La tarde de lluvia en que me animé a más con él
Habían pasado un par de meses desde aquella primera vez que sentí su calor entre mis dedos, y todavía recordaba con una claridad incómoda la forma en que su respiración se aceleraba mientras se la tocaba. Desde entonces, cada beso y cada caricia nos empujaban un poco más lejos, como si los dos supiéramos, sin decirlo, que tarde o temprano íbamos a cruzar otra línea.
Su cumpleaños cayó en una tarde tibia de octubre. Teníamos un plan tonto y bonito: caminar por el jardín botánico y armar un picnic en el parque. La lluvia arruinó todo en cuestión de minutos. El cielo se puso gris de golpe, el agua empezó a golpear las ventanas y terminamos refugiándonos en su departamento, que esa tarde estaba vacío.
Mateo compartía el lugar con un compañero de la facultad, pero ese día su amigo se había ido a pasar el fin de semana con la familia. Teníamos la casa para nosotros, el ruido de la lluvia de fondo y todo el tiempo del mundo.
Pasamos las primeras horas como dos tontos felices. Pusimos una película que ninguno de los dos miró de verdad, nos reímos de cualquier cosa y nos quedamos atrapados en esas miradas que dicen más que cualquier frase. Nos acurrucamos en el sofá, debajo de una manta que olía a él, mis pies fríos buscando los suyos.
Afuera la lluvia no daba tregua. Las gotas dibujaban líneas torcidas en el vidrio y la luz de la tarde se había vuelto de un gris suave que volvía todo más íntimo. No había ningún ruido más que el del agua y nuestra respiración, y yo sentía que ese departamento pequeño era de pronto el único lugar del mundo que importaba.
Fue ahí cuando noté que sus manos empezaban a ponerse juguetonas. Recorrían mis piernas con una lentitud que no tenía nada de inocente, subían por mi muslo y jugaban con el botón de mi pantalón. Yo le sonreía con complicidad, porque sabía perfectamente lo que buscaba: quería mi mano en su verga otra vez, quería que se la corriera despacio como la última vez, mirándome a los ojos.
Esta vez tengo otra idea.
Una semana antes, mi amiga Lucía me había contado, entre risas y susurros, que le había chupado la polla a su novio por primera vez. Yo no tenía demasiada idea de cómo era eso, hasta que ella me lo explicó con todo detalle. Me contó cómo se la había metido en la boca hasta el fondo, cómo le había pasado la lengua por la punta, cómo había jugado con los huevos mientras le hacía una paja al mismo tiempo. Me contó incluso que él había terminado en su boca, que se había tragado toda la corrida caliente, y que, contra todo lo que yo habría imaginado, a ella le había gustado.
Al principio me dio un poco de impresión solo de pensarlo. Me parecía imposible que algo así pudiera gustarle a alguien. Pero la manera en que me lo describió, con qué claridad se acordaba del sabor espeso del semen, la forma en que se le iluminaba la cara al hablar de cómo él le había apretado la cabeza mientras se corría, me dejó una curiosidad que no se me iba de la cabeza.
Lo que más me marcó fue una cosa que dijo: le daba satisfacción darle placer a él, aunque ella físicamente no sintiera gran cosa. El simple hecho de saber que le estaba vaciando las bolas con la boca le alcanzaba. Y ahí caí en la cuenta de que eso era exactamente lo que me había pasado a mí dos meses atrás. Tocarlo, sentir su verga endurecerse en mi mano hasta reventar de leche, verlo perder el control, había sido suficiente para mí, aunque mi cuerpo no hubiera sentido nada concreto.
Esa noche, después de hablar con Lucía, me costó dormir. Daba vueltas en la cama imaginando la escena, la polla de Mateo entrando y saliendo de mi boca, midiendo mi propia vergüenza y mi propia curiosidad como quien sopesa dos pesos en cada mano. Una parte de mí seguía pensando que era algo demasiado atrevido. La otra, la que ganaba terreno cada día, quería saber qué se sentía tener ese tipo de poder sobre alguien, ser yo la que decidía y la que provocaba, la que le sacaba la corrida a un tipo con la lengua.
Así que la idea había estado dando vueltas en mi cabeza durante días. Y volvió justo esa tarde de lluvia, con su mano tibia en mi muslo y su boca buscando la mía. Decidí que era el momento.
—Tengo una sorpresa para vos —le dije, con voz suave pero cargada de intención.
—¿Ah, sí? —respondió, separándose apenas para mirarme—. ¿Cuál?
