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Relatos Ardientes

El motel donde aprendí a no jugar con extraños

Hay cosas que uno aprende a la mala. Yo siempre creí que mi vida bisexual estaba bien gestionada, que sabía elegir, que tenía suficiente calle para distinguir a un desconocido divertido de uno problemático. Después de aquella tarde en el motel Las Acacias, ya no estoy tan seguro.

Llevo años en esto. Mi mujer no lo sabe y nunca lo va a saber, porque lo nuestro funciona y porque la otra parte de mí, la que necesita estar con hombres, vive en un compartimento cerrado con llave. Hasta esa tarde, jamás había pasado un susto serio. La regla era simple: chat largo, fotos con la cara, ubicación pública para el primer encuentro y, sobre todo, instinto. Si algo no cuadraba, no iba. Punto.

Con Iván salté todas las reglas.

Lo conocí un martes por una de esas aplicaciones de las que uno no presume. Tenía veintipocos, fotos de gimnasio sin mostrar la cara, un perfil escueto y un par de mensajes secos que me dieron pereza. Estuve a punto de borrarlo. Pero el miércoles me escribió otra vez, esta vez con la cara descubierta, y descubrí a un chico moreno, delgado, de mandíbula afilada y mirada limpia. Pensé que tal vez había sido tímido al principio. Quedamos para el viernes a las seis.

—¿Llevas tú el lugar? —escribió.

—Sí, yo reservo. Te paso la dirección a las cinco.

El motel Las Acacias está en una zona discreta, a las afueras. Habitación doscientos siete. Pedí una con bañera grande porque pensaba que la velada iba a ser de las largas. Subí el aire acondicionado, dejé el lubricante y los preservativos a mano y me serví un whisky para esperarlo.

Llegó con quince minutos de retraso, sin saludar, sin mirarme a los ojos. Esa debió ser la primera señal. Entró, cerró la puerta y se quedó parado en medio del cuarto, observando todo como si midiera la salida. Le ofrecí una copa, dijo que no. Le pregunté si quería darse un baño primero, dijo que no. Sacó el teléfono y lo apoyó boca abajo sobre la mesilla.

—¿Te apuras tú o me apuro yo? —preguntó.

Hubo algo en el tono que no me gustó. Una falta de calor, de juego previo, de esa complicidad que se construye en los primeros minutos. Sentí el primer pinchazo de duda. Pero ya estaba allí, había pagado el cuarto, y el chico era guapo. Me dije que estaba sobreanalizando, que era de los tímidos que se sueltan al desnudarse.

Me equivoqué.

Se quitó la ropa con una rapidez de gimnasio: la camiseta, el pantalón, los calzoncillos en tres movimientos. El cuerpo era espectacular, eso no se lo voy a negar, marcado donde tiene que estarlo y firme donde tiene que estarlo. Pero entre las piernas le colgaba un miembro mucho más grande y grueso que el de cualquier foto que me había mandado. Pensé que con eso, las fotos habían sido modestas.

—Tira para la cama —dijo.

No «vamos» ni «ven aquí». Una orden seca. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a chupársela con calma, como me gusta a mí: lento, jugando con la lengua antes de meterla entera. Ese es el preámbulo que disfruto, el que sube el deseo despacito.

Iván no quería preámbulos. A los pocos segundos me agarró de la nuca y empezó a empujar, buscando el fondo de mi garganta, sin acompasarse a mi ritmo. La primera arcada me hizo saltar las lágrimas. La segunda le aparté las manos con firmeza.

—Tranquilo —le dije—, así no.

—Así sí —respondió él.

Volvió a empujar. Volví a apartarme. Levanté la cabeza, lo miré a los ojos y le solté la frase de la cual todavía me arrepiento:

—Está bien, pero mejor cógeme. Si me siento yo encima, vamos a estar mejor.

Buscaba reorientar la cosa, recuperar el control. Pensé que si yo manejaba el ritmo, lo demás se acomodaría solo. Cogí el preservativo, se lo puse yo mismo, me unté lubricante y me senté sobre él lentamente. Le costó entrar, era enorme. Pero pasó el primer momento de dolor y empecé a moverme. La cara se le cambió. Empezó a respirar fuerte, a clavarme los dedos en las caderas, a marcar él el ritmo desde abajo. Ahí, durante dos o tres minutos, fue casi lo que yo quería.

Y entonces se incorporó.

Sin previo aviso me empujó hacia atrás, me agarró de los tobillos, me echó las piernas sobre sus hombros y empezó a embestir como si tuviera que terminar antes de que sonara una sirena. La habitación entera vibraba. Yo le pedí que aflojara y él me contestó con una risa corta. No de cariño. Una risa de quien no estaba escuchando.

—Eres mi puta —murmuró.

Le seguí la corriente para no enfriar el ambiente. Murmuré algo, le dije que sí, que sí, que su verga, que más. Lo decía con el piloto automático del que ya ha jugado a este juego cien veces. Pero por dentro yo estaba registrando otra cosa. Estaba registrando que el chico no respondía a las palabras, que cada vez que le decía «despacio» él iba más rápido, que la palabra «despacio» le funcionaba como combustible.

—Voltéate —dijo.

—No, así estoy bien.

—Voltéate.

Me dio la vuelta él mismo. Me puso a cuatro patas y me agarró del pelo. Ahí entendí, con una claridad que no quiero volver a sentir nunca, que aquello había dejado de ser sexo y se había convertido en otra cosa.

