Así supe que era un cornudo consentidor
¿Un cornudo consentidor nace o se hace? Llevo años haciéndome esa pregunta y todavía no estoy seguro de la respuesta. Lo que sí sé es cuándo empecé a sospechar lo que era, y por eso me he decidido a contarlo tal como pasó, sin adornos.
Tenía diecinueve años la primera vez que tuve algo parecido a una novia de verdad. Se llamaba Noelia, era del grupo de amigos del barrio y yo estaba coladito por ella desde hacía meses. Después de una temporada larga de tonteo, de miradas y de mensajes a deshora, una noche nos besamos en el portal de su casa y empezamos a salir.
El problema —aunque entonces no lo veía como un problema— era que ella siempre había estado enamorada de otro. Un chico mayor, de los que apenas la hacían caso, de esos que tienen coche propio a los veintipocos y miran a los demás por encima del hombro. Se llamaba Rubén. Noelia hablaba de él con una mezcla de rencor y de anhelo que yo prefería no analizar.
A ella le encantaba que la acariciara, que la diera cariño, que la tratara como nadie la trataba. Y a mí me encantaba hacerlo. Tenía unos labios carnosos que la primera vez que besé me atraparon por completo; me pasaba las clases enteras pensando en ellos, imaginándomelos abriéndose despacio alrededor de mi polla. Era cariñosa cuando quería, distante cuando le convenía, y yo me conformaba con las migajas que me daba.
Por aquel entonces yo deseaba tener sexo con una chica por primera vez. Quería perder mi «virginidad» con ella, marcar esa casilla que todos mis amigos daban por descontada. Digo «virginidad» entre comillas porque lo cierto es que sexo ya había tenido, solo que no con chicas. Había estado con chicos, y en esas ocasiones yo siempre era el pasivo.
Es decir, había chupado pollas hasta atragantarme, había tragado semen espeso a chorros y me había dejado follar por vergas más gruesas que mi muñeca. Había experimentado la penetración desde el otro lado: sabía perfectamente lo que era abrirse de piernas, sentir cómo te empalan hasta el fondo, correrme sin siquiera tocarme la polla solo porque me estuvieran follando bien duro. Pero un coño era territorio desconocido para mí, y reconozco que me ponía nervioso. No sabía si sabría lamerlo, si daría con el clítoris a la primera, si mi polla estaría a la altura, si ella notaría que en ese terreno yo era el inexperto.
***
Cuando llevábamos un par de meses juntos, una tarde Noelia desapareció de la facultad durante un par de horas. Se había escaqueado entre clases sin avisar a nadie. Cuando volvió, la vi cruzar el patio con prisa y fui detrás de ella para preguntarle dónde se había metido.
Antes de que pudiera alcanzarla, se encontró con dos amigas junto a las taquillas. Yo me quedé a unos metros, medio escondido tras una columna, y oí lo que les dijo en voz baja pero excitada.
—Lo he hecho con Rubén —soltó—. Hemos follado. Me la ha metido en el asiento de atrás del coche, tías. Tiene una polla enorme, no os podéis ni imaginar cómo pega. Me ha reventado el coño y se ha corrido dentro sin sacármela.
Las dos amigas se taparon la boca con las manos y se rieron. Yo me quedé clavado en el sitio. Rubén era el chico mayor del que ella estaba enamorada, y en ese instante noté como si algo se rompiera muy adentro, en un punto del pecho que ni sabía que tenía. Ellas no se percataron de que yo estaba cerca ni de que lo había escuchado todo. Sin querer, imaginé el coño de Noelia chorreando el semen de Rubén, esa polla enorme entrando y saliendo de ella hasta el fondo, y sentí un calambre a medio camino entre la náusea y una erección que empezó a apretarme contra el vaquero.
¿Cuál fue mi reacción? Actuar como si nada. Cuando un rato después la pregunté dónde había estado, me dijo que en el médico. Yo asentí, puse cara de creérmelo y la di un beso en la frente. Que se piense que soy idiota, pensé. Mejor para los dos.