No le contesté. Bajé la mano hasta su pantalón y empecé a desabrocharlo despacio, deslizando los dedos dentro del bóxer. Lo encontré ya medio duro, caliente, palpitando bajo la tela. Lo acaricié primero por encima, apretándolo suave, sintiendo cómo crecía contra mi palma, y después metí la mano entera, envolviéndole la verga con los dedos, corriendo la piel hacia atrás para descubrirle el glande. Ya estaba mojado de líquido preseminal, y esa sola constatación me apretó algo en el bajo vientre. Aparté la manta que nos cubría, lo miré a los ojos y, con una seguridad que me sorprendió a mí misma, le pregunté:
—¿Querés que te la chupe?
Se quedó inmóvil un segundo, como si no terminara de creer que hablaba en serio. Tenía la boca entreabierta y la verga latiendo contra mi mano.
—¿En serio? —murmuró, con la voz ronca.
—En serio —le contesté, apretándosela un poco más fuerte—. Quiero probar.
Cuando me incliné un poco más sobre él, su expresión cambió por completo. Era una mezcla de sorpresa, ansiedad y un nerviosismo leve que me encantó descubrir en su cara. Asintió sin dudar, sin poder hablar, y se dejó caer contra el respaldo del sofá, abriendo las piernas para darme espacio.
Le regalé una sonrisa coqueta y me arrodillé en el suelo, entre sus rodillas, sintiendo cómo la tensión crecía en el aire de la habitación. Le terminé de bajar el pantalón y el bóxer hasta los muslos y ahí la tuve, a la altura de mi cara, dura, roja en la punta, con una venita marcada del costado que le corría hasta la base. Yo también estaba nerviosa, al punto de dudar un instante, no porque no quisiera, sino porque todo era absolutamente nuevo para mí. La tomé con cuidado por la base, la sentí pesada y caliente en la palma. El calor de su piel me estremeció. Respiré hondo y, despacio, saqué la lengua y la pasé por la punta, probando por primera vez el sabor levemente salado del preseminal.
Él tembló entero. Un gemido corto se le escapó del pecho.
—Ay, Dios… —lo escuché susurrar.
Eso me dio valor. Abrí los labios y me la metí en la boca, primero solo la cabeza, chupándola despacio como si fuera un caramelo. La sentía llenarme, tibia, palpitante contra mi lengua. Bajé un poco más, tratando de acordarme de todo lo que Lucía me había contado: cubrir los dientes con los labios, ayudarme con la mano en la base, mover la lengua por debajo mientras succionaba. Fui bajando de a poco, metiéndomela más profundo con cada movimiento, hasta que sentí que rozaba la garganta y tuve que retroceder.
El primer contacto completo fue un choque de sensaciones. Su respiración entrecortada, la conciencia de que le tenía la polla entera en la boca, la certeza de que yo estaba probando algo por primera vez en mi vida. Literalmente. Sus manos se hundieron en mi pelo con una ternura que no esperaba, bajaron por mi espalda y volvieron a subir hasta la nuca, en un recorrido que repetía una y otra vez, como si no supiera dónde dejarlas.
—Así, quedate así… —jadeaba—. Dios, Sofi, la boca…
Trataba de aprender sobre la marcha. Escuchaba cada suspiro, sentía cada pequeño temblor en su cuerpo y ponía en práctica todo lo que Lucía me había contado entre risas. Empecé a mover la cabeza de arriba abajo, marcando un ritmo lento, dejándome un hilo de saliva que le corría por el tronco y me facilitaba el movimiento. Con la mano libre le acaricié los huevos, sopesándoselos, sintiendo cómo se le tensaban contra el cuerpo. Parecía que le gustaba, y eso me bastaba. Cada vez que él contenía el aire, yo sentía una punzada de orgullo que no esperaba.
De a ratos la sacaba de la boca y levantaba la vista para mirarlo. Su expresión era una mezcla rara y hermosa de placer y de algo parecido a la gratitud, mientras yo le recorría los costados con la lengua de arriba abajo, demorándome en la vena gruesa que le latía debajo, besándole la punta y volviéndomela a meter entera. Le pasé la lengua por los huevos, uno y después el otro, y él soltó un gemido que le salió casi involuntario, apretando los dedos en el sofá.
—Puta madre… no pares —me pidió, con la voz quebrada.
Volví a subir con la lengua hasta la cabeza y me la metí de nuevo, más profundo esta vez, ayudándome con la mano para hacerle una paja al mismo tiempo que se la chupaba. Disfrutaba cada uno de sus gestos. Cuando aumenté el ritmo, su respiración se volvió irregular, sus dedos se cerraron con más fuerza en mi pelo y, casi sin darse cuenta, empezó a apretarme la cabeza contra él, moviendo apenas las caderas para meterme la verga más adentro. Yo lo dejaba, sorprendida de mí misma, chupando con más fuerza, hueca la boca, la lengua envolviéndolo por debajo. No quedaba ninguna duda de que la estaba disfrutando. Y yo, de un modo que no terminaba de entender, también: sentía todo palpitando entre las piernas, apretaba los muslos para calmar esa cosquilla nueva, y seguía.
