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Relatos Ardientes

Lo que hice con el oficial para evitar la multa

Era el cumpleaños de Mateo, un amigo de toda la vida, y casi todo el grupo se había juntado en su departamento para celebrarlo. Risas, tragos baratos, juegos de cartas que terminaban en discusiones tontas. Fue una buena tarde, de esas que te hacen olvidar que existe el mundo exterior, hasta que miré el reloj y recordé que al día siguiente entraba temprano a la oficina.

Me despedí con la promesa de juntarnos pronto y salí a la calle. Ya había empezado a oscurecer, debían ser cerca de las ocho, y el aire traía ese frío seco que se cuela por las mangas. La avenida estaba casi desierta, con algún coche pasando de vez en cuando y el zumbido lejano de la ciudad. Caminé media cuadra hasta la esquina donde había dejado mi auto.

Y entonces lo vi a él, junto a mi puerta.

El frío que me recorrió esa vez no tuvo nada que ver con el clima.

Cincuenta años, calculé, quizás un poco más. Cabello entrecano y crespo, contextura alta, espalda ancha. Uniforme oscuro y, sobre su rostro, el reflejo intermitente de las luces rojas y azules de su patrulla. En la mano llevaba un inmovilizador, esa horrenda araña metálica que te deja el coche clavado al asfalto. Me había olvidado por completo del tiempo, y el parquímetro había expirado hacía rato.

Apuré el paso mientras lo veía agacharse, listo para abrazar mi llanta con esa cosa. Llegué hasta él con la mejor de mis sonrisas, rezando para que las reglas dejaran de existir aunque fuera por un minuto.

—Oficial… ¿tan tarde y todavía con energía para arruinarle la noche a la gente? —le dije, en un tono que pretendía ser gracioso.

Me miró sin ninguna expresión, como quien ya escuchó todas las excusas del manual y solo quiere terminar su turno.

—Se le venció el tiempo, señorita. Tengo que colocarle el inmovilizador —respondió, sin detener lo que estaba haciendo.

—Por favor, mañana tengo que trabajar temprano. ¿No hay manera de que me la perdone? Ya son casi las ocho, es tardísimo para pagar cualquier cosa —insistí, juntando las manos.

—Exactamente por eso. A esta hora ya no se puede pagar ni en línea ni en oficina. El coche queda asegurado y mañana, después de liquidar la multa, se lo entregan —dijo, con una calma que me desesperaba más que cualquier grito.

—No puedo dejarlo acá toda la noche. Lo necesito ahora —repliqué, y noté que mi voz empezaba a temblar.

—Lo entiendo, pero el procedimiento es el procedimiento. Buenas noches, señorita.

Se dio la vuelta y caminó hacia su patrulla. El estrés me dominaba, ese estrés que en cuestión de segundos se transforma en pura desesperación. Lo vi alejarse y, sin pensarlo demasiado, decidí jugar la última carta. Esa carta que más de una vez me había salvado en mis años de colegiala, cuando un favor a tiempo valía más que mil disculpas.

—¿Y si encontramos otra forma de resolverlo? —dije, alzando un poco la voz.

Se detuvo en seco. Volteó despacio. Al principio no podía distinguir su gesto, solo lo vi con claridad cuando empezó a caminar de regreso y la luz de una farola le cayó encima. Era una mezcla de desconcierto y curiosidad. Avanzó hasta quedar otra vez frente a mí y, después de un silencio largo, preguntó:

—¿Qué otra forma sugiere?

Llevaba un vestido negro sin mucho escote, pero el tamaño de mis pechos se encargaba de generar uno donde no lo había. Di un paso más, hasta sentir su calor. Una de mis manos buscó su cintura y mis dedos se apoyaron sobre la hebilla del cinturón. Su mirada bajó directo a mi pecho. Esa era toda la sugerencia que necesitaba escuchar.

Empezó a recorrerme la cadera con una lentitud cargada de dudas, como si esperara que yo armara un escándalo en cualquier momento. Pero no era esa mi intención, y él lo fue entendiendo. Poco a poco agarró confianza. Sus manos llegaron a mis glúteos y empezó a apretarlos con una fuerza torpe, contenida.

Yo hice mi parte. Con una mano le acariciaba la entrepierna por encima de la tela, sintiendo cómo se endurecía bajo mis dedos, mientras con la otra tiraba hacia abajo del escote de mi vestido para dejar a la vista mi ropa interior. Un corpiño color vino, de encaje, uno que me había comprado para una ocasión muy distinta a esta.

Sus manos apretaban cada vez con más ganas, y su mirada seguía clavada en mí. Subió el ruedo del vestido hasta que sentí sus palmas recorrerme la piel desnuda de los muslos. Tenía los dedos ásperos, llenos de callos, la marca de un hombre maduro y trabajador, alguien serio con su oficio que, sin embargo, estaba dejando caer toda su compostura frente a una chica de veintipocos que solo quería esquivar una multa.

Lo tenía en la palma de mi mano. Solo faltaba el paso final para sellar el trato. Tomé el cierre de su pantalón y lo bajé despacio, diente por diente, hasta el tope. Metí la mano buscando la cintura de su ropa interior, la encontré, tiré hacia abajo y lo dejé al descubierto.

No se resistió. Ni siquiera cuando me acerqué a su boca y lo rocé apenas con los labios, mientras empezaba a tocarlo con autoridad, marcando yo el ritmo. Se ponía más duro con cada movimiento, tanto que terminó escapándose por completo de la tela. Sus manos se volvieron inseguras, como las de alguien que no tiene intimidad desde hace demasiado tiempo.