Estuve días dándole vueltas a la cabeza. No dormía bien, me imaginaba la escena una y otra vez con un detalle enfermizo: Noelia con la falda subida hasta la cintura, las bragas colgando de un tobillo, la polla gruesa de Rubén partiéndola por la mitad mientras ella le mordía el hombro y le pedía más. Me la pajeaba de madrugada pensando en esas imágenes, corriéndome en el estómago con la cara escondida en la almohada para que no me oyeran mis padres. Pero al final asumí lo que había pasado y seguí con ella, como si tachar esa traición de la lista fuera más fácil que enfrentarla.
***
Poco después tuvimos sexo por primera vez, ella y yo. Fue en su cuarto, un sábado por la tarde en que sus padres se habían ido al pueblo. Empezamos besándonos vestidos en la cama, y al rato la desnudé despacio, sin prisa, saboreando lo que llevaba meses imaginando. Le quité la camiseta y le desabroché el sujetador; tenía unas tetas medianas, blancas, con los pezones rosados y duros de la excitación. Se los chupé uno por uno, mordisqueándoselos con cuidado, tirando del pezón con los dientes mientras ella arqueaba la espalda y se dejaba hacer.
Le bajé las bragas y me encontré por primera vez con un coño de verdad, no en una foto ni en un vídeo: rosado, brillante de humedad, con el vello recortado en una tira estrecha. Bajé la cabeza y empecé a lamerlo como buenamente supe, con lametones largos de abajo arriba, buscando el clítoris con la punta de la lengua. Ella me guio con la mano, apretándome la cabeza contra su sexo, indicándome dónde y con qué ritmo. Se corrió en mi boca a los pocos minutos, temblándole los muslos alrededor de mi cara, ahogándome con sus flujos, y yo tragué su sabor como si acabara de aprobar un examen.
Luego me puse un condón con dedos torpes y me subí encima de ella. Metí la polla en su coño y ahí sí me quedé quieto un segundo, procesando lo caliente y apretado que estaba aquello, tan distinto al culo de los tíos con los que había estado. Empecé a follarla despacio, atento a su cara, buscando su boca con la mía. Ella me abrazó por la espalda, me clavó las uñas en el culo y me susurró al oído que fuera más fuerte, más rápido, que le metiera hasta el fondo. Yo obedecí, embistiéndola contra el colchón, viendo cómo sus tetas se movían al ritmo de mis caderas. Me corrí dentro del condón a los pocos minutos, con la frente apoyada en su cuello y la respiración entrecortada, notando cómo mi polla latía y descargaba dentro de ella.
Me gustó, claro que me gustó, pero no podía quitarme de la cabeza que ella ya había estado con otro, que lo que para mí era un estreno para ella era una repetición. Mientras me corría, sin poder evitarlo, pensé en la polla de Rubén ocupando el mismo sitio que la mía, en su semen empapando ese coño antes que el mío, y una parte enferma de mí gimió más fuerte por esa imagen que por el placer real de estar dentro de mi novia.
El sexo con Noelia era distinto al que había tenido con chicos. Con ella todo era más lento, más cariñoso, más cuidado. Con los chicos había sido siempre más bruto, más animal, más directo: cuatro escupitajos como toda preparación, la polla dentro sin pedir permiso y a follar sin miramientos hasta correrse en mi cara o en mi culo. Y fue precisamente entonces, comparando, cuando empecé a darme cuenta de algo que tardaría tiempo en aceptar.
El puro placer físico, el sexo en su versión más cruda, me resultaba más intenso con un hombre. Sobre todo el sexo oral y la penetración. La excitación que sentía cuando chupaba una polla, cuando notaba el glande golpeándome contra la garganta y las manos del tío agarrándome del pelo para follarme la boca, o cuando me follaban a cuatro patas y sentía la verga entrando hasta el fondo hasta darme en la próstata, no se parecía en nada a la que sentía con ella. Era otra cosa. Era más fuerte, más sucia, más mía.
A pesar de todo, yo la quería. La quería de verdad, con esa intensidad torpe de los diecinueve años. Y por eso aguanté lo que vino después.
