Me cité a solas con el swinger de mi esposa
A Damián lo conocí en El Reservado, un club swinger del centro al que mi esposa Lucía y yo entrábamos cada par de meses cuando se nos cruzaba la curiosidad. Era una de esas etapas tibias del matrimonio en las que uno empieza a probar cosas nuevas para sentir que sigue vivo. La primera vez que lo vi estaba apoyado en la barra con un whisky en la mano y una camisa entreabierta, y supe enseguida que era el tipo de hombre que paraliza la sala sin levantar la voz.
Su mujer, Carolina, era casi su opuesto: pelirroja, menuda, con una sonrisa que parecía pedir permiso para todo. Llevaban más de diez años en ese ambiente, así que cuando nos invitaron a una cena en su departamento, los dos aceptamos sin pensarlo. Yo quería probarme. Lucía quería divertirse. Damián, descubrí después, quería otra cosa.
Esa primera noche los cuatro terminamos en su cuarto. Carolina y Lucía se entendieron rápido, riéndose como si se conocieran de la facultad. Damián, en cambio, se tomó su tiempo conmigo. Me observaba mientras tocaba a mi mujer, como si me midiera. En algún momento se puso de pie, se desnudó y se acercó a la cama con una calma que no era casual. Cuando vi el tamaño de su sexo —grueso, oscuro, casi indecente—, sentí un golpe en el pecho que no era celos. Era otra cosa.
—Sostenlo —me dijo, señalándolo con la barbilla.
Lucía estaba boca arriba, las piernas abiertas, esperando. Yo me arrodillé al borde de la cama y, sin entender bien por qué obedecía, agarré el miembro de Damián con la mano derecha. Estaba caliente, mucho más caliente que el mío. Lo guie hacia mi mujer mientras ella me miraba con los ojos llenos de algo que nunca le había visto. Damián empujó. Lucía gimió. Y yo, todavía con su sexo entre los dedos, gemí también.
Cuando ellas dos se fueron a la ducha, Damián se quedó conmigo en la cama. Se acercó tanto que pude sentirle el aliento en la nuca. Mojó dos dedos con lo que aún brotaba de su pene y, sin pedirme permiso, los deslizó entre mis nalgas. Apenas me rozó el ano. Apenas. Pero esa noche supe que iba a dejarme abrir por él.
***
Dos semanas después me escribió un sábado por la tarde.
—Hoy salimos los dos. Sin las chicas. Te paso a buscar a las nueve.
Le mentí a Lucía con una excusa cualquiera: un asado en lo de un amigo del trabajo. Damián llegó en su camioneta, vestido con una camisa blanca que le marcaba los hombros, y me llevó a recorrer bares del centro. Bebimos demasiado. Tequila, cerveza, algo dulce que ya no recuerdo. En algún momento dejamos la camioneta en un estacionamiento público y pidió un Uber.
Yo pensé que volvíamos a su casa. El coche se detuvo frente al Bellavista, un hotel cinco estrellas de fachada blanca, y se me bajó de golpe la borrachera. Un escalofrío me subió desde la espalda. Damián no me había dicho ni una palabra en toda la noche sobre lo que iba a pasar. No hizo falta. La sonrisa que me dedicó en el lobby, mientras pedía la habitación, dijo más de lo que cualquier explicación podría.
Subimos al piso doce. El cuarto tenía una cama gigante, ventanales hasta el techo y un olor a madera lustrada. Damián pidió champaña por teléfono mientras yo me sentaba en el borde del colchón, intentando que las rodillas dejaran de temblarme. Estaba aterrado. Y estaba duro.
—Relájate —me dijo, y se arrodilló frente a mí.
No me besó. No me tocó con las manos. Solamente abrió la boca y sacó la lengua, mirándome a los ojos, esperando. Yo abrí los pantalones con los dedos torpes y saqué el pene, que ya latía contra la tela del bóxer. Lo agarré con la mano derecha. Con la izquierda, le abrí la mandíbula un poco más y le metí un dedo entre los labios. Damián cerró los ojos.
Cuando se lo metí en la boca, fue la primera vez en mi vida que un hombre me la chupaba. La sensación me partió en dos. Su garganta estaba más caliente que cualquier vagina que hubiera conocido. Tenía una técnica que parecía estudiada: aplastaba la cabeza contra el paladar, tragaba hasta hacer desaparecer la mitad del miembro, retrocedía despacio y volvía a hundirse. No pasaron tres minutos antes de que me viniera. Le solté toda la leche en la boca y él la recibió sin toser, sin escupir, lamiéndome después los testículos hasta dejarlos secos. Caí de espaldas sobre la cama, sintiendo cómo me palpitaba todo.
Justo entonces tocaron la puerta.
***
Damián se cubrió con una toalla y abrió. Pensé que era el servicio con la champaña, y en parte lo era: el botellón llegó en un balde con hielo. Pero el chico que lo trajo no salió. Era un camarero del hotel, no tendría más de veintidós años, con el uniforme blanco abotonado hasta el cuello y una bandeja de copas en la mano. Tenía pinta de estudiante que se paga la carrera trabajando de noche.