Buscaba mi centro a tientas. Yo separé un poco las piernas para facilitarle el camino, hasta que sus dedos gruesos dieron conmigo. Estaba húmeda, más de lo que quería admitir, y empezó a masajearme por encima de la ropa interior. De mi garganta escaparon unos gemidos cortos que tuve que tragarme; lo último que necesitaba era llamar la atención. Había que actuar rápido.

Me separé un instante para asegurarme de que nadie nos miraba. La calle seguía vacía. Solo el rumor de la ciudad dormida y su respiración agitada cuando me arrodillé frente a él, justo al lado de la rueda que minutos antes pensaba inmovilizar. Tomé su miembro y me lo llevé a la boca.

Era grueso, con las venas marcadas a lo largo de todo el tronco, algo que siempre me pareció terriblemente excitante y que solo aumentó mi propia humedad. Empecé por la punta, recorriéndola en círculos lentos. El sabor anticipado me inundó la lengua y, no sé por qué, hizo que el resto de mis sentidos se afinaran: el olor del asfalto frío, el zumbido del motor de la patrulla, su mano apoyándose en el techo del auto.

Después bajé por todo el tronco, sin prisa, sintiendo cada relieve contra mis labios. Pasé una y otra vez, con un hambre que ni yo me reconocía. Lo miraba a los ojos y veía la misma contradicción de siempre: el desconcierto y el placer peleando por el mismo rostro. Era la cara de un hombre que sabía perfectamente que esto no estaba bien, pero que también sabía que algo así no se le repetiría nunca, y que más le valía aprovecharlo.

Decidí jugar mi mejor jugada y lo llevé tan profundo como pude. Apenas me cabía; los labios se me estiraban para lograr rodearlo entero. Al sacarlo, un hilo grueso de saliva nos mantuvo conectados un segundo antes de cortarse y caerme por el mentón. Volví a intentarlo, esta vez sin llegar al fondo, moviendo la cabeza adelante y atrás con un ritmo parejo, acompañado del sonido húmedo que delataba todo lo que estábamos haciendo.

Lo escuchaba contenerse, ahogar los quejidos en la garganta. Se apoyaba con las dos manos en la puerta del auto, peleando consigo mismo para no terminar. Pero yo era buena en esto. Muy buena. Sentí cómo se hinchaba todavía más y volví a llevarlo hasta el fondo. Ahí encontró su límite.

Solo escuché un gruñido grave, casi animal, y sentí una descarga caliente golpearme la garganta. Fueron varios chorros, abundantes, la prueba evidente de que llevaba muchísimo tiempo sin acción. Lo fui sacando despacio, recogiendo lo que quedaba, hasta dejarlo limpio, como si nada hubiera pasado entre nosotros.

Me incorporé buscando una mirada de aprobación, pero lo que encontré fue a un hombre con la autoridad hecha pedazos. No quedaba nada del oficial impasible de hacía diez minutos, solo alguien agitado e incrédulo de lo que acababa de vivir frente a su propia patrulla.

Cuando recuperó el aire, me miró sin saber si disculparse o agradecer. Empezó a acomodarse el uniforme con manos torpes: la ropa interior, el cierre, la camisa metida por dentro del pantalón. Poco a poco recuperaba la postura, aunque algo en su mirada ya no volvería a su lugar.

El silencio era incómodo, pero yo necesitaba confirmar que mi esfuerzo había valido la pena.

—Dígame, oficial… ¿qué hacemos con la multa? —pregunté, con toda la picardía que me quedaba.

Me sostuvo la mirada un instante. Después se agachó y, sin decir palabra, soltó el inmovilizador de mi llanta. Se reincorporó, lo cargó bajo el brazo y, recién entonces, habló:

—¿Cuál multa?

No pude más que devolverle una sonrisa coqueta. Me había salido con la mía y los dos lo sabíamos. Se dio media vuelta, subió a su patrulla y arrancó. Yo hice lo mismo. Por el espejo retrovisor lo vi alejarse en dirección contraria, hasta que dobló en una esquina y desapareció de mi vista.

Manejando de regreso a casa, repasé cada cosa que había hecho. No estaba orgullosa, no del todo. Pero hay situaciones desesperadas que piden medidas desesperadas, y yo había conseguido exactamente lo que quería. Lo peor, o lo mejor, según se mire, es que lo había disfrutado.

Con las manos firmes sobre el volante entendí el precio que en realidad había pagado: la autoridad de un hombre quedó tirada en el asfalto, y una parte de mi dignidad se quedó junto a ella, en esa esquina oscura. Es algo con lo que aprendí a convivir. Esa noche descubrí que la libertad no siempre se paga con dinero.

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Comentarios (5)

SilvinaRdz

jajaja me muero, el parquimetro... clasico. Pero buenisimo como lo contaste, se siente real!

Torvaldo

Me engancho desde la primera linea y no pude parar. De las mejores confesiones que lei aca ultimamente.

RutaLibre77

Que situacion tan comprometida jaja. Pero bueno, hay que hacer lo que hay que hacer. Muy bien narrado, parece que la estas viviendo mientras lo lees.

Gaston_BA

Me recordo a algo que me conto una amiga hace tiempo, jamas le creyeron. Quizas era verdad despues de todo jajaja. Excelente relato.

PecadoCapital77

El oficial tuvo suerte ese dia y no lo sabe jaja. Tremendo inicio, tremendo final. Mas asi!

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