***
Una noche de fiesta estábamos los tres: Noelia, su mejor amiga y yo. Sonó un mensaje en su móvil y la cara le cambió de golpe. Dijo que tenía que irse a casa, que su hermana mayor la necesitaba para no sé qué historia. Me ofrecí a acompañarla, pero ella negó con la cabeza.
—Quédate con Carla, seguid de fiesta —me dijo, ya con el bolso colgado del hombro—. No quiero cortaros el rollo.
El mensaje no era de su hermana. Era de Rubén, que pasaba a recogerla con el coche para llevársela a follar a algún descampado. Eso lo supe poco después, aunque ya entonces lo sospechaba; lo leí en cómo le temblaba la voz, en la prisa, en la manera en que evitó mirarme a los ojos al despedirse.
Me sentí traicionado de nuevo. Pero esta vez, debajo de la traición, había algo más. Algo que me costaba reconocer incluso a solas. Saber que mi novia era una «guarra», que mientras yo la esperaba ella estaba abierta de piernas en el asiento trasero de otro coche, con la polla de Rubén metida hasta el fondo del coño, gimiendo y suplicándole que se corriera dentro, me ponía. Se me puso dura allí mismo, en mitad de la pista, con la cerveza calentándose en la mano. Me la imaginaba montándolo a horcajadas, las tetas rebotándole delante de su cara, corriéndose ella una y otra vez sobre esa verga que a mí me quedaba tan grande; y después el chorro de semen de él llenándola, escurriéndosele por los muslos de camino a casa. Tenía que apretar los dientes para que no se me notara la erección debajo del pantalón.
Así estuve casi un año entero. Tragando, callando, haciéndome el tonto mientras otro se follaba a mi chica. Yo la quería de verdad; Rubén solo la quería para una cosa. Y aun así, en ese reparto absurdo, el que parecía sobrar era yo.
En ese periodo fui notando cómo ella aprendía. Evolucionaba mucho más rápido que yo en la cama: probaba posturas nuevas, perdía la vergüenza, y sus mamadas mejoraban de una manera que no dejaba lugar a dudas sobre dónde estaba practicando. Ahora se me tragaba entera hasta la garganta sin arcadas, me lamía los huevos uno por uno metiéndoselos en la boca, me sacaba la polla con un chasquido para pajearme mirándome a los ojos. Cada avance suyo era una pista de las horas que pasaba con la polla de Rubén en la boca, y yo las contaba en silencio mientras me corría en la suya.
***
Carla, la mejor amiga, y yo fuimos estrechando lazos durante esos meses. Quizá porque ella era la única que sabía la verdad sin que yo se la contara. Un día, sin que yo preguntara, me confirmó lo que ya intuía: que Noelia y Rubén follaban a menudo, casi cada fin de semana, y que ella se lo contaba con pelos y señales — cómo se la metía, cómo la ponía a cuatro, cómo la hacía correrse tres o cuatro veces seguidas hasta dejarla temblando y llena de semen por dentro y por fuera.
No sé si después de eso Carla me miraba con pena o con curiosidad. El caso es que una noche en que los dos habíamos bebido más de la cuenta, nos enrollamos en el sofá de su casa, con la tele encendida y el volumen bajo. Empezamos con un beso torpe, cargado de alcohol, y al minuto ya le tenía la mano metida por dentro del sujetador, pellizcándole un pezón que se le puso duro al instante. Carla era una chica muy atrevida, descarada hablando de sexo y de sus fantasías, sin pelos en la lengua. Pero en lo físico era virgen, y esa noche la desvirgué yo.
Le arranqué la ropa a tirones ahí mismo, en el sofá, y ella se dejó hacer con los ojos brillantes de deseo. Le bajé las bragas y le vi el coño por primera vez: más peludo que el de Noelia, con los labios carnosos, ya empapado antes de que yo lo tocara. Me arrodillé en la alfombra y me lo comí con hambre, aprovechando toda la práctica que llevaba con mi novia. Le separé bien los labios con los pulgares, dejé el clítoris al descubierto y empecé a mamárselo con lametones lentos, luego a chupárselo con los labios como si fuera un caramelo pequeño. Ella se agarró a los cojines y gimió sin ningún tipo de censura, sin importarle si los vecinos podían oírla. Cuando la noté al borde, subí, la abrí bien de piernas y le metí la polla despacio, notando cómo el himen cedía, cómo se ponía tensa y luego se relajaba mientras la iba abriendo con embestidas cortas. Le follé despacio al principio y más fuerte cuando la vi disfrutar; ella me pedía más, más adentro, más rápido, mientras se agarraba las tetas y se pellizcaba los pezones. Nos corrimos casi a la vez, ella con las uñas clavadas en mi espalda, yo dentro de ella sin pensar en nada más que en descargar hasta la última gota.
