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Relatos Ardientes

Mi forma de relajarlo nunca lo dejó descansar

Marcos llegó esa noche con el cansancio pegado a los hombros, de esos días en que el trabajo le arruga la cara y le acorta las palabras. Le serví la cena sin preguntarle nada, porque después de ocho años aprendí que hay silencios que se curan con comida caliente y no con conversación. Una masa cocida con frijoles, sencilla, la que él prefiere cuando viene reventado. Comió despacio, recostado en la silla, y por primera vez en todo el día lo vi aflojar la mandíbula.

—Está perfecta —dijo, y me buscó la mano por encima de la mesa.

—Tenías hambre, nada más —contesté, aunque sabía que no era solo eso.

Pusimos un programa cualquiera en la televisión, de esos que uno mira sin mirar. Él se fue durmiendo a ratos, con la cabeza cayéndole hacia un lado, y yo lo observaba más a él que a la pantalla. Hay algo en un hombre agotado que me desarma. La forma en que respira, la guardia baja, el cuerpo entregado al sillón. Esta noche es mía, pensé, y la idea me caminó por dentro como una corriente tibia.

Nos fuimos a la cama cuando el reloj ya no importaba. Me puse el camisón viejo, ese de tela ancha y aburrida que parece de otra época, casi el de una abuela. Lo elijo a propósito. Me gusta que él no espere nada, que crea que será una noche común, para después arrancarle esa creencia de cuajo. Marcos se quedó solo con el pantalón de pijama; nunca duerme con la camisa puesta porque el calor lo asfixia, y yo agradezco esa costumbre suya más de lo que él imagina.

***

Nos dimos el beso de buenas noches, breve, de rutina, y cada uno rodó hacia su lado del colchón. Lo dejé acomodarse. Escuché cómo su respiración empezaba a hacerse más lenta, más profunda, ese punto exacto en que un cuerpo se rinde al sueño sin haberse dormido del todo. Ese fue mi momento. Me deslicé hasta quedar pegada a su espalda y acerqué los labios a su oreja.

—Siéntate en la orilla de la cama —le susurré.

No le pregunté. Se lo dije, despacio, con esa voz baja que él conoce y que no admite discusión. En la oscuridad no le vi la cara, pero sentí la sonrisa. La sentí en el aire del cuarto, en la forma en que su respiración cambió de golpe, en el modo en que su cuerpo despertó antes que su voluntad. Hizo lo que le pedí. Se incorporó y se sentó en el borde, los pies en el suelo, las manos apoyadas a los costados, esperando.

Me paré frente a él en la penumbra. Me bajé el camisón hasta la cintura y dejé los pechos al descubierto, a la altura de su boca. No tuve que decirle nada más. Lo acerqué de la nuca y él entendió. Empezó a lamerme, primero un pezón y luego el otro, con esa lentitud de quien sabe que tiene permiso para tomarse su tiempo. Lo hizo tanto, con tanta paciencia, que sentí cómo me iba mojando entera, cómo el deseo me bajaba por el vientre y se instalaba entre las piernas sin que yo hubiera tocado nada todavía.

Cuando ya no aguanté quieta, fui yo quien tomó el control. Me incliné y empecé a besarlo. Le besé la boca, el cuello, ese pecho de hombre que tanto me gusta, el estómago. Bajé sin prisa, marcando el camino, y le aflojé el pantalón.

—Quítate todo lo que me estorba —le dije contra la piel.

Obedeció. Se levantó apenas lo justo para deshacerse del pantalón y la ropa interior, y volvió a sentarse. Ahí estaba lo que yo había estado esperando toda la cena, todo el programa de televisión, todo el falso beso de buenas noches. Firme, listo, completamente despierto aunque hacía un minuto el resto de él dormía.

***

Lo tomé con la mano y lo besé. Después empecé a lamerlo, despacio, de abajo hacia arriba, escuchando cómo se le escapaban los primeros sonidos. Me hundió los dedos en el pelo, suave, sin empujar, y ese gesto me dijo todo lo que necesitaba saber: que le gustaba, que estaba donde yo quería tenerlo. Seguí, jugando con el ritmo, alternando la lengua y los labios, hasta que sentí que se dejaba caer de espaldas sobre el colchón.

Ahí me lo llevé entero a la boca, hasta el fondo, hasta la garganta. El gemido que soltó fue distinto, más hondo, acompañado de un mmmm largo que retumbó en el cuarto a oscuras. Me gustó tanto ese sonido que lo busqué otra vez, y otra. Aceleré. Después fui más lenta, casi quieta, solo para arrancarle la desesperación. Él temblaba debajo de mis manos, con las caderas tensas, y yo me excitaba con cada estremecimiento suyo. Verlo así, entregado, sin defensa, me prendía tanto como a él.