***

El cuarto estaba a media planta de la recepción. Pegado al de al lado había una pareja oyendo música a todo volumen. Quiero pensar que, si yo hubiese gritado de verdad, alguien me habría oído. Pero no grité. No supe gritar. Hice lo que muchos en esa situación: aguanté. Me dije que en un minuto iba a terminar, que en otro minuto se cansaría, que esto pasaría como pasa todo.

Una parte de mí —y eso es lo más incómodo de contar— estaba excitada. Mi cuerpo respondía aunque mi cabeza pedía que parara. Las dos cosas convivían y se daban codazos. Es una sensación que ojalá no le toque a nadie: estar duro y querer irse a la vez.

Iván fue agarrándome los hombros, las caderas, el cuello. Cuando ya pensé que iba a terminar, paró. Salió. Se metió al baño sin decir nada. Volvió a los dos minutos con los ojos rojos y un olor a marihuana que me llegó desde la puerta. Genial, está fumado, pensé. La situación había pasado de incómoda a francamente preocupante.

Yo había bajado los pies al suelo, había agarrado el albornoz y me estaba haciendo a la idea de cerrar esto.

—¿Adónde vas? —dijo.

—Acabamos cuando quieras —dije, intentando que la voz sonara segura—. Yo ya estoy listo.

Se rió de nuevo. Esa risa.

—Falta lo mío. Ven.

Lo pensé. Lo pensé de verdad. Calculé mentalmente la distancia hasta la puerta, dónde estaban mis llaves, si la cartera estaba en el pantalón o en la mesilla. Calculé qué tan rápido podría salir de allí en albornoz si las cosas se ponían feas. Y al final hice lo que hace mucha gente en mi lugar: decidí terminar para irme. Le aflojé el ambiente con un beso suave, le acaricié el pecho, le dije que se relajara, que yo lo terminaba a mi manera. Volví a arrodillarme y le hice una mamada lenta, con sabor a látex y a sal, hasta que él se quitó el preservativo y me apuntó a la cara.

—Trágatelo —dijo.

Eso, al menos, era algo que yo había pedido cien veces en mi vida. Algo que disfruto. Cerré los ojos y me concentré en lo único bueno que me iba a llevar de la tarde. Cuando terminó, me soltó el pelo, fue al baño y me dejó allí, arrodillado, con la sensación física de una guerra y la cabeza muy clara.

***

Me duché. Me lavé tres veces. Me vestí mientras él seguía en el cuarto sin decir palabra, tumbado de espaldas, fumando. Antes de salir, soltó la frase que terminó de cuadrarme la película:

—Oye, ¿no me vas a dar algo para el taxi?

Lo miré. Vi al chico moreno guapo de las fotos, pero vi también al desconocido que durante dos horas me había anulado y que ahora me cobraba como si yo fuera el cliente. Le respondí sin levantar la voz:

—No. Ya nos vimos.

Y salí. Bajé las escaleras como si bajara de una montaña, me metí en el coche y no respiré bien hasta que estuve a tres semáforos del motel.

***

Llegué a casa hecho un trapo. Mi mujer estaba viendo una serie con los pies sobre el sofá. Me preguntó si quería cenar. Le dije que sí, que pidiéramos sushi, que me iba a duchar otra vez. En la ducha lloré, no por dolor, por rabia. Rabia conmigo mismo, rabia con el chico, rabia con la facilidad con la que yo había firmado el contrato de meterme en esa habitación.

Esa noche, ya cenados y con un par de copas de vino encima, hicimos el amor mi mujer y yo. Se lo debía a ella y me lo debía a mí. Le besé la boca con un cuidado que no le ponía hacía mucho, le acaricié cada parte del cuerpo como si la estuviera reconociendo, le hice el amor lento, mirándola, sin pensar en nadie más. Cuando terminé, me quedé un rato abrazándola.

—Estás raro —me dijo—. ¿Estás bien?

—Estoy cansado —mentí—. Pero contigo.

Esa última parte, al menos, era verdad.

***

Han pasado tres meses desde lo del motel Las Acacias. Borré la aplicación esa misma noche. He bajado el ritmo, mucho. No me he hecho promesas grandes porque no me las creo: con mis ansias, sé que en algún momento volveré a buscar. Pero he aprendido cosas.

He aprendido que un desconocido es exactamente eso: un desconocido. Que las fotos no son personas. Que un perfil seco puede esconder mucho más que timidez. Que cuando una alarma interna suena al cruzar la puerta de un cuarto, hay que hacerle caso y no llenar el silencio con whisky. Que decir «despacio» no es una palabra mágica y que algunos hombres oyen lo contrario.

Y también he aprendido, porque hay que ser honesto en una confesión, que mi adicción al sexo —porque eso es lo que tengo— no se cura sola. Necesito ayuda. Estoy buscándola. No por moralina, sino porque quiero llegar viejo y porque mi mujer merece un compañero que vuelva siempre a casa.

Si alguien que lee esto se reconoce en mi historia, que no se sienta juzgado. Que se cuide. Que escuche el pinchazo en la boca del estómago cuando suene. Y que se vaya, aunque haya pagado el cuarto.

De aquella tarde solo me llevé una lección. Y una habitación, la doscientos siete, a la que no voy a volver nunca.

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