Así que ahora yo también era infiel. La culpa duró lo que tardamos en quedarnos dormidos. A partir de entonces, Carla y yo empezamos a experimentar con todo lo que se la pasaba por la cabeza, que no era poco.
Estaba especialmente obsesionada con los culos de los chicos. Decía que le encantaba la idea de practicarle sexo anal a un tío con un consolador atado a las caderas, de invertir los papeles, de ver a un hombre gimiendo boca abajo como una zorra mientras ella se lo follaba por detrás hasta hacerle correrse sin tocarle la polla. Ella no tenía ni idea de que yo ya había estado con hombres, de que para mí eso no era una fantasía sino un recuerdo bien tatuado en el culo. Y no se lo dije. Dejé que creyera que me estaba descubriendo, que era ella la que me abría un mundo nuevo.
***
Una de esas noches, mientras me besaba el cuello y me la pajeaba lenta por encima del calzoncillo, Carla deslizó la mano hacia abajo y me preguntó al oído, medio en broma, si la dejaría meterme un dedo por el culo. Yo la dije que adelante, sin dudarlo.
Su cara fue un poema: una mezcla de sorpresa, excitación y satisfacción por haberse salido con la suya. Me hizo darme la vuelta en la cama, boca abajo, y me separó las nalgas con las dos manos. Sentí su lengua antes que su dedo: se agachó y empezó a comerme el culo, chupándome el agujero con ganas, empapándolo de saliva, metiéndome la punta de la lengua dentro y sacándola. La muy guarra sabía perfectamente lo que hacía, aunque jurara y perjurara que era la primera vez. Yo escondí la cara en la almohada y gemí más alto de lo que me hubiera gustado admitir, empujando el culo hacia atrás para que me comiera más.
Después me humedeció el dedo con lubricante y me lo metió despacio, con cuidado, mientras con la otra mano me obligaba a girarme de lado y me sujetaba la polla, acariciándomela a un ritmo lento. Yo cerré los ojos y me dejé llevar. El dedo entraba y salía y me tocaba justo donde tenía que tocar, en ese punto que yo ya conocía de sobra pero que fingía descubrir por primera vez. Cada vez que rozaba la próstata se me escapaba una gota de líquido preseminal por la punta de la polla, y ella lo usaba para pajearme más resbaladiza.
—Mete otro —la animé, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella me miró con cara de no creérselo, pero la propuesta la encantó. Poco a poco fue metiendo el segundo dedo, observándome la reacción como si estuviera estudiando un mapa. Me abrió el culo con los dos dedos, escarbándome por dentro, curvándolos hacia arriba para machacarme la próstata con precisión de cirujana, y yo empujé las caderas contra su mano pidiéndole más sin decirlo. Estaba excitadísimo, más por el morbo de la situación que por otra cosa: la novia de mi vida follando con otro mientras yo me dejaba abrir el culo por su mejor amiga, con la polla goteando en la sábana y probablemente el semen de Rubén todavía dentro del coño de Noelia a esas mismas horas.