Seguí con eso durante mucho rato. Una hora, quizá más; en esos momentos el tiempo se vuelve elástico. Hubo un punto en que él quiso más, intentó incorporarse, buscó voltearme para entrar en mí. No lo dejé. Le puse una mano en el pecho y lo empujé de vuelta contra la cama.

—Todavía no —murmuré.

Porque ese es mi secreto, lo que no le cuento a nadie. No lo dejo terminar dentro de mí esa noche a propósito. Lo guardo. Lo dejo cargado, con el recuerdo encendido, para que al día siguiente, cuando vuelva del trabajo, me busque con un hambre que no se sacia con cena. Una noche de privación mía es una semana de pasión suya. Lo aprendí sin libros, a fuerza de conocerlo.

***

Lo seguí tocando con las manos, con los labios, y también con los pezones, porque me encanta el roce de su punta contra ellos, esa fricción que me hace cerrar los ojos. Lo llevé hasta el límite con calma, midiéndolo, hasta que ya no hubo manera de retenerlo. Lo dejé terminar en mi boca. Sentí cada sacudida, lo escuché perder el aire, y me quedé quieta hasta que el último temblor se apagó.

Cuando todo cesó, me incorporé y me quedé de pie frente a él en la oscuridad. Encendí la lamparita de mesa que tenemos del lado mío, esa de luz mínima y amarilla. Quería que me viera. Separé un poco las piernas y empecé a tocarme delante de él, despacio, dejando que mirara lo mojada que me había puesto todo aquello. Él se sentó en la cama, todavía agitado, relamiéndose, y estiró la mano para tocarme.

—No —le dije, y le aparté la mano con suavidad.

Me lo bebí con la mirada un instante más, lo dejé con las ganas escritas en la cara, y entonces me incliné y lo besé con todo, hondo, para que sintiera de qué se estaba quedando afuera.

—Tienes que dormir —le susurré—. Mañana entras temprano.

Lo tomé de la mano como a un niño obediente, lo recosté, lo arropé y le di el verdadero beso de buenas noches, ese que ahora sí sabía a promesa. Me acosté a su lado y apagué la lámpara. Lo oí respirar fuerte en la oscuridad, intentando calmarse, sin lograrlo del todo.

***

Pasó como media hora. Yo flotaba en ese duermevela tibio, satisfecha de mi propio juego, cuando sentí sus manos. Subieron por mis muslos, lentas, tanteando, preguntando sin palabras. Me volteé a mirarlo en la penumbra.

—¿O sea que quieres más? —le dije al oído.

—Sí —contestó, sin un gramo de vergüenza.

Y a mí esa palabra me deshizo. Bajé las manos por sus piernas y ahí estaba otra vez, duro, grueso, vibrante, como si la primera vez hubiera sido apenas un calentamiento. Sonreí en la oscuridad. Lo tomé y me lo llevé a la boca de nuevo, y esta vez me entregué sin medir el tiempo ni el ritmo, solo buscando que volviera a perder el control. Lo hice cuanto pude, hasta que terminó otra vez, más despacio, más hondo, agotado y feliz.

Me quedé con la boca apoyada cerca de él, sin moverme, y me dormí un rato así, en esa posición rara que solo el cansancio justifica. Después me arrastré hasta acomodarme a su lado y lo abracé. A veces se me duerme el brazo en esa postura, pero esa noche no me importó. Logré quedarme un buen rato pegada a él, escuchando cómo su respiración por fin se rendía de verdad.

No sentí pasar la madrugada. La alarma sonó cuando todavía me parecía de noche, y Marcos se levantó pesado pero distinto, con una sonrisa torpe que no se le borraba mientras se vestía. Antes de salir hacia el trabajo me buscó la boca y me besó como si quisiera llevarse la noche entera en ese gesto.

—No sé qué me hiciste —dijo.

—Relajarte —contesté, y le sostuve la mirada—. Solo eso.

Lo vi irse y me metí a la ducha con el cuerpo zumbando y un secreto guardado entre los dientes: que esa noche, cuando volviera, no iba a quedar nada para guardar. Empecé el día sabiendo exactamente cómo iba a terminar.

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Comentarios (5)

Morbologo

el tipo no descansó pero tampoco creo que se queje jaja. tremendo relato

Carlitos_84

Me dejó sin palabras. Eso es exactamente lo que busco en confesiones, algo que se siente vivido de verdad y no armado

VeranoLector

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio el dia siguiente jajaja

ChileLector88

Increible!! que forma de narrar

SergioMdq

La dinamica que describis es muy particular. Se nota que hay algo real detras. Buen relato, sigue subiendo cosas asi

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