Así supe que era un cornudo consentidor
¿Un cornudo consentidor nace o se hace? Llevo años haciéndome esa pregunta y todavía no estoy seguro de la respuesta. Lo que sí sé es cuándo empecé a sospechar lo que era, y por eso me he decidido a contarlo tal como pasó, sin adornos.
Tenía diecisiete años la primera vez que tuve algo parecido a una novia de verdad. Se llamaba Noelia, era del grupo de amigos del barrio y yo estaba coladito por ella desde hacía meses. Después de una temporada larga de tonteo, de miradas y de mensajes a deshora, una noche nos besamos en el portal de su casa y empezamos a salir.
El problema —aunque entonces no lo veía como un problema— era que ella siempre había estado enamorada de otro. Un chico mayor, de los que apenas la hacían caso, de esos que tienen coche propio a los veintipocos y miran a los demás por encima del hombro. Se llamaba Rubén. Noelia hablaba de él con una mezcla de rencor y de anhelo que yo prefería no analizar.
A ella le encantaba que la acariciara, que la diera cariño, que la tratara como nadie la trataba. Y a mí me encantaba hacerlo. Tenía unos labios carnosos que la primera vez que besé me atraparon por completo; me pasaba las clases enteras pensando en ellos. Era cariñosa cuando quería, distante cuando le convenía, y yo me conformaba con las migajas que me daba.
Por aquel entonces yo deseaba tener sexo con una chica por primera vez. Quería perder mi «virginidad» con ella, marcar esa casilla que todos mis amigos daban por descontada. Digo «virginidad» entre comillas porque lo cierto es que sexo ya había tenido, solo que no con chicas. Había estado con chicos, y en esas ocasiones yo siempre era el pasivo.
Es decir, había chupado pollas, pero nunca un coño. Y había experimentado la penetración, pero siendo yo el penetrado. El sexo con una mujer era territorio desconocido para mí, y reconozco que me ponía nervioso. No sabía si sabría hacerlo, si estaría a la altura, si ella notaría que en ese terreno yo era el inexperto.
***
Cuando llevábamos un par de meses juntos, una tarde Noelia desapareció del instituto durante un par de horas. Se había escaqueado entre clases sin avisar a nadie. Cuando volvió, la vi cruzar el patio con prisa y fui detrás de ella para preguntarle dónde se había metido.
Antes de que pudiera alcanzarla, se encontró con dos amigas junto a las taquillas. Yo me quedé a unos metros, medio escondido tras una columna, y oí lo que les dijo en voz baja pero excitada.
—Lo he hecho con Rubén —soltó—. Hemos follado.
Las dos amigas se taparon la boca con las manos y se rieron. Yo me quedé clavado en el sitio. Rubén era el chico mayor del que ella estaba enamorada, y en ese instante noté como si algo se rompiera muy adentro, en un punto del pecho que ni sabía que tenía. Ellas no se percataron de que yo estaba cerca ni de que lo había escuchado todo.
¿Cuál fue mi reacción? Actuar como si nada. Cuando un rato después la pregunté dónde había estado, me dijo que en el médico. Yo asentí, puse cara de creérmelo y la di un beso en la frente. Que se piense que soy idiota, pensé. Mejor para los dos.
Estuve días dándole vueltas a la cabeza. No dormía bien, me imaginaba la escena una y otra vez con un detalle enfermizo. Pero al final asumí lo que había pasado y seguí con ella, como si tachar esa traición de la lista fuera más fácil que enfrentarla.
***
Poco después tuvimos sexo por primera vez, ella y yo. No fue tan especial como yo había fantaseado durante meses. Me gustó, claro que me gustó, pero no podía quitarme de la cabeza que ella ya había estado con otro, que lo que para mí era un estreno para ella era una repetición.
El sexo con Noelia era distinto al que había tenido con chicos. Con ella todo era más lento, más cariñoso, más cuidado. Con los chicos había sido siempre más bruto, más animal, más directo. Y fue precisamente entonces, comparando, cuando empecé a darme cuenta de algo que tardaría tiempo en aceptar.
El puro placer físico, el sexo en su versión más cruda, me resultaba más intenso con un hombre. Sobre todo el sexo oral y la penetración. La excitación que sentía cuando chupaba una polla o cuando me follaban no se parecía en nada a la que sentía con ella. Era otra cosa. Era más fuerte, más sucia, más mía.
A pesar de todo, yo la quería. La quería de verdad, con esa intensidad torpe de los diecisiete años. Y por eso aguanté lo que vino después.
***
Una noche de fiesta estábamos los tres: Noelia, su mejor amiga y yo. Sonó un mensaje en su móvil y la cara le cambió de golpe. Dijo que tenía que irse a casa, que su hermana mayor la necesitaba para no sé qué historia. Me ofrecí a acompañarla, pero ella negó con la cabeza.
—Quédate con Carla, seguid de fiesta —me dijo, ya con el bolso colgado del hombro—. No quiero cortaros el rollo.
El mensaje no era de su hermana. Era de Rubén, que pasaba a recogerla con el coche para llevársela a follar a algún descampado. Eso lo supe poco después, aunque ya entonces lo sospechaba; lo leí en cómo le temblaba la voz, en la prisa, en la manera en que evitó mirarme a los ojos al despedirse.
Me sentí traicionado de nuevo. Pero esta vez, debajo de la traición, había algo más. Algo que me costaba reconocer incluso a solas. Saber que mi novia era una «guarra», que mientras yo la esperaba ella estaba abierta de piernas en el asiento de otro, me ponía. Se me puso dura allí mismo, en mitad de la pista, con la cerveza calentándose en la mano.