Los minutos se estiraron, llenos del ruido húmedo de mi boca yendo y viniendo sobre su polla, ese sonido suave y obsceno que esa tarde era solo nuestro. Su voz empezó a quebrarse.
—Sofi, me voy a correr… me voy a correr, ¿eh? —me avisó entre jadeos.
No le contesté. No la saqué. Seguí chupando, más rápido, más fuerte, con la mano apretándole la base al mismo ritmo, decidida a llevármelo hasta el final tal como Lucía me había contado. Su cuerpo se tensó entero, se le arqueó apenas la espalda contra el respaldo del sofá, se le clavaron los dedos en mi nuca. Y ahí llegó al final, con un gemido largo y ahogado.
Sentí el primer chorro caliente golpearme el paladar, espeso, y después otro más contra la lengua. Me tomó por sorpresa la cantidad, el sabor fuerte, casi metálico, y la retiré un poco por reflejo, justo a tiempo para que los últimos chorros me cayeran sobre los labios y el mentón. Sentí su calor otra vez, igual que aquella primera noche, solo que esta vez cubriéndome la cara. Me tomó por sorpresa, pero no me aparté. Me quedé ahí, con su verga apoyada contra el cachete, sintiéndolo palpitar mientras terminaba de vaciarse. Sintiéndome extrañamente dueña de la situación.
Me reí bajito, un poco avergonzada y a la vez orgullosa de lo que acababa de hacer. Él me miraba desde arriba con una sonrisa entre tímida y protectora, todavía recuperando el aliento, con la respiración agitada.
—Sos increíble… —murmuró, pasándome el pulgar por el labio, limpiándome un poco.
Se acomodó la ropa y se levantó hacia la cocina, murmurando que iba a buscar algo para limpiarme, todavía tambaleándose un poco de las piernas.
Me senté en el sofá a esperarlo, con el corazón todavía acelerado y el gusto de su corrida aún fresco en la lengua. Una gota espesa resbaló despacio por mi mentón hasta la comisura de mis labios, y terminó entrando en mi boca casi sin que lo decidiera. Cerré los ojos y la dejé bajar. Y ahí, por fin, experimenté eso que Lucía había intentado describirme. Descubrí un sabor nuevo, salado, un poco amargo, que no era agradable en sí mismo, pero que venía de él, de su verga, de haberle sacado la leche a fuerza de boca, y eso, de alguna forma que no sabría explicar, hacía que pudiera tolerarlo. Que hasta me gustara la idea. Hasta sonreí sola.
Mateo volvió con unas servilletas de cocina y me limpió con un cuidado exagerado, como si tuviera miedo de lastimarme, pasándome las servilletas por los labios, por el mentón, por el cuello donde también le había caído un poco. Cuando terminó, me dio las gracias por su regalo, con una solemnidad tan torpe que no pude evitar reírme. Lo callé con un beso largo, con la boca todavía con gusto a él, sabiendo que esa tarde había cambiado algo entre nosotros.
***
Apenas nos separamos, escuchamos el ruido de unas llaves en la puerta. Su compañero de departamento había decidido volver antes. Nos miramos, cómplices, conscientes de lo cerca que habíamos estado de que nos descubrieran, y se nos escapó una risa nerviosa que tuvimos que disimular a las apuradas, acomodándonos la ropa y el pelo. Yo pasé la lengua por los dientes tratando de borrar cualquier rastro.
Pasamos el resto de la tarde los tres, comiendo el pastel de cumpleaños que la madre de Mateo le había dejado en la heladera y conversando de cualquier cosa, como si nada hubiera ocurrido. Pero cada vez que él me buscaba la mirada por encima de la mesa, yo sentía un calor subiéndome a las mejillas, y me acordaba de la manera en que se había corrido en mi boca hacía apenas media hora.
Esa noche tomé un taxi de vuelta a mi departamento, todavía con el gusto de él en la memoria. Mientras la ciudad pasaba mojada por la ventanilla, pensé en lo mucho que había cambiado en pocos meses. Sabía que cada vez abría más las puertas de mi propia sexualidad, que estaba estirando mis límites un poco más cada vez, y que apenas me estaba asomando a algo mucho más grande.
Me dormí con una sonrisa, pensando en cuál sería la próxima línea que íbamos a cruzar. Con una mano entre las piernas, imaginando su verga otra vez, esta vez entrando en otro lado.
(Continuará…)