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Relatos Ardientes

El fin de semana en la costa que lo cambió todo

Lo que les voy a contar fue uno de los motivos que me empujaron a escribir sobre los momentos que viví con tanta intensidad estas vacaciones. Fueron tantas las situaciones y las sensaciones nuevas que ni remotamente las tenía en mente a esta altura de mi vida. Como ya les conté otras veces, hace poco me separé y estoy en plena reconstrucción de mi mundo emocional, disfrutando mi libertad, sobre todo la sexual. Estaba más que dispuesta a vivir cosas nuevas y a exprimir cada instante.

Todo pasó en una playa bastante alejada de la costa atlántica, durante un fin de semana largo. Ya les había contado que me encanta bailar. Cada viernes voy a un salón a soltar la semana y a pulir los movimientos en clase de bachata. Hasta el año pasado tuve un compañero fijo que esta temporada todavía no apareció, así que estuve rotando entre distintas parejas de baile.

A principios de mes coincidí con uno de ellos, Mateo. Es alto, tiene un cuerpo muy lindo, baila increíble y es prolijo en todo lo que hace. Él también venía de una ruptura, pero a diferencia de su ex había seguido yendo a las clases. Nunca le pregunté la edad, un poco por pudor, aunque hoy es mi pareja estable en lo sexual y mi compañero de varios fines de semana. Seguro tiene menos de treinta. Yo le saco unos cuantos años y eso, lejos de incomodarme, le pone un sabor especial a todo.

Ese fin de semana lo tenía libre, pero sin nada programado, así que estaba a merced de adonde me llevara el viento. La noche posterior a la clase quedamos en cenar Mateo, una amiga mía del gimnasio que también baila —Carla— y yo. Entre charla y charla nos dimos cuenta de que los tres estábamos sin planes. Para colmo, Carla andaba sola porque su pareja estaba de viaje, y no de muy buen humor.

Entre idea e idea surgió lo de irnos a la costa de improviso. No había destino ni reserva, todo quedaba para confirmar a la mañana siguiente. Temprano nos avisaron que había aparecido una playa lejana que ninguno conocía. Era lo mejor que se podía encontrar según el clima, y vaya si acertaron: en casa se llovió todo el fin de semana y allá nos esperaban días de sol pleno.

Pasado el mediodía nos pasó a buscar Mateo con Bruno, un amigo suyo que puso la camioneta. El viaje fue largo pero se hizo corto, con muy buena onda todo el camino. Yo era, por lejos, la más grande del grupo. Carla tiene treinta y los chicos un poco menos, así que iba rodeada de pura energía. Llegamos casi de noche, cenamos algo rápido y bajamos a la playa.

No tomé dimensión del lugar hasta el día siguiente: la playa era enorme y el pueblo, diminuto. La arena estaba todavía tibia, así que nos quedamos un buen rato sentados entre los médanos, escuchando las olas en plena oscuridad. Para entonces ya estábamos más relajados, más sueltos.

En un momento, tirados sobre la arena hablando con Mateo, notamos que Bruno y Carla ya no estaban. Supusimos que se habían ido a caminar, porque entre ellos había mucha química. La noche estaba hermosa. Esperamos unos minutos y salimos nosotros también.

Caminamos unos metros en la penumbra y, de pronto, escuchamos gemidos. Curiosos, nos asomamos y los descubrimos: eran Carla y Bruno. Nos quedamos quietos, conteniendo la risa y la sorpresa, escuchándolos coger durante unos minutos antes de retroceder sin hacer ruido. Volvimos a sentarnos a comentar lo que acababa de pasar, hasta que los vimos llegar abrazados, como si nada.

Esa escena me disparó unas ganas tremendas de pasarla bien yo también. Pero Mateo no daba señales de querer insinuar nada, por más que la conversación girara siempre alrededor de lo mismo. Volvimos a la cabaña con aquellos sonidos haciendo eco en mi cabeza. Tengo que admitirlo: me había mojado de solo imaginar lo bien que la estaba pasando Carla.