Así estuve casi un año entero. Tragando, callando, haciéndome el tonto mientras otro se follaba a mi chica. Yo la quería de verdad; Rubén solo la quería para una cosa. Y aun así, en ese reparto absurdo, el que parecía sobrar era yo.
En ese periodo fui notando cómo ella aprendía. Evolucionaba mucho más rápido que yo en la cama: probaba posturas nuevas, perdía la vergüenza, y sus mamadas mejoraban de una manera que no dejaba lugar a dudas sobre dónde estaba practicando. Cada avance suyo era una pista de las horas que pasaba con él, y yo las contaba en silencio.
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Carla, la mejor amiga, y yo fuimos estrechando lazos durante esos meses. Quizá porque ella era la única que sabía la verdad sin que yo se la contara. Un día, sin que yo preguntara, me confirmó lo que ya intuía: que Noelia y Rubén follaban a menudo, casi cada fin de semana.
No sé si después de eso Carla me miraba con pena o con curiosidad. El caso es que una noche en que los dos habíamos bebido más de la cuenta, nos enrollamos en el sofá de su casa, con la tele encendida y el volumen bajo. Carla era una chica muy atrevida, descarada hablando de sexo y de sus fantasías, sin pelos en la lengua. Pero en lo físico era virgen, y esa noche la desvirgué yo.
Así que ahora yo también era infiel. La culpa duró lo que tardamos en quedarnos dormidos. A partir de entonces, Carla y yo empezamos a experimentar con todo lo que se la pasaba por la cabeza, que no era poco.
Estaba especialmente obsesionada con los culos de los chicos. Decía que le encantaba la idea de practicarle sexo anal a un tío, de invertir los papeles. Ella no tenía ni idea de que yo ya había estado con hombres, de que para mí eso no era una fantasía sino un recuerdo. Y no se lo dije. Dejé que creyera que me estaba descubriendo.
***
Una de esas noches, mientras me besaba el cuello, Carla deslizó la mano hacia abajo y me preguntó al oído, medio en broma, si la dejaría meterme un dedo por el culo. Yo la dije que adelante, sin dudarlo.
Su cara fue un poema: una mezcla de sorpresa, excitación y satisfacción por haberse salido con la suya. Me lo metió despacio, con cuidado, mientras con la otra mano me sujetaba la polla y me la acariciaba a un ritmo lento. Yo cerré los ojos y me dejé llevar.
—Mete otro —la animé, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella me miró con cara de no creérselo, pero la propuesta la encantó. Poco a poco fue metiendo el segundo dedo, observándome la reacción como si estuviera estudiando un mapa. Yo estaba excitadísimo, más por el morbo de la situación que por otra cosa: la novia de mi vida follando con otro mientras yo me dejaba hacer por su mejor amiga.
Cuando Carla bajó la cabeza y me chupó la polla, apenas aguanté unos segundos. Me corrí en su boca con un gemido que se me escapó sin permiso. Ella se incorporó riéndose, acercándose a mí como para besarme de broma, retándome a hacerlo. Yo la agarré de la nuca y la pegué un morreo que la dejó sin aire, un beso largo y sucio, lleno de mi propio semen, que para mi sorpresa la encantó tanto como a mí.
No creo que Carla estuviera enamorada de mí. Simplemente había encontrado un chico con el que descubrir todo aquello que se la ocurría sin que la juzgara. Y yo había encontrado en ella un espejo donde mirarme sin miedo. Nuestras vidas se habían convertido en un puterío de mentiras y de sexo, y ninguno de los dos tenía intención de pararlo.
***
En cuanto a Noelia, yo seguía queriéndola, por absurdo que parezca. Pero hubo una noche que fue demasiado, incluso para alguien como yo, que para entonces ya había aceptado en silencio el papel que ocupaba.
Rubén se la llevó al reservado de la peña que tenía con sus colegas y se la folló allí, con todos ellos cerca, oyéndolo todo. A partir de esa noche, cada vez que los amigos de Rubén me cruzaban por el barrio, se reían de mí. Me señalaban, hacían cuernos con los dedos, me llamaban cornudo en voz alta para que toda la calle lo oyera.
Eso ya no lo pude soportar. No las infidelidades, que en el fondo me excitaban más de lo que jamás admitiría delante de nadie, sino la humillación pública, la vergüenza de ser el último mono delante de gente que ni conocía. Una cosa era saberlo yo, en la intimidad de mi cabeza; otra muy distinta era que me lo restregaran por la cara en mitad de la plaza.
Así que la relación terminó. No por la traición, sino por las risas de unos desconocidos. Lo dejé yo, aunque tardé semanas en reunir el valor, y Noelia ni siquiera pareció sorprenderse.
***
Con el paso del tiempo, y con unas cuantas relaciones más a las espaldas, he confirmado dos cosas sobre mí mismo. La primera, que soy un cornudo consentidor: que la idea de mi pareja con otro, lejos de destrozarme, me enciende de una manera que no he conseguido encontrar en ninguna otra fantasía. La segunda, que me encantan las pollas, y que ese día en el sofá de Carla, con dos dedos dentro y su boca alrededor, fue solo el principio de aceptarlo.
Si un cornudo consentidor nace o se hace, sigo sin saberlo. Pero sospecho que aquel chaval de diecisiete años, escondido tras una columna del instituto escuchando a su novia presumir de haber follado con otro, ya lo era. Solo que todavía no se atrevía a decirlo en voz alta.