Cuando Carla bajó la cabeza y me chupó la polla mientras seguía moviéndome los dedos dentro del culo, apenas aguanté unos segundos. Su boca era caliente, húmeda, hambrienta; me tragaba entera hasta la base y luego me sacaba hasta la punta con un chasquido, mientras sus dos dedos me apretaban la próstata con la precisión de alguien mucho más experimentada de lo que decía ser. Me corrí en su boca con un gemido que se me escapó sin permiso, un chorro largo y espeso que ella se tragó a medias, dejando que el resto le resbalara por la barbilla y le cayera entre las tetas. Ella se incorporó riéndose, acercándose a mí como para besarme de broma, retándome a hacerlo con el semen aún colgándole del labio. Yo la agarré de la nuca y la pegué un morreo que la dejó sin aire, un beso largo y sucio, lleno de mi propio semen, en el que nuestras lenguas se enredaron mientras me tragaba lo que me quedaba a mí mismo en su boca. Para mi sorpresa, la encantó tanto como a mí; me lamió los labios, me chupó los restos que tenía en la barbilla y me susurró que estaba loco, que era un guarro, que la próxima vez quería vérmelo hacer contra un espejo.
No creo que Carla estuviera enamorada de mí. Simplemente había encontrado un chico con el que descubrir todo aquello que se la ocurría sin que la juzgara. Y yo había encontrado en ella un espejo donde mirarme sin miedo. Nuestras vidas se habían convertido en un puterío de mentiras y de sexo, y ninguno de los dos tenía intención de pararlo.
***
En cuanto a Noelia, yo seguía queriéndola, por absurdo que parezca. Pero hubo una noche que fue demasiado, incluso para alguien como yo, que para entonces ya había aceptado en silencio el papel que ocupaba.
Rubén se la llevó al reservado de la peña que tenía con sus colegas y se la folló allí, con todos ellos cerca, oyéndolo todo: los gemidos de mi novia, el sonido de la polla entrando y saliendo del coño empapado, las guarradas que le decía él —«di que eres mi puta», «pídeme que te corra dentro»— y que ella le repetía a coro cada vez más alto. Después, según supe por Carla que se lo contó una llorosa Noelia, se la fue pasando: uno a uno, sus colegas se la fueron follando por turnos mientras Rubén miraba, se reía y se pajeaba tranquilo en un sillón. Le llenaron el coño, la boca y también el culo de semen entre todos, dejándola tirada en un sofá pringoso, con las piernas abiertas y los chorros escurriéndosele por todos los agujeros. A partir de esa noche, cada vez que los amigos de Rubén me cruzaban por el barrio, se reían de mí. Me señalaban, hacían cuernos con los dedos, me llamaban cornudo en voz alta para que toda la calle lo oyera. Uno incluso me gritó una vez, desde una esquina, que su polla también había estado dentro de mi novia y que su coño sabía a semen viejo.
Eso ya no lo pude soportar. No las infidelidades, que en el fondo me excitaban más de lo que jamás admitiría delante de nadie —esa misma noche del reservado me la había pajeado tres veces seguidas imaginándomela puesta a cuatro con cuatro pollas alrededor de la cara, tragando semen y suplicando más—, sino la humillación pública, la vergüenza de ser el último mono delante de gente que ni conocía. Una cosa era saberlo yo, en la intimidad de mi cabeza y con la polla en la mano; otra muy distinta era que me lo restregaran por la cara en mitad de la plaza.
Así que la relación terminó. No por la traición, sino por las risas de unos desconocidos. Lo dejé yo, aunque tardé semanas en reunir el valor, y Noelia ni siquiera pareció sorprenderse.
***
Con el paso del tiempo, y con unas cuantas relaciones más a las espaldas, he confirmado dos cosas sobre mí mismo. La primera, que soy un cornudo consentidor: que la idea de mi pareja con otro, la imagen mental de otra polla entrándole por el coño mientras yo miro o espero en casa, lejos de destrozarme, me enciende de una manera que no he conseguido encontrar en ninguna otra fantasía. La segunda, que me encantan las pollas, que me encanta chupármelas hasta el fondo, tragarme el semen y ponerme a cuatro para que me revienten el culo, y que ese día en el sofá de Carla, con dos dedos dentro y su boca alrededor de mi polla, fue solo el principio de aceptarlo.
Si un cornudo consentidor nace o se hace, sigo sin saberlo. Pero sospecho que aquel chaval de diecinueve años, escondido tras una columna de la facultad escuchando a su novia presumir de haber follado con otro, ya lo era. Solo que todavía no se atrevía a decirlo en voz alta.