Entre idas al baño y esperas, vi que Carla se pasaba al cuarto de los chicos y se quedaba con Bruno, que recién salía de la ducha. No volvió a aparecer. Yo me metí a bañar y aproveché para descargar un poco la electricidad acumulada de la noche. Al salir, me senté a ver una película con Mateo, y otra vez empezaron los gemidos en la pieza de al lado. Me incomodaba un poco escucharlos tan cerca de él, pero me calentaba cada vez más oír a Carla.

Le dije a Mateo que me iba a dormir y le aclaré que, si quería, podía venir, que no tenía problema en compartir la cama de dos plazas. A esa altura yo estaba completamente dispuesta a que pasara algo. Me había puesto un pijama de dos piezas, bastante insinuante: el short es muy cavado y la remera, entallada, me marca el pecho.

Fui hacia la pieza y sentí que Mateo venía detrás de mí, pero nada me hacía sospechar lo que iba a suceder. Estaba acomodando las sábanas cuando, de repente, sentí un empujón. Apoyó sus manos sobre las mías, contra el colchón, y me rodeó por detrás con todo su cuerpo.

Al principio me sorprendió, pero me dejó con el corazón a mil. Se apretaba contra mi cola y me encantaba que me sujetara así. Sentí cómo crecía su bulto contra mí mientras me susurraba cosas hermosas al oído, cosas que me prendían fuego. Estuvimos varios minutos así, refregándonos, contorneándonos, los cuerpos pegados. No podía hacer mucho más, me tenía bien agarrada.

Me excité como nunca. Jamás me habían tomado de esa forma, sin una previa, sin un beso siquiera. En un momento, todavía sujetándome contra la cama, corrió hacia un lado el short y la tanga y empezó a penetrarme con los dedos. Jugó delicioso un buen rato, hasta que acabé con las piernas temblando.

No alcancé a reponerme cuando me puso en cuatro. Me penetró sin que pudiera siquiera tocarlo o verlo. Se sentía tan suave que, incluso con el preservativo puesto, era evidente que estaba completamente depilado. Empujó fuerte unos minutos hasta que acabamos los dos al mismo tiempo. Eso me enloqueció.

Quedamos tirados en la cama, él sobre mí, recuperándonos de tanta adrenalina. Recién ahí pudimos besarnos y reconocernos de verdad. Estuvimos un rato así antes de quedarnos dormidos, abrazados.

***

A la mañana siguiente quedó claro que, al menos por ese fin de semana, éramos pareja. Había una complicidad y una tensión sexual flotando en el aire. Temprano se escuchó cómo en la otra pieza se despertaban y se tomaban un buen rato en la cama, con un mañanero subidito de tono. Con Mateo también tuvimos lo nuestro: la sesión de sexo oral que la noche anterior nos había quedado pendiente.

Ahí confirmé que tenía todo el cuerpo depilado, suave, prolijo. Fue exquisito sentir lo cuidado y atractivo que era cada centímetro de él. Ese día almorzamos y salimos un poco tarde a la playa. Las dos parejas pasamos horas metidas en el agua, jugando con muchísima intención sexual. No cogimos en el mar, un poco por vergüenza y otro poco por higiene, pero estábamos al rojo vivo de tanto toqueteo.

Al atardecer nos quedamos charlando en los médanos, las dos parejas muy abrazadas, tomando mate y picando algo, hasta que se hizo de noche. Era un momento cálido, romántico, de esos en los que no te querés ir de la playa. Yo estaba rebosante de felicidad.

Ya en plena oscuridad fue todo un descontrol. En la penumbra veía cómo Carla, a un par de metros, le acariciaba la pija a Bruno sin ningún tapujo. Tenía una escena porno en vivo, aunque se viera poco. Notaba perfecto cuándo se la chupaba y cómo se montaba encima de él. Con la sangre hirviendo y la respiración disparada, yo no podía hacer mucho: estaba sentada de espaldas a Mateo, entre sus brazos. Pero de a poco empezó a masajearme los pechos y después bajó a mi sexo.

