver a jugar con mi boca —le dije, sacando una libreta y un lapicero del bolso. Le anoté mi número, arranqué la hoja y se la entregué.
Soltó una risa profunda que retumbó dentro del taxi.
—Lo tendré en cuenta. Pero no deberías presentarte a esa empresa. Con esa boquita tan rica podrías ganarte la vida sin esforzarte tanto.
Prácticamente me estaba proponiendo que me dedicara a otra cosa. Negué con la cabeza.
—Gracias, pero por ahora paso. Llevo años soñando con entrar a una empresa de verdad. Eso sí, gracias por relajarme antes de la entrevista.
Me bajé del taxi, me acomodé la falda y la blusa. Nadie habría adivinado las cochinadas que acababa de hacer. Le sonreí una última vez a Aníbal y caminé hasta la entrada del edificio, con las piernas todavía temblando y una calma extraña en el cuerpo. La entrevista, por cierto, salió bien.