—Tranquilo —me dijo Damián cuando me tapé con la sábana—. Mateo es amigo. Está aquí para nosotros.
Tardé en entender. Mateo dejó las copas sobre la mesa baja con una calma profesional y empezó a desabotonarse la camisa sin que nadie se lo pidiera. Damián encendió el televisor del cuarto y puso porno —dos mujeres en una habitación con piscina, gimiendo bajo—. Yo me quedé inmóvil, sin saber si tenía que sumarme, si tenía que mirar, si tenía que irme.
No me dieron tiempo. Mateo se arrodilló frente a Damián, todavía vestido de la cintura para abajo, y le bajó la toalla. Le tomó el pene con las dos manos, como si fuera algo sagrado, y empezó a chuparlo despacio. La saliva le caía por el mentón, le mojaba el pecho, le brillaba en los muslos a Damián. Yo dejé de mirar la pantalla. Lo que pasaba a un metro de mí era más obsceno que cualquier película.
Mateo era un experto. Lo hacía con los ojos cerrados, como si memorizara cada vena, cada arruga, cada pliegue. Damián lo dejó hacer durante un buen rato, hasta que perdió la paciencia. Le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a penetrarle la garganta con embestidas profundas. Mateo lagrimeaba, le caía saliva espesa de la boca, pero no apartaba la cara. Aguantaba. Cuando Damián gimió, le sacó el pene de la boca y le descargó toda la leche en la cara y en la lengua. Mateo se relamió, tragó lo que pudo y suspiró.
Después giró la cabeza hacia mí.
—Me queda lugar para uno más —dijo, con la voz ronca.
No fui yo el que decidió. Fue mi cuerpo. Me paré, me bajé el bóxer hasta los tobillos y empecé a tocarme frente a su boca abierta. Veía los restos de Damián todavía en sus dientes, y en lugar de darme asco, me prendió fuego. Le acabé adentro mirándolo a los ojos. Mateo no se movió. Tragó cada gota como si supiera que no podía desperdiciar nada.
Se vistió en silencio, se pasó un pañuelo por la barbilla y se fue a seguir con su turno. Damián cerró la puerta con llave.
***
—¿Tú me das a mí —me dijo, parándose desnudo delante de la cama— o te doy yo?
No le contesté. Me di vuelta, apoyé las manos en el colchón y bajé la cabeza. Su pene seguía duro, todavía mojado por la boca de Mateo, y la idea sola de tenerlo adentro me aterraba y me calentaba en partes iguales. Damián entendió. Fue, hay que decirlo, un caballero.
Empezó con la lengua. Me abrió las nalgas con las dos manos y me la pasó despacio, una y otra vez, hasta que sentí que algo se me aflojaba por dentro. Con la otra mano me agarraba los testículos con firmeza, y con la primera empezó a masturbarme. La lengua se hundía cada vez más profundo. Después fueron sus dedos. Uno, dos, los tres juntos, mojados, pacientes. Yo respiraba contra la sábana con los ojos cerrados.
Cuando puso la punta de su pene en mi entrada, lloriqueé.
—Despacio —le pedí.
Damián me tomó las caderas con las dos manos y empujó. Centímetro a centímetro, sin prisa, sin retirarse. Me dolió como nunca me había dolido nada en la vida. Pero no quería que parara. Cada vez que un milímetro nuevo entraba, sentía que algo se me reordenaba por dentro, que un nervio dormido se despertaba de golpe. Cuando llegó al fondo, me quedé inmóvil. Él también. Estuvimos así unos segundos eternos, respirando los dos.
Después empezó a moverse.
Diez minutos. Diez minutos de un placer raro, mezclado con dolor, con culpa, con algo parecido al alivio. Damián gimió fuerte y me llenó. Sentí cómo cada embestida me bombeaba más semen adentro, cómo el calor se me iba expandiendo por la pelvis. No quería que se saliera. Me estiré hacia atrás, apoyé la espalda contra su pecho sin que se desconectara de mí, y le dejé que me masturbara con su mano izquierda mientras la derecha me apretaba un pezón.
Me corrí gritando. El semen salió disparado contra la sábana, contra mi propio estómago, contra los dedos de él. Damián salió de mí despacio y me dejó caer boca abajo en la cama. Sentí cómo su leche resbalaba por mis muslos. No me la limpié.
Volvió de bañarse oliendo a jabón. Se acostó a mi lado, desnudo, y me pasó la mano por las nalgas como si yo fuera un perro al que se acaba de premiar.
—Duerme —me dijo—. Mañana volvemos en taxi.
Cerré los ojos. Lucía me había escrito tres mensajes que no contesté. La almohada olía a Damián. Yo todavía tenía su semen adentro, tibio, latiendo, y no quise enjuagármelo hasta bien entrada la mañana, cuando ya el sol entraba por los ventanales y el resto de mi vida empezaba a parecerme, por primera vez, una mentira ordenada.