Estaba terriblemente excitada por lo que veía y por cómo me apretaba. Me sentía hinchada, abierta como una flor, y para colmo estaba en mi pico hormonal, así que todo se potenciaba. Sus dedos entraban y salían con una facilidad que no dejaba lugar a dudas. Esta noche estoy distinta, pensé, y eso me prendía todavía más.

En un momento se sacó todo, sentado sobre la manta. Yo ya estaba desnuda también. Me di vuelta, me arrodillé y empecé a chupársela. Estaba en la posición perfecta para comérsela y tenerlo bien adentro. Como quedaba en cuatro, sin darme cuenta les estaba dando un espectáculo a los chicos, cosa que Carla me hizo notar después entre risas.

Lo que siguió fue mucho sexo. Al principio bastante silencioso, pero después cada pareja se soltó en su propio mundo, en distintas posiciones y muy cerca una de la otra. Se veía y se sentía todo. Si alguien hubiera pasado cerca, seguro nos habría oído, porque estábamos las dos bastante ruidosas.

Para mí era la primera vez que tenía sexo viendo a otra pareja hacerlo. Nunca había vivido un intercambio ni nada parecido. Y todo aquello fue excitante, nada chocante, sin una pizca de culpa. En esa situación llegué fácil a mi faceta multiorgásmica, esa que a veces me obliga a frenar de tanta electricidad en el cuerpo.

Hablándolo con Carla al día siguiente, coincidimos en que había sido una noche de orgasmos múltiples, perfecta en todo sentido. Yo también la noté a ella muy liberada. Todo quedaba ahí, y de mi parte nunca perdí de vista que me estaba comiendo a un chico bastante más joven que yo. Eso le daba otro sabor, uno que todavía hoy sigo disfrutando y que me hace sentir profundamente deseada. Quedaron tantas imágenes y sensaciones de esa noche que vuelven a mi mente seguido. Sin dudas, fue una de las mejores noches de sexo de mi vida.

***

Esa noche nos fuimos directo a dormir los cuatro, sin cenar. Ya era tarde y no encontramos abierto ninguno de los pocos negocios de comida del pueblo, y estábamos demasiado cansados. A la mañana siguiente, otra vez un despertar con mañanero delicioso. Hacía mucho que no me despertaba así.

Cerca del mediodía nos activamos y volvimos a la playa, pero esta vez bien lejos de la gente. Era un lugar bastante inhóspito, de médanos altos y arenales enormes, y lo mejor es que no había nadie alrededor. Teníamos toda la playa y todo el sol para nosotros.

Entre bromas dijimos que íbamos a hacer topless. La idea puso a los chicos tan insistentes que no nos quedó otra que quedarnos en lolas. Al principio fue raro, pero ninguna de las dos tiene pudor con su cuerpo —estamos orgullosas de nuestras tetas—, así que en cuestión de minutos nos acostumbramos y pasamos casi toda la tarde así, broceándonos parejas.

Fue una tarde noche de mucho sexo otra vez, porque el clima estaba tan perfecto que no daban ganas de irse. Durante la tarde fueron incontables las veces que vimos a los chicos besándose, tocándose y cogiendo a pleno sol. Tanto, que dejó de ser chocante y se volvió casi normal: ellos en lo suyo, nosotros en lo nuestro. Un descontrol con sabor a cotidiano. Estábamos los cuatro cómodos y desinhibidos como pocas veces.

Terminamos hechos unos tomates de tanto sol. Esa última noche fue de cuidados y aloe vera, porque los cuatro quedamos requemados. A la mañana siguiente emprendimos la vuelta a casa con una nostalgia rara, sabiendo que lo que vivimos difícilmente se pueda repetir con esa intensidad y, sobre todo, con esa naturalidad.

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